Los seres pájaro

Encontré al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, sentado en la agradable terraza del monasterio con la mirada perdida en las maravillosas montañas de los alrededores. Le ofrecí una taza de café y él aceptó con una sonrisa. Cuando coloqué la taza en la mesita a su lado me invitó a sentarme. Quiso saber si algo me preocupaba. Negué. Entonces el monje me preguntó qué motivaba la tristeza en mis ojos. Era difícil esconder los sentimientos de la aguda percepción del Viejo. Me acomodé en la poltrona a su lado y le conté que había comenzado a salir con una mujer que ocupaba un cargo importante en la empresa con la cual mi agencia de publicidad había firmado un importante contrato. Nos habíamos conocido durante las reuniones para el cierre del negocio. La relación evolucionó bien hasta que perdió el encanto para mí sin ninguna razón específica. Ella era una mujer bonita, inteligente y tierna. Nuestras conversaciones eran dulces, así como sus besos. No obstante, algo se había apagado en mi corazón. Cuando terminé la relación ella me acusó de haberme involucrado por interés comercial en vez de haberlo hecho por un sentimiento sincero. Yo estaba triste porque no quería que ella tuviera aquella imagen de mí.

 

Sin desviar los ojos de las montañas, el monje dijo: “Hay tres aspectos interesantes en este caso. El primero es el motivo de tu tristeza. Si fuiste sincero de corazón cuando inició la relación, no hay nada que hacer y tampoco debes dar cabida a la tristeza. Si ella intenta, de manera equivocada, desviar el origen de la propia frustración para no borrar una imagen idealizada, nada se puede hacer salvo la comprensión nacida de la sincera compasión. Espíritus libres no tienen ningún interés en controlar o dominar cualquier aspecto de las ideas, voluntades u opiniones de la vida ajena. Al ser honestos consigo mismos también lo son con el mundo; al estar alineados con el amor están en el camino de la luz. Por eso son libres y poseen una alegría serena, pues viven en paz”. Bebió un sorbo de café y agregó: “Sin embargo, si no había pureza en tus sentimientos es hora de ser humilde, pedir disculpas, asumir el compromiso contigo de no actuar más así y seguir adelante por la oportunidad de hacer diferente y mejor en una próxima ocasión”.

 

Permanecimos en silencio durante algún tiempo para que aquellas ideas encontraran su debido lugar en mí. En seguida, le pregunté acerca del tercer aspecto por él mencionado. Como siempre, él fue atento: “Existen ocho portales en el Camino, en orden creciente de dificultad espiritual. Sólo es posible atravesar cada uno de ellos después de que el andariego incorpore determinado grupo de virtudes al ser. Por ejemplo, el primer portal es el de los Corazones Sencillos, en el cual la humildad, la sencillez y la compasión comandan las virtudes esenciales, sin las cuales no es permitido iniciar la travesía. Otro, precisamente el sexto, es el Portal de las Alas y de la Libertad, en el cual la pureza es la virtud primordial”. Bebió café y prosiguió: “No obstante, no podemos olvidar a los guardianes del umbral que permanecen vigilantes, en cada uno de los portales, para impedir el pasaje de aquellos que aún no están listos”. Lo interrumpí para decir que no sabía de lo que se trataba. El monje explicó: “Como en las historias, todo andariego es un guerrero de la luz que está en busca del cálice sagrado. Para alcanzar el objetivo éste precisa enfrentar adversarios que, a primera vista, intentarán impedir la victoria, pero que en realidad sólo tienen la finalidad de perfeccionar y fortalecer las habilidades del guerrero. Esta maestría se refiere a las virtudes del alma. Todas están en semilla; muchas veces, necesitan de la presión ejercida por el suelo para que la cáscara se rompa y puedan florecer para el gran encuentro. El encuentro consigo mismo, pues el cálice sagrado es su propio corazón, donde Dios habita. Es la vuelta definitiva a casa”.

 

“Tú o tu novia, o ambos, estuvieron ante el portal de la pureza, pero fueron derrotados por los guardianes del umbral”. Volví a interrumpir para pedirle que explicase mejor quiénes serían tales guardianes. El monje fue didáctico: “Son las dificultades o adversarios que se presentan para probar la virtud en juego en aquel portal. Una dificultad puede colocar al guerrero ante un problema si él lo encara como un problema; o de un maestro si lo ve como una lección a ser aprendida. En verdad, los adversarios del guerrero son sus propias sombras, traducidas en los sentimientos todavía salvajes que posee tanto en relación a sí como ante el mundo. Un guerrero egoísta verá egoísmo por toda parte así no exista; de la misma manera un ladrón de sueños recela a todo instante que alguien hurte el suyo. El mundo será siempre el exacto espejo de tu consciencia y corazón; toda luz y amor que eres capaz de observar en el otro es reflejo de las virtudes que ya germinaron en ti. Recuerda que la batalla más importante de la vida es librada dentro de tí mismo en lucha amorosa para armonizar los intereses del ego, el yo apariencia, con los valores del alma, el yo esencia”.

 

Le pedí para que profundizara más sobre este portal específico. El Viejo explicó: “Es el pasaje permitido tan sólo a los puros de corazón. La pureza es la virtud que impide que el amor sea codicia; no permite que nadie sea dueño de nadie. Es la virtud de aquellos que conquistan sin poseer; no confunden el amor con las pasiones; no exigen impuestos o presentan cobros emocionales a cambio del amor ofrecido. Aman apenas porque aman amar; aman al otro como a sí mismo. No negocian con la mentira aun cuando ésta se manifieste ocultando la verdad, ni la justifican con raciocinios tortuosos en el intento de legitimar los propios deseos”.

 

“Para los puros la verdad es clara y es imprescindible, así como el aire que respiran. Todo es sencillo porque no existen velos de ilusión que ofusquen la alegría de la vida; son bellos pues logran encontrar belleza en todas las cosas y personas. Ya no son esclavos de las propias sombras, ahora transmutadas en luz. No mezclan deseos en el mismo equipaje de las necesidades; no tienen segundas intenciones o intereses camuflados en las relaciones con los otros. No presumen la maldad ajena o la crean donde no existe. La pureza trae en sí una fuerza inconmensurable al permitirle a los puros exponer sus dificultades sin que ellas sean sinónimo de fragilidad. Ya no se mienten a sí mismos; para la pureza nada es inconfesable. Son aquellos capaces de verse al espejo sin estar ante un enigma, pero dispuestos a enfrentar su propio rostro, el alma desnuda, despojados de las fantasías seductoras ofrecidas por el ego exacerbado. La pureza no condena las elecciones ajenas, pues sabe que cada cual está ante las dificultades inherentes al propio proceso evolutivo. Como las virtudes se complementan, la pureza evita que la humildad se convierta en vanidad; no permite que la compasión sea movida por el orgullo; impide que la caridad sea motivo de ostentación; explica que el perdón no puede ser objeto de soberbia; la venganza jamás substituirá a la justicia; enseña que el amor no es un mostrador de intercambios; donde no hay amor no existe luz. La pureza es una virtud altamente sofisticada por la extrema simplicidad que ofrece”.

 

Volvimos a quedarnos en silencio hasta que le pregunté cuál era el motivo para que ese portal, ligado a la pureza, fuera considerado el portal de las alas. El Viejo arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “Pureza y libertad están intrínsecamente ligadas. Tan sólo a los puros les es permitido el entendimiento del verdadero sentido y gozo de la libertad. Al no existir cobros, mala fe o deseo de dominio no resta cualquier deuda o contraprestación en las relaciones. La pureza impide que el amor acabe negando tus fundamentos y se torne una prisión. La abundancia del perdón en el corazón de los puros, así como la abundancia de sal en los océanos, hace con que todas las prisiones emocionales construidas con las piedras del sufrimiento y con las rejas del resentimiento terminen deshaciéndose en el aire. La pureza despoja el peso inútil de la presunción o sobrevalorización de la maldad y ofrece la ligereza fundamental para quien está listo para alzar el vuelo de la libertad. El ser puro vive por el bien y por la luz, sin exigir ningún gesto, palabra o mirada de otra persona. Nadie necesita estar de acuerdo, acompañar o impedir que un espíritu libre prosiga el viaje. Al ser conceptuales, sus alas no pueden ser cortadas por el acero del mundo; las virtudes verdaderamente conquistadas no retroceden ni se pierden en las líneas del tiempo”.

 

Argumenté que siempre había considerado a las personas puras un tanto ingenuas, sin mucha noción de la maldad del mundo. El monje levantó las cejas, como lo hacía siempre que se ponía serio y dijo: “Es justo lo contrario”. Terminó el café y explicó: “Recuerda que las virtudes son complementarias. La prudencia y la justicia son portales anteriores a la pureza, por lo tanto los puros ya las posen. Claro que el mal debe ser estancado donde se presente, en su exacta medida educativa, siempre con sentido refinado de justicia, una indispensable y difícil virtud en el equilibrio del ser, para no permitir que el encanto por el bien quede contaminado. En el mismo calderón bien adobado de la maestría, la prudencia es una preciosa virtud que impide el conflicto entre la pureza y la ingenuidad. La prudencia enseña no sólo a identificar el mal, sino también a encontrar el bien en los lugares más impensables. La ingenuidad brota de la visión empañada sobre todas las cosas, en el cual aún se impone el dominio de las sombras sobre las elecciones del individuo debido a su falta de claridad. Al contrario de lo que muchos imaginan, la maldad es ingenua por no ser capaz de ver la belleza y el poder de la luz. La pureza revela los sótanos oscuros del ser para que sean iluminados y transmutados en habitaciones acogedoras para vivir. Tonto es quien vive en busca del mal en vez de buscar el bien. Tonto es quien ve el mal o lo presume donde no existe. Ingenuo es quien aún no entendió cómo el amor puede transformar la vida y el mundo; el amor precisa de la pureza para que pueda presentarse por entero”.

 

“La pureza tiene la fuerza maravillosa de conceder infinitas oportunidades a toda la gente, pues sabe que ella misma nació en el pantano de las equivocaciones. La pureza es liberadora”.

 

“La pureza son las alas de los seres pájaro”.

 

El Viejo me miró profundamente a los ojos y concluyó: “La pureza es la virtud de la otra cara; la cara capaz de mostrar y experimentar el poder de la vida, de la verdad, del amor y de la luz, típico de quien posee una fe inquebrantable en sí y en el mundo”. Volvió a mirar hacia las montañas antes de finalizar: “Bienaventurados los puros de corazón, pues a ellos les será permitido ver el rostro de Dios”.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Alejandro 21 de septiembre de 2019 on 07:08

    Muy buen relato, me gustaría saber de dónde es y cuáles son los otros 8 portales, gracias por la traducción 🙂

  • Fabiana 12 de octubre de 2017 on 01:00

    Genial!