Las maravillas de la duda

“¿Qué es lo correcto?”, me preguntó el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, como lo hacía Sócrates, el filósofo griego que devolvía con una pregunta a otra como método de raciocinio. Estábamos sentados en el refectorio del monasterio ante una taza de café y un pedazo de torta de avena. Siempre me había sentido incómodo con una serie de dilemas de lo cotidiano: desde cuestiones políticas y sociales que de alguna manera nos tocan a todos, hasta incertidumbres con relación a mi vida personal, como cambiar de novia, trabajo, ciudad o estilo de vida. Argumenté que a cada instante nos deparamos con dudas que nos incomodan a diferentes escalas, algunas son banales, otras mucho más serias. Lo malo es que las dudas causan bastante incomodidad. Para empeorar y dadas mis incertidumbres, yo me deparaba con personas de opiniones divergentes, en contra o a favor, todas convencidas de sus posiciones y con fuertes argumentos. Comenté que quería librarme de la incomodidad de la duda y saber siempre qué era lo correcto a hacer. En ese momento vino la pregunta del Viejo sobre qué era lo correcto. Respondí que si yo había hecho la pregunta era porque no lo sabía y necesitaba una respuesta. El monje bebió un sorbo de café y dijo: “Mi respuesta dibuja mi verdad, no necesariamente la tuya. Es necesario que te esfuerces para encontrar aquella que te completará, por esto la incomodidad. ¡Bendita sea la duda!”.

Irritado, le dije que no me estaba ayudando. El monje mantuvo el tono tranquilo de la voz para traerme de vuelta al agradable ambiente del monasterio: “Las dudas traen cuestionamientos, los cuales penetran y nos llevan a buscar la parte que nos falta; sólo en el ejercicio de esta búsqueda encontraremos la verdad”. Argumenté que él estaba equivocado, pues muchas de las verdades que me eran absolutas en el pasado hoy ya no se sostenían. El Viejo sonrió y dijo: “Perfecto y maravilloso. Todo cambia. ¿Sabes lo que esto significa? Evolución”. Le pedí que se explicara mejor y el monje fue paciente: “Las verdades se modifican a medida que alteramos los niveles de consciencia y de amor. El entendimiento se transforma con el florecimiento de las virtudes en el individuo. De flor en flor construimos los jardines de la humanidad; de verdad en verdad encontraremos la Verdad”.

Le pedí que ejemplificara. El Viejo fue didáctico: “Volvamos a los años 1800. Doscientos años en el contexto histórico es un segundo en la Historia, tan poco tiempo que los reflejos de aquel período aún son claramente sentidos hoy en día. En esa época buena parte del mundo, especialmente las Américas, enfrentaba el gran dilema de abolir la esclavitud. La esclavitud es un asunto resuelto en la modernidad, no existiendo cualquier duda sobre lo absurdo que es que una persona sea propietaria de otra. Claro que puedes cuestionar que todavía hay cautiverios oriundos de relaciones laborales precarias o de dependencias emocionales. Sin embargo, me refiero a la insensatez de que la ley permita el comercio de personas como si fueran cosas, sin cualquier manifestación de voluntad de aquellos que eran cautivos. No obstante, hubo tiempos en que las personas lo consideraban normal, creían tener ese derecho y que podrían ser dueñas de otras. Había escritura de compra y venta y los esclavos eran considerados bienes pasibles de herencia. Aunque tortuosos, no les faltaban argumentos y eran apoyados por muchos que vivieron en aquel período. Esa era la verdad de una parte significativa de la población en aquel momento”. Hizo una pequeña pausa para mordisquear un pedazo de torta y siguió: “En el compasado proceso de evolución de la humanidad fue necesario que alguien levantase dudas sobre aquellas verdades y derechos; lentamente otras personas se fueron adhiriendo y ampliando los cuestionamientos, presentando la posibilidad de la existencia de una verdad diferente, donde era posible una coexistencia más luminosa. Esta nueva forma de ser y vivir se fue expandiendo hasta que llegaron los inevitables cambios”.

“Las dudas de hoy serán superadas mañana según la perfecta regla de la evolución individual que, poco a poco, se propaga por toda la humanidad cuando inevitablemente surgen nuevas dudas para que otras verdades puedan revelarse. Así caminamos”.

El Viejo permaneció con los ojos perdidos como si hablase consigo mismo y susurró: “Me asustan las personas que no tienen ninguna duda sobre cualquier asunto. De allí, a menudo, surgen algunos absurdos o atrocidades. La Historia está llena de ejemplos”.

Comenté que comprendía toda la explicación del monje, pero que no sabía qué posición tomar respecto a las dudas que yo tenía, todas actuales e influyentes en mi día a día. Él me sugirió de modo enigmático: “Piensa en el árbol y en el fruto”. El signo de interrogación que surgió en mi frente hizo que el Viejo profundizara el raciocinio: “Conocemos un árbol por sus frutos. Tú eres el árbol; tus elecciones son los frutos. Observa si ellas alimentan y alegran a quien está a tu alrededor; si a cada decisión que tomas el mundo se aproxima o se distancia de tus sueños. Suele ser un método eficiente para sanear dudas momentáneas, quebrar paradigmas, inventar nuevos patrones e iluminar las calles oscuras por las cuales andamos”.

“No te extrañes si en ese momento una voz interna viene a decirte que el mundo está perdido, que no tiene solución, que las personas no van a cambiar, que tus actitudes aisladas serán insignificantes y que estás perdiendo tiempo. Son los consejos de tus sombras atadas a la comodidad, al egoísmo y al inconsciente colectivo todavía nebuloso y vinculado a experiencias dolorosas del pasado que no pueden superar. Tus elecciones, por más aisladas que sean, harán toda la diferencia. Recuerda que el Universo siempre conspira a favor de la Luz; por lo tanto, ningún movimiento en ese sentido, aunque aparentemente imperceptible, será despreciado. Aunque los cambios tomen mucho tiempo para concretarse, un bello jardín nace de un único árbol y de la fuerza de sus frutos. Habrá otras personas que también tengan las mismas dudas y cuestionamientos, sueños y verdades; en ese momento tu actitud será fundamental para que ellos se animen a proseguir. Cada elección es un fruto y todo fruto está repleto de semillas, ¡entonces que sean de Luz!”.

“La duda es la semilla que transforma la realidad. La verdad es el fruto que al madurar tiene el sabor de la libertad”.

Dio una pausa y acrecentó: “Sólo no olvides el compromiso que debemos tener con la mansedumbre y la paz. Cambios violentos o impuestos a la fuerza no se sostienen por mucho tiempo, pues son de fuera hacia dentro. La transformación tiene que ocurrir de dentro hacia fuera; la verdad tiene que estar entrañada en el ser o no será transformación sino simple maquillaje que se disolverá con la primera lluvia”.

Le pregunté si las dudas sólo traían beneficios. El Viejo levantó las cejas y dijo: “Claro que no. Como todo en la vida, existe un punto de mutación. Si no sabes usar la duda como resorte propulsor para desvendar el velo que te impide una visión más afinada y así alterar la propia realidad, la duda te aprisionará en la agonía de la inercia. La duda necesita ser enfrentada y resuelta. La verdad nace del movimiento interno por la liberación del ser”.

“La verdad necesita de la duda para germinar. Tu consciencia se alimenta de tus verdades; ellas se amplían hasta el último de los límites, entonces se transforman en otras. El nombre de eso es transmutación. Es lo que Canción Estrellada, el sabio chamán de Arizona, llama de medicina de la cobra: cambiar de piel para crecer; ser el mismo, pero ser diferente y mejor”.

Me pidió que le sirviera más café, bebió un sorbo y manifestó: “Por eso el intento de convencer a los otros sobre las propias verdades es el ejercicio de los tontos. No siempre la persona está lista para entender el cambio. Cada cual trae un equipaje de experiencias todavía no resueltas que precisa decodificar, armonizar y, posteriormente, extraer las verdades allí contenidas. Así expandimos la consciencia. Es necesario respetar y tener paciencia con las dificultades personales y el tiempo que cada uno necesita para completar cada ciclo de conocimiento. Cuando exponemos nuestra verdad, con frecuencia encontramos en el otro un cuestionamiento más allá del nuestro”. Hizo una pausa y concluyó: “No creas que por el simple hecho de sentirte despierto, todos los demás que no piensan igual a ti aún están durmiendo; algunos despertaron más temprano”.

Le pregunté qué hacer cuando no haya convergencia de opiniones: “Expón tus argumentos de manera clara y acepta serenamente la posición ajena. La buena semilla no se pierde. Esto demuestra respeto por ti y sabiduría en relación a la vida. Lo más importante, vive tus ideas como modo de animar las propias palabras. Las verdades personales nos definen y ellas no son los discursos, sino las elecciones que colocamos en práctica”.

Finalmente quise saber lo que él hacía ante una duda. El Viejo sonrió levemente y dijo: “Cuando tengo que tomar una decisión y la duda hace con que una bifurcación surja en el camino, tengo siempre el amor como estrella guía para orientar mis pasos. Orgullo o humildad; vanidad o simplicidad; egoísmo o compasión; deseo o necesidad; venganza o justicia; subterfugio o pureza. Solamente el amor me dirá si la verdad que me aconseja se origina de las sombras o de la Luz”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Irma Anrango 14 de agosto de 2018 on 10:32

    Hermosa lectura paradoja para mi vida

  • Felipe maldonado 8 de septiembre de 2017 on 11:17

    Gracias yoskhaz