El amor. Tan próximo, tan distante.

Había llegado hacía pocos días al monasterio para mi periodo anual de estudios cuando recibí la noticia del fallecimiento de mi abuelo. Había sido un hombre saludable y activo, que cuidó de su pequeño negocio hasta los últimos días de esa existencia. Se sintió mal y fue llevado al hospital, y aunque lo internaron para exámenes más detallados, los médicos creían que no se trataba de algo grave. Lo había visitado antes de viajar; estaba alegre y optimista, características que siempre estuvieron presentes en su forma de ser. Aunque yo estaba seguro de que se recuperaría rápidamente, oré en este sentido y aunque estando lejos, le envié buenas vibraciones de cura. Quedé desorientado cuando me avisaron sobre el fin de este ciclo en su vida. Me hubiera gustado tener un tiempo adicional de convivencia a su lado en esta existencia mía. Fue esto lo que le dije al Viejo cuando lo vi sentado solitario en el comedor, entre una taza de café y un pedazo de torta de avena. El buen monje se levantó sin decir palabra, me dio un fuerte abrazo y después me acomodó una silla en frente suyo. Me llenó una taza con café, volvió a sentarse y me miró con dulzura como quien está dispuesto a darme la atención que necesitaba en aquel momento. Confesé que estaba desorientado con la situación y hasta algo incrédulo en mis estudios. Le dije que la espina dorsal de los estudios de la Orden era el Sermón de la Montaña, enseñanzas legadas por el maestro Jesús en las colinas Kurun Hattin. Agregué que Jesús también había dicho que “todos podrían hacer lo que él hizo y mucho más”. Los libros sagrados narran situaciones en que ciegos retomaron la visión y de parapléjicos que habían vuelto a andar. Sin embargo, ante una situación mucho más sencilla, mis oraciones y vibraciones de cura habían sido insuficientes. Cuestioné la valía de mis conocimientos.

El Viejo pasó la mano por su barba blanca, como lo hacía cada vez que sabía que estaba ante una conversación demorada y dijo: “El amor es la fuerza más poderosa del universo. Es la materia prima de todas las transformaciones, por lo tanto, también de los milagros. Cada vez que la realidad se altera para ayudarnos a caminar en el sentido de la luz, estamos ante un milagro. Si prestamos atención, percibiremos que la vida está repleta de milagros que se manifiestan en situaciones aparentemente simples de lo cotidiano, sea para auxiliarnos en momentos difíciles, sea para no dejar que desistamos. Para que haya un milagro, la transformación debe estar envuelta con amor; sin amor, cualquier cambio no pasa de mero maquillaje. La diferencia entre lo que me es posible transformar y lo que Jesús hacía se traduce en cuánto amor cada uno ya puede traer consigo y se muestra capaz de compartir. No poseo ni trazos de tal amor”. Discordé de inmediato. Argumenté que yo sentía un amor enorme y sincero por mi abuelo, un amor tan grande que era difícil mensurar. El Viejo meneó la cabeza concordando y dijo: “No dudo del inmenso amor que tienes por tu abuelo; sin embargo, retornar el amor a quien siempre nos lo ofreció es la infancia del amor”. Me miró a los ojos con la delicadeza de aquellos que no quieren incomodar a los otros, mas deben ser firmes, y manifestó: “Amar a quien nos ama es para los débiles. La madurez del amor consiste en amar a todos, aún a aquellos que nos maltratan; es actuar en bien de todas las personas que nos rodean, inclusive de aquellas que se oponen a nosotros o nos piden ayuda, independiente de quien sea. Es el sincero sentimiento de que el otro es parte esencial de un mismo todo”. Me miró profundamente y preguntó: “¿Ya intentaste curar, ofreciendo toda la intensidad de tu amor a quien no conoces, o a quien te hirió?” Respondí que no con la cabeza. Él explicó: “Comienza con ellos. Deposita todo tu amor en el dolor de un desconocido. En seguida, perdona a todos aquellos que te hirieron, trabajando con sinceridad para su bien. Después te será permitido curar a aquellos que siempre te trataron con afecto”. Hizo una pausa, comió un pequeño pedazo de torta y comentó: “El camino es largo”. Bebió un sorbo de café y concluyó: “El amor es el factor que determina la extensión del poder individual, generado por la consciencia y por el sentimiento que el individuo tiene del todo en sí mismo. Mover esta fuerza se llama fe”.

Le comenté que lo había complicado, así que le pedí que se explicara mejor y le recordé una lección dada por él mismo, que decía que todo conocimiento necesita ser claro para que podamos divisar su profundidad. El monje arqueó los labios con una leve sonrisa y no se negó a esclarecer su raciocinio: “El amor es un sentimiento tan próximo y al mismo tiempo tan distante. Próximo, por ser una necesidad vital, así como un bebé inevitablemente busca el seno de la madre para alimentarse; sin amor el alma fallece por desnutrición. Distante, por la dificultad que tenemos de incorporarlo en su manifestación más amplia. El amor de una madre hacia su hijo, al cual amamanta por el más puro de los sentimientos, sin nada exigir a cambio, es el primer encuentro que todos tienen con la verdadera esencia de la vida: el amor incondicional. Evolucionar es el ejercicio de ampliarlo a todo y a todos. Debemos expandir el amor primordial en ondas concéntricas al mover las aguas del enorme lago de la vida, mediante este sentimiento tan noble. Esa vibración viajará hasta los confines del universo. Cuando encuentra la última de las estrellas retorna en igual intensidad, como reacción de merecimiento y generosidad”. Lo interrumpí para comentar que él no estaba ayudándome mucho con aquel discurso. El Viejo meneó la cabeza y fue más objetivo: “El amor, aunque íntimo, todavía es desconocido dada su extrema sofisticación. No en el sentido de complejidad, pues él es sencillo, sino por la profundidad que exige para que pueda revelarse por entero. Es como una persona que, a pesar de vivir a nuestro lado, la conocemos muy poco. Así, desperdiciamos todo lo bueno que ella puede proporcionarnos”.

Volví a discordar. Dije que él estaba equivocado pues todos, hasta los más ignorantes, conocían el amor. El monje concordó parcialmente: “Sí, sin embargo el mero hecho de amar no significa entender toda la extensión y la capacidad del amor. Profundizar en ese conocimiento cambia todo. Literalmente.” Bebió un sorbo de café y prosiguió: “Te cambia a ti mismo, cambia a las personas a tu alrededor, cambia al mundo; cambia la visión sobre todas las cosas, relaciones y tu destino. Cambia la regla, el paso y el compás de la vida”.

Manifesté que aquella retórica no pasaba de una bella poesía sin ninguna utilidad práctica. El buen monje no desistió de hacerme entender y fue más pedagógico: “Por ejemplo, tu ahora sufres por la partida de tu abuelo. La nostalgia ha sido depreciada a través de los tiempos por la incomprensión con relación a su valor. Sentimos nostalgia cuando en realidad deberíamos abrazarla. La nostalgia es la presencia del amor como esencia, aun cuando la ausencia física se hace presente. Es el amor sentido independiente de ser tocado. Es el amor de quien ama la libertad”. Cerró los ojos como si buscara las palabras en el fondo del corazón y dijo: “Sólo hay nostalgia donde existe amor. Sin éste no habrá aquella. Sentimos nostalgia de aquello que es maravilloso, entonces ¿por qué despreciar la nostalgia? ¿Por qué sufrir por sentir nostalgia? La nostalgia muestra que la historia fue bonita, que aquel capítulo de la vida valió la pena ser vivido. Lo contrario de la nostalgia es el vacío, es la página que nos rehusamos a escribir. ¡Que podamos danzar con la nostalgia en los infinitos bailes de la vida!”

Argumenté que aquellas palabras eran fáciles para quien no está sufriendo por amor. El Viejo hizo un gesto con la mano como para indicar que yo insistía en no entender y vaticinó: “¡Nadie sufre por amor!”

Casi me caigo de la silla ante el espanto. ¿Cómo que nadie sufre por amor? Yo era testigo de cómo el amor nos causa dolor. El Viejo intentó explicar: “Entiendo tu sufrimiento ante la partida inesperada de tu abuelo para otros importantes ciclos de aprendizaje, mas lo que causa dolor es el egoísmo de querer al otro físicamente a tu lado, en vez de alegrarte con su viaje hacia una nueva esfera, adecuado con las lecciones pertinentes a su actual momento evolutivo. Lo que el egoísmo insiste en mostrar como una pérdida, el amor lo revela como transformación. El velo de las sombras nos impide ver la perfección de los lazos de amor que unen todos los corazones en la eternidad. Sufrimos con determinada situación al no entender todo el amor posible y pertinente en aquel momento. Al contrario de lo que se crea en las márgenes del conocimiento, el amor no es la causa del dolor. Es justamente la falta de amor la que nos hace sufrir.”

Insistí en que el monje estaba engañado. Recordé que siempre había amado a las mujeres que habían hecho parte de mi vida; no obstante, las separaciones habían sido dolorosas. El Viejo meneó la cabeza e intentó ayudarme con el raciocinio: “Nada más común y vulgar que sufrir por celos y culpar al amor. Los celos son una sombra ancestral relacionada con la dominación del otro, la imposición del deseo sobre el deseo ajeno. En verdad, al contrario de lo que se dice, los celos no tienen nada que ver con el amor. El amor está ligado a la liberación del ser. Cualquier deseo contrario al sentimiento de libertad está vacía de amor.  Al no entender, transferimos injustamente el débito de ese dolor al amor. En realidad, sin amor no hay cómo percibirse prisionero en la cárcel del dolor. Sin amor es imposible vivir la libertad”.

Ponderé que no era sólo en las relaciones afectivas que el amor causaba sufrimiento. Agregué que vivir era un proceso doloroso. El Viejo me miró con paciencia y dijo: “Sufrimos porque insistimos en dejarnos llevar por las pasiones densas. Así como los celos y el egoísmo, mientras sigamos las orientaciones del orgullo, la vanidad, la envidia, el miedo, apenas para citar las sombras más comunes que mueven las pasiones mundanas, continuaremos en ciclos recurrentes de dolor. Superar esas pasiones al modificar y ennoblecer los sentimientos que nos mueven es la gran batalla de la vida”.

“Cada vez que el sufrimiento se avecine, ve al encuentro de ti mismo y esfuérzate para identificar las sombras que lo provocaron. En caso de que el dolor haya llegado por las manos del orgullo y de la vanidad, por ejemplo, observa la situación a través de los lentes de la humildad y de la compasión. Entonces, deléitate con la ligereza de lo inusitado”. Hizo una breve pausa antes de concluir: “Esa es sólo una de las innúmeras posibilidades ofrecidas por las virtudes, las maravillosas herramientas del amor”.

“El individuo sufre porque aún no ha entendido que toda felicidad, paz, dignidad, libertad y amor que todos buscan, consciente o inconscientemente, están dentro de sí. Encontrar esa plenitud es la gran aventura de la vida; compartirla con el mundo, la eterna fuente de alegría”.

Alegué que el planeta estaba desprovisto de amor, pues era como un gran jardín abandonado. El monje meneó la cabeza negándolo y manifestó: “Sentirse amado es una de las maravillosas dádivas de la vida que acaricia al ego de todos. No obstante, el alma necesita ofrecer amor para sentirse entera. Entiende que el amor que recibo no es mío, el ‘está’ conmigo; por lo tanto, es dependiente del otro y puede ser variable y efímero. De otro lado, el amor que entrego es mío por completo, pues hace parte de mi esencia, por ‘ser’ conmigo. Es preciso entender que el amor que tengo no es aquel que recibo, sólo me pertenece el amor que soy capaz de ofrecer. Recuerda que nadie puede dar lo que no tiene, así que si no puedo entregarlo es porque no lo poseo; si no lo tengo, me resta un enorme desierto existencial. Ocurre que en vez de crear condiciones para que el amor germine, le transfiero al otro la responsabilidad de cuidar de mí, como un insensato fardo imposible de cargar por mucho tiempo. Entonces, surgen los conflictos con el mundo, pues deseo solucionar la aridez de la vida al exigir que los otros me entreguen las flores que me faltan y, en verdad, son justamente aquellas que me cabe cultivar. Se hace necesario cambiar ese patrón de comportamiento que tanto sufrimiento provoca; es indispensable cultivar un jardín íntimo para colorear y perfumar la propia vida. Este es el escalón primordial. Después será posible subir un segundo escalón cuando se siente alegría al ofrecerle a los otros las mismas flores que antes les exigíamos. Invertir la ecuación de la relación de nuestro amor hacia el mundo nos permite consolidar los pilares de la paz interior y ante los demás”.

El Viejo guardó silencio por instantes, como si supiese que yo necesitaba metabolizar todas aquellas ideas, comió un pedazo de torta y prosiguió: “Los sufrimientos surgen a medida en que reaccionamos mal ante las contrariedades que los otros nos oponen. En esos momentos damos cabida a los celos, a la envidia, a la vanidad, al orgullo, entre otras sombras. Renunciamos a una convivencia digna y pacífica al no tener la capacidad de envolver el conflicto en la esfera de amor necesaria. Transferimos responsabilidades e insistimos en que nuestras elecciones sean acatadas por los otros. Las elecciones son las únicas herramientas disponibles para ejercer la verdad personal. La dignidad en respetar la propia verdad se refleja al respetar la verdad ajena. Las verdades personales tienen diferentes tonos que varían de acuerdo con los niveles de consciencia alcanzados. La armonía entre las múltiples visiones posibles con relación a la vida sólo es posible cuando están revestida de amor. Entonces alcanzo la frontera de la milenaria sabiduría de actuar en el estrecho límite de la actitud que me gustaría que el otro tuviese con relación a mí. Esto es la dignidad de las relaciones. Así, la dignidad se hace factible si existe amor en cada una de mis ideas, emociones o gestos. Sin dignidad todas las relaciones se fundan en bosquejos mal trazados de la buena voluntad de nuestra convivencia con nosotros y con el mundo.”

Volví a interrumpirlo para recordarle que todas aquellas palabras se hacían impracticables cuando el amor no es correspondido, al final el amor es intercambio. El monje frunció el entrecejo como lo hacía cuando aumentaba la seriedad de su discurso, mientras su voz permanecía dulce y explicó. “Uno de los errores más crasos que escucho en todos los lugares es que ‘el amor es intercambio’. Imagino al amor ante un absurdo mostrador de negocios, como algún personaje que anota en un improbable libro de contabilidad todo el amor al que dio entrada y salida, como si fuese posible o saludable contabilizar el amor. Sería como transformar en números lo inconmensurable; como si fuera posible describir lo invisible; como hacer pesado lo que para existir precisa ser leve; como deshacer el todo para volverlo nada. Amor es compartir; es ofrecer sin tasas o contrapartida lo mejor que tenemos o no será amor. Cualquier interés fuera de la felicidad que se pueda transmitir al otro contamina el amor que, como reacción, desaparecerá. Lo contrario también se aplica y lo hace surgir, como por arte de magia, cuando se ofrece en su forma más pura. Sin entrega incondicional no habrá amor; si falta amor, aunque haya fiesta, no existirá felicidad”.

“¿Percibiste que al hablar de amor abordamos cuestiones esenciales como libertad, paz, dignidad y felicidad? Son los estados de espíritu conquistados en la plenitud del ser”.

“La plenitud está relacionada con el proceso evolutivo. En muchos lugares por los que paso, escucho definir la evolución como expansión de consciencia. Claro que no está equivocado, pero no está del todo correcto por estar incompleto. Yo pregunto, ¿qué falta? Bien, falta ampliar la capacidad de amar para que la sabiduría y el amor anden siempre de la mano. Sabiduría sin amor es como agua pura derramada en el suelo que se hace lama bajo los pies de los ignorantes”.

Le dije que no era fácil vivir por amor. El Viejo se encogió de hombros y dijo: “Nadie dijo que era fácil. Es dificilísimo, pues vivimos en un planeta movido por pasiones densas, con las cuales, no te ilusiones, todavía tenemos total afinidad. Cuando se vuelva fácil vivir por amor, significa que estaremos con las maletas listas para seguir rumbo a las Tierras Altas.” Me miró con bondad y finalizó: “Aunque no sea fácil, vivir por amor es sencillo. La simplicidad, al no contener subterfugios, máscaras o misterios, lleva a una profundidad desconcertante, pues conduce a lo más íntimo del ser. Sólo allí podrás encontrarte contigo mismo y con todo el amor que te permitirá las más impensadas transformaciones. Cuando te encuentres contigo estarás ante Dios. Entonces, todo el poder te será posible. El amor es el camino y, no por casualidad, también es el destino.”

El Viejo pidió permiso y se levantó. Era hora de la conferencia que daría aquella tarde en el monasterio. Observé como se alejaba con pasos lentos pero firmes. Permanecí en el comedor, en silencio, por un tiempo que no puedo determinar. En mi interior, además de las lecciones sobre el amor, quedó la sensación de que todavía desconocía quien me habitaba. También quedó un deseo irresistible de ir a mi encuentro.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Miguel Ramírez 8 de agosto de 2019 on 17:08

    Gracias dos grandes lecciones, desconozco el amor y me desconozco, trabajo pendiente.