Un fiel carcelero

Era domingo. Aproveché la oportunidad que me ofrecía el camión que entregaba leche en el monasterio y bajé rumbo a la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña. Quería asistir a misa en la bella catedral gótica, situada en frente a la plaza. El día apenas despuntaba mientras yo andaba por las calles sinuosas, calzadas con piedras seculares, oyendo el ruido de mis pasos, perceptible ante tanto silencio, en busca de una taza de café para despertar mis pensamientos. Me arriesgué a pasar por el taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, donde los horarios inusitados de funcionamiento eran tan famosos como la buena prosa de su propietario. Sonreí conmigo mismo al ver la clásica bicicleta de Lorenzo recostada en el poste. Cuando entré al taller me sorprendí al encontrar a una mujer sentada en el mostrador, al lado del artesano, entre café y lágrimas. Pensé en dar media vuelta pero el zapatero me ofreció una sonrisa sincera al verme y me invitó a sentarme con ellos. Fuimos presentados y Lorenzo, siempre gentil, colocó prontamente una taza humeante con café fresco en mis manos. Nancy era una pediatra muy solicitada y apreciada en la ciudad. Ella fue muy simpática y no le incomodó que yo participara de la conversación. A pesar de ser una mujer de edad madura y muy inteligente, sufría mucho en sus relaciones afectivas. Los celos la atormentaban desde la adolescencia cuando comenzó a enamorarse.

 

Aunque ya había iniciado la narración de sus lamentos, pude entender que ella salía con un artista plástico de una ciudad próxima y el hecho de él no exigirle nada, la hacía sentir insegura y desconfiada. Reclamó que se sentía demasiado suelta y que no confiaba en los sentimientos de él, pues “quien ama, cuida”. La relación se estaba deteriorando ya que ella llegaba a visitarlo sin avisar, cada vez con más frecuencia. Al comienzo a él le encantaba, después percibió que se trataba de un intento de dominación y control inspirado por el miedo que alimenta los celos. La situación se agravó cuando Nancy insinuó su desconfianza en relación al comportamiento de él, pues sabía de casos en relaciones anteriores en los que él había sido infiel. Ella sufría mucho por toda esa inestabilidad emocional.

 

El zapatero se mantuvo callado por instantes, sin embargo, los ojos de Nancy ansiaban una palabra que la ayudase a salir de la oscuridad en la que se encontraba. Lorenzo bebió un sorbo de café y dijo: “Sí, debemos cuidar de todos y del mundo, y también es verdad cuando dices que debemos cuidar con mayor atención a quienes amamos. Son los lazos del amor los que nos unen en la eternidad, pero debemos tener cuidado para no apretar el nudo”. La médica dijo no haber entendido. El artesano fue didáctico: “Cuidar significa querer el bien del otro, diferente de dominarlo, controlar sus deseos o volverse su propietario. Cuando deseamos lo mejor para el otro no podemos olvidar que, muchas veces, lo mejor para él, de acuerdo con el momento que vive, es partir solitario en busca de nuevos paisajes. En este caso, cuidar bien es el acto de desear, con sinceridad, un buen viaje. Las relaciones amorosas son lazos, justamente para que puedan deshacerse suavemente con sabiduría y amor. Aun cuando el amor se agota en la afectividad íntima de una pareja, éste debe permanecer vivo en el ámbito de la convivencia común, del aprecio y de la amistad. Por el contrario, cuando se amarra una relación con un nudo para desatarlo, con frecuencia, precisamos cortarlo. Los cortes sangran; causan un trauma innecesario por el filo que mantienen, en fina trama, todos unidos, solidarios e independientes al mismo tiempo. Si en vez de dar un nudo aprendiéramos a hacer un lazo con suavidad y respeto, nunca necesitaríamos cortarlo, no sangraría y, por lo tanto, no sufriríamos”.

 

Nancy alegó que tan sólo sentía celos dado el comportamiento del novio al generarle mucha inseguridad. Lorenzo fue paciente pero incisivo: “Ese argumento es un contrasentido nacido de una visión turbia por los lentes que distorsionan la imagen y ofuscan la claridad. Puedes no estar de acuerdo con las elecciones de quien quiera que sea, pero ellas no pueden afectar tu felicidad. Permitir que el deseo ajeno sea crucial para tu vida es transferirle al otro el eje de la felicidad, de la libertad y de la paz, renunciando al poder personal sobre esas conquistas espirituales. Si deseas ser feliz nunca le concedas a nadie tal poder sobre tu vida”.

 

“El modo de vivir del otro debe respetarse siempre. Cada uno decide lo que es mejor para sí, sus gustos, sinsabores y lecciones, de acuerdo con su momento evolutivo. Esto vale para todos, inclusive para ti. No obstante, el miedo es una emoción ancestral que nos acompaña desde tiempos inmemoriales, aconsejándonos dominar todo aquello que pueda frustrar nuestros deseos o hacernos sufrir. Tenemos una enorme dificultad para lidiar con las frustraciones y decepciones. Por ignorancia, nos ilusionamos al creer que la felicidad depende de cambiar y adaptar al otro a nuestro agrado. No soportamos contrariedades, como si la negativa ajena pudiese hurtar aquello que nadie puede quitarnos: el equilibrio indispensable para alcanzar la plenitud que nos mantiene suspendidos en el aire”.

 

“Aprisionar a los otros, ya sea a través de mecanismos de control o por medio de críticas severas, está tan enraizado en el inconsciente que muchas veces ni percibimos el propio comportamiento. Acaba siendo un vicio. Así, los celos hacen con que las relaciones se vuelvan una prisión imperceptible al no ver sus rejas y como todo presidio posee la necesidad de vigilancia, acabamos también siendo prisioneros. El prisionero está esposado al carcelero bajo el pretexto absurdo de amar”.

 

“¿Percibes que los celos nada tienen que ver con el amor? En realidad, los celos son una característica de aquellos que todavía no aprendieron a amar. La prueba es simple: si tú sientes celos, aún no conoces el amor en toda su amplitud y posibilidad de liberación”.

 

“Cada uno trae consigo su visión y sus vivencias. Siempre habrá diferencias que alinear en una relación, como constante ejercicio para enseñar y aprender al mismo tiempo. Cabe entender el momento de superar las dificultades para armonizar la relación; así como es necesario aceptar el momento de partir. Cualquiera que sea la elección, debe estar revestida de amor, dignidad, libertad y paz. Así también debe ser recibida”.

 

“Por más que el ego grite lo contrario, debes entender que cuando uno decide partir, será bueno para los dos. Insistir en mantener de pie aquello que ya no existe es negarse a aceptar el fin de un ciclo y resistirse a todo lo bueno que uno nuevo inevitablemente traerá. Esta falta de entendimiento es la razón más común de los sufrimientos afectivos. ¿Por qué en vez de cortar las alas ajenas no admiramos y aplaudimos los vuelos solitarios? Esto nos traerá la ligereza necesaria para el uso de las propias alas y nos proporcionará bellos paisajes en los vuelos por venir”.

 

La médica confesó que el comportamiento de su novio le daba la sensación de que él no la consideraba lo suficientemente buena para permanecer a su lado. Lorenzo sacudió la cabeza y dijo: “El ego, cuando está desalineado con el alma, sostiene la idea absurda de que no somos buenos por el simple hecho de que el otro ya no quiere compartir la vida afectiva con nosotros. No se trata de ser mejor o peor, es tan sólo una cuestión de sintonía. Las personas deben mantenerse unidas por afinidad. Intereses y consciencias cambian; esto es bueno y natural. En cualquier relación saludable, mientras la pareja esté en la misma frecuencia energética, se mantendrá unida con un lazo; cuando no, éste se deshará con suavidad, sin cortes o traumas, con todo respeto al propio amor. Insistir en mantener lo que ya no existe o en manipular la voluntad ajena es insistir en la dominación que tanto sufrimiento genera. Para ser libre es preciso amar la libertad; para vivir el amor es necesario amar al amor. Para ser amor es indispensable que sea libre o no pasará de una cárcel en la que, aunque dulce, dorada y sin rejas, todos los involucrados están presos en una enorme penitenciaria planetaria construida por los ladrillos de los celos y del miedo”.

 

“Existen casos más crueles e insensatos que ocurren cuando el individuo se mantiene prisionero, solitario, torturado por los celos y el vicio de la dominación, incluso cuando el otro ya partió. Es la inmadurez de ser libre, el miedo a la responsabilidad ante la propia felicidad que un día tendrá que asumir”. Tomó un sorbo de café y profundizó su raciocinio: “La madurez es fundamental para conquistar la libertad. Negarse a asumir la responsabilidad por la construcción interna de la propia felicidad crea una dependencia con relación a la voluntad y a los deseos ajenos.  Transformar esa óptica es el comienzo para encontrar el camino hacia la paz”.

 

Nancy confesó que desde niña tenía el sueño de vivir y dedicarse a una persona para toda la vida. No obstante, cada vez más le parecía distante alcanzarlo. El zapatero dijo con dulzura: “Amar es el ápice de la vida; ser amado es un bálsamo maravilloso. Los sueños no deben envejecer; sin embargo, no podemos obligar a nadie a vivir nuestros sueños, pues cada uno tiene los suyos y todos son bellos y, en esencia, son muy parecidos, al menos en el deseo de servir como herramientas para la conquista de la felicidad. A pesar de eso, la manera como trabajemos esa construcción hace toda la diferencia, ya que define quiénes somos, las circunstancias a nuestro alrededor y el propio destino. Hace también que los sueños, en algunas ocasiones, discrepen por la falta de armonía en aquel momento evolutivo. Los sueños componen una orquesta que toca en el baile de todas las parejas, unas veces estarán en sintonía, en otros momentos estarán desafinados. Habrá parejas en afinidad para bailes sin fin, pero si ya no es posible bailar con la misma música debido a la diferencia de tono, es hora de seguir adelante en busca de otras sonoridades, con la misma alegría, por respeto a ti, al otro y a todos los sueños del mundo. Ser libre es indispensable para vivir el amor. El amor trae consigo paz interior y ligereza para mantenerse mucho más allá de las sombras y del dolor, o de lo contrario no es amor”.

 

Nancy dijo que la infidelidad la asustaba. No admitía lo que denominaba “traiciones”. Lorenzo levantó las cejas y enfatizó con la seriedad que el asunto exigía: “La fidelidad se traduce en la honestidad que debemos tener, principalmente, para con nosotros, pero también en el trato con toda la gente, sea en el campo profesional, personal o afectivo. La honestidad es una virtud y su ausencia caracteriza un fraude. La virtud es de quien la posee, cabiendo tan solo la compasión por aquellos que todavía no la tienen. Así, la aflicción será siempre de quien no pudo ser sincero, jamás de quien presumió la pureza indispensable en las buenas relaciones”. Miró con dulzura a la amiga y dijo: “Prefiero ser engañado que engañar; prefiero libertad, con todos sus riesgos, a ejercer el papel de vigía implacable sobre la vida ajena. Si hay alguien a quien debo vigilar, es a mí mismo para no alimentar mis sombras. No quiero que las virtudes me abandonen; en ellas están mis alas”.

 

La buena médica quiso saber cómo el zapatero reaccionaría al saber que fue engañado en una relación. Lorenzo respondió: “Perdonar siempre”. Hizo una pausa y continuó el raciocinio: “La otra opción es el sufrimiento. Mientras el perdón liberta a todos los involucrados, el sufrimiento los aprisiona”. Levantó los hombros y concluyó: “La elección me parece sencilla”. Nancy agregó que había una tercera posibilidad, el desprecio. El artesano sacudió la cabeza en negativa: “El desprecio es un sufrimiento disfrazado de falsa superioridad; el resentimiento escondido en la arrogancia. Una sombra aún más cruel por ser difícil de identificarla en sí mismo”.

 

“Perdonar es la elección de la sabiduría y del amor. Es sabio al optar por la libertad en cambio de la cárcel de los recuerdos dolorosos. El sufrimiento es el látigo; el perdón, el bálsamo; el sufrimiento es la herida; el perdón es la cura. El perdón es un proceso muy valioso, no sólo por ser liberador, mas por el aprendizaje que trae al ejercitar muchas virtudes, esenciales para la conquista de la plenitud”. Terminó la taza de café y detalló: “El perdón necesita de la humildad para que entienda que no podemos exigir la perfección que no tenemos para ofrecer; cada cual con sus propias dificultades. Necesita también de la compasión, para aceptar que cada uno comparte tan sólo en el estrecho límite de su nivel de consciencia. De la misericordia y de la paciencia para entender que la flor de la felicidad tardará en germinar en aquel que insiste en no andar de la mano con la sinceridad; todo es aprendizaje, superación y evolución. Y también de la alegría, para que borre hasta la menor cicatriz”.

 

La médica quedó en silencio. El zapatero buscó en la pequeña estantería que mantenía en el fondo del taller un libro de poemas de Valentina Vaz, una monja de la Orden, y leyó el poema titulado “Fidelidad”:

 

“Todo cambia.

El universo marcha en inexorable evolución.

Cambian las horas; los días.

La primavera se repite sin que se repita como el año pasado.

Toda la gente se transforma: llave infinita de la evolución.

De permanente tan sólo lo transitorio.

 

Te juré amor eterno. Fui sincera.

Pero no soy más aquella que profirió las sagradas palabras.

Cambié, como todo lo demás.

 

Si soy fiel a las palabras,

No seré yo misma.

Si soy fiel a mí,

Traicionaré la propia promesa.

 

No hay, ni hubo mentira.

 

Para serte fiel,

Seré infiel al amor.

 

¿A quién debo seguir?

¿Al amor que no más ama?

O

¿Al amor que se transmuta en la rueda del tiempo?

 

Resta ser fiel al recuerdo

A lo que había allí, mas no existe más aquí

Y rezar para que la fiel memoria

No cometa la confidente traición”.

 

Los ojos de Nancy se humedecieron. Se hizo aquel silencio necesario, típico de cuando nuevas ideas necesitan encontrar su morada. En seguida pedí licencia pues era la hora de la misa. Los convidé a que me acompañaran y ambos aceptaron. Andamos los tres agarrados de los brazos, Lorenzo y yo rodeando a la médica. No pronunciamos palabra pero sentía una buena vibración en el aire. Los ojos de Nancy tenían un brillo diferente. Cuando llegamos nos sentamos en uno de los bancos de la plaza en frente a la iglesia, pues todavía estaba cerrada, a la espera de que las puertas se abrieran. Muchas familias también aguardaban, algunas sentadas en el enorme gramado, mientras los niños hacían gran algarabía. Nuestra atención fue desviada hacia una madre que no permitía al hijo correr con los otros chicos bajo alegación de que, además de ensuciar la ropa, corría el riesgo de maltratarse. Por coincidencia era paciente de Nancy. La pediatra se dirigió hacia la madre y, de manera delicada, le sugirió que no cercenara la oportunidad de jugar, pues con el pretexto de cuidar al hijo le estaba impidiendo ser él mismo y, por lo tanto, ser feliz. La madre argumentó que lo amaba y que debía protegerlo de los riesgos. Nancy ponderó que los riesgos eran inherentes a la vida, a la libertad y al mismo amor. La madre, un poco avergonzada, le permitió al niño demostrar toda su alegría. Cuando la médica volvió a sentarse a nuestro lado, Lorenzo se rió de manera traviesa, guiñó un ojo como si revelase un secreto y susurró una única palabra: “¿Percibes?”

 

Nancy bajó la mirada. Se alejó e hizo una llamada en el celular. Volvió sonriente. Pidió disculpas pues no asistiría a la misa con nosotros. Había invitado al novio a almorzar. De esta vez, la única sorpresa era mostrarle los nuevos lentes con los cuales estaba dispuesta a vivir la vida. La vimos desaparecer por las calles estrechas y sinuosas de la pequeña ciudad; parecía una niña. La ligereza daba la sensación de que sus pies no tocaban el suelo.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

Discusiones — Una respuesta

  • Rubén González 19 de noviembre de 2017 on 10:46

    Maravilloso