Fuentes turbias y claras

Fuentes turbias y claras

Al llegar a la villa china en las proximidades del Himalaya estaba agotado, lo que difiere de estar cansado. El cansancio es común, y hasta cierto punto placentero, después de una jornada de trabajo físico o mental en la materialización de una idea. El agotamiento es la horrible sensación de vacío del ser. Es como si la fuente de la vida, aquella que nos llena de ánimo y vitalidad, se hubiese secado. La mente queda invadida por cuestionamientos peligrosos sobre las razones de vivir o algo parecido. En analogía, es como si el luchador decidiera “tirar la toalla” y desistir de continuar la lucha. Completamente desprovisto de esa energía vital que nos impulsa a cada día, entré en casa de Li Tzu, el maestro taoísta, para realizar un período más de estudios. Estaba muy temprano y la mañana aún no clareaba. Cuando atravesé el portón, Medianoche, el gato negro que vivía en la casa, me miró con desdén, como si estuviera ante un vegetal o una persona desprovista de alma. Li Tzu acababa de preparar la infusión que tomaba antes de practicar su yoga matinal. Al ver mi semblante y sentir mi vibración, me convidó a una taza de té y a hacer yoga. Confieso que pensé en rehusar ambos, no obstante, acepté más por educación que por deseo. Mi deseo era abandonarme, olvidarme de mi mismo. 

Mientras bebíamos el té, el maestro taoísta me hacía preguntas coloquiales sobre el largo viaje hasta el Himalaya y algunas más delicadas sobre aspectos personales y profesionales de mi vida. Le expliqué que mi agencia de publicidad había entrado en una competencia por una cuenta para cuidar de la imagen de una poderosa multinacional, pero la disputa había escalado tonos peligrosos, pues no se había limitado a mostrar la capacidad de cada agencia que deseaba tener la empresa como cliente, sino que habíamos entrado en el peligroso terreno de mostrar las fallas, deficiencias y errores de las agencias disputantes. Todas las agencias, sin excepción, abandonaron lo más básico de los códigos de ética en busca de la victoria a cualquier costo. Había un empeño generalizado en señalar la fragilidad del trabajo ajeno en vez de dedicarse a mejorar la calidad del propio trabajo. Aunque el resultado solo fuese divulgado dentro de algunos días, yo tenía la absurda sensación de que ni aún la victoria me convertiría en vencedor. Li Tzu llenó las tazas con té y comentó: “El Tao nos enseña que es exactamente así que sucede cuando bebemos aguas turbias”. 

Comenté que no había entendido. Él dijo que hiciéramos yoga; conversaríamos más tarde. Con una suave música tibetana de fondo y un agradable incienso mezclado con las notas musicales que bailaban en el aire, la práctica de los ejercicios me ayudó a despertar el cuerpo y los sentidos básicos adormecidos. El ánimo, estaba mucho mejor de lo normal; no obstante, continuaba sintiéndome débil, desprovisto de deseo. Faltaba algo que no sabía qué era. Li Tzu explicó: “Todos traen en sí una fuente inagotable de energía vital, aquella que nos anima y concede la vida infinita. Esta viene del origen del universo y reside en la verdadera identidad del espíritu que somos”.

“Desde tiempos inmemoriales la humanidad ha considerado las fuentes de agua como símbolos y metáforas de la fuente de la vida, pues sin agua no se vive. Sin embargo, existen las fuentes turbias y las fuentes claras; fuentes contaminadas y fuentes cristalinas. Ambas sacian la sed momentánea, pero todos conocen los resultados finales cuando se bebe de una o de otra. Esto diferencia la vitalidad, el ánimo, el deseo, el nivel vibracional y la luz de cada persona”.

Le pedí que se explicara mejor. Li Tzu no se hizo de rogar: “Dependiendo de la fuente que nos alimenta, definiremos nuestra salud física, emocional, mental y espiritual. Definiremos el alcance de nuestra jornada, si es corta o larga. Definiremos también la manera como viajaremos, si seremos arrastrados por la polvareda del suelo o si será leve como el aire. Define quién nos acompaña y el paisaje que encontraremos a la orilla del sendero. Los días de sol, la brisa amena, los árboles frutales y los campos floridos; o las tempestades, las bajas temporadas y los pastizales vacíos. La alegría o la tristeza de los días”.

Mencioné que el lenguaje poético era bello, pero sin ninguna utilidad práctica. Le sugerí que fuese más didáctico. El maestro taoísta, con su enorme paciencia, atendió mi pedido: “Las sombras, por ejemplo, son fuentes comunes de energía turbia. Cuando bebes de ellas tendrás fuerza para seguir, pero el resultado será desastroso, pues el objetivo estará equivocado. La rabia, los celos, la envidia, la ganancia, el orgullo, la vanidad, apenas para citar fuentes de las cuales todos ya bebimos, nos impulsarán a actuar, a conquistar, a reaccionar. Al inicio, como un guerrero que se motiva para la guerra, partiremos llenos de ímpetu, mas como la fuente está contaminada, estaremos envenenados. Al estar envenenados, tendremos la visión nublada, incapacitados para hacer las mejores elecciones y para aprovechar la miel de la vida. Con frecuencia confundimos lucha con pelea, brillo con luz, pasión con amor, ruido con alegría, ley con justicia, desprecio con perdón, ilusión con verdad, riqueza con prosperidad, existencia con vida, ganar con vencer. Las fuentes turbias te alimentarán para conquistar el mundo, cuando en verdad la única victoria que existe es sobre tus propias limitaciones”.

“Envenenados, pronto nos sentiremos debilitados. Entonces, por despreciar las fuentes claras y limpias, retornamos a una de las fuentes turbias y contaminadas, de las cuales, desde siempre, nos condicionamos a beber. El resultado será un ser aún más envenenado, que se moverá un poco más, hasta agotarse por completo en depresión, violencia o drogas lícitas e ilícitas, reflejos del vacío absoluto del ser”.

Le dije que aquella imagen se parecía al fin del mundo. Li Tzu sonrió dulcemente y dijo: “El Tao enseña que muchas veces debemos llegar al final de un camino para entender que no nos llevará a ningún lugar; entonces, descubrimos el camino de regreso a casa, como el hijo pródigo de la bella parábola de tradición cristiana. Buda también nos enseña que el envenenamiento por agua contaminada es el que nos va a enseñar el valor del agua clara”.

Quise saber sobre las fuentes de agua limpia. El maestro taoísta explicó: “Estas nacen del espíritu inmortal que somos; es la parte esencial que compone todo lo existente en cada persona. Puedes olvidarla, menospreciar su importancia, negarte a beber su agua. Puedes hasta contaminar la fuente; entonces, ella se secará”. Hizo una pequeña pausa y prosiguió: “Sin embargo, esa fuente nunca perece. Ella se resguarda en el silencio del ser y estará siempre disponible para volver a alimentar al individuo cuando decida cambiar las motivaciones que lo animan. Cuando esto sucede, la fuente vuelve a brotar. Poco a poco el agua volverá a ser cristalina y pura, pues nace del espíritu, parte indisociable y razón de la existencia del universo”.

“Las fuentes de agua clara están más allá de la puerta estrecha; están detrás de cada una de las virtudes como el amor, la humildad, la simplicidad, la compasión, el perdón, la sinceridad, la gentileza, la generosidad, la justicia y la fe, apenas para citar algunas. Solo el agua cristalina nos dará la fuerza necesaria para alcanzar la plenitud y los cinco estados angelicales alcanzados en la integralidad del ser: la libertad, el amor incondicional, la dignidad, la paz y la felicidad”.

“Las buenas lecturas, la meditación, la oración y el trabajo son importantes herramientas para mantenernos cerca de las fuentes de agua clara, como ejercicio de ética y estética; el saber como aliado inseparable del hacer, prácticas para la totalidad del ser”.

Lo interrumpí para comentar que aquel discurso no era necesario, ya que yo conocía toda la teoría sobre sombras y virtudes, cómo usarlas y transmutarlas. Li Tzu me orientó para que rezara o meditara, como él lo hacía dados los excelentes resultados que alcanzaba. Terco, insistí diciendo que esos métodos no tenían efectos en mí. Alegué que lo había intentado hacía días y que continuaba desanimado y triste. Sin perder la paciencia, Li Tzu me sugirió dar un paseo, ya que la naturaleza está repleta de santuarios, y fuentes revitalizadoras de energía. Apuntó más allá de las ventanas y me recordó: “Las montañas son catedrales al aire libre”. Pasé aquel día andando por senderos y conocí lugares bellísimos. No obstante, cuando regresé al final de la tarde, le confesé al maestro taoísta que poco había cambiado mi ánimo. Él dijo que fuera a descansar en el hostal y que regresara a su casa a primera hora del día siguiente.

Temprano en la mañana, Li Tzu ya me esperaba en el portón. Me llevó por entre las calles y callejones de la villa hasta una casa sin nada de lujo, pero muy limpia y bien cuidada. Fuimos recibidos por una mujer bastante gentil, con quien él conversó por breves instantes en chino. La mujer me ofreció una sonrisa e hizo un gesto para que la acompañara. Entramos en un cuarto repleto de niños. Uno de ellos, con un poco más de un año, lloraba. Ella me entregó al bebé. Percibí que lloraba porque su pañal estaba sucio. Atónito, miré a Li Tzu. El maestro taoísta se encogió de hombros y murmuró: “Todos necesitan sentirse limpios para sonreír”. En seguida, dijo: “Pasa el día aquí, cuida a los niños. Ve a mi casa por la noche para conversar”. Ante mi mirada incrédula, concluyó: “La caridad es transformadora. Ella refresca la visión y despierta el amor” y salió.

Yo estaba en el orfanato de la villa. La casa era mantenida por los habitantes locales, que se turnaban para cuidar a los niños cuyos padres habían partido, la mayoría en desastres en las montañas. Un poco contrariado, bañé al pequeño y lo cambié de ropa. Lo llevé al cuarto para que jugara con otros niños de su edad. Cuando lo coloqué en el piso, el chiquillo me haló el pantalón para que lo mirara. Me ofreció una sonrisa inolvidable y abrió los brazos. Se agarró de mi cuello por largo tiempo. Llevado por una emoción desconocida, me senté en el suelo para jugar con los niños. Fue como si aquel gesto, de apariencia simple, más profundo en esencia, hubiese tocado mi corazón para que yo reencontrara sentimientos que parecían haber dejado de existir dentro de mí. Pasé el día en el orfanato. Ayudé con la alimentación, entretenimiento y solo me fui después de que ellos cenaron, se bañaron y fueron a dormir. Salí de aquella casa muy diferente de como había entrado. Sentía el cuerpo cansado, pero el alma revitalizada. Una agradable sensación me recorría las entrañas. Anduve hasta la casa de Li Tzu como si mis pies no tocaran el suelo de tal ligereza que sentía.

Mientras cenábamos, comenté que estaba envuelto en una maravillosa sensación de bienestar. Li Tzu sonrió y dijo: “El Tao nos enseña que el amor será siempre la mejor terapia. Es la fuente más poderosa de agua clara y limpia que existe. Cuando todo parece que no se resuelve, aún durante el apocalipsis personal, existe la caridad. Es más, el lugar más fácil y eficiente para bañarse en aguas puras y límpidas siempre ha sido la caridad. Sin embargo, no siempre es lo más procurado. Hacia cualquier lado que se mire encontraremos una fuente disponible”. Hizo una breve pausa y prosiguió: “Caridad es transformar el tiempo en amor; es encender la luz de las horas. Cada vez que estés agotado, triste o desanimado, en vez de buscar consuelo, experimenta invertir el proceso: busca a alguien que necesite de tu abrazo, de tu atención, de una palabra de esperanza. Ese amor no solo envolverá al otro, sino que regresará a ti en forma de luz. No existe encanto mayor. La manera más eficiente de hacer con que el amor brote en nosotros es ofreciéndole amor al mundo”.

“Entonces, como por arte de magia, todo cambia”. Me miró a los ojos y me pidió que le contara sobre los problemas que me habían llevado al agotamiento. Respondí que ya se lo había contado el día anterior. Él insistió en que lo mencionara de nuevo. Cuando comencé a narrarlo me di cuenta de que mi visión sobre la situación había cambiado. Era como si todo hubiese quedado más claro. A medida que hablaba sobre los acontecimientos, percibí que mi análisis sobre los hechos se había alterado. Entendí que la competencia y la rivalidad me habían llevado a demoler a los competidores en vez de solo dedicarme a construir mi trabajo. Al preocuparme más por destruir lo que los otros hacían en vez de elaborar mejor aquello que yo podía realizar, acabé envenenado por buscar fuentes contaminadas para saciarme. Eso, más que derrotar a los otros, casi acaba conmigo.

Li Tzu dijo con firmeza: “Bebiste durante mucho tiempo de las fuentes turbias de la envidia, la vanidad, el orgullo, los celos y, principalmente en este caso, de la ganancia. Pretender la multinacional como cliente de tu agencia es un deseo legítimo. No hay nada de malo en eso. No obstante, el método utilizado en cualquier conquista es fundamental. Señalar lo peor de los otros no te hace una persona mejor. No existe victoria cuando violamos la ética en nombre de la estética; no existe victoria con la destrucción ajena; no existe mérito sin virtud, ni virtud sin amor. Si la situación te llevó a superar al otro, pero no a ti mismo en el perfeccionamiento de tus virtudes, ten certeza de que podrás haber ganado, pero no venciste. No existe victoria sin luz. Es la luz la que torna clara y limpia el agua de la fuente y nos permite visualizar toda la profundidad del gran lago de la vida”. 

Me miró a los ojos y finalizó con una de las más bellas lecciones del Tao: “¿De qué me sirve tener el mundo en la palma de la mano y estar distante de mi propio corazón?”

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 5 Respuestas

  • Fermin 21 de agosto de 2019 on 10:47

    ¿Se puede saber qué distancia me separa del corazón, no que me late sino poniendo a través de mis ojos un silencio?

  • Yoskhaz Francisco Garcia Preñanosa 29 de abril de 2019 on 03:45

    Quarenta dias!

  • Francisco Garcia Preñanosa 28 de abril de 2019 on 15:07

    Cuantos dias dura la travesia? Muchas gracias

  • Ruth 9 de marzo de 2019 on 21:04

    Gracias

  • Debo 11 de enero de 2019 on 14:12

    Siempre oportuno. Muchas gracias por cada uno de los textos