Los desiertos del ser

Cuando entré al refectorio del monasterio en busca de una taza llena de café percibí que el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, conversaba con Valentina, una joven y bella monja de nuestra hermandad. Ella es una de las poetisas más talentosas de su generación y, en su tiempo libre, trabaja como ingeniera en una conocida empresa aeroespacial. Yo había acabado de llegar al monasterio y no sabía que ella también estaba allá para su periodo de estudios. Me puse feliz al verla. Solamente hasta que me aproximé fue que reparé las lágrimas que escurrían por el rostro de la joven. Hice mención de alejarme, mas ella sonrió al verme y me convidó a sentarme con ellos. Valentina bromeó conmigo al decirme que no tuviera miedo de mujeres que lloran. Aunque algo avergonzado, sonreí y moví la cabeza al afirmar que yo no tenía problema con eso, sólo no quería incomodar. Ella insistió en que me sentara. El Viejo abrió una amplia sonrisa al percibir que Valentina mantenía el buen humor y la delicadeza no obstante su dolor. Me indicó con la quijada una silla a su lado y dijo: “Lágrimas son gotas que desbordan cuando los mares del corazón están agitados”.

La poetisa explicó que hacía tiempo venía preparándose para ocupar un cargo en un nivel más elevado en la empresa. Todos los colegas más cercanos consideraban seguro su nombramiento. Ella también. Sucedió que, en la última reunión, la dirección optó por otro funcionario para ocupar el puesto, hecho que ella encontró injusto y la llenó de tristeza. Con los ojos humedecidos, la joven monja manifestó que estaba resentida y confesó que hasta con un poco de rabia.  Se aproximaba la hora de retornar. Comentó que, a pesar de amar su trabajo, consideraba la hipótesis de renunciar para sumergirse en un período sabático en el monasterio en busca de reflexión y entendimiento.

Dije que era una excelente idea. Ella esbozó una sonrisa tímida y miró al Viejo en busca de aprobación. El buen monje levantó las cejas y respondió con seriedad: “Pienso que no es buena idea. Periodos sabáticos suelen ser bastante provechosos cuando alteramos el eje de nuestra rutina para profundizar en una vivencia que nos permita percibir las cosas de manera diferente. No considero que ese sea el caso”. Argumenté que ella debía entender qué rumbo le daría a su vida profesional. Valentina hizo un movimiento de cabeza concordando. El Viejo volvió a disentir: “Esa es la idea y la imagen de sí misma de la cual Valentina intenta convencerse. En realidad, en este caso, el retiro es un disfraz para huir de la realidad”. Bebió un sorbo de café y concluyó: “Todas las fugas son sombrías”.

“Cada vez que sentimos rabia o dolor significa que nuestro ego fue conquistado por las elecciones ajenas. Al permitir que tales sombras asuman el control de nuestra voluntad perdemos poder sobre nosotros y nos alejamos de la luz”.

“Las formas de reaccionar son variadas y definen quien aún no somos. Unos se valen de ofensas, lamentos y calumnias; otros, niegan el dolor y se dicen ‘tan sólo decepcionados’ y usan la violencia del desprecio para satisfacer el orgullo herido. Muchos se incomodan con la imagen que el hecho refleja, como un espejo, mostrando la insensatez del ego exacerbado o la mentira que la vanidad, usada como maquillaje, escondió; algunos intentan ocultarse en la ilusión de que el mundo no es un buen lugar y las personas son nocivas, entonces optan por retirarse de la realidad por el miedo que tiene de enfrentarla. Así, terminan desanimados ante la vida”. Hizo una pausa y dijo con sinceridad: “Esta última hipótesis me parece ser el caso en cuestión”.

Valentina argumentó que tal vez la empresa ya no atendía sus anhelos profesionales y que era necesario considerar la necesidad de respirar nuevos aires. El Viejo objetó con bondad: “Conocer diferentes paisajes es siempre muy bueno, pues motivan las indispensables transformaciones personales. Sin embargo, hasta hace poco adorabas la empresa en la cual trabajas. El simple hecho de haber sido excluida del ascenso deseado no me parece suficiente para alterar la realidad. Es necesario entender qué tanto orgullo y vanidad, sea ante los otros funcionarios, sea ante ti misma, pueden estar distorsionando una mejor visión. Toda verdad comienza con la claridad y la sinceridad con que tratamos nuestros sentimientos, especialmente aquellos que tenemos dificultad en enfrentar y, por esto, los negamos. Solemos negar la imagen reflejada en el espejo cuando éste no muestra la faz idealizada”.

“Es preciso aprender a lidiar con las propias frustraciones. Esta es la razón por la cual las relaciones son fuente de preciosas e indispensables lecciones. Nuestros deseos, por más puros que sean, no siempre están al compás de las elecciones ajenas. Aceptar eso como algo natural y de modo tranquilo es un importante paso para la conquista de la plenitud. Es una actitud de respeto para consigo y para con el mundo”.

“Las decepciones pueden ser un tiro mortal capaz de sacarte definitivamente de combate. No obstante, pueden también ser la poción mágica que despertará en ti habilidades y poderes desconocidos hasta entonces, capaces de transformarte en una persona diferente y mejor. Como proseguirás la narración de esa historia es una elección de madurez. Es la definición ante las sombras o la luz que habitan en ti”.

“La tristeza o la decepción por la decisión de alguien, principalmente cuando me afecta de alguna manera, revela que todavía existen desiertos en mi ser”.

“Cada persona vive dentro de sí. Desiertos o jardines son obras internas e individuales. Compartimos flores o tempestades de arena con el mundo, dependiendo de la obra a la que nos dedicamos”. Lo interrumpí para decir que no entendía. El Viejo fue didáctico: “En resumen, todo se define en si nos empeñamos en la victoria ante los oros y el mundo o si nos dedicamos a las conquistas personales. Aquella trae fama y aplausos; esta te ofrece la verdadera riqueza de la vida, la plenitud, traducida en sus cinco estados: libertad, paz, felicidad, amor y dignidad”.

“Las reverencias y homenajes del mundo, a menudo, agigantan las sombras, quebrantando el ser al tornarlo cada vez más susceptible a las ofensas, melindres, congojas, decepciones y dolor. El refinamiento del ser trae la cura para todo dolor. Es la luz transmutando las sombras, como flores que germinan en la aridez del desierto hasta que se vuelva un bello jardín y las tempestades de arena desaparezcan por completo”.

“El vicio de la pereza o del miedo a enfrentar los desafíos que nos son afines, exige que los demás sacien en nosotros un hambre sin fin que, en esencia, cada cual debe agotar en sí mismo. Acabamos buscando fuera algo que tan sólo existe dentro. En esta dinámica, reiteradamente, el mundo va a decepcionarnos, no por equivocación de alguien, sino por descuido propio. La conquista de la plenitud es una batalla personal, librada dentro de sí y perfeccionada en la convivencia con todos”.

“Cada dificultad puede ser encarada como una decepción, un dolor, un sufrimiento, una tristeza o un abandono; entonces, tendrás un problema imposible de resolver. De otro lado, si esa misma dificultad es enfrentada como una lección que la vida te ofrece, tendrás el honor y la alegría de estar ante un maestro”.

“Un problema puede llevarte hacia el medio del desierto inhóspito y abandonarte allá. Sin embargo, ese mismo problema puede ser el depósito de valiosas semillas para un nuevo ciclo de vida: Flores y frutos; perfume y belleza, no permitidos hasta entonces. Sólo tú tienes el poder de definir los jardines o los desiertos de tu propia vida. Nada más ni nadie”.

Se encogió de hombros y murmuró: “Ustedes no tienen la menor idea del poder que los habita”.

La poetisa lamentó que la práctica fuera tan diferente de la teoría. Dijo que el arte está en hacer de esta, aquella. Agregó que no sabía cómo comenzar, pues además de considerarse desvalorizada, confesó que sentía vergüenza de regresar ya que los colegas del mismo cargo que ocupaba antes daban por hecho el ascenso. El Viejo esbozó una dulce sonrisa y le recordó: “Considera que el funcionario escogido por la dirección puede estar mucho mejor preparado que tú, hecho que no dejaría cualquier rastro de injusticia. Generalmente somos tendenciosos cuando analizamos hechos en los cuales estamos involucrados. En ese caso deberías seguir empeñándote para estar apta cuando surja una nueva oportunidad. De otro lado, si más adelante la decisión de la empresa se revela como equivocada, volverán a pensar en ti en caso de que estés preparada y dispuesta a trabajar con dedicación. En cualquiera de las hipótesis, jamás te sirvas de los lamentos. Silencio, bondad y trabajo siempre serán la mejor respuesta. Mantente firme en los fundamentos de la luz y concédele al universo el tiempo para que el proceso se complete”. Guiñó un ojo como si contase un secreto y concluyó con una frase enigmática: “Los dedos del universo son largos”.

Volví a entrometerme para cuestionar sobre cuáles serían los fundamentos de la luz. El Viejo se mostró paciente: “Vivir siempre en el exponente de tus virtudes. Fortaleza y fortalecimiento en aquellas que ya están presentes y permitir que la lucha diaria pueda traer, desde lo más íntimo del ser, las demás virtudes todavía en estados embrionarios. Trata tu vergüenza, orgullo y vanidad con la más amplia humildad; con relación a estas sombras en los otros, sé rico en compasión; ante los errores ajenos, perdón; sinceridad y delicadeza en el trato con todos; honestidad al mirarte al espejo; sensatez y serenidad ante las próximas elecciones; paciencia, determinación, esperanza y fe ante la vida. Son algunas de las herramientas disponibles capaces de cambiar el destino de toda la gente. En verdad, tal vez sean mucho más que esto, son instrumentos de cura, los escalones para la plenitud. Las virtudes son el amor y la sabiduría en movimiento”.

Un día después de esa conversación, Valentina retornó a su país y continuó en la empresa en la que trabajaba. Tres años se pasaron sin volverme a encontrar con la poetisa. Nuestros periodos anuales de retiro en el monasterio nunca coincidieron hasta que nos reunimos en una solemnidad de la Orden. Cuando la vi, ella estaba riendo en animada conversación con el Viejo. Ni de lejos se parecía a aquella joven ahogada en melancolías. Hizo un gesto para que me aproximara tan pronto me vio. Me recibió con una sonrisa sincera y me entregó un sobre. Mencionó que era la invitación para su matrimonio. Le pregunté quién era el hombre más afortunado del planeta y me contó que estaba viviendo una bella película escrita por un guionista mágico. Explicó que después de aquella conversación en el monasterio siguió empeñada en sus estudios y trabajo, sin dejarse afectar por comentarios maliciosos sobre la decisión de la empresa. Con el pasar de los meses, el funcionario escogido para el cargo se mostró un hombre competente y serio, sin embargo, el proyecto en cuestión era gigantesco y él necesitó de su ayuda, para lo cual la invitó a ser parte del equipo. Le dijo que admiraba no sólo su capacidad profesional, sino la postura digna que había mantenido durante todo aquel periodo. En plena afinidad, como brazo derecho, ella se volvió una feliz enamorada; de potencial adversario, él se convirtió en un marido apasionado. Se aman profundamente. El Viejo no pronunció palabra, tan sólo sonrió y mostró las manos extendidas como quien dice: “Los dedos del universo son largos”.

Bromeé al preguntarle si él era vidente. Al monje le pareció chistoso y lo negó: “No es necesario. Basta prestar atención a las Leyes. Ellas se mueven a favor de la luz y son inexorables”.

Me alejé del bullicio y fui para la terraza. Reposé la copa de vino en el muro y abrí el sobre con la invitación. Como era de esperarse, abajo de las formalidades comunes, había un bello poema de Valentina:

El VIAJANTE

 

“Un viajante perdido conversaba con un grano de arena.

 

Viajante: El desierto no tiene fin.

Grano de arena: Te mueves orientado por las dunas, todos los días el viento las cambia de lugar.

Viajante: Estoy aprisionado en mares de arena.

Grano: Guíate por las estrellas.

Viajante: Duermo en la noche; ando en el día. El sol esconde las estrellas.

Grano: Por la noche, fíjate dónde están las estrellas; de día, llévalas en tu corazón.

Viajante: Lo intenté, pero mi corazón es traicionero.

Grano: Al abandonarlo, olvidaste cómo oírlo.

Viajante: Necesito mi camello, no mi corazón.

 

Pasados algunos días, volvieron a conversar.

 

Viajante: Estoy casi sin agua. La sed mató a mi camello.

Grano: El desierto no es un buen lugar para vivir.

Viajante: ¿Por qué existen los desiertos?

Grano: Para enseñarnos a ver las estrellas dentro del corazón.

Viajante: Aquí vienes de nuevo con esa tonta historia.

Grano: Es la única que cuento, pues es en la única que creo.

Viajante: ¿Si hago lo que me aconsejas, saldré del desierto?

Grano: ¡No!

Viajante: Entonces, olvídalo.

 

Vencido por el sufrimiento y por el cansancio, el viajante volvió a llamar al grano de arena.

 

Viajante: ¿Qué sucederá si sigo las estrellas guardadas en mi corazón?

Grano: Encontrarás una semilla.

Viajante: ¿Esta semilla me ayudará a salir del desierto?

Grano: ¡No!

Viajante: ¿De qué me sirve la semilla?

Grano: Para transformar el desierto en jardín. Un jardín es un buen lugar para vivir.

Viajante: Al final, ¿para qué sirve el desierto?

Grano: Para mostrar el valor y dónde se esconde la semilla”.

 

 

Guardé el poema en el bolsillo del traje. Miré hacia el cielo; me pareció que la luna creciente eran los labios del universo sonriendo hacia mí.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Lourdes valdez 4 de abril de 2018 on 23:27

    Bellisimo mensaje. Graciassss