La vida no es corta

Era sábado en la noche cuando el bus estacionó en la rudimentaria villa china donde vive Li Tzu. Dejé mi mochila en el único hostal del lugar y me dirigí a la casa del maestro taoísta. Como siempre, el portón estaba abierto y la poca iluminación tan sólo era provista por muchas velas regadas en todos los rincones, inclusive en el bello jardín de bonsáis. Media noche, el gato negro que también vivía allá, vigilante y desconfiado me acompañó todo el tiempo con los ojos. Llamé al maestro algunas veces, pero no obtuve respuesta. El silencio tan sólo era interrumpido por una melodía alegre que venía de lejos. Me pareció inadecuado esperarlo en su casa y, como estaba sin sueño, me dejé guiar por el sonido animado. Teniendo mis tímpanos como brújula, atravesé algunas calles sinuosas hasta llegar a la casa de donde surgía la música. Subí los escalones de madera de la estrecha escalera y me deparé con una especie de baile abierto al público. Me sorprendí al ver a Li Tzu bailando una animada canción en compañía de una bella joven. En seguida, fue a conversar con un grupo de amigos que parecían felices por la manera como reían y se abrazaban. Me pareció extraño el comportamiento del sereno y silencioso maestro taoísta.

Permanecí de pie, cerca al mesón de bebidas, observando el movimiento. En verdad, yo estaba curioso por ver la reacción de Li Tzu cuando percibiera que yo estaba allí. Aposté que él se comportaría como un niño avergonzado al ser descubierto en plena travesura. Pedí una bebida y esperé. Para mi sorpresa, el maestro taoísta al verme extendió una amplia sonrisa y se aproximó hacia mí con los brazos abiertos. Después de un fuerte y sincero abrazo le pregunté si aceptaba una bebida, pues estaba seguro de que toda aquella alegría provenía de un estado alcohólico alterado. En otras palabras, estaba convencido de que él estaba borracho. Entonces tuve otra sorpresa cuando Li Tzu respondió: “Agua, por favor”. Hizo una pequeña pausa y justificó: “No tengo nada en contra, pero particularmente no aprecio bebidas fuertes”. La pequeña banda formada por cuatro o cinco instrumentistas con flautas, tambores, maracas y una especie de acordeón, inició una canción que, excepto por mí, era bastante conocida pues casi todos salieron a la pista de baile. El maestro taoísta me invitó a unirme a ellos. Como rehusé, él se disculpó y fue a acompañar a los demás en aquel baile donde todos repetían los mismos pasos, como una coreografía ensayada. Al final, todos reían de manera divertida y aplaudían.

Mi actitud ante el comportamiento de Li Tzu no me permitió ser contagiado con aquella alegría. Al final del baile acompañé al maestro taoísta hasta su casa. Durante el trayecto le expresé mi sorpresa ante su faceta de alegre bailarín, especialmente al constatar que él no estaba alcoholizado o bajo el efecto de otra sustancia. Li Tzu me miró con compasión y reveló: “La magia viene de adentro”.

No satisfecho, acrecenté que él en aquella noche había huido de los patrones que yo esperaba. El maestro taoísta sonrió y dijo: “¡Menos mal Yoskhaz que desconcierto con lo inusitado y con la osadía!”. Irritado, fui al ataque al decir que aquel comportamiento mundano en el baile hería las directrices sagradas del Tao que él mismo enseñaba. Li Tzu meneó la cabeza negando y explicó: “Lo sagrado está oculto en lo mundano. Uno necesita del otro para revelarse”.

Anduvimos algunos pasos más y él prosiguió: “La alegría y el buen humor son virtudes, por tanto, son herramientas de lo sagrado. La alegría es la más poderosa oración de agradecimiento al Universo por todas las bendiciones concedidas. Transmitirla a toda la gente te hace un emisario de los cielos. El buen humor tiene el poder de transmutar energías de baja vibración que por ventura se presenten; por esto, también es sagrado”.

Como habíamos llegado al portón de la casa de Li Tzu y dada mi evidente incomodidad, el maestro taoísta, siempre elegante y generoso, me ofreció un té. Me acomodé en su agradable cocina mientras él colocaba algunas hiervas en infusión. Rápidamente, un delicioso aroma invadió el ambiente. Sentados a la mesa ante dos tazas humeantes, Li Tzu inició la explicación: “El Tao sustenta la importancia del equilibrio entre las polaridades de la vida, el Yin y el Yang”. Bebió del té y prosiguió: “Podemos vivir la vida longitudinalmente o latitudinalmente”.

Lo interrumpí para decir que no estaba entendiendo. El maestro taoísta fue didáctico: “Imagina tu existencia como un gran lago; unas veces sus aguas están plácidamente bañadas por sol, en otras son agitadas por fuertes tempestades”.

“Puedes ir a lo profundo del lago para percibir que la tempestad estremece tan sólo la superficie y aprender con ello que toda la paz que necesitas reside en el interior del lago. Es el descubrimiento de la sabiduría oculta. Es el movimiento hacia dentro de sí mismo, de contracción, el Yin del Tao. Al retornar a la superficie estarás fortalecido e iluminado y traerás contigo toda una realidad y poder, hasta entonces desconocidos”.

“También puedes aprovechar los días de sol para nadar hacia los lados, hacia las márgenes del lago, en busca del conocimiento, de la alegría, de las maravillas ofrecidas por el mundo y, en contrapartida fundamental, compartir lo que ya traes en el equipaje. Así entenderás que la vida es abundante en belleza y en infinitas posibilidades. Es el movimiento hacia afuera de sí, de expansión, el Yang enseñado por el Tao. Aunque de manera diferente, te sentirás igualmente fortalecido e iluminado”.

“Ambos movimientos son imprescindibles y se completan”.

Utilicé un desgastado estereotipo, con el cual estamos condicionados, y comenté que la vida es corta y cuando menos lo esperamos, ya pasó; por lo tanto, tenemos que aprovecharla. Li Tzu sonrió, bebió un poco más de té y dijo: “Hay una ilusión y una verdad en lo que acabas de decir”. Quise saber a qué se refería y el maestro taoísta fue paciente: “Sí, tenemos que aprovechar la vida. No obstante, para aquellos que así lo hacen, la vida no es corta. Ella tiene el tiempo exacto”. Me miró a los ojos y complementó: “Todo depende del mejor sentido que cada uno consigue aplicar a la propia vida”.

Como mi expresión transbordaba curiosidad, Li Tzu prosiguió con la explicación: “La vida de todos está sujeta a las Leyes Universales, sin excepción. Al igual que una buena universidad que tiene como objetivo hacer que el alumno evolucione, el plan de estudio está dirigido por dos profesores, conocidos en la tradición oriental con los nombres de karma y dharma. Cada persona tiene su propia directriz, sin embargo, los proyectos individuales se entrelazan de manera perfecta. El karma está ligado a las lecciones que deben ser aprendidas por aquel individuo, según la medida de su evolución. El dharma se refiere al propósito de aquella existencia, guiado por el mejor uso de los dones y de las habilidades concedidas y también a la aplicación de las virtudes ya sedimentadas en el ser, para fomentar otras, aún en fase inercial. Ninguna herramienta a disposición debe ser olvidada en la obra de la vida”.

“Cómo hacer eso de la mejor manera es el gran arte. La existencia de cada persona es como un bloque de granito; cada cual es el artista designado para la transformación de la piedra rudimentaria en obra maestra. Por lo tanto, es necesario empeñarse en la extracción de la piedra que esconde la divina estatua. La vida tiene que ser la mejor obra de sí mismo para embellecer los jardines de la humanidad. Cuando lo entendemos y nos movemos en esta dirección, la existencia gana sentido. Solamente la vida desperdiciada se torna corta”.

“Como las aguas del lago, la vida exige movimiento, pues se pudre en el estancamiento. Hay los que, en el ansia por este movimiento, terminan confundiéndolo con la agitación, como vicio sombrío que aprisiona. La necesidad de lo nuevo no debe confundirse con la mera novedad; estilo no es moda; información no es conocimiento; conocimiento no es sabiduría; diversión, aunque saludable e imprescindible, no significa necesariamente aprovechamiento. La correría, por si sola, no significa avance; la evolución debe sustentarse en el binomio movimiento calma. El indispensable descanso debe estar ligado al trabajo para que no se convierta en ocio, así como la creatividad, necesaria para romper con la automatización de los comportamientos, debe estar ligada a la disciplina y al esfuerzo para que se haga realidad más allá de la esfera de las ideas, depósito de nuestras acciones. El sueño precisa de disposición personal para encontrar su lugar en la realidad o se perderá en las nubes. Cuando olvidamos el sentido de la vida, por más larga que sea la existencia, se hace corta”.

“De otro lado existen los que, ante las dificultades presentadas, disuelven la vida en las aguas turbias del desánimo o se ahogan en el remolino del fanatismo. El coraje excesivo y sin amor se vuelve violencia. La voluntad desmedida puede llevar a la persona al sombrío deseo de imponer los propios conceptos y manipular las elecciones ajenas. Buenas intenciones desvinculadas de las nobles virtudes acaban siendo instrumentos detestables de manipulación y estancamiento. Lo mismo sucede con el lado opuesto de la polaridad: la falta de coraje para enfrentar con sabiduría y amor las batallas que se presentan, aprisionan al individuo en las sombras bajo la disculpa de que ‘el mundo no tiene remedio’, haciendo con que abandonen las lecciones y el propósito de la vida, y desconectando lo mejor de sí de las maravillas del mundo. Una variante común es el encerramiento en sí mismo en la búsqueda por un conocimiento superior. Profundizar en sí mismo es primordial para el progreso personal, a pesar de eso es necesario resurgir y nadar hacia la margen para ofrecerle al mundo el tesoro encontrado en las profundidades de su interior y, en contrapartida, conocer las bellezas disponibles por otras personas, en constante ejercicio de perfeccionamiento. El conocimiento nunca se transformará en sabiduría sino es compartido y aplicado a lo cotidiano. Al contrario, se tratará sólo del miedo escondiéndose en los mantos del egoísmo, del orgullo y de la vanidad. Es necesario ir siempre a la superficie, alimentarse con el sol, respirar nuevos aires, confraternizar con toda la gente, llenar los pulmones para volver a profundizar en el lago de la vida. Ambos movimientos, de longitud y latitud, deben alternarse incesantemente, como orienta el Tao”.

Desocupó la taza de té, se levantó y volvió a llenarla. En seguida, prosiguió: “Encuéntrate contigo mismo para conocer la cara oculta de la vida; es en la esencia del ser que las virtudes se revelan. Encuéntrate también con tus amigos, abrázalos, sonríe, canta y celebra ese valioso alimento de la vida. Medita, trabaja, osa, juega y descansa. Enfrenta cada dificultad, no como quien está ante un problema, sino como quien percibe a un maestro en sala de aula dispuesto a enseñar cómo transformar muros en puentes. Es en el contacto con el mundo, en el esfuerzo y en el entendimiento de unir todas las partes en una única pieza, que las virtudes se manifiestan y se construye la obra de arte cuya materia prima es la vida de cada uno de nosotros, pedazo primordial para el Universo”.

Me miró a los ojos y concluyó: “La vida te espera dentro y fuera de ti. La vida sólo es corta para quien insiste en huir; sea de los callejones oscuros del mundo que ansían luz, sea de las sombras que nos habitan, sedientas por iluminación. Sólo huye quien tiene miedo”. Lo interrumpí para comentar que sentir miedo es normal. Él me corrigió: “No debería serlo. El miedo se sustenta en la ignorancia de saber quién eres de verdad”. Entonces Li Tzu finalizó con una de las sagradas lecciones del Tao: “El miedo no es nada más que la ilusión de la separación”.

Miré hacia el cielo a través de la ventana de la cocina. Tuve la extraña y deliciosa sensación de que una estrella brillante me sonreía.

 

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