La belleza de ser único

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de perpetuar la filosofía de su pueblo a través de la palabra, cantada o no, hacía sonar en su tambor de dos fases una melodía sentida mientras el día amanecía. La música es una oración de comunión por la alegría de sentirnos parte esencial del universo y, en respuesta, todo ese poder vibraba en nuestro ser. Apagamos la hoguera y bajamos la montaña. Cuando llegamos a la casa del chamán, uno de los habitantes de la aldea lo aguardaba para pedirle ayuda. El motivo de su tristeza era su hijo, siempre inseguro y miedoso, bastante diferente de los otros chicos de su edad y del propio padre. Lamentó que el joven hubiese nacido cobarde. Canción Estrellada lo invitó a sentarse en la terraza, nos sirvió café, encendió sin prisa su inseparable pipa con hornillo de piedra roja mientras oía al padre, quien explicaba que el hijo tenía trece años y en breve tendrían en la aldea el ritual de paso hacia la vida adulta. La Ceremonia de Iniciación, tenía como prueba principal los combates cuerpo a cuerpo entre los muchachos, como demostración de coraje y habilidad. El chamán aspiro el humo de la pipa y dijo: “Nadie nace débil; ser fuerte es una elección permitida a todos. No obstante, conocer la propia fuerza es la raíz de la magia personal; percibir la dimensión y el poder del universo en sí y ante sí alimenta el coraje, enseña sobre la humildad y transforma el ser. Tráelo aquí mañana”.

 

Al día siguiente, muy temprano, el padre llevó al joven. Era bello y saludable, sin embargo, sus ojos huían para no encontrar otras miradas. Lee era su nombre. El padre agradeció y se fue. Canción Estrellada lo recibió de manera afectuosa y nos invitó a dar un paseo. Era un día caliente de verano y fuimos hasta un gran lago próximo a la aldea. Algunos niños jugaban y nadaban allí. El chamán le dijo que se sintiera a gusto para entrar al agua, si así lo deseaba. Lee comentó que le gustaría pero que nunca había aprendido a nadar, pues tenía miedo de ahogarse. Canción Estrellada no insistió pero argumentó: “Justo el miedo de no aprender a nadar hace que la posibilidad de ahogamiento sea mayor”.

 

Al segundo día el chamán nos llevó a montar a caballo. Lee dijo que, aunque tenía ganas de aprender pues se le hacía muy divertido, nunca había cabalgado. Confesó que tenía recelo de caer y maltratarse. Canción Estrellada comentó, como si lanzara una semilla, “¿Percibes que el miedo de que acontezca lo peor te impide disfrutar lo mejor de la vida?”. El joven no respondió.

 

Al tercer día, en la tarde, subimos a las montañas. Después de una caminata intensa paramos en una pequeña planicie que nos permitía tener una hermosa vista del valle. Como comenzaba a anochecer, el chamán me pidió que encendiera una hoguera. En seguida comenzó a cantar lindas canciones ancestrales que acariciaban el corazón. Fue la primera vez que vi a Lee esbozar una sonrisa. Canción Estrellada lo percibió y le entregó el tambor de dos fases para que el joven lo acompañase. El chico tenía ritmo y el pequeño ritual duró horas. Al final, confesó que amaba la música y que solía esconderse de los otros muchachos mientras ellos entrenaban luchas para tocar y cantar en soledad. Se sentía desubicado al no compartir los mismos gustos de los de su edad. Sacó una pequeña armónica del bolsillo y entonó varias canciones, algunas conocidas, otras de su autoría.

 

Al final, Canción Estrellada comentó: “Las más bellas historias son las de superación. Todas las buenas canciones, en esencia, revelan que la luz deshace la oscuridad; que el amor es la cura para todo dolor”. Lee dijo no estar entendiendo. El chamán explicó: “Tu belleza está escondida por el hecho de aceptar la prisión del miedo. El miedo, por si mismo, no es un problema pues sólo existe coraje donde antes había miedo. Todas las virtudes son flores germinadas de las semillas de la dificultad. La cuestión del miedo es la misma de cualquier dificultad: la manera como reaccionamos a la situación hace toda diferencia. El problema es un problema cuando te dejas aprisionar por él; o puede ser un maestro si es usado para apalancar una transformación personal”. Lo miró a los ojos y concluyó: “Esto hace que las elecciones sean fundamentales”.

 

Lee confesó que, al contrario de los otros chicos, detestaba las luchas, hecho que lo aisló del grupo y acabó impidiendo que no aprendiera a nadar ni a cabalgar con los otros niños. Extrañaba a sus amigos y los juegos, pero no le gustaban las miradadas de asombro y las acusaciones de cobardía. El chamán sonrió con bondad y dijo: “El miedo se propagó y robó la sal de la vida, ya que no has percibido la belleza de ser único. Nadie es igual a nadie; aceptar las diferencias es entenderse a sí mismo, ampliar las posibilidades y expandir el universo”. Apuntó para el cielo y comentó: “No hay dos estrellas iguales en el firmamento, así como cada persona posee y manifiesta su propia magia. Somos protagonistas de nuestra historia y asistentes en las narraciones ajenas. Cada uno con su don y su manera, una belleza única y esencial, como partes distintas e indispensables que, al encajar debidamente, irán a componer el todo”. El joven aseguró comprender lo que el chamán decía, pero en su interior sentía que faltaba algo que le permitiera transformar aquellas palabras en actitud, como una pieza en el rompecabezas. Lee quería saber cuál era. Canción Estrellada fue monosilábico: “Fe”.

 

En seguida, ante un enorme punto de interrogación en la expresión del joven, el chamán le preguntó qué entendía por fe. Respondió que fe era tirarse del precipicio con la certeza de que una mano lo ampararía en la caída. Canción Estrellada lo corrigió con buen humor: “Esto es suicidio”. Todos reímos y el ambiente se distendió. El chamán continuó: “Un hijo trae consigo los genes de sus padres. Somos la perfección del Misterio Infinito todavía en embrión, por lo tanto, traemos con nosotros toda la fuerza del Creador. Basta con que cada cual permita que esos poderes se manifiesten en su interior. Esto es fe”. Hizo una pausa y prosiguió: “Pero creer en esos poderes de nada sirve si no los entendemos y los sentimos dentro de sí”.

 

Los ojos de Lee brillaban más que la hoguera. Él preguntó por tales poderes. El chamán respondió prontamente: “Toda virtud se traduce en luz; al ejercitarlas transforman, liberan y pacifican el ser. Esto es magia”. Dio una pequeña pausa, miró al joven a los ojos y dijo: “Magia es manifestación del poder personal, del despertar de la fuerza divina adormecida en tu ser. Quien la mueve es la fe. Tan sólo ella”.

 

“No obstante, quien direcciona la fe es el amor, o nada tendrá sentido”.

 

“La fe en sí mismo, al manifestarse a través de las elecciones personales sincronizadas con la luz, conecta al individuo con el Infinito y lo funde en un único ser. El uno es una fuerza indescriptible, que va mucho más allá de la imaginación vulgar. Todos tienen ese poder. ¡Úsalo, Lee!”.

 

El muchacho argumentó que no sabía cómo hacerlo. Canción Estrellada, a su modo, fue didáctico: “Todo proceso tiene un inicio. El punto de partida es saber quién eres en realidad, sin ilusiones ni disculpas. Así, paso a paso, entenderás la necesidad de transformar las elecciones que, poco a poco, percibirás que no te sirven más. Esa es la manera en que las virtudes florecen en el ser. Procura el silencio y la quietud. La mente y el corazón necesitan parecerse a un lago de aguas plácidas para que puedan reflejar el propio espíritu, tu rostro divino. La correría de los días modernos hace con que las aguas de nuestro lago interno anden muy agitadas y los condicionamientos sociales las vuelvan turbias, impidiendo reflejar la esencia vital que debe orientar la evolución. Es necesario dejar las aguas tranquilas para colocar la mente y el corazón en diálogo con el propio espíritu o no habrá avance y plenitud. Sin esto no existirá la verdadera libertad ni la conquista de la paz. No habrá encanto por sí mismo, por el mundo y por la vida. Se hace necesario que la fe manifieste la magia personal”.

 

En seguida dijo que era hora de dormir. Enrollados en nuestras mantas, nos acomodamos próximos a la hoguera y, bajo un manto de estrellas, adormecimos. Desperté varias veces durante la noche y vi los ojos de Lee fijos en el firmamento. Percibí que en ellos no había miedo o inseguridad y sí fascinación. Descendimos la montaña a la mañana siguiente y yo partí para Sedona, una ciudad próxima, pues tenía otros compromisos. Acepté la invitación para volver dentro de tres meses, en la fecha de la Ceremonia de Iniciación, el rito de pasaje tribal para la vida adulta.

 

Llegado el día, encontré la aldea totalmente decorada. Como me atrasé un poco, todos ya estaban reunidos para la fiesta. Pasé rápidamente por la casa de Canción Estrellada para dejar la mochila y observé dos fotos en una esquina de la mesa. En una, Lee estaba sonriente montado en un caballo al lado del chamán; en la otra, lanzándose al lago desde una piedra. Sonreí conmigo mismo y fui al encuentro de todos. Era una gran fiesta de origen ancestral en la cual los jóvenes demostraban el coraje necesario para tornarse guerreros. La prueba principal consistía en exhibir las habilidades individuales para la lucha cuerpo a cuerpo. En parejas, con los torsos desnudos y pintados con motivos de guerra, los jóvenes se enfrentaban ante los aplausos de toda la aldea. Era imposible no notar trazos de angustia y ansiedad en el rostro del padre de Lee, hasta que el muchacho fue convocado a la pequeña arena. Al contrario de lo que yo imaginaba, el chico se presentó con porte austero, mirada segura y postura elegante. Sin embargo, a diferencia de los otros jóvenes, en su pecho estaba dibujado un enorme y colorido sol. Con los ojos busqué a Canción Estrellada. El chamán, sentado al lado de los demás miembros del Consejo de Ancianos, estaba imperturbable.

 

Cuando estuvo enfrente a su oponente, Lee hizo una reverencia respetuosa, se volteó hacia toda la aldea y declaró que no lucharía con el otro chico. Agregó que el combate tenía como finalidad presentar ante la aldea las habilidades individuales y que él les ofrecería la suya. Para espanto general, sacó del pantalón una pequeña flauta de bambú y, por minutos que parecían sin fin, tocó una dulce y suave melodía, capaz de tocar los corazones más endurecidos. Cuando acabó, reinó el más absoluto de los silencios. Algunos estaban atónitos, otros desconcertados.

 

El maestro de ceremonia, a quien cabía la función de organizar los combates, honra concedida al más bravo guerrero de la tribu, declaró la eliminación de Lee y su expulsión de la fiesta. Alegó que además de la falta de coraje para el combate, el joven había deshonrado el ritual y ofendido las tradiciones de la tribu, pilares culturales de aquel pueblo, que deberían ser respetados y preservados.

 

Hubo un gran murmullo y, por los comentarios, noté que las personas tendían a aprobar la decisión del maestro de ceremonia. No obstante, era también parte de la tradición que una sentencia de aquellas fuese homologada por el Consejo de los Ancianos, órgano responsable por la dirección de la aldea. El Consejo se cerró en círculo para deliberar. Durante un tiempo que no puedo precisar, intercambiaron ideas en tono de voz bajo, inaudible al resto de la tribu, hasta que el más viejo de sus miembros que había sido un valeroso guerrero en la juventud y se había convertido en un respetable sabio en la vejez, pidió la palabra en nombre del colegiado:

 

“Hay razón cuando se dice que las tradiciones deben ser respetadas, pues ellas hablan sobre nuestra cultura, la riqueza de mostrar a toda la gente los valores espirituales, la manera de ser y la forma de vivir de nuestro pueblo. Esta es una de las razones de las ceremonias, la otra reside en unirnos mediante los hilos de los sentimientos más nobles, teniendo al amor como guía”. Hizo una pequeña pausa para que ninguna idea se perdiese. Su discurso era dócil y claro: “Sin embargo, sin cualquier demérito a las tradiciones, todo en la vida necesita transformarse para que la vida continúe latiendo y la evolución se complete. El equilibrio en la inestabilidad es un arte imprescindible para una existencia armoniosa. El coraje es una virtud esencial como todas las demás. Durante siglos, nuestra manera de demostrarlo fue mediante las luchas cuerpo a cuerpo, puesto que ellas eran vitales en el pasado. No obstante, todo cambia. Así como el padre crea, la madre cuida y mantiene, el hijo llega para destruir las viejas formas de pensar y actuar como elemento de cambio para abrir espacio a la renovación de la vida. Así proseguimos”.

 

“Se trata de un ritual de coraje y al rehusarse a luchar con su oponente en frente de todos, el joven Lee escogió enfrentar a toda la aldea y desafiar nuestros dogmas ancestrales”. Volvió a detenerse y en seguida prosiguió: “No hubo irrespeto, por el contrario, demostró mucho coraje al revelar que todo puede y debe ser diferente y mejor, o nos deterioraremos en el estancamiento. Él tuvo el coraje de pocos al cuestionar la tradición, bajo el riesgo de ser eliminado, ante la pena del desprecio y de ser tachado de cobarde. Su coraje nos mostró posibilidades de manifestación hasta entonces inimaginables o, como mínimo, inconfesables. Él ofreció su don como instrumento de deleite y expansión de consciencia, como herramienta de amor, transformación y superación. Él nos dio la oportunidad de percibir que el coraje se manifiesta en otros dominios y no sólo en la guerra. El joven Lee nos mostró cuánto precisamos ser fuertes para vivir el amor con toda la intensidad necesaria”. Miró a toda la aldea a su alrededor y preguntó: “¿Cuántos habrían tenido el coraje de lanzar un desafío como el que él creó?” Aguardó algunos segundos la manifestación de alguien y ante el silencio de todos concluyó: “Así, el Consejo de los Ancianos, con los poderes investidos por esta tribu y comprometido con los más dignos ideales de fraternidad, declara que el participante honró la tradición con su coraje y al completar la prueba, debe ser declarado como un verdadero guerrero”.

 

La aldea explotó en aplausos. El sabio levantó la mano y volvió a pedir silencio para hablar: “A partir de ahora, cada joven podrá presentar ante la tribu otro don y su magia en el Ceremonial de Iniciación, como opción más allá de las luchas,”. Miró al muchacho y dijo: “Para terminar, le pido al joven Lee que nos deleite un poco más con su habilidad”. Entonces de la flauta de Lee comenzó a sonar una canción alegre que prontamente fue acompañada por los tambores de la tribu. El padre del chico era la manifestación pura de la alegría. Toda la aldea comenzó a danzar y la Ceremonia de Iniciación cambió para siempre.

 

Busqué a Canción Estrellada. Encontré al viejo hechicero estático en un rincón, fumando su indefectible pipa con hornillo de piedra roja, como si nada de aquello tuviera que ver con su don y su magia.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

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