El pasado es un veneno

Lorenzo, el elegante zapatero amante de los vinos y de los libros, cerró el taller al medio día y andábamos por las calles estrechas y sinuosas del secular poblado localizado en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Era un típico sábado de otoño, con cielo claro, sin niebla y el sol calentaba la piel sobre el suéter delgado. Caminábamos alegres rumbo a nuestro restaurante predilecto para almorzar y, claro, beber algunas copas de vino. Trivialidades eran la pauta del día. Allí nos encontramos con Helena, una amiga en común, quien estaba muy conmovida y con ojeras profundas en el rostro como registro de noches mal dormidas. Aceptó al instante la invitación para sentarse a la mesa con nosotros y, sin preguntarle nada, comenzó a hablar sobre las causas del desorden emocional que la trastornaba. El dolor parecía no caber dentro de sí y por esto necesitaba desahogarse. Acababa de terminar otro matrimonio. Ya era el quinto o sexto, tuvo alguna dificultad para saber si uno de ellos podría ser considerado como tal dada su corta duración. Dijo estar decepcionada con las personas en general. Confesó que la intimidad revelaba facetas desagradables que impedían la convivencia a largo plazo. Habló por buen tiempo, lamentándose; oímos con paciencia hasta que el artesano quiso saber si ella ya había sido feliz alguna vez en el amor. En ese instante los ojos le brillaron y una sonrisa, que parecía imposible, surgió en su bello rostro.

 

Animada, habló sobre el que consideraba el mejor periodo de su vida al lado del primer marido, cuando todavía no completaba los veinte años. Esto había sucedido hacía mucho tiempo. Sus palabras contaban una historia de amor casi perfecta en la cual cualquier error era menor y era fácilmente atenuado. Comparaciones con las relaciones posteriores se hicieron inevitables. Todos en la mesa sabíamos que su primer matrimonio se acabó cuando Jaques, el marido al que se refería, se suicidó siendo joven. Al permitir una pausa para beber un sorbo de vino, Lorenzo la interrumpió con un comentario lacónico: “El pasado es un veneno”. Ante la mirada atónita de la mujer, él prosiguió con su raciocinio: “El pasado puede mostrarse como una peligrosa trampa si no tenemos el debido cuidado”.

 

“El presente siempre presenta dificultades, importantes ejercicios de perfeccionamiento, principalmente en las relaciones. Nadie necesita de nadie para ser pleno y feliz, pero necesitamos del otro para hacernos mejores. La convivencia con otra persona siempre presentará asperezas surgidas de las imperfecciones de ambos lados. Cuando aceptamos el desafío de la superación, abandonando el vicio de la desistencia, limamos las corazas que esconden la luz que habita en nosotros y que aún desconocemos”.

 

“No siempre es fácil enfrentar los problemas típicos de la convivencia en pareja. Comúnmente llegamos a pensar que algunas piedras son infranqueables y están más allá de nuestra capacidad de transformación. Esto no existe cuando se trata de cambiar a sí mismo, cuando se busca la propia evolución. Muchas veces desvalorizamos la fuerza que nos mueve o no sabemos decodificar el desafío. Agradece por las tempestades, pues sólo ellas pueden formar un lobo marino”.

 

“Sin embargo solemos permitir que nuestras propias sombras, en la ilusión de  protegernos, armen un juego cruel como plan de fuga. Como si fuesen figuritas, recortamos del pasado los mejores momentos para montar un álbum que nunca existió. Coloreamos las imágenes con colores vibrantes, les aumentamos el brillo y la intensidad. Son las sombras haciéndonos creer en un modelo de felicidad inexistente o por lo menos no con aquellos detalles y formatos. El desequilibrio entre pasado y presente se hace inevitable. Es cruel, pues pasamos a tener como referencia una ficción en contrapartida a la realidad. Cuando entramos en ese juego accionamos un terrible mecanismo de comparación entre un pasado escrito con letras perfectas para oponerlo a un presente que trae todo tipo de imperfecciones inherentes a la vida, aumentando las batallas que no siempre estamos dispuestos a librar. El pasado acaba envenenando el presente, haciéndolo sombrío y desalentador”.

 

Contrariada, Helena dijo que el zapatero estaba equivocado. Así como ella, muchas personas fueron felices en antiguas relaciones que por uno u otro motivo acabaron. Lorenzo mantuvo un tono suave de voz: “Sin duda. No hablo de las separaciones debido al paso involuntario de uno de los cónyuges a otras esferas de la existencia. Me refiero a la convivencia que llegó al fin por incompatibilidad entre las partes, por voluntad propia de uno o de ambos. Quien está satisfecho con su compañero no termina un matrimonio”. Miró a su amiga seriamente y disparó una bala de plata: “Quien es feliz no se suicida”.

 

Helena acusó al artesano de ser insensible en su análisis y grosero en sus palabras. Agregó que Jaques se suicidó por razones ajenas al casamiento. Explicó que él enfrentaba una crisis profesional. Lorenzo oía todo el desahogo y crítica sin perturbarse;  al final habló con la serenidad que le era peculiar: “Cuando estamos tristes o alegres llevamos ese sentimiento de la casa al trabajo y viceversa. No hay como desconectar las emociones como se desenchufa un aparato del tomacorriente para cesar su funcionamiento dependiendo del lugar en que se esté. Entiendo que no quieras recordar los momentos más complicados y que prefieras resaltar aquellos que te hiceron feliz al recrearlos en tu imaginación. Es el instinto de supervivencia ofreciendo motivos para que te mantengas de pie. Ocurre que el instinto es una de las herramientas más primitivas  entre los trucos de las sombras. Al engañarnos sobre el pasado terminamos confrontándolo con el presente a través de comparaciones desleales, posponiendo los cambios indispensables para alcanzar la paz interior”.

 

“Del pasado tenemos la nostalgia como un bello presente ofrecido por el amor; del futuro nos alimentamos de las bendiciones de la esperanza y de los sueños. Sólo el presente ofrece la verdadera alegría de ser y de vivir. Por tanto tenemos que vernos en el espejo de la sinceridad, tener compasión ante las dificultades ajenas y humildad con relación a las nuestras; estar dispuestos a renovarnos y transformarnos siempre. Todos los días hasta el día sin fin”.

 

Helena refutó y argumentó que la historia de cualquier persona tiene valor y belleza. Lorenzo concordó: “¡Claro! No es eso lo que quiero decir. Me refiero al peligro de dejar de vivir el presente por hacer del pasado un patrón inalcanzable. Cuando esto sucede terminamos contaminando el valor y la belleza de lo que aún nos falta vivir y sentir. Es importante alejar de sí ese cálice”.

 

“Al amarrar la vida al pasado te rehúsas a aprender las nuevas lecciones, sin las cuales no podrás operar las debidas transformaciones en el propio ser. Así no habrá ninguna nueva semilla para compartir en los jardines de la humanidad, quedando presa en la celda del tiempo e impedida para seguir el viaje”. Hizo una breve pausa antes de concluir: “Todo lo que se estanca se pudre”.

 

Permanecimos sin decir palabra. El mesero trajo nuestros platos; comentamos brevemente que estaban deliciosos. Nuestra amiga volvió al asunto diciendo que era muy difícil relacionarse, pues las personas en la intimidad se mostraban diferentes a como se presentaban. Lorenzo tomó un sorbo de vino y dijo: “Sucede así con todos, inclusive conmigo y contigo”. Helena lo interrumpió para decir que cuando conocía a una persona listaba todos sus defectos para que el otro supiera con quien estaba lidiando. El artesano sonrió y dijo: “Sí, es una buena actitud pero no siempre eficaz. Confesar una dificultad no sirve como disculpa para no enfrentarla. Por otro lado, sólo revelas la dificultad que ya puedes reconocer en ti. ¿Y las demás?”.

 

Ante el espanto de la mujer el zapatero prosiguió: “Me refiero a las dificultades que aún nos rehusamos a ver o admitir en nosotros mismos. Son aquellas que sólo se revelan en la convivencia intensa del día a día, de allí la importancia de las relaciones como  espejo que muestra el perfeccionamiento que nos aguarda. Por comodidad, miedo o ignorancia insistimos en atribuirle al otro la responsabilidad por los desencuentros originados en la fragmentación del ‘yo’, en la desarticulación entre ego y alma. Las causas de repudio y dureza en la convivencia muestran una excelente oportunidad de aprendizaje y evolución. En un primer momento ofrecemos siempre lo mejor de nosotros y, no lo dudes, casi siempre es real. Es lo que somos o lo que proyectamos ser, lo que también no deja de ser sincero. Sólo en la intimidad, en el devenir de lo cotidiano, abrimos la jaula para soltar lo peor que tenemos. Esto no es necesariamente malo, pues puede ser una oportunidad para iluminar y transmutar las propias sombras en luz. Y es muy bueno cuando existe el amor de alguien para ayudarnos en ese momento tan difícil, pero a la vez bello. Solamente las historias de superación pueden ser llamadas de ‘historias de amor’”.

 

“Todas las relaciones tienen su belleza, encanto y lecciones. Sin duda hay muchos casos de total incompatibilidad, almas vibrando en sintonías tan distantes que no hay como mantener la afinidad. En ese caso es necesario partir. No obstante, ver al otro como un terrible villano o un valioso aliado en la batalla que libramos dentro de nosotros  depende de nuestra visión y de lo que ya somos capaces de ofrecer. El respeto que tengas hacia el otro revela el respeto que tienes para contigo mismo y para con la vida”.

 

El silencio volvió a imperar. Las palabras precisaban encontrar su lugar. Helena bromeó diciendo que tal vez era el efecto del vino, pues comenzaba a pensar que el zapatero tenía razón o que tal vez estaba embriagada con el pasado que la hacía tropezar en el presente. Reímos. Admitió que de hecho las comparaciones siempre serían nefastas al ser injustas pues tenían en cuenta momentos, situaciones y personas distintas. Con un lente más claro sería posible encontrar dificultades y virtudes en todas las personas con las cuales se relacionó. Bastaba un poco de buena voluntad hacia el otro y una dosis de coraje y sinceridad para admitir las propias equivocaciones. Una lágrima escurrió por su rostro. Sonrió y dijo que ahora entendía cuando Lorenzo se refería al pasado como un veneno.

 

“O un maestro”, replicó el artesano. “El pasado está repleto de preciosas enseñanzas que no deben ser desperdiciadas tras el riesgo de que las mismas piedras vuelvan a interferir en el viaje. Situaciones vividas, al ser analizadas con sabiduría y amor, se vuelven un poderoso farol para iluminar los próximos pasos”. Guiñó el ojo como si contara un secreto y finalizó: “El camino siempre puede ser más suave. Depende apenas de nuestra manera de andar”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Lorena Elizabeth Perez Dominguez 14 de julio de 2020 on 21:05

    Mil gracias 💞

  • Felipe Maldonado 13 de agosto de 2017 on 18:37

    Gracias yoskhaz