El décimo octavo día de travesía. La tentación del desierto

El décimo octavo día de travesía prometía ser diferente y animado. Haríamos un pequeño desvío de ruta rumbo al mayor oasis del desierto para pasar por otro mucho menor, con la intención de que la caravana se abasteciera de varios víveres indispensables para proseguir la travesía. Estaba previsto desde el día de la partida. Aquel oasis era habitado por personas de diversas partes del mundo y, como un mercado, se mantenía del comercio con las caravanas que pasaban por allí. En aquel trecho del recorrido, después de muchos días en el desierto, siempre era necesario reponer los víveres agotados. Allí sería posible el consumo de bebidas alcohólicas, prohibidas en la caravana, en los bares montados en tiendas, así como el consumo de viandas finas para el deleite del paladar, imposibles de ser ofrecidas en las sencillas pero saludables refecciones provistas por la caravana. En aquel día, desde temprano, muchas personas estaban entusiasmadas con estas posibilidades. También escuché conversaciones de mercaderes que integraban la caravana, expertos de muchas travesías, entre susurros y risas, referirse con malicia a la belleza de las mujeres que trabajaban en aquellos bares. Un poco antes de llegar al pequeño oasis, el caravanero nos reunió a todos para alertarnos sobre los peligros. Comentó que había muchas historias de hechos desagradables tanto con la bebida, como con los habitantes locales, principalmente con los comerciantes y las mujeres que trabajaban en los bares. Relató casos de hurtos, robos y hasta desaparecimiento de viajeros, probablemente asesinados. Dijo que nadie estaba impedido de circular por el oasis, pero que cada uno sería responsable de sí mismo. Avisó que acamparíamos muy cerca y sugirió que dejáramos el dinero y los documentos en el campamento bajo custodia de los encargados de la caravana.

Arribamos al final de la tarde. Mientras los encargados montaban el campamento muchos de los viajeros, ávidos de novedades, nos dirigimos hacia el pequeño oasis. Llevé algo de dinero para eventuales gastos y acompañé a un animado grupo. Me sorprendió enormemente el lujo de las tiendas y la simpatía de los habitantes del lugar. La mayoría era fluente en inglés y francés. Todos se vestían con elegancia, eran educados y nos invitaban a conocer sus tiendas en donde vendían diversos artículos, desde los de primera necesidad como máquinas de afeitar y remedios, hasta ropa fina y joyas sofisticadas, confeccionadas por costureros y orfebres locales. Todo era caro pero el ambiente era seductor. Disperso del grupo, que se había dividido entre las varias tiendas, entré a una que funcionaba como restaurante. Me senté en una mesa cómoda, recostado en almohadas de seda, para apreciar la vista deslumbrante del ocaso en el desierto mientras revisaba el menú. Decidí darme una buena cena, acompañada de una botella de vino tinto de excelente zafra. No era barato, pero después de tantos días a la intemperie del desierto, valía la pena. Me atendieron como en un restaurante de lujo. El mesero fue atento y como entrada me sirvieron deliciosos pasabocas. Con el inicio de la noche, un sin número de velas fueron encendidas en la tienda, remontándome a las Mil y Una Noches, clásico de la literatura árabe. Satisfecho, me relajé por el maravilloso momento disfrutado sin motivos para recordar las palabras del caravanero. La cena fue abundante y sabrosa. Noté a una linda mujer, de belleza impar, con cabello negro y piel morena, sentada en una mesa próxima, bebiendo un trago con los ojos perdidos en el anochecer. Intenté que mi mirada se cruzara con la de ella, mas parecía no notarme. Insistí sin éxito. Le pedí al mesero que la invitara a beber una copa de vino conmigo. Vi cuando la joven sacudió la cabeza en negativa. El muchacho me miró y se encogió de hombros como quien dice que nada podía hacer. Continué saboreando el vino, con los ojos divididos entre las estrellas del cielo del desierto y los encantos de la bella morena. Sin deseo de salir de allí, le pedí al mesero que abriera otra botella de vino. Me llené de valor y fui hasta su mesa y le pregunté si me podía sentar. El pedido fue negado con educación. Le sugerí que me permitiera sentarme por apenas algunos minutos para intercambiar algunas palabras. Después de ese tiempo, si ella se sentía incómoda con mi presencia, le prometía pagar mi cuenta y salir. Ella respondió diciendo que tenía cinco minutos para cambiar su vida o desaparecer para siempre.

Animado con el desafío de la propuesta, me senté en frente suyo. Comenté que ella tenía una mirada melancólica. La joven me contó que había quedado viuda hacía algunos meses y estaba sin rumbo en la vida. Dije que tal vez le sentaría bien viajar un poco y le conté que la caravana seguía hacia el oasis mayor, donde yo intentaría encontrarme con un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. La invité a que me acompañara. Argumenté que le haría bien respirar otros aires, conocer otras personas, vivir una realidad diferente de aquella. Cuando la caravana retornara, ella tendría la opción de permanecer en el pequeño oasis o seguir con nosotros para Marraquech. La joven dijo que había nacido en aquel pequeño oasis, nunca había salido y estaba a gusto allí. Conocía y conversaba con muchas personas que estaban de paso y, de alguna manera, no necesitaba ir al mundo si el mundo llegaba hasta ella. Sin embargo, confesó que muchas veces había soñado con conocer otros lugares; imaginaba cómo serían las grandes ciudades. Le dije que esta era la oportunidad e insistí en que vinera conmigo. Bastaba con que arreglara una pequeña maleta; yo le conseguiría un camello. La mujer me miró profundamente y dijo que tenía miedo. Inicié un discurso sobre la virtud del coraje y la necesidad de vivir nuestros sueños, de ir más allá de los muros de los condicionamientos socioculturales, del automatismo de la existencia. Agregué que cada persona establece las fronteras de la propia vida. Sin darme cuenta, los cinco minutos ya se habían pasado y ella oía atenta las palabras que, supuestamente, cambiarán su vida.

A medida que la noche avanzaba, la joven me ofrecía algunas sonrisas; yo me sentía cada vez más en el comando de la situación. La conversación era animada y desenvuelta. En determinado momento ella tocó mi mano, dijo que era tarde, y me convidó a acompañarla a su tienda. Inmediatamente le pedí al mesero la cuenta. Me asusté por el valor cobrado; era casi todo el dinero que tenía, pero no quería perder minutos preciosos discutiendo el precio de la cena. Era una noche memorable, pensé. Recordaría aquella cena para siempre. Pagué sin reclamar y cuando íbamos a levantarnos, ella volvió a asegurar mi mano y dijo: “Son mil dinares”.

Atónito, pensando entender las palabras de ella, le dije que jamás pagaría para acostarme con una mujer. La joven dijo que yo no había entendido. Aquel valor era por haber pasado la noche conversando con ella, por el tiempo dispensado en mí. Para que yo terminara la noche en su tienda eran otros mil dinares. El encanto se deshizo de inmediato. Decepcionado, mi único deseo era irme y reunirme con la caravana. Le agradecí por la oferta y le expliqué que la rehusaba. Educado, me despedí. Ella me dijo que podía irme, desde que pagara los mil dinares que debía. Antes que argumentara que nada debía, percibí la llegada de dos hombres enormes y mal encarados. Busqué en el restaurante con la mirada a algún funcionario que pudiera socorrerme, en vano. Las facciones angelicales de la mujer también habían desaparecido. Le expliqué a los bribones que yo no había sido avisado o hecho ningún acuerdo de pagar por la conversación. Maliciosamente, ella dijo con desdén que yo había permanecido más de cinco minutos charlando con ella. Ahora era el momento de que yo cambiara su vida, refiriéndose al dinero que supuestamente le debía.

Mencioné que no tenía aquel valor conmigo, así que sugerí astutamente que me acompañaran hasta el campamento de la caravana, donde sabía que estaría seguro y podría cambiar el juego. La respuesta fue un golpe en mi rostro que me dejó en el suelo. Era una manera de decir que, si existía algún tonto allí era yo. Comencé a convencerme de lo que ya imaginaba. Pagar el precio cobrado era la única manera de evitar algo peor. Metí la mano al bolsillo para sacar todo el dinero que llevaba; algo más de doscientos dinares. Les dije que se quedaran con todo. Uno de los hombres apuntó hacia mi reloj. Era de una famosa marca suiza, un regalo que mi padre me había dado poco antes de su viaje hacia las estrellas. Además de ser carísimo, costaba mucho más que mil dinares; el reloj tenía un valor inestimable para mí. No obstante, entendí que el mejor de los argumentos carecía de importancia en aquel momento.

Cuando iba a quitarme el reloj del brazo y entregárselo a los hombres, una voz interrumpió mi movimiento: “¡No!”. Era el caravanero. “Voy a llevármelo” les dijo a los pícaros con impresionante firmeza en la voz, refiriéndose a mí. Él estaba solo, pero su mirada convicta lo envolvía en un aura de autoridad que lo hacía parecer mayor de lo que era en realidad. Esto hizo con que los hombres dudaran por instantes, pero al percibir su superioridad, uno de ellos quiso atacarlo, así que el caravanero tomó una de las muchas velas encendidas sobre las mesas y la levantó al techo de tela de la tienda que servía como restaurante. La expresión facial del caravanero demostraba que estaba dispuesto a enfrentar un incendio y una tragedia de proporciones impensadas para evitar mi caída personal. Recordé un cuento fantástico que narraba la historia de un ángel que bajaba a las profundidades del inferno para rescatar a un alma incauta, aún ante los mayores peligros que el mismo ángel corría. Ángeles también son guardianes.

Fueron instantes que parecieron una eternidad. Aquellos hombres, frente a frente, ojos como puñales que amenazaban; ojos como telescopios que buscaban los mínimos gestos, en unos y en otros, para encontrar el miedo que los haría retroceder o el coraje para llevar a cabo lo que se proponían.

En ese momento surgió el dueño del restaurante acompañado del mesero que me había atendido, reclamando que el caravanero estaba metiéndose en sus negocios. Dijo que yo había pago la cena y el vino, pero que no había pagado la cuenta por el tiempo que me distraje conversando con la mujer. El caravanero replicó: “Y usted en los míos” y enseguida definió sus motivos: “Mi negocio es llevarlo con seguridad hasta el oasis mayor. Desde que él mismo no me lo impida, haré esto”. Hizo una breve pausa y prosiguió: “Estoy seguro de que el menú del restaurante omite el precio cobrado por la conversación con la joven”. El dueño de la tienda respondió, apuntando hacia mí, diciendo que solamente un idiota podría ser tan inocente, así que no desistiría del pago. El caravanero lo miró seriamente y vaticinó: “La falta de claridad con relación a nuestras verdaderas intenciones es semilla del mal. Si no la planté, no me responsabilizo de sus frutos”.

El caravanero mantenía la vela encendida a centímetros del techo en tela de la tienda, firme como su mirada, inamovible como su determinación. El dueño del restaurante reflexionó por algunos segundos y decidió que podíamos irnos, no sin antes amenazarme en caso de que algún día volviera a entrar a cualquier establecimiento de su propiedad. Aún bajo tensión, pasé entre los bandidos con un desagradable gusto de sangre en la boca; tenía un diente partido. Miré por última vez a la joven quien me veía con desprecio y rabia. A pesar del miedo que todavía sentía por estar allí, tuve sincera compasión por ella y por los demás, por la existencia miserable que habían escogido para sí.

Seguí al caravanero por entre las tiendas en el trayecto de regreso. No intercambiamos palabras. Cuando estábamos a cielo abierto, cerca del campamento de la caravana, le pedí disculpas por el trastorno y lamenté no haber seguido sus consejos. Agregué que había sido bastante ingenuo. Comenté que el mundo era peligroso y lleno de tentaciones. El caravanero me reprendió: “Ingenuidad es la ignorancia con relación a las propias pasiones que orientan las elecciones y determinan el destino. Las tentaciones solamente se vuelven una amenaza si las invito a danzar. Mi codicia determina si las tentaciones son peligrosas o meros paisajes del mundo”. Hizo una pausa y dijo: “Existe más peligro dentro que fuera de mí”.

Respondí que no podíamos tener miedo de vivir. Él fue categórico: “Es verdad, es imposible vivir con miedo; los riesgos son inherentes a la vida. No obstante, las tentaciones nada tienen que ver con el miedo. Ellas hablan sobre la luz. Las tentaciones nos muestran que tan cerca o lejos estamos de la luz, en justa medida con aquello que nos atrae y nos seduce”.

Pasamos ante los encargados que vigilaban el campamento. El caravanero se dirigió a su tienda. Me tiré en la arena del desierto bajo el techo de estrellas. Un torbellino de pensamientos agitaba mi mente. Sí, el caravanero tenía razón. Qué tan atraído me siento por las tentaciones, cualesquiera que sean, determina el nivel de peligro a que me expongo. Entre más lejos de la luz, más cerca de la caída. Quien me empuja no son las tentaciones del mundo, sino la codicia, la lujuria o los vicios que traigo en mí. Mis elecciones proyectan mi destino.

Sin sueño, rogué para que la bella mujer de ojos color lapislázuli apareciera para conversar conmigo, pero aquella noche no apareció.

 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 3 Respuestas

  • Francisco 19 de abril de 2019 on 07:24

    Saldran todos los dias de la travesia? Ahora estamos al dia 25. Muchas gracias.

  • Francisco Garcia Preñanosa 1 de febrero de 2019 on 16:29

    Muy Muy bueno.

  • Francisco Garcia Preñanosa 1 de febrero de 2019 on 16:21

    Es muy muy Precioso todo. Soy un amante de los desiertos