Mira con quién andas

Hacía casi un mes que estaba en las montañas de Arizona, hospedado en casa de Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de transmitir la sabiduría de su pueblo a través de la palabra. En ese período conocí a una joven que vivía en la misma calle e iniciamos un romance. Beth, como se llamaba, era profesora en una escuela local. Durante la semana me dedicaba a estudiar con Canción Estrellada y los fines de semana íbamos, ella y yo, a pasear por los alrededores. Aquel sábado habíamos ido a Flagstaff y al final de la tarde estábamos en un agradable lugar tomando una deliciosa cerveza artesanal, al son de bandas de jazz y blues. Cuando ella regresó del baño, se encontró con una antigua compañera de colegio. De lejos, observé que las dos conversaban y percibí como la expresión de Beth se iba alterando. Tuve la nítida sensación de ver una luz languideciendo poco a poco hasta desvanecerse por completo. Cuando volvió a sentarse a mi lado parecía otra persona. Estaba abatida. Le pregunté qué había sucedido y ella dijo que todo estaba bien. Insistí; le dije que estaba diferente después de conversar con la otra mujer. Ella dijo que la compañera, si bien nunca habían sido íntimas ni grandes amigas, la había abordado para contarle su vida. Habló de su vida maravillosa: un matrimonio formidable, carros lujosos, mansiones, viajes a lugares paradisíacos y amistades con personas famosas fueron los tópicos de la narración. Le pregunté la razón por la cual aquella conversación la afectó. Beth respondió que no había entendido cuál era el motivo para que la compañera le hablara de su vida perfecta en tan pocos minutos, pero que se alegraba por ella. En seguida fui a la barra a buscar otra cerveza. El lugar estaba lleno y cuando el barman me entregó la botella, un hombre me la quitó de la mano. Dijo que aquella cerveza era suya, pues estaba allí hacía más tiempo que yo y antes de salir me insultó. Yo no quise esperar la otra cerveza, algo me había robado la alegría. Cuando nos dirigíamos a buscar el carro, nos encontramos con un joven, vecino de Beth. Ya habíamos sido presentados por Canción Estrellada. El muchacho fue muy atento con ella, mientras a mí me ignoró por completo. Me sentí incómodo con la situación, principalmente porque ella no hizo nada ante el comportamiento indelicado del joven. Ya en el carro, de regreso a casa, después de un tiempo sin dirigirnos la palabra, comenzamos a conversar sobre cualquier asunto y cuando me di cuenta estábamos discutiendo. La discusión subió de tono, intercambiamos acusaciones y peleamos, al punto de terminar la relación. Todo aquello me dejó muy mal; sentía una mezcla de emociones, entre tristeza y frustración. Tuve una sensación extraña y desagradable, como si hubiese permitido que la miel de la vida se me escurriera por las manos. El domingo por la tarde, cuando Canción Estrellada regresó del viaje que también había hecho el fin de semana y me saludó, le respondí de manera triste. El chamán solo sonrió. Al día siguiente al percibir que aún estaba desanimado, me invitó a conversar en la terraza de su casa.

Sentado en su mecedora, encendió el hornillo de piedra roja de su inseparable pipa. Dio dos bocanadas y en seguida tomó el tambor de dos caras para entonar una sentida canción ancestral. Lentamente me fui sintiendo un poco más tranquilo y receptivo. Canción Estrellada explicó que las buenas melodías tienen la capacidad de deshacer algunas formas astrales de baja vibración que se aproximan por afinidad energética, aunque sea de manera momentánea. En seguida, me preguntó qué había sucedido y respondí que nada fuera de lo normal había ocurrido; tan solo estaba quieto. Con su infinita paciencia explicó: “Quietud es diferente de tristeza. Algo hizo con que tu vibración cambiara el fin de semana. La energía mejoró un poco, pero no está bien; necesita ser transmutada. Entender el sufrimiento es fundamental para la cura”. Recapitulé y narré todos los hechos desde la tarde del sábado. El chamán me oyó sin interrumpirme. Después dijo: “Vamos al inicio de la confusión. ¿Por qué una persona cuenta un montón de logros al encontrarse con otra?”. Respondí que tal vez fuese para compartir su felicidad con los otros. Canción Estrellada meneó la cabeza negando y dijo: “Es justamente lo contrario. La incomodidad no admitida consigo mismo, con la propia vida, con las elecciones hechas en el transcurrir de la existencia motivan tal comportamiento. Se trata del esfuerzo vano para convencerse de que es feliz. Se suele hablar de las riquezas materiales en el intento de esconder la pobreza espiritual. Discursos de grandeza revelan almas partidas por la mitad. Nada de lo que es esencial se consigue con dinero y ellas lo perciben. Es una búsqueda sentida, mas no siempre aceptada. Como aún se mueve en la inconsciencia, enfrentará días dolorosos hasta ser llevada y admitida en la consciencia. Es cuando realmente podrá realizar las debidas transformaciones”. Cuestioné si era errado compartir la propia felicidad. Canción Estrellada levantó las cejas y explicó: “Compartir la felicidad es dar lo mejor de sí al mundo. Será siempre de mucho valor. No obstante, hay una gran diferencia entre ofrecer lo mejor e intentar mostrar como tu vida, o tú mismo, es mejor que la de los otros. Este es el lenguaje del orgullo y de la vanidad. Una persona feliz es exitosa, es un ser entero. Dispensa cualquier tipo de comparación por saberse bella al ser única, sin negar las dificultades, sin renunciar a las virtudes. Por tanto, es sencilla y humilde, repleta de compasión. Es agradable estar al lado de una persona así. La verdadera felicidad es serena, equilibrada y amorosa. No necesita de propaganda ruidosa”.

Fumó su pipa y prosiguió: “¿Qué hace que una persona se vuelva impaciente y violenta como el hombre del episodio de la cerveza o intolerante y agresiva como el joven que te demostró desprecio? El desierto del corazón o la falta de rumbo. Todo individuo que aún no entiende que la vida en el mundo es tan solo la motivación para el perfeccionamiento del ser, vagará perdido en constantes desencuentros. Todo movimiento que tenga la intención de mostrarse más poderoso o mejor que los otros es el reflejo de un alma frágil, desorientada, aprisionada en la propia oscuridad”.

Dije que probablemente fuimos contagiados por las sombras de esas personas. Esto produjo la pelea. La culminación de la relación era culpa de ellas. Canción Estrellada discordó: “¡Claro que no! Ellas son quienes son. La manera de ser de nadie puede tener la capacidad de robarnos la alegría de vivir”. Aspiró una vez más la pipa y explicó: “La victimización y la transferencia de responsabilidad también son sombras igualmente poderosas por el estancamiento que imponen. Entender la dificultad ajena demuestra sabiduría; aceptar tus propias dificultades es el primer escalón hacia la plenitud”.

“No obstante, la batalla de ellas es útil pues sirve de espejo”. Le pedí que se explicara mejor. El chamán profundizó su raciocinio. “Una semilla, sea cual sea, solo germina cuando encuentra las condiciones apropiadas. Así es con la luz; así es con las sombras. Ambas precisan de suelo fértil para echar raíces. Todo lo que habita en tu corazón necesita de tu permiso. Lo que nos acompaña es afín a nosotros, está en sintonía con quiénes somos. En los episodios del fin de semana, si por el lado de ellos presenciamos escenas de orgullo y vanidad, del lado de ustedes vimos actuar a la envidia y a los celos. Sombras se nutren de sombras”.

“Cada persona es un centro generador de energía, movida por sus ideas, emociones y elecciones. Las vibraciones emanadas se propagan hasta los confines del universo. Esto nos identifica ante las estrellas”. Volvió a aspirar la pipa y prosiguió: “Y así mismo vuelven. Como la vida es amorosa, sabia y justa, somos todos no solo generadores sino también receptores de las vibraciones universales. Captamos las exactas energías en la mismísima amplitud de frecuencia de aquellas que emitimos. Por nosotros pasan las más diversas energías: sutiles y densas, leves y pesadas, transformadoras y paralizantes, libertadoras y dominadoras. Cada persona define el tipo de energía que permanecerá a su alrededor; no por deseo, sino como consecuencia. Es un eficiente método educativo”.

Canción Estrellada volvió a tomar el tambor de dos caras para entonar una suave melodía. Me dejé envolver por la agradable canción. Lentamente todo comenzó a tener sentido. Dije haber entendido que yo era responsable por todo lo que me sucedía. Desde lo bueno hasta lo malo. En verdad, en el fin de semana Beth y yo habíamos cometido el descuido de permitir que las sombras ajenas alimentaran las nuestras. Al agigantarse, trajeron peleas. Canción Estrellada asintió con la cabeza y agregó: “Somos víctimas de quien somos. Nadie puede hacernos más mal que cada uno a sí mismo. Sin embargo, lo inverso también se aplica. El bien está en mis manos, pues se define por las elecciones que tomo cuando altero la ruta, según la perfecta medida de mis pensamientos y sentimientos y de las virtudes que puedo colocar en acción. Apenas mi luz es capaz de inmunizar mis sombras. Toda plenitud que deseo, manifestada en paz, libertad, amor, dignidad y felicidad, depende exclusivamente de mí. Esta comprensión me da el poder sobre mi historia. Esta fuerza es inherente a cualquier persona. Cuando la colocamos en movimiento, transformamos la vida. Esta es la magia de la luz”.

“Sombras o luz; las personas solo tienen sobre nosotros el poder que les concedemos. Sombras y luz se manifiestan en nosotros según la estricta afinidad que tengamos con ellas. La vida es como un radio; al cambiar la frecuencia, alteramos la programación”.

Me excusé con Canción Estrellada. Necesitaba conversar con mi novia y mostrarle la trampa en la que habíamos caído. El chamán tan solo sonrió con los ojos como respuesta. Al llegar a casa de Beth me informaron que estaba en la pequeña iglesia de la ciudad. Me dirigí hacia allá. Al entrar, la vi sentada en la primera fila. Me senté en la última hilera de bancos para esperar que la misa terminase. El padre hablaba de una de las Cartas de Pablo, el apóstol de los gentiles, en la cual citaba un verso de Menandro, poeta de la época: “No os dejéis engañar: ‘malas compañías corrompen las buenas costumbres’”. Enseguida, explicó que no importaba si estábamos al lado de fulano o de zutano; lo importante era si permitíamos estar en compañía de las sombras o de la luz. Ejemplificó que el maestro Jesús se hizo amigo de ladrones y prostitutas y, sin dejarse envolver por las sombras, los trajo a la luz. Él transformó su encuentro con Pilatos, a pesar de toda la oscuridad que envolvía al gobernador romano, en un momento de iluminación capaz de inspirar los pasos de la humanidad hasta los días de hoy. Con los ojos aguados, hice una sentida oración de agradecimiento por los maestros ocultos, pero presentes en todas las horas de mi vida; por la sabia, justa y amorosa sincronicidad del universo. Al final de la misa, cuando Beth me vio, me ofreció una sonrisa dulce y guiñó el ojo como quien dice saber el motivo por el cual yo estaba allí. Intercambiamos un fuerte e inolvidable abrazo. No fueron necesarias las palabras.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

Discusiones — 2 Respuestas

  • Pablo 8 de septiembre de 2019 on 02:42

    impresionante, Graciasss!!!

  • Marifer De Sousa 12 de agosto de 2018 on 19:37

    Qué pasa que ya no han pasado más hermosos relatos, experiencias, vivencias, reflexiones actualizadas y las travesías magníficas…las extraño!!! Gracias de antemano y Bendiciones Miles!!!