El escondrijo del mal

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría ancestral de su pueblo a través de la música y de las historias que contaba, encendió el hornillo de piedra roja de su imperecedera pipa y dio una bocanada. Era un fin de tarde de otoño, estábamos sentados en la terraza de su casa y nos cubríamos con mantas coloridas para ahuyentar el frío típico de las montañas de Arizona en esa época del año. Yo había acabado de llegar de viaje y la primera cosa que el chamán me preguntó, después de saludarnos, fue el motivo por el cual yo “parecía cargar tanto peso en la espalda”. Sí, era verdad, yo estaba mal. Sonreí sin gracia, como quien es visto sin la ropa del personaje que creamos para interpretar quien no somos en los escenarios de la vida, y declaré que el mundo no era un buen lugar para vivir. En seguida le relaté algunos problemas que enfrentaba debido a la posición absurda de algunas personas contrarias a mí. Sentencié que, sin lugar a duda, el planeta estaba habitado por gente atrasada, insensible y mala.

Canción Estrellada oyó todo en silencio, cuando terminé de hablar me preguntó: “Existe una bella leyenda de mi pueblo que tal vez te ayude a entender el momento por el cual atraviesas. ¿Quieres oírla?”. Respondí que sería una honra, pues al final ese era el talento de Canción Estrellada. Él sonrió y narró la historia pausadamente: “Había una aldea próspera y tranquila que estaba a la expectativa de saber cuál de sus habitantes sería escogido para ocupar un lugar en el Consejo de los Sabios que gobernaba la tribu. Ya habían tenido varias reuniones sin que el Consejo se definiera por el nuevo miembro, hasta que uno de sus integrantes más antiguos, el sensato y bondadoso hechicero de la tribu, tuvo un sueño en el cual el Gran Misterio le avisaba que la aldea estaba prestes a ser atacada por un monstruo desconocido. Alertó que solamente después de capturar a la fiera el Consejo estaría en condiciones de decidir sobre el nuevo miembro. Por coincidencia, una de las abuelas de la tribu, una anciana generosa y muy apreciada, tuvo el mismo sueño aquella noche. Era el Gran Misterio confirmando las señales. No había duda de que el predador tenía que ser cazado. Como era una tarea extremamente peligrosa, era claro que debía estar a cargo de quien se ofreciera espontáneamente a tal riesgo. De repente uno de los guerreros más bravíos de la tribu, un hábil cazador conocido por su belleza, destreza, coraje y admirado por todos, se ofreció. Ya que nadie conocía las facciones del monstruo, fue preciso que el hechicero de la tribu le pidiera al Gran Misterio que las revelase a través de los sueños. Aquella misma noche el pedido fue atendido y a la mañana siguiente el poderoso chamán describió los trazos asustadores de la criatura maligna. Dijo también que el Gran Misterio había anticipado que sólo si el bien persistía, el mal sería vencido. Ante la conmoción general, el intrépido guerrero se despidió de su amada esposa e hijo y le prometió a la tribu que sólo regresaría trayendo en su mochila la cabeza demoníaca del animal desconocido. Cabalgó durante días usando su enorme habilidad para rastrear al monstruo. A veces le parecía estar muy cerca del predador, a punto de encontrarlo, pero el animal parecía escapar por alguna grieta misteriosa del bosque. Muchas noches, bajo el abrigo y el calor de una hoguera, sintió ganas de volver debido a la nostalgia de la familia y de la aldea, pero recordaba la promesa hecha y el compromiso para defender a aquellos que tanto amaba. Era un guerrero y esto lo animaba a proseguir. Cierto día, con las fuerzas casi agotadas, desanimado porque sus oraciones al Gran Misterio no eran atendidas, corroído por el desgaste físico y emocional, se bajó del caballo a la orilla de un enorme lago de aguas plácidas, pues tenía sed. Cuando aproximó el rostro al perfecto espejo de agua, para su enorme sorpresa, vio el reflejo del monstruo al que perseguía”.

Canción Estrellada, como un buen contador de historias, hizo una pausa dramática a propósito, dio una bocanada de humo y continuó contando la leyenda: “Al contrario de lo que se pueda imaginar, el monstruo no estaba atrás o al lado del guerrero; era él mismo. Vio en los contornos de su rostro los trazos de la fiera descrita por el hechicero. Apenas en la soledad y en la entrega de la búsqueda se puede permitir el verdadero encuentro, el de estar frente a frente consigo mismo, sin máscaras, trucos, mentiras e ilusiones para desvendar la verdad”.

“Se asustó mucho. Siempre creyó ser un buen hombre, un guerrero que mediante la caza alimentaba a la aldea, amaba a su esposa y a su hijo, era leal a sus amigos. Llegó a pensar que había enloquecido al ver la cara del monstruo en su propio rostro. Resolvió montar campamento a la orilla del lago hasta entender todo lo que acontecía. En los primeros días sintió una mezcla de decepción, desánimo y rabia al descubrir que no era exactamente quien siempre se imaginó. Llegó a considerar el absurdo suicidio como manera eficiente de exterminar al monstruo. Desistió de la idea al recordar las palabras del sabio hechicero, ya que si era persistente el bien se sobrepondría al mal. Pasado el impacto inicial, percibió que había creado una imagen de sí mismo que, si bien no era verdadera, tampoco era del todo mentirosa. Admitió tristezas recurrentes, frustraciones aún no superadas, fugas de la realidad para no enfrentar sus emociones conflictivas, pues era un guerrero famoso por su bravura. Reconoció que, muchas veces, confundió el sentimiento de justicia con el deseo de venganza. Percibió que las virtudes esenciales de la compasión y de la humildad eran anuladas por las sombras de la vanidad y del orgullo, haciendo con que se irritase con facilidad y culpara a los otros por sus decepciones. A menudo usaba el ímpetu bajo el manto del coraje. Recordó momentos en los que usó inadecuadamente su fuerza de guerrero para prevalecer en pequeñas cuestiones ante los más débiles. Entendió también que aunque el coraje fuera una noble virtud, parte de esa bravura servía para desviar su propia atención, y la de todos, ante las fragilidades que sangraban en su interior, justo aquellas que él no tenía coraje de revelar y enfrentar. Poco a poco entendió la necesidad de cambiar la visión que tenía de sí, de encontrar lo que había perdido dentro, en vez de sólo luchar contra lo que existía fuera; de aprender que el mundo sólo se derrumba cuando el alma se desequilibra. Ante tal desarmonía su famoso coraje podría ser mal direccionado y perjudicar además de a sí mismo, a toda la aldea. Era preciso aceptar y abrazar sus sombras, el lado más oscuro, justo aquel cuya existencia nunca quiso admitir. Solamente así podría sacar de la caverna oscura su otro lado para ofrecer la claridad y la belleza de la luz. Era la oportunidad de ser pleno y hacer con que el ego se maravillara con las virtudes del alma, uniendo todas las partes de sí mismo, transformándose en un individuo más fuerte, consciente y amoroso”.

“Los viajeros que pasaban por el lago y veían a aquel hombre solitario, andrajoso, sentado debajo de un árbol, con una extraña sonrisa en el rostro, seguían de largo pensando que se trataba de un loco. Muchos meses pasaron hasta que el guerrero pudo conocerse por entero y percibir que había iluminado muchas de las fendas sombrías de su ser, tiempo suficiente para saber quién era, dónde habitaba el monstruo, el alcance de sus tentáculos, la influencia de sus consejos y engaños. Y lo más importante: entendió que matar al monstruo sería matar una parte de sí mismo; era preciso abrazarlo. Estaban unidos como creador y criatura. El monstruo no era un enemigo; al contrario, todo su enorme poder podría ser usado en favor del bien. Para conseguir la cura, el tratamiento escogido es fundamental: el monstruo necesitaba conocer y deleitarse con el poder del amor, pues todo el mal tiene su origen en la falta de amor. La cura se traduce en libertad, nunca por la muerte del carcelero sino por su transformación”.

“Había llegado el momento de regresar para compartir con la tribu la riqueza conquistada. Era posible seguir con ligereza y simplicidad sin el peso insoportable del orgullo y de la vanidad. Las virtudes estaban libres para florecer. Había un nuevo concepto y manera de ser y vivir. Este entendimiento define los dolores y las delicias de la vida, la guerra o la paz en el mundo, en la aldea y en sí mismo”.

“Sin embargo, no quería volver con las manos vacías, llevando sólo palabras. Vio un pedazo de tronco y tuvo una idea. Con su puñal comenzó a esculpir un tótem; al final regresaba a casa. Cuando atravesó el portón de la aldea hubo una gran conmoción. Muchos lo daban por muerto, vencido por el monstruo o por la selva. Su esposa lo abrazó emocionada; su hijo, aún de brazos cuando partió, corrió a abrazar a su padre. El guerrero estaba muy delgado, la ropa en harapos, sucio, con hambre, pero tenía una luz indescriptible en su mirada y una dulzura desconocida en su sonrisa. Varios se apresuraron para preparar una fiesta por el retorno del valiente guerrero, otros querían oír las historias que él tenía para contar, hasta que el buen hechicero de la tribu se colocó ante el guerrero y le preguntó por la promesa hecha de sólo volver si traía en su equipaje la cabeza del monstruo. Le recordó que una persona se definía por su palabra. En ese instante todo el clima de alegría por el regreso del guerrero se modificó en un ambiente de gran tensión; al final, había un compromiso a ser honrado. Algunos segundos de silencio parecieron demorar una eternidad. Ante el cuestionamiento del sabio hechicero todas las miradas se volvieron hacia el guerrero, que mantuvo las facciones serenas e inmutables; aquel cuerpo lánguido y hambriento, que ni de lejos se parecía al del hombre musculoso de antaño, transmitía una fuerza descomunal. El guerrero abrió la mochila y sacó el tótem que había esculpido en sus últimos días en el lago. Era la escultura de su propio rostro moldeada a la perfección’”.

“Al ver a la tribu estupefacta, el guerrero dijo: ‘Les ofrezco la cabeza del monstruo que existía en mí, pero que dio lugar a un nuevo ser, aunque sea el mismo, son diferentes en sí. No es una imagen para ser adorada en ningún altar, sinos para ser transmutada en la hoguera de esta noche, como recuerdo de un hombre que hizo la travesía por las profundidades abismales del propio ser y regresó a la luz, trayendo todas las partes que lo componen debidamente alineadas, armonizadas y en paz’. El hechicero quiso saber si además de la cabeza de la criatura, el guerrero traía algo más en la mochila. Él respondió: ‘El amor por mí y, en consecuencia, por toda la gente. El amor adormecido es la cura aún no revelada de todo sufrimiento. Este es el verdadero encuentro de la vida, esta es la esencia, todo el resto es sólo apariencia’”.

“En seguida el guerrero concluyó: ‘No sé si el Consejo considerará la promesa como cumplida, mas acataré con resignación cualquier decisión’. En aquella aldea la pena por la palabra deshonrada era el exilio. Hubo un gran cuchicheo. Inmediatamente el hechicero estiró el brazo, le entregó al guerrero el bastón sagrado del Consejo de los Sabios y dijo: ‘Te transformaste en el guerrero de ti mismo, en el héroe de la propia historia que venció la gran batalla. Así nacen los sabios. Estás listo. No queremos perder lo mejor de ti. ¡Bienvenido!’”.

Permanecimos en silencio por largo tiempo. Era el momento de reflexionar sobre todo lo que había sido dicho y encontrar el debido lugar para aquellas ideas. Cuando el chamán me pasó la pipa, yo estaba con la mirada distante. Él sonrió al percibir que sus palabras habían sido sembradas en mi corazón. Le pregunté si él estaba intentando decir que todo el mal del mundo se escondía en mí. Canción Estrellada me miró con compasión y humildad y dijo: “Todo no, apenas el mal que te hace mal. El monstruo que nos atormenta y devora está dentro y no fuera de nosotro. Nadie puede perjudicarnos más que cada cual a sí mismo”. Tomó la pipa de mis manos y fumó antes de finalizar: “Observa el mundo, aprovecha la vida, ofrece lo mejor de ti y educa al monstruo que habita en tus entrañas; mientras tanto, sé feliz”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

Discusiones — Una respuesta

  • Felipe maldonado 6 de septiembre de 2017 on 23:25

    Gracias yoskaz