El decimotercer día de la travesía. La relatividad en el desierto

El decimotercer día de la travesía transcurría lentamente. El sol, el calor y el movimiento repetitivo del camello, duna tras duna, en un mar de arena sin fin. Me deparé pensando que si alguna de las rutinas por casualidad fuese suprimida, la caravana no lo notaría de tan incorporadas que estaban entre los viajeros. El café caliente servido al desayuno, la rápida parada al mediodía para un breve refrigerio, la cena al inicio de la noche, el encender de las antorchas que iluminaban el campamento, el buen hombre del té, el ágil movimiento al montar y desmontar las tiendas, la enigmática mujer de ojos color lapislázuli galopando en su caballo negro, que aparecía y desaparecía como por encanto, eran algunos ejemplos. Yo también ya me había acostumbrado a ver al caravanero alejarse con su halcón apoyado en el grueso guante de cuero, que usaba en el brazo izquierdo, para el adiestramiento matinal y vespertino del ave. También me acostumbré a verlo en esos horarios, siempre antes del entrenamiento, de rodillas en la arena haciendo su oración de dos palabras, rogando por “luz y protección”, conforme me había enseñado algunos días atrás. Otro hábito que se volvió común era que la caravana parara a determinada hora del día para que los integrantes del grupo oraran conforme sus preceptos religiosos. Aquel día, quien estaba a mi lado en su camello era una simpática y bonita europea que pronto comenzó a conversar. Le conté que mi intención era conocer a un sabio derviche,“poseedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Ella dijo llamarse Ingrid y que era astrónoma. Traía en su equipaje algunos telescopios para observar una determinada constelación, objeto de sus estudios, dada la posición privilegiada del oasis en medio del desierto. Como las estrellas siempre habían sido motivo de enorme fascinación para mí, me derramé en indagaciones, a las cuales ella respondió de buena gana. Cuando la caravana interrumpió la marcha para la oración ella, sin ningún trazo de agresividad, lamentó la pérdida de tiempo. Acrecentó, siempre con delicadeza, que no entendía como la humanidad aún desperdiciaba tiempo y energía en esa búsqueda que consideraba sin sentido. Dijo que le espantaba saber que después de haber avanzado en conocimiento durante siglos, las personas continuaran amarradas a creencias absurdas o a insensatos deseos por un contacto metafísico.

Enseguida quiso saber si yo creía en Dios. Me apoderé de una respuesta dada por un alquimista ante la misma pregunta y respondí que “no era una cuestión de creer sino mas bien de sentir”. La simpática astrónoma comentó que no tenia sentido. Explicó que cualquier divinidad era resultado de conjunciones síquicas. La ciencia, al ocuparse de la realidad, necesita de elementos físicos para su comprensión y aceptación. Por lo tanto,“lo que no existe en la naturaleza, no existe en la vida”. Para ella, Dios era una ficción como tantas otras. Le pregunté si ella creía en la matemática. La astrónoma respondió que sí. Agregó que la matemática era la base de la astronomía. Argumenté que la matemática también era un producto síquico elaborado por la mente humana, pues no encontrábamos ecuaciones en árboles ni cálculos a la orilla de la playa. No obstante, a pesar de también ser una creación cerebral, por lo tanto una ficción, la matemática tenía la capacidad de explicar la naturaleza y sus fenómenos. Ella refutó diciendo que las novelas de ficción, meras creaciones mentales, comprueban la gran capacidad de la humanidad para deleitarse con ilusiones. Dios era solamente una más de esas narraciones. Comenté que las historias, aún las más antiguas, se sustentan en arquetipos que explican el comportamiento estándar de las personas, ya sea con relación a sus dificultades o con relación a sus ideales. Por esto, las historias emocionan por la identificación que provocan. Ingrid preguntó qué Dios tenía que ver con eso. Le respondí que todas las personas tenían, en grados de desarrollo distintos, el arquetipo de Dios en sí. Aún aquellos

que Lo niegan con toda la fuerza del consciente, inconscientemente buscan los valores divinos existentes en las nobles virtudes y en el amor diseminados a través de los tiempos. De los criminales a los santos, lo sagrado existe en todos. Agregué que sagrado era todo aquello que me hacía una mejor persona y, en esencia, era la búsqueda de todos. Es la percepción y la consecuente manifestación de Dios, siempre en movimiento dentro de cada individuo. Así, aún aquellos que no creen, Lo buscan sin saber. En el fondo, todos quieren alejarse de círculos viciosos, en donde reinan la ignorancia, el miedo, el egoísmo, la envidia, el orgullo, la vanidad, los celos, entre otras sombras, para vivir en círculos virtuosos donde se practica la humildad, la compasión, la sinceridad, la pureza, la generosidad, la justicia y, principalmente, el amor, como ejemplos de muchas otras virtudes. Las virtudes son poderosas fuentes de luz. En conclusión, creer o no en Dios, en aquel momento de la existencia, no hacía diferencia, desde que el individuo incorporara en sí, a cada día un poco mas, cada una de las virtudes como herramientas indispensables para la luz. Esta es la manera como nos aproximamos a Dios, seamos ateos o religiosos.

La astrónoma argumentó que no sentía el menor deseo de conocer a Dios, aunque reconocía el valor de las virtudes. Le expliqué que el perfeccionamiento de las virtudes es el instrumento único de la evolución. Cambia el mundo según los cambios personales; transformar a sí mismo es la posibilidad singular de transformar la vida. El pulimento de las virtudes nos hace plenos. La plenitud se completa con los cinco puntos de luz alcanzados por el ser durante la existencia: la libertad, la paz, la dignidad, el amor incondicional y la felicidad. En otras palabras, era el Grial buscado por los templarios, la Piedra Filosofal que fascinaba a los alquimistas en el intento por transformar el plomo de la existencia en el oro de la vida, la Iluminación enseñada por las tradiciones filosóficas orientales y también la preparación para el encuentro con Dios del que hablan las religiones monoteístas. Perfeccionarse con cada una de las virtudes es también el camino de los esotéricos. Queriendo o no, tarde o temprano, eso cambia la percepción sobre Dios al alterar la comprensión con relación al universo y con relación a sí mismo.

“Tan real, tan ilusorio y tan metafísico como el mundo en el que vivimos”, dijo la bella mujer de ojos color lapislázuli quien se entrometió en la conversación, para sorpresa nuestra, al pasar por nuestro lado montada en su vigoroso caballo negro. Nos miró por instantes y prosiguió.

La caravana se detuvo para la oración diaria. Permanecí observando al caravanero en su oración. Siempre apartado, tenía como ritual arrodillarse y dibujar un circulo en la arena, para después curvarse y rezar. Yo no sabía lo que significaba, pero tan pronto tuviera la oportunidad le preguntaría. Las personas que no rezaban aguardaban en respetuoso silencio.

La astrónoma me jaló hacia una esquina y, susurrando para no interrumpir las oraciones, me preguntó si yo creía en los sueños. Respondí que el asunto era bastante complejo. Variaba entre meras ilaciones referentes a deseos y miedos del ego en sueño poco profundo hasta mensajes importantes traídos por el alma, en viaje a otras esferas de existencia al desprenderse del cuerpo, durante el sueño profundo. Ella confesó que aquella noche se había despertado sobresaltada por una terrible pesadilla. Soñó que la caravana había sido atacada por tribus nómadas del desierto. Todo le pareció tan real que no pudo volver a dormir. Se encogió de hombros y comentó que los sueños eran bobadas, frutos de devaneos del inconsciente.

Enseguida el caravanero, al terminar la oración, se levantó y miró con seriedad a todos los de la caravana, como si buscara a alguien, como si no encontrara lo que busca, y preguntó si alguien había soñado aquella noche. No un sueño cualquiera, sino un sueño extraordinario. Antes que alguien se manifestara, por puro instinto, señalé a Ingrid que estaba a mi lado. El caravanero la miró por instantes y se aproximó. Traía consigo una firmeza infranqueable y le preguntó sobre el sueño a la astrónoma. Ella dijo que no pasaba de una gran bobada y pensaba que no valía la pena ser contado. El caravanero insistió. Avergonzada, narró la pesadilla que tuvo. Para su sorpresa, el caravanero indagó por algunos detalles adicionales. Después de oír todo con atención, sin dudarlo, llamó a uno de los guardias más expertos que la seguridad de la caravana tenía y le pidió que se adelantará para analizar el peligro. Determinó que los demás aguardásemos hasta que volviera. No demoró en regresar afligido, con la información de que un bando estaba camuflado en lo alto de un desfiladero por donde la caravana pasaría. Inmediatamente el caravanero optó por una ruta alternativa, más larga pero más segura, dificultando la posibilidad de una emboscada.

El día continuó tenso, con la mirada atenta en el horizonte. Al final de la tarde, la caravana se detuvo para montar el campamento y pernoctar. El caravanero garantizó que, aunque el riesgo era inherente a la travesía, el peligro había disminuido considerablemente. Su credibilidad hizo con que la tranquilidad volviera a reinar entre los viajeros. Cené en silencio al lado de la astrónoma. El caravanero se aproximó y le agradeció. Como respuesta, la astrónoma dijo haber sido tan solo el relato de un sueño, nada más. Confesó que estaba encantada con la coincidencia entre lo soñado y lo vivido. El caravanero respondió: “Lo que llama coincidencia, en verdad es sincronía”. Ante la mirada de espanto de ella, agregó: “Hay más cosas entre las estrellas y el desierto de lo que somos capaces de imaginar” y partió.

De nuevo a solas, ella me comentó que estaba sorprendida con lo que el caravanero había dicho sobre sincronicidad, pues era un concepto polémico y aún muy discutido por la ciencia. Explicó que había sido creado por el sicoanalista Carl Jung y que había servido de base para que Albert Einstein desarrollará su famosa Teoría de la Relatividad, con la cual cambió y perfeccionó muchos de los conceptos que tenemos hoy en día sobre Física y Mecánica Cuántica, ya que mueve de manera radical y todavía poco entendida, la idea convencional de espacio y tiempo, haciendo que los curvos no sean más lineales como estamos acostumbrados a lidiar. Añadió que en astronomía esos conceptos, aunque acuñados hace casi un siglo, continuaban aportando una enorme revolución y bastante discusión.

Fue entonces cuando oímos una voz atrás de nosotros: “Las realidades son distintas entre las diversas esferas de existencia. La realidad de aquí se revela como ilusión vista por otro prisma. Algunos de los nuevos conceptos para los científicos ya son milenarios para los espiritualistas. En diferentes esferas vibracionales las ideas de espacio y tiempo lineales, de la manera como las entendemos como realidad, se hacen relativas. En sueño profundo, cuando cae el nivel de vigilia entre el cuerpo y el espíritu, que están integrados en unicidad, mientras este descansa el otro viaja a diferentes esferas de vida, donde el espacio tiempo no existe como lo comprendemos. Se puede ir al pasado y al futuro; se puede recordar o no. Los sueños pueden ser buenos o malos, dependiendo de lo que fue vivido. No obstante, es preciso estar atento, pues no todo sueño es una noticia traída por el alma. Lo más común es que se trate de creaciones oriundas de los miedos y deseos del ego, siempre muy presente en los sueños donde no hubo durante el sueño el

desprendimiento necesario entre el cuerpo y el espíritu”. Era la bella mujer de ojos color lapislázuli. No habíamos percibido su presencia. La astrónoma se espantó mucho; yo, por estar acostumbrado a esas apariciones súbitas, solo un poco. Enseguida, la mujer de ojos azules profundizó un poco más la explicación: “Hay otras formas en que eso sucede, como por ejemplo, a través de prácticas contemplativas como la meditación y la oración profundas. Éstas también abren otras perspectivas, como la de llevar a un estado alterado de consciencia, en el cual realmente se acceda al inconsciente, donde está guardado el archivo de las memorias ancestrales”.

Aún sin recuperarnos del susto, la mujer le dijo a Ingrid: “Los buenos espíritus del desierto, aliados a tu guardián personal, te condujeron durante el sueño, en otra frecuencia de tiempo y espacio, al momento en el que la caravana sería atacada por los nómadas. Fue un aviso de protección. Como tú no entendiste la seriedad de la situación, por no creer en el canal de comunicación y ante la inminencia del peligro, volvieron a avisar, de esa vez al caravanero cuando él abrió un portal con la oración, a quien tan solo le fue permitido saber que alguien del grupo tenía conocimiento de la tragedia que recaía sobre la caravana, sin saber exactamente los detalles, hasta que llegó a ti y nos fue posible escapar”.

Ingrid sacudió la cabeza y dijo que aquella historia de espíritus del desierto y guardianes personales era una locura. Se disculpó por su sinceridad, pero la mera casualidad entre un sueño y la realidad no eran científicamente suficientes para mostrar los nuevos conceptos de espacio tiempo contenidos en la compleja Teoría de la Relatividad. La mujer de ojos azules se encogió de hombros y respondió de modo sereno: “No es mi intención comprobar tesis científicas o intentar convencer a quien quiera que sea sobre la vida como la veo. Tan solo hablo de la manera como siento que el universo funciona, principalmente lo que está más allá de lo que podemos percibir con los cinco sentidos básicos. Puede ser verdad o solo una conversación sin valor, pero es mi visión. Por favor, no me lleves a mal, no necesitas acompañarme. La fascinación por la luz no debe ser fruto de una simple creencia, sino del más puro entendimiento”. Hizo mención de retirarse, cuando la astrónoma, de modo educado, quiso saber por qué “Dios o los buenos espíritus” la hicieron interlocutora de un asunto tan importante, a través del sueño que había tenido, ante tantas personas religiosas si justamente ella no creía en su existencia. La bella mujer de ojos color lapislázuli arqueó los labios con una dulce sonrisa y dijo: “Creer es un detalle de menor importancia. Lo que vale es tener un buen corazón”. Hizo una pausa para finalizar: “Y tu corazón es enorme. Esto hace seguro el puente para que puedan atravesar; esto te acerca a ellos” y se fue.

Aquella noche la astrónoma y yo nos tendimos en la arena y observamos el manto de estrellas en el cielo del desierto. Por un largo tiempo no fue pronunciada palabra. Ingrid quebró el silencio con una pregunta retórica: “ ¿Cuál es la razón para que existan las estrellas?” Por no saber, no respondí. Dormimos allí.

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