El maratón

Estaba de regreso a la pequeña villa china, incrustada en el Himalaya, próxima a Bután. Quería estudiar un poco más con Li Tzu, el maestro taoísta. El bus me había dejado muy temprano en la única posada local y como sólo habría cuartos disponibles después del mediodía, dejé mi mochila y seguí para la casa de Li Tzu con la esperanza de acompañarlo con un buen té caliente. El sol se mostraba con sus rayos tímidos y casi no había personas en las calles. El portón de la casa del maestro taoísta nunca estaba trancado. Entré sin hacer ruido. Sentí el perfume del incienso y una paz absoluta. Encontré a Li Tzu sobre un pequeño tapete, extendido en el jardín de bonsáis, haciendo complicados ejercicios de yoga. Un gato negro, llamado Medianoche, que también vivía en la casa, acostado al lado observaba todo de manera perezosa. Fui recibido con una sonrisa sincera y sin cesar su práctica, el maestro taoísta me dijo que me sirviera té. Fui hasta la cocina; sobre el fogón había una tetera con una mezcla deliciosa de hiervas y flores en infusión. Volví con una taza llena, me senté a su lado y le ofrecí colocar una melodía desde mi celular para acompañar su práctica. Li Tzu respondió: “Lo agradezco, pero aprecio la voz del silencio. Hay bastantes ruidos y barullo durante el día. No quiero perder este manjar que el amanecer me permite”. Fue imposible no percibir las difíciles posturas de yoga ejecutadas por el maestro taoísta, dada su avanzada edad. Él había sido compañero de facultad del Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, en una prestigiosa universidad inglesa cuando ambos eran jóvenes. Comenté eso mientras, sentados en la mesa, desayunábamos. Aunque la alimentación de Li Tzu era frugal y su cuerpo delgado, sus facciones demostraban salud además de una extrema serenidad. Agregué que, aunque yo fuera mucho más joven, no sería capaz de realizar ninguno de aquellos ejercicios. Él me miró como a un niño y explicó: “El Tao nos enseña que todo es posible. El Tao viene del cielo y estamos debajo de él”.

 

Le dije que no había entendido. Pensaba que el Tao era muy enigmático. Li Tzu arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “El Tao es el sendero que trae luz al mundo; la luz es la conquista de la plenitud del ser, la casa de la libertad y de la paz. El Camino del Tao se complementa con el ejercicio de las virtudes. Las virtudes florecen con la práctica de los buenos hábitos”.

 

“Cuando dices ‘no puedo’, te conformas con la esclavitud impuesta por los malos hábitos. Al concientizarte de que eres capaz de hacer absolutamente cualquier cosa, estás dando el paso más importante para la liberación del ser. La pereza, la debilidad mental, el vicio, las dependencias emocionales, los condicionamientos culturales, además de las otras sombras, son peligrosas prisiones que aumentan nuestro nivel de dependencia externa. El Tao nos dice que ‘entre menos necesitemos, más libres seremos’. Buena parte de nuestra vida es vivida en ‘modo automático’. Tenemos que desconectar ese botón para que podamos sacar la vida del inconsciente y modificar las elecciones”.

 

“¿Esta es la mejor palabra a ser pronunciada? ¿Es este un pensamiento liberador? ¿Esta actitud serenará mi corazón? ¿Es esto lo mejor que puedo ofrecerme a mí mismo y al mundo? Son preguntas necesarias a cada instante. Cambiar las elecciones es transformar la vida; es el límite entre la cárcel y la libertad, la frontera que divide las calles del sufrimiento y el jardín de la paz”.

 

Le dije que se equivocaba pues existe una enorme distancia entre el discurso y la práctica. Le comenté que mi novia me había convidado a ir con ella a Nueva York para participar en un maratón, pero que había declinado por conocer mi inaptitud física. El maestro taoísta comentó, pareciendo divertirse: “Con seguridad te desmayarás, infartado, antes de ver la Estatua de la Libertad”. Hizo una pausa y prosiguió: “Pero el ejemplo es muy bueno. Para quien nunca corrió, será muy difícil terminar la prueba. No obstante, si trazas un plan de entrenamiento para que, en vez de sobrepasar los propios límites de una sola vez, lo que además de peligroso puede desmotivarte, expandas tu capacidad física poco a poco, con seguridad tendrás éxito. Comienza con pequeñas caminatas, después algunos trotes; aumenta un poquito la distancia todos los días y, cuando menos te des cuenta, estarás cruzando la línea de llegada. Si puedes colocar las manos en la barriga, luego podrás colocarlas en los pies. Si puedes colocar las manos en los pies, podrás en breve y con la debida dedicación, completar un maratón. El yoga me recuerda eso todos los días. Sirve tanto para la superación física como para la mental, emocional y espiritual. Al final, la naturaleza no da saltos. Todo en el universo evoluciona a pasos lentos, pero cuando ocurren, son firmes e inexorables. Determinación y paciencia son virtudes esenciales para los viajeros del Tao”.

 

“Buenos hábitos son ejercicios que auxilian en la formación de las virtudes del ser, demuestran la capacidad de superación del individuo y la liberación de los condicionamientos del mundo. Para un buen guerrero de nada sirve su habilidad con la espada durante la batalla si mentalmente es débil. Creer en sí es despertar la centella de luz cósmica adormecida y usar este poder para ir más allá de sí mismo, venciendo las dificultades e instalando un nuevo patrón de comportamiento. Cada cual es un centro generador y también una antena receptora de energía, capaz de captar las vibraciones en la misma frecuencia vibratoria de aquellas que emana. Esto hace con que cada ser sea responsable tanto por su escudo como por sus alas y todo lo que acontece a su alrededor. Esa es la manera de construir un puente hasta el cielo, el lado invisible de la vida. Entre más firme sea el puente, mayor será la capacidad para soportar el tráfico entre los dos lados. Este puente es el Tao”.

 

Argumenté que nada de aquello era fácil. Li Tzu me miró con paciencia y dijo: “Nadie dijo que era fácil, tan sólo que es indispensable para quien quiere viajar a través del sendero del Tao. Abandonar los malos hábitos no significa apenas practicar ejercicios, tener una alimentación leve, parar de fumar o de disminuir el consumo de sal y de azúcar. En realidad, esta es la parte más superficial, si bien cuidar del cuerpo, sin vanidad, sea una necesidad y una actitud de gratitud y respeto con la vida, la profundidad en adquirir buenos hábitos consiste en dar importante paso para salir de la comodidad de la apariencia, en busca de la serenidad de la esencia, en jornada de infinitas transformaciones”.

 

“No es por casualidad que la sabiduría de la tradición cristiana, en plena conformidad con el Tao, enseña que debemos escoger la puerta estrecha de las virtudes, en la cual el andariego encontrará una vía difícil, pero con importantes escalas evolutivas”.

 

Le pedí al maestro taoísta que fuera más objetivo en la explicación. Él fue paciente: “Los mejores y más sofisticados hábitos son los más sencillos, pues están a disposición de cualquier persona”.

 

“Negar el perdón es de un nivel espiritual aún tosco; aprender a perdonar de verdad, un arte. A menudo, veo la negación del perdón como ejercicio de orgullo y arrogancia. También percibo un no entendimiento de la completa extensión de la práctica liberadora del perdón. ‘Ya perdoné a fulano, no le deseo mal’, es una frase bastante oída. No desear mal es el primer escalón del perdón que sólo se completa al desear lo mejor para el otro. No entienden que, además de un maravilloso ejercicio de humildad y compasión, el perdón por ser liberador, beneficia a todos los involucrados, indiscriminadamente”.

 

“Abandonar el vicio de la dominación como práctica de liberación. El miedo, una sombra traicionera, nos impone el hábito ancestral de controlar a los otros en razón de la posibilidad de sufrir algún mal. La libertad inicia cuando dejamos de interferir o imponer nuestra voluntad en las elecciones ajenas. Así, estamos más leves para alzar vuelos más altos”.

 

“No criticar a terceros. En el fondo, hablamos mal de los otros cuando queremos desviar el foco ante nuestras propias imperfecciones. Este hábito es muy común y, lo peor, suele esconderse en el inconsciente, tornándose un vicio de difícil cura. Apuntar los defectos es una actitud traicionera y, sin duda, un mal hábito. Concentra toda tu energía en el perfeccionamiento de tí mismo; es un bello hábito, terruño de muchas virtudes”.

 

“El desánimo y las lástimas. Pocos hábitos son tan nocivos al traer tal peligro de contagio. El desánimo es para los débiles; las lamentaciones para los ignorantes. Los obstáculos traen en sí el refinamiento del guerrero; cuando el sendero está difícil, el andariego agradece la lección, cambia la manera de caminar y sigue en frente”.

 

“Entre varios, son sólo cuatro ejemplos muy comunes de malos hábitos que deben ser modificados, pero que al estar insertos en lo cotidiano, no nos damos cuenta de cómo están entrañados en nuestro vivir y de los maleficios que producen. La alteración de la rutina infla las velas con los vientos da libertad y de la paz; entonces, el barco surca los mares de la existencia”.

 

Le pregunté si había algún truco que auxiliara en el cambio de hábitos. El maestro taoísta sonrió levemente y explicó: “La meditación es maravillosa para eso”. Argumenté que la meditación era muy difícil para la cultura occidental. Li Tzu levantó las cejas y replicó con firmeza: “Ni has comenzado y ya estás convencido de que no puedes”. Bajé los ojos y él prosiguió: “Meditar es silencio y quietud. Es abandonar las preocupaciones del mundo para encontrarse consigo mismo; encontrarse consigo es permitir que el mundo invisible permee tu ser, que el universo pueda fundirse en tus células; es la conexión con el propio espíritu que, al ser realizada, permite leer las señales del Camino. Es la hora de vaciar el agua turbia del ánfora para volver a llenarla con agua pura”.

 

“Entiende el vicio que necesitas abandonar o, si es el caso, el buen hábito que deseas incorporar; lleva hasta el chacra ajna, o centro crístico, localizado entre las cejas y fíjalo allí durante la meditación. Di mentalmente que vas a cauterizar aquella herida, cuando se trate de malos hábitos; o, en el caso del florecimiento de las virtudes aún en semillas, que permitirás el surgimiento de una nueva manera de ser y vivir, en la consolidación de un puente sólido entre tú y todo el poder que existe en el infinito”. Hizo una pausa y concluyó: “Nuestras posibilidades son inimaginables. Al final, somos uno”.

 

“El propósito de la vida es la evolución. Sólo y solamente. Simple y sofisticadamente. Evolución en todos los planos de la vida, de la materia al espíritu, del átomo a las estrellas, del egoísmo al amor. Avanzamos a medida que expandimos la consciencia y ampliamos la capacidad de amar; en este proceso evolutivo, la germinación de las virtudes es una vía segura. El Tao nos enseña eso. Los buenos hábitos, además del bienestar y ligereza que proporcionan, hacen tangibles los compromisos más profundos de las pequeñas transformaciones personales que asumimos, cada cual consigo mismo, que al final de cuentas, son los mismos que tenemos para con el mundo. Nuestras actitudes son ondas concéntricas que se propagan en el gran lago cósmico”.

 

Le pregunté cuáles son los buenos hábitos que él más admiraba. El maestro taoísta no titubeó: “Cultivar buenas amistades, además de esparcir la esperanza y la alegría por donde pasas”. En seguida quise saber cuál era el mal hábito que él consideraba más nocivo. Li Tzu respondió prontamente: “El estancamiento, fruto del vicio mental de que la vida es mala y el mundo no tiene remedio. Agresividad, tristeza, agonía y depresión son las consecuencias más visibles, además de la enorme sombra colectiva que alimentan”. Me miró a los ojos y finalizó la conversación: “El planeta gira para mantenernos vivos; ¿por qué permanecer parados? Cada uno trae en sí el propulsor maestro de la vida; cuando nos movemos para encender la llama de la luz interna, todo a nuestra vuelta se altera. Buenos hábitos cambian la vida del individuo y, lentamente, iluminan el mundo. Ese es el maratón de la existencia; todo lo que no se mueve, se pudre”.

Gentilmente traducido Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Felipe maldonado 8 de diciembre de 2017 on 21:10

    Gracias yoskhaz