El décimo sexto día de travesía. Donde existe voluntad hay un camino.

El día amanecía en el desierto. Alejado de la caravana, sentado en la arena con una taza de café fresco en la mano, observaba al caravanero adiestrar a su halcón. Ingrid, la astrónoma, se aproximó. Ella quiso saber el motivo para estar alejado, todas las mañanas, observando el vuelo del ave. Le respondí que no sabía a ciencia cierta, pero que algo allí me fascinaba. Le dije que tal vez fuese el hecho de que, ante la aridez del desierto, de lo improbable, de lo imposible para muchos, el halcón siempre retornaba con su caza. Le comenté que probablemente era por el instinto de sobrevivencia del animal o por su determinismo biológico, pero que el ave me daba la sensación de que conseguía su alimento por creer que lo encontraría. Ingrid afirmó: “Donde existe voluntad, hay un camino”. Aquella frase me impactó dado el abanico de interpretaciones que ofrecía. Se lo comenté a la astrónoma. Ella se levantó la manga de la blusa y me mostró un tatuaje en el antebrazo. Dijo ser un símbolo vikingo conocido como Inguz, que representaba ese mensaje. No obstante, ella ya lo había oído también en la filosofía china. Explicó que la verdad está presente en todas las tradiciones. Discordé de inmediato. No como la omnipresencia de la verdad, mas por el hecho de la voluntad volverse necesariamente un camino. Ingrid solo se encogió de hombros. Pidió permiso, pues la caravana no demoraría en partir y tenía algunas cosas que arreglar. Vi cuando el halcón regresó con el caravanero trayendo un pequeño roedor en sus garras.

No demoró mucho para que la caravana siguiera su rumbo. Reservé un lugar para que Ingrid emparejara su camello con el mío, pero no lo hizo. Prefirió, una vez más, marchar al lado del astrólogo con quien había conversado algunos días atrás. No entendía, ya que ella como astrónoma, despreciaba la astrología. Celoso, pero sin admitirlo, decidí seguir solitario aquel día. Las horas pasaron lentamente hasta que la bella mujer de ojos color lapislázuli se aproximó montada en su caballo negro, Viento. Marchamos durante algún tiempo sin decir palabra hasta que quebré el silencio. Le pregunté si a ella no le parecía sin sentido que a una científica como Ingrid le gustara conversar con un místico como el astrólogo. Con los ojos fijos en el horizonte, la mujer respondió: “Los opuestos no se atraen, se explican”.

Dije que se equivocaba. Las constelaciones, fundamento teórico de la astrología, en realidad son tan solo ilusiones de óptica, formadas a partir del punto de vista de quien está en la Tierra. Al mirar al cielo de Marte o Saturno, aquellas mismas estrellas harán parte de otras constelaciones que no existen para quien las mira desde aquí. En verdad, las constelaciones son piezas de ficción, creadas por la imaginación humana. Le comenté que Ingrid lo sabía. No obstante, me dejaba pasmado ante la insistencia en conversar con el astrólogo. La bella mujer explicó: “Lo que le fascina no es la astrología en sí, sino la entrega sincera y por entero del astrólogo a su oficio”. Hizo una pausa y concluyó: “Donde existe voluntad, hay un camino”. En seguida hizo un movimiento suave con las riendas del caballo y se alejó.

Seguimos por algunas horas más hasta que vino la orden de dar un breve descanso al medio día para un rápido refrigerio. Está equivocado el que piensa que el desierto es solo arena. Nos avisaron que durante el resto del día atravesaríamos un trecho conocido como “Bosque de Piedras”, por causa de sus enormes rocas. Tomé algunas támaras y me senté en la arena. Próximo a mí estaba sentado un hombre que debería tener mi edad; me llamó la atención por sus ojos tristes. Le ofrecí una fruta que rechazó con educación y con una sonrisa sin vida. Le comenté que seguía con la caravana para encontrar al sabio derviche que vivía en el oasis, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Él me contó que sus parientes más cercanos también vivían en el oasis, eran tejedores. Me miró con sus ojos lánguidos y confesó que esperaba llegar al oasis para ser enterrado por sus familiares. Atónito, quise saber si lo acometía alguna enfermedad incurable, a lo que el hombre respondió que no. Dijo que su salud era buena, pero que no veía motivo alguno para continuar viviendo. Como se mantenía con el dinero de la herencia dejado por su padre, quien había sido un hábil mercader de tapetes, consideraba más sensato despedirse de la vida en vez de seguir dilapidando, día tras día, el patrimonio sin que tuviese un motivo para vivir. Dejaría el dinero a aquellos que pudieran encontrarle gusto a la vida.

Salomón era su nombre. Le hice varias preguntas, mas que por curiosidad, con la intención de que encontrara una manera de revisar sus ideas. Él comentó que después del fallecimiento de su padre tuvo que asumir sus negocios. Su falta de habilidad con el comercio lo obligó a vender las tiendas para no ir a la quiebra, de lo que sobró un buen dinero, el cual se agotaba poco a poco, día tras día, sin encontrar alguna razón que le proporcionara alegría. Había tomado una decisión, ni triste ni feliz, tan solo una decisión. Tal vez la única que hacía sentido en su vida.

Pronto llegó la orden para que la caravana prosiguiera. Preocupado con Salomón, aquel día hice el resto de la marcha a su lado. Intenté conversar un poco más con él, pero sus respuestas fueron monosilábicas. El silencio dominó el resto de la jornada, mientras atravesábamos el trecho rocoso del desierto. Había muchas piedras. Algunas formaban construcciones enormes, del tamaño de un edificio. Estábamos finalizando ese trecho cuando anocheció. Paramos para montar el campamento en frente a un conjunto de piedras que formaba una extraña caverna. Vino la orientación para que nadie entrara en dicha caverna, pues se reportaron casos de viajeros que nunca fueron encontrados.

Me alejé de Salomón para cuidar de mis quehaceres. A la hora de la cena, mientras me servía un guisado de legumbres oí un disparo. Espanto, agitación y muchos gritos. A lo lejos percibí que dos hombres rodaban por la arena, disputándose por un revólver. Eran Salomón y el caravanero.

Diversos encargados de la caravana acudieron de manera rápida y eficiente. No hubo heridos. El caravanero logró impedir que Salomón se suicidara, quien no pudo esperar hasta llegar al oasis para que sus parientes lo enterraran. La tristeza era mayor que su voluntad. Por poco, si no fuera por la intervención oportuna del caravanero, habría logrado su cometido. Cuando llegué, Salomón lloraba desconsolado. Me senté a su lado y lo abracé. Varias personas se aproximaron. Les dije que podían irse, pues yo lo cuidaría. Quedamos a solas. Lo dejé que llorara hasta desocupar el corazón. Dicen que lloramos cuando el alma transborda de emoción. Poco a poco fue calmándose y lo acosté en la arena. Pasó un tiempo que no puedo precisar mientras la caravana se preparaba para dormir. Salomón continuaba despierto, con los ojos fijos en las estrellas que adornaban el cielo del desierto. En ese momento la bella mujer de ojos color lapislázuli se aproximó.

Sin decir nada, entonó lindas canciones. La música pareció tranquilizar el ambiente. Hizo una danza suave alrededor del hombre. Cuando le pregunté con los ojos por qué hacía aquello, ella movió los labios sin emitir sonido como respuesta: “Para limpiar la atmósfera”. Después, se arrodilló al lado de Salomón. Con las manos vacías, en movimientos circulares, sin parar de cantar, le envió buenas vibraciones. Al percibir que estaba más calmado, le preguntó si aceptaría una invitación a pasear con ella. El hombre movió la cabeza en aceptación, así que le pidió que se levantara y la acompañase a la caverna. Había algo que lo aguardaba allí dentro. Salomón se negó y confesó que sentía miedo. La mujer extendió la mano y le dijo: “Agárrate y confía; estaré a tu lado”. Hizo un movimiento con la cabeza para que yo los acompañara. Pensé mencionar los peligros de los cuales fuimos avisados por la caverna, pero la suave firmeza que la bella mujer de ojos azules transmitía era arrebatadora.

Ella silbaba una dulce melodía mientras entramos a la caverna. Paramos por algún tiempo para que nuestros ojos aprendieran a ver en la oscuridad. Andamos entre piedras que formaban un laberinto hasta que, en determinado momento, donde parecía formarse una pequeña puerta, ella le dijo a Salomón que solo él podía entrar. En seguida agregó: “Alguien que abandonaste te aguarda. Es un encuentro importante y esperado”.

Antes que él entrara, la mujer mencionó: “Serás cuestionado por el hecho generador de tu desánimo”. Salomón la interrumpió para saber qué era el hecho generador. Ella explicó: “Hecho generador es el virus que necesita ser inoculado; es el motivo por el cual renunciaste a la vida” e hizo una importante observación: “Este encuentro será movido por la verdad; aquí la ilusión se desvanece”. Hizo una breve pausa antes de proseguir: “Quien conversará contigo es tu alma, tu mitad olvidada y reprimida, escondida en los rincones oscuros de ti mismo. Ella está entristecida por los sueños negados. Esto causa debilidad y desequilibrio. Solamente el alma puede iluminar tus pasos, renovar tus ideas y sembrar la alegría en tu corazón. Cuando la relegamos, quedamos abandonamos a los radicalismos del ego; entonces algún día, tarde o temprano, dependiendo de la sensibilidad de cada uno, sucumbimos como un edificio que ya no tiene fuerzas en sus cimientos para mantener firme sus paredes y techo”. Hizo una pequeña pausa y explicó: “Esto no es del todo malo si sabemos aprovechar la oportunidad del momento para rehacer la construcción de la vivienda que habitamos. Vivimos en la edificación que construimos. El ego es el obrero; el alma el ingeniero; ellos deben trabajar en comunión. Esto transforma un tugurio en ruinas en una fortaleza invencible. El poder de construir la propia belleza y solidez siempre fue y será tuya”.

Con la cabeza hizo un movimiento para que él prosiguiera. Salomón lo dudó por instantes; miró a la mujer que le ofreció una sonrisa llena de confianza. Él la soltó de la mano y atravesó la puerta. Esperamos durante algún tiempo, difícil de precisar, hasta que el regresó. Salomón traía el rostro bañado en lágrimas. Había sido una conversación silenciosa, en la quietud de un corazón que necesita ser escuchado. Tuvo dificultad para hablar por causa del llanto. La mujer esperó con infinita paciencia hasta que él se calmase. Muy emocionado, el hombre contó que, a solas, con su propia alma, recordó que siempre tuvo deseo de ser profesor. La idea de ampliar y compartir el conocimiento lo encantaba desde siempre. La posibilidad de estar en un salón de clases, de enseñar a niños y adultos le era fascinante. Sin embargo, no fue capaz de enfrentar al propio padre, un hombre que, aunque cariñoso, era enérgico y dominante. Creía que tenía el derecho de decidir lo que era mejor para el hijo. Perpetuar generaciones en el comercio de tapetes era su deseo, pero no el de Salomón. El sueño de Salomón era el magisterio, pero el tiempo pasó sin que Salomón tuviera la fuerza para mover su deseo. Ahora se consideraba viejo para rescatar el propio sueño y sin motivo para vivir.

La mujer de ojos azules le pidió a Salomón que mirara al lado. Había otra puerta que hasta entonces no habíamos notado. Ella dijo: “Tu padre está ahí dentro, escondido en algún lugar oscuro. Usa la linterna para iluminar todos los rincones”. El hombre dijo no tener linterna alguna. La mujer lo orientó: “La linterna surge cuando sustituimos el miedo de fallar o de decepcionar a los otros por el deseo de ser nosotros mismos. Es el coraje de ser único. En la diferencia reside toda la luz, todo el poder y la belleza del ser”.

Percibiendo la presencia del miedo, lo instruyó: “No tengas miedo de sentir miedo. El miedo es un vacío existente en todos nosotros a la espera de ser suplido por el coraje; entonces, todo se transforma”. Y enseguida complementó: “Es más, los ángeles del desierto te guardarán e iluminarán siempre que lo necesites y lo solicites”. Volvió a hacer una pausa y lo incentivó: “¡Ve! Estaré aquí para cuando vuelvas, pero lo más importante es saber que siempre te tendrás a ti mismo para acompañarte, alegrarte y deleitarte”.

Salomón respiró profundo y atravesó la otra puerta. Después de algunos minutos de silencio absoluto, oímos su llanto y estando dentro dijo: “Es mi padre, él está aquí, pero todo continúa muy oscuro”. La mujer prosiguió con las orientaciones: “Aumenta la luminosidad de la linterna. Para ello, no veas a tu padre con dolor, rencor o resentimiento, tampoco con culpa hacia él o hacia ti. No existe culpa alguna. Mira a tu padre con gratitud, con misericordia, con compasión, con gentileza, con generosidad. Él hizo lo mejor que sabía hacer en aquel momento. Míralo con amor; con todo el amor que existe en la vida”. Hizo una pausa y como si pudiese imaginar la escena, le aconsejó: “¡Abrázalo con ganas!”.

Poco a poco el llanto fue disminuyendo hasta ser casi imperceptible; entonces escuchamos alegres carcajadas. Pasado algún tiempo Salomón regresó. En una mezcla de lágrimas y sonrisas, noté que el Salomón que regresaba era diferente del hombre que había ido. Su mirada traía una luz que disipaba la oscuridad de la caverna. Agradecido, le dijo a la mujer refiriéndose a la conversación que acababa de tener con su padre: “Nos perdonamos. Él por haber sido autoritario; yo por haber permitido la dominación. Me liberé; nos liberamos. Me siento digno; estamos en paz”. Ella apenas sonrió como respuesta. Salimos de la caverna.

Nos sentamos en la arena del desierto. Aún era necesario algún tiempo para asentar las ideas que cada uno había traído de la caverna. El silencio fue interrumpido por Salomón. Dijo que al llegar al oasis montaría una pequeña escuela para alfabetizar adultos que no hubiesen tenido oportunidad de aprender a leer y escribir. Como existía una laguna en la educación de los niños que vivían allí, también les daría clases de refuerzo. Comentó que ya no quería morir; la vida lo apasionaba. Nos ofreció una linda sonrisa, dijo que necesitaba descansar y, feliz, se retiró a su carpa.

Le comenté a la mujer de ojos color lapislázuli que estaba impresionado con el cambio ocurrida en aquel hombre. Ella se encogió de hombros y explicó: “Él ahora tiene voluntad”. Miró las estrellas y mencionó: “Cuando vivimos nuestro sueño nos volvemos personas agradables, leves y confiadas. Vivimos impulsados por el alma. Así, la alegría se vuelve compañera”. Me pidió que también mirara las estrellas y concluyó: “La voluntad es la fuerza que mueve todas las virtudes que, a su vez, deben orientar nuestras elecciones. El amor es la voluntad de ser un buen lugar para que el otro descanse; la fe es la voluntad de mover el universo dentro y a través de mí; la sinceridad es la voluntad de vivir la verdad a la manera como la entiendo. Donde existe voluntad, hay un camino.”

Maravillado con las estrellas que ilustraban aquellas palabras, me dejé llevar en reflexión por breves instantes. Cuando me di cuenta, la escena recurrente de las noches en el desierto reapareció: la bella mujer ya no estaba a mi lado; se había desvanecido en el aire.

Gentilmente trsducido por Maria del Pilar Linares.

 

Discusiones — Una respuesta

  • María Sol 1 de abril de 2019 on 02:33

    🌻🌻🌻💗Gracias💗🌻🌻🌻