La luz del mundo es una torta de naranja

El día amanecía. Yo estaba en la apacible estación de la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña donde está situado el monasterio, a la espera del tren que me llevaría con el Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, hasta una agitada metrópolis, sede de una prestigiosa universidad. Él era muy solicitado para dar conferencias en instituciones educativas, empresas y centros comunitarios. Nunca rehusaba un llamado. Si le era imposible alguna fecha por tener otro compromiso, no quedaba tranquilo hasta encontrar un día en el calendario para atender el pedido. Como nuestro tren todavía demoraría un poco, fuimos hasta la cafetería de la estación en busca de una taza de café fresco y de la famosa torta de naranja con jengibre hecha por la gentil dueña del establecimiento. Debidamente acomodados, con dos tazas humeantes enfrente, le pregunté si no sentía necesidad de tener más tiempo para descansar. El monje tomó un sorbo de café y dijo: “Descansar es muy importante, así como tener un tiempo para encontrarme conmigo mismo y ‘arreglar la casa’”. Sonrió y complementó: “Hacer limpiezas rutinarias es de extremo valor para poder barrer la polvareda de los sentimientos densos, arreglar las emociones que se rompieron, cambiar la decoración anticuada de las ideas que ya no embellecen la vida, abrir las ventanas para que el aire y el sol entren. Mi casa es mi punto de observación e interacción con el mundo”. Bebió un sorbo más de café y prosiguió: “De la misma manera, es de gran importancia dedicarle un tiempo a la diversión. El arte, a través de cualquiera de sus modalidades, que tanto nos ayudan a ver más allá de las fronteras de los condicionamientos y de la rutina de lo cotidiano, encontrarse con los amigos, con la familia para tener buenas conversaciones y, especialmente, reír bastante, tienen la fuerza de alimentar el alma”. Me miró a los ojos y concluyó: “No obstante, sólo cuando estoy sirviendo siento el poder del universo de un modo diferente. Cuando comparto lo mejor que existe en mí, llevo consuelo al corazón de alguien, ayudo a que brote la sonrisa en el rostro de otra persona o logro, con una palabra, iluminar la oscuridad de los sótanos de un alma, es como si las manos de las estrellas se acoplaran a las mías y todo mi ser ardiera en fuego, tal es la luz que me invade. Es el perfecto sentimiento de lo sagrado”.

Fuimos interrumpidos por la educada mesera quien nos avisó que la torta de naranja con jengibre demoraría algunos minutos hasta que estuviera lista para ser retirada del horno. El Viejo, con su buen humor habitual, le agradeció con una sonrisa, dijo que esperaría el tiempo necesario y bromeó diciendo que hasta haría esperar al maquinista del tren: “Él no se va a arrepentir”, agregó. En seguida prosiguió con nuestra conversación: “No importa tu condición social, financiera ni el nivel de escolaridad; hay que estar despierto ante la oportunidad de mover cualquiera de tus virtudes, ya sean aquellas que están en flor o las que todavía están en embrión. Cuidar de tu casa al mismo tiempo que colaboras con la obra del mundo, según la capacidad que hayas alcanzado y en pleno ejercicio del perfeccionamiento de aquello que pretendes ser, funciona como una linterna que te orienta, no sólo los propios pasos sino también los de quien está alrededor en las brumas de la existencia. Unir cuidadosamente uno al otro, en serena armonía, se traduce en el mejor arte, aquel en que el artista y la obra se funden en uno solo”.

Argumenté que no siempre era fácil, pues la lucha por la supervivencia y por los quehaceres cotidianos robaban un valioso tiempo para la construcción de un planeta mejor; así como casi nunca quedaba condición económica para colaborar con los más necesitados. El Viejo meneó la cabeza y explicó: “Por más apresurada que sea tu vida, nada se perderá por esperar algunos segundos y ser gentil al darle paso al otro. Por más vacíos que estén tus bolsillos, un caluroso abrazo tendrá siempre el poder de llevar la riqueza de la vida a alguien que esté abandonado en los rincones de la desilusión. Nadie necesita ser doctor para curar la tristeza de otra persona al suministrarle gotas sagradas de alegría y esperanza. Una sociedad más justa se inicia cuando yo, por una cuestión de pura consciencia, entiendo y renuncio a cualquier privilegio que alguna legislación anacrónica me haya concedido indebidamente causando, de alguna manera, desigualdad y sufrimiento ajenos”. Me miró a los ojos y concluyó: “Lamentamos el desorden y la desarmonía del mundo, reclamamos urgentes acciones gubernamentales de amparo y reforma social, mientras olvidamos de la parte que nos cabe, del poder de la delicadeza y del perdón en el trato personal como manera eficiente de revolucionar la vida. Cambiamos el mundo a medida que nos transformemos en aquel ciudadano que ansiamos encontrar en las calles. Nunca con la fuerza bruta del discurso vacío y vanidoso, siempre con el poder sutil de la dulce y humilde actitud”.

Sostuve que era muy raro encontrar la bondad en las calles y que consideraba a las personas cada vez más egoístas. El Viejo discordó: “Pienso que no. Siento la generosidad por toda parte, veo la necesidad incansable por el amor. Apenas percibo que la mayoría no entiende la búsqueda. Es más, cada cual tiene que hacer su parte sin importarle si alguien lo seguirá”. Bebió un sorbo de café y argumentó: “Aunque exista aspereza en las relaciones, rigidez en los afectos y las personas se encierren en sí mismas, más que nunca es hora de ofrecer la otra cara; el lado de la luz, de mostrar que todo puede ser diferente y mejor. Sólo hay una manera de iniciar este proceso: a través de uno mismo”.

Cuestioné qué podría hacer. El monje se encogió de hombros y dijo: “Responde tú”. Le dije que no tenía la menor idea. Él me hizo recordar el Sermón de la Montaña: “Conocemos el árbol por los frutos. Busca en la quietud y en la soledad, de manera sincera, aquello que has compartido recientemente con los otros. Tan sólo tus frutos pueden decir quién eres. Tus frutos se traducen en tus elecciones, desde las más sencillas hasta las más sofisticadas. Son tus actos y palabras, no sólo en los momentos decisivos de la existencia sino, principalmente, en la convivencia sencilla y aparentemente banal del día a día. ¿Qué virtudes podemos identificar en cada gesto? La forma como reaccionamos a cada negación o decepción nos lleva a la derrota o estimula la superación. La forma como trabajamos el ego en conjunto con el alma cuando alguien se opone o interfiere en la conquista de un deseo define quien aún no somos. La sustancia que alimenta al árbol son las ideas y los sentimientos que se reflejan en los frutos dulces o amargos, o en si habrá cualquier fruto. El jardín o el desierto a nuestro alrededor son apenas consecuencias naturales del árbol, frondoso o seco, que nos permitimos ser”.

En ese instante un hombre de mediana edad, vestido con un traje bien confeccionado, irrumpió en la cafetería con pasos firmes, cargando una maleta elegante y dejando a su paso un rastro de la colonia que usaba. Con la autoridad de quien se acostumbró a ser servido, pidió un pedazo de torta de naranja con jengibre acompañado de un capuchino. La mesera le explicó educadamente que la torta todavía se demoraría algunos minutos, pues aún no se había terminado de hornear. Mal humorado, el hombre vociferó que el tren estaba próximo a llegar a la estación y que no tendría tiempo para comer. Agregó que consideraba absurdo que el establecimiento no se preparara para tener todos los productos a disposición de los clientes tan pronto abriera las puertas. Dijo que el mundo estaría perdido mientras fuese habitado por personas incompetentes y descuidadas. A la joven se le humedecieron los ojos, mas no pronunció palabra. No satisfecho, el hombre se volteó hacia nuestra mesa y, en busca de aprobación y aplausos, dijo que solamente el Apocalipsis salvaría al planeta; era preciso destruirlo y construir otro. El Viejo respondió serenamente: “El Apocalipsis no trata sobre el fin del mundo; es una imagen de ficción literaria que permite el desembarque de aquellos que poseen amor en el corazón. El viaje, en verdad, ya comenzó hace tiempo y muchos aún no perciben que este planeta es apenas el riel por el cual cada maquinista conduce su propio tren. Otros destinos, mucho más agradables, solamente son permitidos para quienes tienen pureza en el alma y buena voluntad para con los demás pasajeros. El viaje es infinito. El cambio de ruta es una elección disponible en cualquier momento para quien trae un equipaje leve y libre de impuestos aduaneros”. Miró al hombre a los ojos y finalizó: “Sólo el amor cumple tales requisitos”.

El semblante del hombre se mostró cargado, se dio media vuelta y salió. La joven secó la lágrima rebelde y le sonrió al monje en agradecimiento. Permanecimos algunos minutos más en silencio, después pagamos la cuenta y nos dirijamos a la plataforma. Cuando íbamos a embarcar, fuimos sorprendidos por la mesera gentil que llegó exhausta. Traía una sonrisa en el rostro y una caja con dos generosos pedazos de torta de naranja con jengibre, aún calientes, recién salidos del horno. Pregunté cuánto le debíamos y la joven se rehusó a cobrar. Dijo que se trataba de un regalo. El monje agradeció con otra bella sonrisa. Los miré a los dos, la joven y el Viejo, y fue imposible no recordar otro trecho del Sermón de la Montaña. Sin nada que decir, pensé: “Sois la luz del mundo!”

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

 

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