El sentido de la victoria, a través de otra vertiente

Acompañaba al carpintero que cambiaba las bisagras del portón del monasterio cuando fui sorprendido por la llegada de un sobrino del Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden. El joven, con alrededor de treinta años de edad, tenía la expresión trastornada. Había ido en busca del tío para que a través de sus palabras pudiera explicarle la tempestad que asotaba su matrimonio. Al encaminar al muchacho, encontramos al Viejo en la biblioteca del monasterio leyendo Las Parábolas de Rumi. Aunque era un lugar de absoluto silencio, como estábamos a solas, el monje decidió que allí mismo conversaría con su sobrino, al menos hasta que llegara alguien más. Hice mención de retirarme, pero el monje pidió que me quedara. Sin demora, el rapaz desató toda su incomprensión y dolor sobre lo que estaba sucediendo. Explicó que el inicio del matrimonio había sido muy complicado y que después de muchas peleas pudo convencer a su esposa de la necesidad de cambiar su comportamiento con relación a diversos aspectos de su vida social y profesional. Era necesario entender que era una mujer casada. Acrecentó que había sido una victoria, después de muchas discusiones, el cambio de actitud de la esposa. No obstante, al poco tiempo ella empezó a ponerse triste sin motivo aparente. Deprimida, buscó la ayuda de una conocida psicoanalista. El tratamiento hizo efecto pues, poco a poco, recuperó su sonrisa alegre y encantadora. Sin embargo, algunos días atrás ella le había comunicado que deseaba el divorcio. El joven no entendía la falta de reconocimiento de la esposa, pues él había atravesado a su lado el periodo más sombrío del romance y cuando todo parecía estar resuelto, ella había decidido partir. No, no aceptaba ni entendía la separación. Incluso así, la mujer se fue llevando consigo apenas lo que cabía en una maleta.

El Viejo meneó la cabeza y dijo: “En su lugar habría hecho la misma cosa”. El sobrino se irritó. Exaltado, argumentó que era imposible que el tío no percibiera el grado de ingratitud que representaba la actitud de la esposa, pues él siempre le había dado lo mejor de sí y ahora que todo parecía estar bien, había resuelto abandonarlo. El monje levantó las cejas como si discrepara de los fundamentos del muchacho y explicó con voz serena: “Ofrecer lo mejor de ti no significa imponer tus verdades al otro. Lo que al principio se creyó como un regalo terminó siendo desagradable y opresivo. Es necesario entender las sutilezas de la verdad. La verdad se altera de acuerdo con la expansión del nivel de consciencia individual y, por esto, siempre debe ser ofrecida de manera clara y suave, jamás impuesta. Ni la mayor de todas las Verdades puede ser entendida por todos. Cabe a cada cual lanzar la semilla al suelo con cariño y paciencia. En el momento oportuno, si es buena, germinará. La buena semilla no se pierde, son flores que no plantamos para nosotros, sino en retribución a la vida, en el maravilloso jardín de la humanidad”.

El sobrino insistió en que apenas había adecuado el comportamiento de ella a su nueva realidad de mujer casada; agregó que no podía ser el mismo al de soltera. Quiso saber si el tío le daba la razón. El Viejo respondió: “No importa si tus reivindicaciones eran pertinentes. Lo que sé es que no supiste convivir con las diferencias cuando la obligaste a asumir tus conceptos y patrones de comportamiento. Correcto o incorrecto, acabaste actuando como el tirano personal de ella”.

La irritación del joven aumentó de tono. Estaba indignado porque el tío no entendía que el cambio de la esposa era fundamental para el éxito de la relación afectiva. En caso contrario, insistió, el matrimonio acabaría. El Viejo se encogió de hombros y dijo: “y terminó. Lo peor es que no pudiste ser feliz, ni siquiera durante su existencia. Al inicio las discusiones, después la depresión de ella y, finalmente cuando ella se recuperó, el propio fin del matrimonio. Todo lo que podría haber sido, nunca fue”.

El sobrino volvió a tocar en la cuestión de la ingratitud de la mujer. El Viejo no había abandonaba la paciencia: “La separación representa para ella, en este momento, la necesidad de liberación inherente a cualquier persona. Al imponer tus verdades, correctas o no, tu la dominaste. Obligarla a la obediencia no significa necesariamente que ella vea la vida a través de tus lentes. Ella cedió para terminar las peleas. Sin embargo, al hacer esto renunció a la parte importante del propio ser. La tristeza fue inevitable”. Hizo una pausa y prosiguió: “Este es el error que cometemos cada vez que intentamos convencer a los otros sobre nuestras verdades: podemos acabar haciendo el mal y no el bien que sinceramente pretendemos. La libertad es uno de los pilares para la felicidad. Al aprisionar a tu esposa en la cárcel de tu visión, la envolviste en una esfera de melancolía. Dejó de ser ella para representar un personaje hecho a tu agrado. Así, pasó a percibirte no como el hombre a ser amado, sino como un carcelero del cual necesitaba liberarse. La separación pasó a representar el fin de un ciclo de dominación, opresión y vigilancia”.

El joven argumentó que podía haber sido de otra manera. Tal vez una conversación resolvería la cuestión sin necesidad de haber llegado a una medida tan extrema. El Viejo respondió: “Sí, tal vez ella lo intentó y fuiste inflexible en tu posición al no percibir la oportunidad. Sí, siempre es posible y aconsejable el diálogo para limar las asperezas. Sin embargo, para que la palabra alcance toda su fuerza es necesario que sepamos no sólo hablar con serenidad, es preciso aprender a oír con paciencia y tolerancia. Todos tienen sus verdades. El amor exige esto para que pueda florecer”.

El sobrino volvió a insistir en la tecla de la ingratitud de la esposa. El tío lo corrigió: “Ahora no vale la pena asumir el papel de víctima. Esta fantasía no te cabe y apenas va a atrasar todo el entendimiento que necesitas para volver a ser feliz. Entiende que el amor es una jornada de liberación, nunca un juego de dominación, donde debe prevalecer la victoria de la voluntad del uno sobre el otro. A menudo confundimos el orden con la paz. En cuanto la dominación trae orden, siempre relativa a la apariencia, la liberación representa la paz, fundamental para la esencia del ser”.

El muchacho meneó la cabeza y dijo que el tío no podía entender lo sucedido tal vez por el hecho de estar viudo hace muchos años. El Viejo sonrió y refutó con dulzura: “El amor es muy antiguo y rige al mundo desde tiempos inmemorables. Sufrimos por no entenderlo en toda su amplitud. Sufrimos al temer todo aquello que no podemos controlar, por intentar aprisionar lo que sólo existe si es libre”. El sobrino agregó que creía que la esposa era la ‘mujer de su vida’, que ella estaba pasando por un momento de trastorno y que pronto todo volvería a la normalidad. El monje se encogió de hombros y dijo: “Te ilusionas al creer que lo normal es mantener al otro limitado a tus deseos. Lo normal es ser feliz. Cuando sufrimos significa que algo debe ser transformado. No en el otro o en el mundo, sino dentro de nosotros. Fue esto lo que tu esposa hizo. Mientras ella fue ‘la mujer de tu vida’, sufrió. Hasta que se encontró consigo misma, con la pura esencia que existe en cada uno de nosotros, y entendió que podía ser diferente y mejor; entonces, percibió la necesidad de partir. Sí, ella precisaba partir por el simple hecho de que perdiste el compás de sus pasos. El ritmo se volvió otro, se hizo imposible danzar juntos. No obstante, esto no debe ser encarado como derrota, sino como lección de superación. Así evolucionamos”. Hizo una pausa antes de concluir: “Presta atención y percibe que tu tampoco fuiste feliz durante la existencia de ese matrimonio”. Aunque molesto, el sobrino agradeció. Lamentó que aquella conversación no lo hubiese ayudado, se volvió sobre sus talones y partió.

Quise saber cómo estaría el joven. El Viejo cerró los ojos y dijo con sincero pesar: “Él pasará por un periodo de indignación y rebeldía, creyendo que la vida es injusta, que la humanidad no sirve y sintiéndose un pobre infeliz. Será una fase difícil y triste hasta que se canse de sufrir y entienda que al universo no le importa quien adora el cómodo discurso de la víctima. Entonces entenderá que para modificar el Camino es necesario cambiar la manera de caminar. De esa forma las derrotas acaban siendo valiosas operarias de la victoria. Así como el estiércol hediondo ayuda a germinar la más bella de las flores, el mal acaba por convertirse en un precioso abono para la semilla del bien, que aguarda para transformarse en todos sus potenciales de raíz, tallo, hoja, flor y fruto; después nuevamente semilla”. Hizo una pausa y concluyó: “Aprender, transmutar, compartir y seguir. Esta es la cartilla”.

Permanecimos sin pronunciar palabra hasta que irrumpí el silencio. Pregunté por qué las relaciones, sean afectivas, sociales o profesionales, suelen ser conflictivas. El Viejo respondió: “Actuamos en el microcosmos según como vemos el macrocosmos”. Le dije que no había entendido. El monje fue didáctico: “Si ves el mundo como un teatro de guerra, el otro es el enemigo a ser combatido; si ves el mundo como un juego de poder, el otro será el adversario a ser subyugado para que se adecúe a tus intereses, deseos y verdades”. Me miró a los ojos y dijo: “Los cementerios son los verdaderos monumentos de las guerras; un rastro de dolor y resentimiento es la consecuencia generada por los derrotados en modernos batallones unas veces ansiosos, otras deprimidos. Mientras tu oponente sea el otro habrá intolerancia y sufrimiento. No existe la victoria sobre el otro. Esto es una ilusión. Cuando hay adversario existe tan sólo dominación. Habrá orden, nunca paz; existirá aplauso y exaltación, nunca alegría y equilibrio”.

“No obstante, cuando pasemos a ver al mundo como una enorme plaza todavía en construcción, un lugar para encuentros, aprendizajes y comunión, traeremos esa visión a las relaciones personales. Entenderemos que el adversario a ser combatido está dentro de cada uno de nosotros y no fuera. El otro, aunque se oponga ante nuestros pasos, no debe ser encarado como un problema, sino como una oportunidad de aprendizaje y fortalecimento; palanca para la evolución. La única victoria que trae armonía, libertad y plenitud es la victoria sobre sí mismo: la superación de las propias debilidades y dificultades. El mayor de los enemigos no está en las calles sino escondido en nuestras entrañas, manipulando las mejores elecciones, podando nuestras alas al negar el vuelo, impidiéndonos hacer diferente y mejor. La iluminación y transmutación de las sombras en sí mismo es la verdadera liberación. Tan sólo esto te hace mejor, te vuelve pleno, construye la paz. Nada más. Solamente contribuiremos en la edificación de esta civilización inacabada a medida que haya evolución individual. Esta es la única transformación posible. No hay otra. Para ello es indispensable librar la importante batalla en lo más íntimo del proprio ser para saber quiénes somos y qué metamorfosis precisamos operar en nuestro interior. Esta es la verdadera victoria o continuaremos como orugas que gritan que las mariposas no existen, que son absurdas creaciones de los poetas y de los locos”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Leandro 15 de marzo de 2019 on 09:37

    🙏🏻

  • Felipe maldonado 16 de agosto de 2017 on 17:39

    Gracias yoskhaz