El buen y el mal profesor

Yo estaba trastornado. Después de un ataque de furia en el cual acusé al contador de la agencia de publicidad de la cual era propietario de desviar dinero, determiné su despido, para algunos días después descubrir que era inocente. Otro funcionario que sentía aversión por el contador me condujo al error. Al borde de una crisis de tristeza por la dureza con que traté a aquel hombre, empleado de muchos años que, aunque alegaba inocencia, lo condené por haber quebrado un insustituible lazo de confianza, además de declararme decepcionado con él, haciendo con que se le escurrieran las lágrimas. Esa era mi tempestad interna cuando llegué a la pequeña y elegante ciudad localizada en la falda de la montaña que acoge al monasterio. Como mi período de estudios anual en la Orden solamente comenzaría dentro de algunos días, adelanté el viaje para conversar con Lorenzo, mi amigo zapatero, amante de los libros y de los vinos, que tenía el don de coser el cuero y las ideas con la misma maestría. La melancolía se extendía a pasos anchos y yo tenía la esperanza de que él me ayudara a entender el proceso, evitando que cayera en el abismo de la depresión por haber lastimado a una persona que siempre había sido honesta. Confesé que no había tenido el debido cuidado de constatar los hechos con la profundidad que el caso exigía, dejándome llevar por las primeras y superficiales impresiones. Fue esto lo que le conté a Lorenzo tan pronto me recibió en su taller con un fuerte abrazo.

El zapatero preparó café fresco, pues sabía que la conversación sería larga. De repente hizo un comentario que traigo conmigo desde entonces por la revelación que contiene: “Las primeras impresiones que tenemos de los otros suelen dejar ver las sombras y la luz que nos habita”. Aunque fue duro, era un merecido jalón de orejas. Al reposar las dos tazas humeantes sobre el antiguo mostrador de madera, preguntó: “¿Ya te disculpaste y le pediste que volviera a trabajar en la agencia?” Respondí que había descubierto la verdad hacia tan solo dos días. Confesé que me faltaba valor. Con un tono de voz que mezclaba dulzura y firmeza, Lorenzo dijo: “El mismo valor que tuviste al acusarlo debe existir para redimir el engaño, así como la humildad para reconocer la decisión errada, junto a la actitud de abrirse por entero para ayudar en la comprensión de los sentimientos que alcanzaron y envolvieron al contador despedido”. Meneé la cabeza en concordancia y dije que lo sabía. Sin embargo, temía la manera como Carlos, que así se llamaba el contador, me recibiría.

Lorenzo me advirtió: “Aunque el dolor no sea apreciado, estimulado ni aplaudido, debe ser comprendido con paciencia. Dependiendo del nivel de consciencia y de la capacidad de superación posible de Carlos, espera lo mejor y lo peor. Lo cierto es que la situación debe ser enfrentada para que la paz sea restablecida dentro de ti. Es imposible estar en paz sin ser dignos en el trato con los otros; la dignidad se establece cuando tratamos a los otros de la misma manera como nos gustaría ser tratados”.

“De lo contrario nos mantendremos aprisionados a las situaciones equivocadas del pasado, haciendo de la felicidad un blanco inalcanzable”. Bebió un sorbo de café y pronunció: “¿Percibes que hablamos de paz, dignidad, libertad y felicidad englobadas en un mismo momento?” Concordé con un movimiento de cabeza y el zapatero concluyó el raciocinio: “Ellas están disponibles, pero sólo serán posibles si ‘amamos a los otros como a nosotros mismos’. El viejo y buen resumen de todas las enseñanzas de la luz, que retoman al amor como eje de todas las cuestiones”.

“Algunas tradiciones religiosas hablan de la ‘reforma íntima’, mientras otras escuelas filosóficas enseñan sobre la ‘necesidad primordial de la evolución’. Todas están correctas, mas en realidad, la plenitud del ser pasa por el indispensable aprendizaje sobre el amor, en toda su profundidad, amplitud y variantes, tanto en la percepción como en la práctica, así como en los momentos cruciales de las situaciones banales de todos los días”.

“La vida nos provee de una caja de herramientas para que podamos encender la luz dentro de nosotros y, en consecuencia, ante el mundo. Las virtudes son esas herramientas. El uso de cada una de ellas posee diferentes grados de habilidad y el amor permite trabajarlas. Algunas son más sencillas, otras sofisticadas. Aprender a usarlas todas es esencial. En este caso, será preciso sacar de la caja la humildad para buscar a Carlos y pedirle disculpas; la simplicidad para exponer la situación sin subterfugios; la sinceridad contigo y la honestidad con él para que sea posible alejar la mentira y hacer justa una relación en la cual se perdió la armonía y el equilibrio. Ten paciencia si él está resentido; demuestra compasión para entender cada una de las dificultades, sean las tuyas, sean las de él y, sobre todo, no te olvides de usar la misericordia en la sagrada dimensión del perdón. Perdónate a ti mismo y pídele perdón a Carlos. El perdón es el camino hacia el amor. Sin pasar por el perdón nunca conoceremos el amor en toda su belleza y amplitud. Sin amor no hay como ser libre, digno, feliz y vivir en paz; sin amor no hay cómo alcanzar la plenitud del ser”.

Le comenté que debía considerar la posibilidad que Carlos no me perdonara por mis errores. Lorenzo me explicó algo importante: “Claro que siempre será maravilloso que la persona nos perdone. Sin embargo, no es esencial. Lo importante es que tú reconozcas y repares tus propios errores. En tu caso, sugiero que lo busques, le pidas disculpas y lo invites a volver a trabajar en la agencia. Las posibilidades para actuar se agotan en este punto. Puede que no te perdone, pero ahí ya es una cuestión interna de él y nada tiene que ver contigo. Nadie puede ser eterno deudor de las equivocaciones ajenas. El pedido sincero de disculpas y el intento honesto de reparar el error saldan totalmente la situación. En verdad, el perdón es unilateral para cualquiera de las partes. La insensibilidad de un lado, así como la victimización y el sufrimiento del otro, son sombras que deben ser trabajadas e iluminadas como esfuerzo personal e independiente. Cada uno consigo mismo, sin cualquier derecho de exigir arrepentimiento, comprensión, condiciones de cualquier especie o tercerizar el sufrimiento. El dolor es una prisión exclusiva para quien lo alimenta en sí. El perdón es un acto de liberación y dignidad, personalísimo e inalienable, que no carece de permiso para ser completo”.

Confesé mi incomodidad causada por la situación. El zapatero ponderó: “Menos mal, pues la incomodidad nos hace asumir una nueva posición; el dolor nos lleva a buscar a cura. ¿Entiendes por qué la ignorancia es la mayor de las sombras? Mientras la consciencia esté adormecida no habrá evolución. El sufrimiento originado por el error se convierte en un buen profesor desde que se envuelva en amor, como fuerza accionadora del deseo de transformarse a sí mismo, método eficiente para cambiar la realidad. Sin la consciencia despierta y el amor vibrante, el error continuará siendo apenas un error, eterno origen de conflictos recurrentes; los sufrimientos se perpetuarán como meros sufrimientos sin ningún contenido regenerador”.

“Otra cosa buena de los errores es que solamente ellos son capaces de enseñarnos a perdonar; no existe otro profesor. Cuando perdonamos manifestamos lo divino que existe en nosotros”.

Conversamos un poco más y yo manifesté que como el periodo de permanencia en el monasterio aún demoraría algunos días para iniciar, estaba determinado a volver inmediatamente a Brasil para conversar con Carlos. Según mis cálculos daría tiempo para regresar a la Orden antes de comenzar los estudios. Así lo hice. Al llegar a Rio de Janeiro, fui directo del aeropuerto a la casa de Carlos, en Villa Isabel, un apacible barrio carioca. Cuando llegué, él estaba regando las plantas del pequeño patio que daba de frente a la calle. Tenía una mirada triste y al verme bajando del taxi se espantó. Antes que Carlos esbozara cualquier reacción, le dije que había cometido un enorme error y estaba allí para pedirle perdón. Le pedí que abriera el portón y me diera un abrazo. Tal vez la respuesta de Carlos demoró fracción de segundos, pero me pareció una eternidad. Su expresión cambió. Sonrió, abrió el portón, los brazos y el corazón. No recuerdo un abrazo más reconfortante en mi vida. Al final, teníamos lágrimas en los ojos. El perdón cura; el amor será siempre el mejor remedio.

Carlos era un hombre puro y sencillo, pilares de su inconmensurable valor. Nos sentamos en la cocina de su casa para conversar. Mientras charlábamos, su mujer gentil y sin cualquier rastro de resentimiento, me sirvió una taza de café acompañada por un pedazo de una deliciosa torta. Le pedí que aceptara la invitación para volver a trabajar en la agencia. El cargo era y sería siempre suyo. Carlos me agradeció por estar allí y dijo que nunca había perdido la esperanza de que la verdad se revelara. Sin embargo, confesó que no esperaba que fuera tan pronto. Agregué que, si él quería, podría darle vacaciones para que se restableciera del susto antes de regresar. En sus ojos brillaba una bondad infinita cuando me dijo que no era necesario y que, al día siguiente, en el horario habitual, estaría de regreso a sus funciones en la agencia. Le agradecí y volví a pedirle disculpas. Él dijo que no era necesario que me disculpara más, lo importante era que yo había corregido la trayectoria de mi vida junto a la de él y me lo agradeció. En silencio, percibí que las lecciones que me fueron permitidas habían sido muchas en una única situación. En el ejercicio de un gesto de grandeza me deparé con otro aún mayor”.

Hablamos sobre algunos cambios que eran necesarios en la empresa hasta que tuve que mencionar un asunto delicado. Recordé que el funcionario que había armado la intriga sobre Carlos aún trabajaba en la agencia, en el área de contabilidad, pero le prometí que lo despediría ese mismo día para que no hubiese alguna situación incómoda para el contador.

Como si las lecciones no tuvieran fin, Carlos me dijo que no era necesario. Me advirtió que el joven era responsable por el sustento de la madre y que necesitaba mucho del empleo. Acrecentó que trabajaría con él sin ningún problema y que no deberíamos pensar en punición sin un carácter educativo, recordándome que apenas educamos a través de buenos ejemplos. Despedirlo era lo que casi todos harían; rescatar al joven era la oportunidad permitida para volvernos mejores personas. A todos, sin excepción, principalmente para Carlos, era una oportunidad de superación, una posibilidad para hacer diferente y mejor. Adicionó, con sincera humildad, que le gustaría no desperdiciar aquel momento. Dije que, al menos, cabía a mí llamarle la atención al funcionario. Él mencionó que no sería necesario recalcar lo que ya estaba dicho. Todos en la agencia ya sabían la verdad; su regreso sería el castigo adecuado para el muchacho. Así, cualquier otra palabra sobre el asunto era una condena excesiva y sin mayor utilidad. Ya había elementos para mucha reflexión. Sustenté la hipótesis de que el joven no tuviera la sensibilidad para entender la extensión del propio error; entonces Carlos reveló la belleza posible solamente para grandes almas al recordarme: “En ese caso él será un mal profesor para sí mismo y también será el mayor perjudicado al no entender la lección disponible. Enseguida, finalizó su raciocinio: “El mal es temporal para quien lo sufre; mayores son las marcas en aquel que lo practica”.

Al día siguiente la rutina se restableció en la empresa. Volví a atravesar el océano y a subir las montañas para pasar un período de estudios en el monasterio. No obstante, las mayores lecciones de aquellos días fueron ofrecidas “dentro de casa”.

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