El rompecabezas

Esperé que Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, cerrara las puertas del taller. Aunque todavía era medio día, su horario de trabajo que inició de madrugada, ya terminaba. Los horarios inusitados de funcionamiento del taller eran legendarios en la pequeña y elegante ciudad, localizada en la falda de la montaña que abriga al monasterio. Seguimos por las calles estrechas y sinuosas, pavimentadas en piedra, en dirección a un restaurante que nos gustaba mucho para almorzar e intercambiar una conversación banal, como dos buenos amigos que se alegran por el simple encuentro. Al cruzar la plaza donde se localiza el restaurante, vimos a una de las sobrinas del zapatero sentada en un banco, con el rostro bañado en lágrimas. Abordada, la joven dijo que estaba muy triste pues creía que su matrimonio estaba próximo a terminar; la convivencia estaba siendo difícil. Confesó que no era lo que deseaba y aunque vivían en la misma casa, estaban más distantes el uno del otro a cada día. Lorenzo la invitó a almorzar con nosotros para conversar un poco. Argumentó que hablar en esas horas podría ser útil, ya que al oír las razones que sustentan los lamentos, los sentimientos terminan siendo más claros. Una vez aceptada la invitación, nos acomodamos en una mesa, lejos del ruido de la calle. Tan pronto nuestras copas estaban llenas con un buen vino tinto de la región, la muchacha inició un listado de quejas con relación al marido, desde su desinterés en la vida afectiva de la pareja hasta el poco empeño que tenía en la empresa donde trabajaba. Oímos todo con atención y paciencia, sin interrumpirla. Al final, tuve un rápido intercambio de miradas con Lorenzo; fue suficiente para que yo supiera lo que él pensaba, dada nuestra antigua amistad.

El zapatero miró a la sobrina y le sugirió: “Creo que te olvidaste de decir algo”. La joven respondió que no sabía a lo que el tío se refería. Él fue claro: “Te olvidaste de contarnos sobre las cualidades de tu marido, de lo contrario el matrimonio no habría durado tanto tiempo ni estarías sufriendo ante la posibilidad de terminar la relación”. Ella se sintió un poco incómoda, pero admitió muchas de las virtudes del esposo. Habló sobre las más relevantes y las que más admiraba y, aunque continuaba triste y preocupada, su ánimo dio una leve mejorada. En seguida, Lorenzo comentó: “Todas las personas deben buscar la madurez en el transcurso de la existencia”. La muchacha dijo que, de hecho, consideraba al esposo muy infantil en algunas circunstancias. El zapatero corrigió: “No me refiero a él, pues no es educado hablar en su ausencia; me refiero a ti”. Ella refutó de repente diciendo que no era una chiquilla. El zapatero meneó la cabeza para decirle que estaba de acuerdo y se explicó mejor: “Ser maduro no sucede por el simple hecho de convertirnos en adultos, de alcanzar la mayoría cronológica. Se alcanza madurez con la mayoría espiritual; para esto no hay edad definida. La madurez se expresa a través del ser entero: Aquel que busca incesantemente la propia esencia, que conoce y acepta todas sus características, buenas y malas, sin esquivar la eterna batalla del perfeccionamiento personal. Aquel que no desea vivir un personaje, sino formar la propia personalidad; que sigue en busca de sí mismo y de toda luz que en él existe. Solo este encuentro podrá proporcionar la armonía y el equilibrio necesarios en todas las relaciones, sea consigo mismo o con el mundo”.

“Hay otras ganancias. Solo cuando una persona se siente entera puede desarrollar todas sus potencialidades; conocer y usufructuar cada una de las nobles virtudes. El punto de partida reside en las propias dificultades. Reconocerlas de inmediato nos hace más generosos con el mundo. Al entender las dificultades, hallamos las semillas de la humildad y de la compasión, virtudes básicas para el importante encuentro consigo mismo, para el florecimiento de las demás virtudes y el entendimiento de la vida. En fin, es preciso conocerse para ser capaz de apreciar el mundo. Sin este conocimiento es imposible entender a los otros y deleitarse con la belleza que cada uno trae consigo. Sin conocimiento sobre sí mismo los beneficios contenidos en las relaciones se pierden por los desagües de la existencia”.

“El individuo que no se conoce está fragmentado, como un rompecabezas desarmado. Tiene la sensación de que nada se encaja, de que faltan o sobran piezas. Entonces las partes, por estar aisladas y perdidas, ansían la unidad posible solamente por la comprensión del todo. Eres el todo; el todo está en ti, esperando ser armado. Solo juntando las partes podremos reflejar la totalidad de quién somos. El deleite de la vida es reunir cada uno de los pedazos del ser en la perfecta obra de arte que nos espera cuando montamos todas nuestras partes”.

“La persona fragmentada vive en el automatismo de uno de los muchos papeles sociales, sin entender quién realmente es; sin una personalidad ya construida, tiende a ver en el otro los defectos que, consciente o inconscientemente, sabe que existen en ella misma, pero que no quiere afrontar. Aunque no lo admita, esto la incomoda de manera profunda. Entonces, reclama del otro como manera de esconder las propias dificultades. Termina no apreciando todo lo bueno que existe dada la necesidad de resaltar lo malo que hay. La fuga de sí mismo se vuelve muy dolorosa, pues crea el vicio de alimentarse a través de los defectos ajenos, tal y como en la literatura los vampiros ansían por sangre para sobrevivir”.

La sobrina dijo que el tío exageraba. Argumentó que en su caso había sido muy difícil convivir con personas egoístas, como el marido, que pensaba solo en él. Me entrometí en la conversación. Mencioné que debíamos concentrarnos en perfeccionar las propias actitudes en vez de insistir en los defectos ajenos. La joven insistió que era muy complicada la relación con el esposo. Le recordé que ella siempre podría conversar con él, exponer sus ideas de manera clara y serena, pero que no tenía el derecho de exigirle cambios de comportamiento. Solo los tontos lo hacen. Ella podría permanecer o partir, pero la única persona en la cual podría efectuar transformaciones era en ella misma, no en el otro. Ella debería prestar más atención a sus ideales, sentimientos y elecciones.

La muchacha consideró una contradicción lo que yo acababa de decir. Sostuvo que no había nada más egoísta que una persona que gira en torno de sí. Le expliqué que había una diferencia fundamental entre girar en torno de sí mismo y moverse a partir del propio eje. Claro que si alguien se considera el ombligo del universo es un caso clásico de egoísmo. Ser entero es diferente, es moverse a partir de la propia esencia, fuente de toda luz, en ondas concéntricas, propagando el bien hasta los confines del universo. Por tanto, es indispensable encender esa luz que aguarda al ser en su profundidad. La inmadurez es justamente lo contrario. Al esperar que el universo se mueva y se adecue para entregar a domicilio los menores y mayores deseos, que la haga feliz por milagro, la persona se aleja de sí misma y de todo poder que tiene. Es mejor desistir de esperar, pues no va a suceder. Se trata de una relación todavía infantil con la vida, exigiendo de los otros todo aquello que nos cabe buscar. Por su peso, las relaciones se vuelven insostenibles. Como creemos, por vicio de pensamiento, que la culpa por nuestra insatisfacción está siempre fuera, más allá de los dominios del ser, nos declaramos decepcionados con los otros. En realidad, un sufrimiento inútil, fruto de la ignorancia sobre quien se es y de la fuga en lidiar consigo mismo.

Lorenzo volvió a conversar de manera desconcertante: “Solamente las personas inmaduras se decepcionan”.

Ante el espanto de la sobrina, el zapatero amplió su raciocinio: “El otro es el otro, a su manera, con sus dolores y delicias, en el límite de su consciencia y en la frontera de su corazón. Tú puedes y debes imponer límites, pero no cambios. Trabaja en transformarte a ti misma como palanca evolutiva. Ayuda siempre que alguien te lo pida, pero nunca te vuelvas un acreedor; esto es dominación; antítesis de la libertad y del amor. En verdad, mientras aún estemos partidos, nos decepcionamos cuando alguien hace elecciones que nos desagradan; es decir, en el fondo, responsabilizamos a los otros por nuestra infelicidad. La felicidad junto con el amor, la libertad, la paz y la dignidad, forman los cinco estados de cura denominados plenitud. Ahora, la responsabilidad por la conquista de la plenitud es tuya, mía y de cada uno de nosotros, por el simple hecho de que no se encuentra en ningún otro lugar, salvo dentro del propio ser. Depender de alguien para amar, ser libre, digno, feliz o vivir en paz revela una persona fragmentada, un individuo inmaduro que todavía no sabe quién es”.

“Por lo tanto, haz el camino de regreso hasta el dolor que te incomoda, busca la esencia, los sentimientos y las sombras que lo nutren; conócete a ti misma, madura en el ejercicio de las virtudes, ellas son los instrumentos de la vida. Asume la responsabilidad por todo lo que sucede en tu vida y por la conquista de la plenitud. Sé entera. No lo dudes, dentro de ti está todo lo que necesitas. Aprende, transfórmate, comparte lo mejor que hay en ti y sigue adelante. ¡Deléitate con la madurez, ella te da el escudo y las alas!”.

Resolví colorear un poco más el asunto y dije que para alcanzar la madurez y, en consecuencia, los cinco estados que componen la plenitud, tenemos a disposición las maravillosas herramientas de las virtudes. No debemos hacer de nadie blanco de nuestras insatisfacciones. Eso atrasa la jornada. Cuando las críticas, así como los elogios, recaigan sobre ti, ten la consciencia de que éstas no siempre son justas ni aquellos son sinceros. Esto aleja la maldad, la adulación interesada, la falsedad, la mentira, la victimización, el orgullo, la vanidad, además de otras sombras. Por tanto, es necesario tener humildad para entender las propias dificultades, pues siempre es posible hacer diferente y mejor; compasión para comprender las dificultades ajenas y desechar los desajustes escondidos en las ofensas que nos lanzan; sinceridad en la relación consigo y honestidad en el trato con los otros. Misericordia para perdonar siempre, dulzura para abrazar al mundo con cariño, firmeza en tus propósitos, además de amor, por supuesto, sin el cual no se llega a ningún lugar. Independiente de lo que otros opinen sobre ti, el ser entero se mueve a través de la verdad contenida en su esencia. No depende de la autorización de nadie para amar, ser libre, feliz, digno y vivir en paz.

Expresé que una persona madura es aquella que vive sus sueños y ejerce sus dones, sean éstos los que sean. En contrapartida, respeta los sueños y los dones ajenos. Cada cual es único y en ello reside la belleza de todos; al final, no existen dos historias iguales. Sabiendo esto, la persona madura se despoja del personaje que los condicionamientos sociales le imponen para ser ella misma, vivir la vida a su manera, escribir su propia historia, labrar un camino que nadie puede recorrer por ella. El ser entero trata con sacralidad sus elecciones. Sabe que las elecciones son las herramientas que transforman la vida y que son la única manera de manifestar su verdad; esto lo aproxima a lo sagrado. Solamente a través de las elecciones podemos evolucionar. Permitir que otros interfieran en nuestras elecciones es la mayor falta de respeto que podemos tener para con nosotros mismos. De la misma forma, lo inverso también se aplica con relación a las elecciones ajenas. Es una cuestión de total respeto para el individuo maduro. Cuando renunciamos a nuestras elecciones, perdemos la personalidad, aquello que nos identifica como singulares en el universo. Perdemos el encanto por la vida. Por otro lado, interferir en las elecciones de los otros es ejercicio de dominación y falta de respeto por la libertad y dignidad ajena, señales de inmadurez al no entender la responsabilidad y el poder que cada uno tiene sobre su propio vuelo.

Lorenzo hizo una conclusión a mis palabras: “Solamente puedo ver la belleza del otro cuando la encuentro dentro de mí”.

El almuerzo fue servido. Mientras nos deleitábamos con la maravillosa comida del restaurante, conversamos sobre otros asuntos. La joven estaba distante y casi no tocó el plato ni habló. Antes de terminar, la muchacha nos preguntó si considerábamos que todos los defectos que ella señalaba con relación al marido eran, en verdad, una fuga de ella misma, de la responsabilidad que tenía sobre la propia felicidad y el perfeccionamiento que le correspondía. Nadie respondió. Después de algunos segundos de incómodo silencio, los tres reímos a carcajadas. En seguida, la joven confesó que estaba casada con un buen hombre, guiñó un ojo y dijo de manera traviesa que, aunque pudiese ser mejor, él era una persona con muchas cualidades. Pidió permiso para salir, alegó que tenía un importante compromiso. Quise saber si ella iría al encuentro de su marido. La mujer sonrió de forma alegre y sincera antes de decir que estaría con el esposo solo por la noche, pues en aquel momento comenzaría un trabajo, el mayor de su vida: juntar las piezas sueltas para montar el rompecabezas de sí misma. Dijo que estaba entusiasmada con el desafío y maravillada con las infinitas posibilidades que surgirían. Se sentía fortalecida al traer para sí el poder sobre la propia vida. Lorenzo sonrió y finalizó: “Esa es la mayor magia”. La joven le dio un beso en la mejilla al tío, se despidió de mí y se fue. Por la ventana del restaurante la vimos saltando por la plaza, parecía que tenía resortes en los pies.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 2 Respuestas

  • Gabriel 2 de junio de 2018 on 09:55

    Que bello! Esta vez Yoslhaz hizo ver su sabiduría :). Gracias

  • katherine camero 29 de mayo de 2018 on 23:02

    Que belleza me encantan todas las historias…