El décimo séptimo día de travesía. La noche del desierto

El décimo séptimo día de la travesía transcurría tranquilamente. Al lado de mi camello andaba un joven mercader de utensilios para cocina, cuchillos y ollas, bastante necesarios para las personas que habitan el oasis. Se llamaba Farid. Me contó que era su segundo viaje. En el primero vendió todo lo que llevaba, consiguiendo con ello un buen lucro. Esta vez había invertido mucho más con la esperanza de multiplicar el capital empeñado. Explicó que la dificultad para atravesar el desierto aumentaba bastante el costo final de los productos comercializados, independiente de cuales fueran. Cuando supo que yo no llevaba nada en el equipaje para revertir en dinero, que tan solo seguía hacia el oasis con la intención de conversar con un sabio derviche, dijo que yo era un tonto. Comentó que, por más preciosa que fuese la sabiduría contenida en los “muchos secretos entre el cielo y la tierra”, no sería suficiente para pagar la más mínima cuenta. Argumenté que era innegable el valor del trabajo, no solo como instrumento de supervivencia, sino también como herramienta de progreso tanto material como espiritual. El trabajo es un puente que nos conecta con el mundo, en constante intercambio de conocimiento, y brinda la posibilidad de entender quiénes somos a medida que nos deparamos con las dificultades presentadas por las personas con las cuales nos relacionamos. En el trabajo, independiente de cuál sea, siempre necesitamos del otro para que el ciclo productivo se complete. A través del trabajo somos llevados a buscar diferentes maneras de mejorar nuestro don y profundizar en el propósito de vida al que cada cual está destinado. Esto nos permite infinitas transformaciones, sin las cuales no hay evolución.

Agregué que siempre había aprendido mucho con mi trabajo en la agencia de propaganda. No obstante, en determinado momento, aquel oficio dejó de ser suficiente para alimentar las experiencias necesarias para suplir mi alma en su búsqueda de evolución. Sentí la importancia de obtener un conocimiento mayor y más específico para impulsar la difícil jornada de saber quién soy y en quién quiero transformarme; donde estoy y para dónde voy. Al mismo tiempo vino el deseo de escribir sobre ese proceso, como esfuerzo para entenderlo más profundamente. A través de la palabra como herramienta para dar forma a las ideas, tarea no siempre fácil, principalmente si el propósito es transmitirlas de manera sencilla y clara para que todo el mundo las comprenda, la narrativa me hacía autor y personaje al mismo tiempo. Así, yo podía expandir las ideas en cada página; en verdad me entendía mejor a mí mismo y al mundo a medida que intentaba decodificar la vida para los otros. También recordé la belleza y el valor de compartir lo mejor que había en mí. Confesé que ya había escogido el título del libro mucho antes de escribirlo: “Manuscritos”. Farid me interrumpió para preguntar si yo consideraba que habría muchas personas interesadas en mis experiencias filosóficas y metafísicas. Más aún, cuestionó si yo creía que el libro me traería fortuna. Por fin, como una avalancha, ironizó al decir que si todos en el planeta resolviesen escribir sobre sus propias experiencias no habría bibliotecas suficientes para guardar, librerías para vender ni ojos para leer tantos libros.

Intenté no permitir que aquella sintonía de sarcasmo y fracaso me envolviera. En el esfuerzo para mantener la calma, le expliqué con serenidad que yo escribía, antes que nada, para mí. Escribir era mi ritual personal de iluminación y protección. También era una terapia, pues me conocía mejor a medida que intentaba entender la vida. Mientras escribía, yo tenía la sensación de desvendar el universo. Cada uno tiene una manera propia de alcanzar eso; escribir era lo mío. Esto me ayudaba a separar lo que yo ya no quería más en mí; a percibir los cambios de rutas en el pensar, sentir y actuar que deberían guiar mi jornada, un poquito diferente a cada día; las luchas que yo tendría que librar conmigo mismo para ser quien yo quería ser, para alcanzar la anhelada plenitud entre las sombras y la luz que me acompañan. Por lo tanto, aunque nadie leyese mi libro, por esos motivos ya era justificable para mí. Si por ventura mis palabras servían de auxilio para orientar, aunque fuera a una sola persona perdida en el sendero de la vida, yo ya me consideraría un hombre exitoso.

Con relación a que el libro me diera un lucro, pues entendía la necesidad de la supervivencia, la agencia de propaganda, aunque lejos de hacerme un hombre rico, me daba lo suficiente para vivir con dignidad y un poco de comodidad. Extendí el raciocinio para decir que los lucros obtenidos por un trabajo no siempre se reflejaban monetariamente. Comenté sobre amigos que se vestían de payaso para cantar y animar a niños hospitalizados; de otros que ayudaban a alfabetizar adultos; los que pasaban la noche recorriendo la ciudad para llevar alimentos y cobertores a los habitantes de las calles. Recordé a médicos que aprovechan las vacaciones para ir a zonas de guerra para llevar socorro donde no hay remedios, aún bajo el enorme riesgo de muerte. Eran trabajos que no eran pagos con dinero, pero le hablaban directamente al alma. Era importante entender la diferencia entre riqueza y prosperidad para comprender el valor de todos los trabajos. Acrecenté que no tenía nada en contra de trabajar por dinero; yo mismo lo hacía en la agencia de publicidad. No obstante, me alegraba de tener otra actividad cuyo pago era inmaterial e inconmensurable, que venía del corazón.

Finalmente le dije que, si todos resolvieran escribir libros, sin duda tendríamos libros en exceso. Le recordé a Farid que, por otro lado, si todos decidieran vender cuchillos y ollas tampoco tendríamos quien las comprara ni quien las produjera. De allí la importancia y la belleza de todos los trabajos, cualquiera que fuera. Incluso aquellos no remunerados con dinero. Amor, ligereza y alegría son monedas que enriquecen el alma.

Farid sacudió la cabeza negando y dijo que yo era un soñador y que como tal no llegaría a ningún lugar. Me acusó de no entender el mundo en que vivíamos o, lo peor, de huir de la realidad. No dije nada más y seguimos en silencio hasta el final de la tarde, cuando dieron la orden de montar el campamento donde pasaríamos la noche.

Aquella conversación con el mercader, aunque intenté evitarlo, había alterado mi ánimo y me había desequilibrado. Por un lado, entendía que teníamos visiones distintas con relación a la vida; de otro, cuestionaba si toda mi búsqueda no era de hecho una fuga de la realidad o un completo delirio infructífero, que revelaba días y días desperdiciados. Todas aquellas sensaciones y dudas comenzaron a corroerme las entrañas como un veneno que contamina poco a poco hasta no restar vida. Tal fue el malestar que vomité. Algo dentro de mí me enfermaba.

Profundamente incómodo, no quise cenar. Me aparté de la caravana y, a lo lejos, sentado en la arena observé al caravanero en el ejercicio vespertino de adiestramiento de su halcón. Desde el primer día de la travesía el entrenamiento del ave me había llamado la atención. Sin embargo, en aquel momento cuestioné la utilidad de aquel entrenamiento. En el fondo, pensaba que era una cosa tan idiota como tanta otras que las personas hacían en el mundo.

“¿Qué sabes sobre el alma ajena?”, me preguntó una voz atrás de mí. Sí, era ella, la bella mujer de ojos color lapislázuli que parecía adivinar mis pensamientos. Como sabiendo que la conversación no sería fácil, la mujer de ojos azules se sentó a mi lado y preguntó: “¿Percibes cómo la mirada sombría y superficial del mercader de utensilios con relación a la vida ofuscó tus sueños?” Respondí que tal vez él me había hecho aterrizar. Ella me corrigió: “Tener la cabeza en las estrellas no significa que no podamos mantener los pies en el suelo. El sueño se construye a partir de la realidad que se posee. Cada persona, sin excepción, posee el don de transformar la propia realidad a medida que se transforma a sí mismo. La realidad se expande o se retrae según tu visión y se altera al compás de las virtudes que, poco a poco, sedimentas en ti”.

Argumenté que el mundo era un lugar difícil para vivir y que ella tenía que admitirlo. La bella mujer concordó: “Sin duda el mundo está repleto de imperfecciones; así como tú y yo. Existe exacta afinidad entre nosotros y el mundo. Negar las propias imperfecciones, las dificultades para lidiar con las emociones provenientes de las frustraciones inherentes a la vida, es negar la propia esencia. De nada sirve transferir responsabilidades y esconderse en el cuarto oscuro de la ilusión, alimentando en sí las sombras de la vanidad, el orgullo y la envidia, solo para permanecer en las más vulgares, y apuntar los defectos del mundo y de los otros, o dejarse dominar por las sombras de la incredulidad y del desánimo”.

“Solo tenemos poder sobre nosotros mismos. El individuo se transforma como único mecanismo de alteración de la realidad y como posibilidad real de cambiar el mundo. Esta es la magia personal”.

“Negar las sombras es negar una parte importante de sí mismo, quedando incompleto. Permitir que estas te dominen es una elección. Las sombras, en verdad, son artificios usados por el ego cuando está desalineado con el alma, para esconder de aquel individuo el inconformismo con las propias imperfecciones. No lo recalques ni lo sofoques; abrázalo y transmuta tus sombras. Para cada sombra existe al menos una virtud para iluminarlas. Para la vanidad, la sencillez es el bálsamo; para el orgullo la cura se encuentra en la humildad; la envidia se extingue con la sinceridad, que es la virtud de vivir la verdad ante sí mismo; los celos nacen del intento absurdo de aprisionar el amor. Creer que el amor puede existir sin respirar los aires de la libertad y de la dignidad es no entender el amor”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “El mundo es imperfecto al servir de escenario y espejo para nuestras imperfecciones”. Me miró profundamente y dijo: “Las imperfecciones son muy valiosas, pues cada una de ellas tiene el poder de germinar en mí una virtud. Sin la mentira no entendería el valor de la honestidad; solamente al percibir la insensatez de los celos puedo entender como sus fronteras están distantes del amor; sin las ofensas yo no sentiría cómo el orgullo me fragiliza y, a su vez, la humildad y la compasión me hacen fuerte. La vanidad es la prisión ante los aplausos ajenos; la sencillez nos libera. La tristeza me permite percibir el poder de la alegría. Solo el desánimo me hace llegar a la fe, la fantástica virtud de mover lo sagrado dentro de mí. Así, agradezco mis imperfecciones, pues me conducen a lo mejor que me habita; que existe en el mundo y en la vida. Soy grata a la oscuridad de la noche por traerme, al final del ciclo, la luz de la mañana y permitirme ver toda su belleza”.

Le comenté que estaba bien hasta que el discurso del mercader de utensilios había invertido todo mi flujo de ideas y emociones. La bella mujer dijo con seriedad y dulzura: “Encontramos personas con diversos niveles de consciencia y los respetamos a todos, pues las diferencias personales mueven campos electromagnéticos, fenómenos de la física también presentes en la espiritualidad. Por tanto, así como encubrimos un cable de alta tensión para no electrocutarnos, es preciso protegerse para no entrar en sintonía con el miedo, la destrucción del bien, los lamentos y el desánimo, que tanto dificultan la travesía de las inevitables noches del desierto”.

“Nadie necesita la autorización de nadie para ser quien desea ser. Quien tiene que creer en su sueño eres tú. Esto te mueve; esto basta”.

Miro el crepúsculo y dijo: “No permitas que la oscuridad ajena apague tu luz; que la noche del mundo ofusque tu sol personal. No le permitas a nadie el poder de deshacer tus sueños y de castrar tus dones. Las personas solamente tienen sobre nosotros los poderes que les concedemos. Por lo tanto, no le concedas a nadie el poder de cortar tus alas”. Hizo una pequeña pausa antes de concluir: “De otro lado, vigílate para no hacer lo mismo con los otros”.

Permanecimos un tiempo breve sin decir palabra hasta que el caravanero terminó el entrenamiento y pasó con el halcón posado en el grueso guante de cuero que usaba en el brazo izquierdo. Como si la mujer supiese lo que yo había pensado antes sobre el caravanero y el halcón, ella explicó: “La caravana es el oficio del caravanero; la halconería su arte”. Argumenté que el arte siempre tendría la función de mover consciencias y yo no veía cómo esto era posible en el mero adiestramiento de halcones. Agregué que, aunque por algún motivo me encantaba, consideraba aquella actividad sin sentido. Ella arqueó los labios con una leve sonrisa de compasión, como si fuese una profesora ante un alumno rebelde que rechaza las lecciones, y dijo: “El arte tiene el poder de mover consciencias, por lo tanto, de alterar la realidad”. Ante mi espanto por aquella afirmación, ella prosiguió: “Hace años el caravanero se enfrentó a la muerte del mejor amigo por un accidente aéreo. La pequeña aeronave en la que el joven estaba se chocó con un bando de gallinazos al despegar. Nadie sobrevivió”. Tomó una pausa y explicó: “El aeropuerto de Marrakech fue construido cerca a un depósito de basura desactivado, pero que aún atrae a esa especie de aves. Aunque las autoridades se esfuercen, tienen dificultad para sanear el problema. Después del desastre la noche cubrió por algún tiempo al caravanero. Él entendió que debía buscar el sol si quería sus días de regreso; entonces, empezó a entrenar halcones. Todas las mañanas, cuando está en la ciudad, solitario y anónimo, lleva al halcón hasta la cabecera de la pista del aeropuerto para ahuyentar a los gallinazos y garantizar una mejor seguridad de los vuelos de aquel día. Nunca pidió remuneración por ese servicio; tampoco comentó sobre su arte de alterar la realidad. Apenas lo hace con el corazón, como una conversación silenciosa y agradable entre el alma y lo sagrado”.

Mientras miraba al caravanero alejarse con el halcón, mencioné que alterar la realidad era mágico. La bella mujer de ojos lapislázuli concordó: “Sí, cuyo ingrediente primordial del calderón es el amor y donde cada color de pintura representa una virtud. Las virtudes tienen el poder de colorear el amanecer para poner fin a la noche del desierto”.

Las estrellas pronto comenzaron a aparecer en el cielo. La mujer de ojos azules encendió una antorcha y se despidió. La vi andar hasta lo alto de una duna y bailar para las estrellas hasta que me distraje por segundos y ella se desvaneció en el aire.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

 

 

 

 

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