El vigésimo quinto día de travesía. El camaleón del desierto

Acababa de hacer mi oración. Todavía estaba muy temprano. Provisto de una taza de café, me senté en la arena para deleitarme, una vez más, con el caravanero y su halcón. Posada en el grueso guante de cuero que el caravanero usaba en el brazo izquierdo, el ave parecía entender las palabras que le eran susurradas y al comando, se lanzaba a los cielos. Volaba alto en círculos anchos, como si no tuviese prisa, hasta que recogía las alas para caer vertiginosamente al suelo y capturar su presa. Serpientes o pequeños roedores eran las más comunes. Aquella vez, trajo en sus garras un camaleón. El desierto, al contrario de lo que muchos imaginan, no está vacío de vida. Muchas especies cohabitan las arenas en simbiosis continua, aunque no siempre son visibles a primera vista. Le comenté ese hecho al caravanero, a lo que me respondió: “No porque los ojos no lo vean, significa que no exista”. Hizo una pequeña pausa y profundizó: “Aunque los ojos vean, no significa que comprenderán”. 

No entendí bien lo que quiso decir el caravanero. Se me hizo demasiado enigmático. Le pregunté si se refería a algún animal. El caravanero me miró como si fuera un niño y fue sucinto en la respuesta: “También”. Desconcertado por no saber qué pensar, insistí en preguntarle a qué especie se refería. El caravanero apuntó con la quijada hacia las garras del halcón y dijo: “El camaleón es el ejemplo más elemental” y se dirigió al campamento que comenzaba a ser desmontado para iniciar un día más de travesía rumbo al mayor oasis del desierto. Permanecí con aquella conversación en la cabeza. Si bien cualquier niño aprende en las primeras clases de ciencias sobre el mimetismo de algunas especies, entre ellas el camaleón, y su poder de camuflarse, de aparentar lo que no es, sea como estrategia de defensa o como arma de ataque, el caravanero solía ser bastante directo con sus palabras. Sin embargo, esta vez quedó la sensación de haber dejado un enorme texto en entrelíneas de su conversación.

Al alinear mi camello en la fila para la marcha alimentaba la esperanza de que Ingrid, la bella astrónoma, estuviera a mi lado. Aunque su compañía me alegraba, ella no había continuado a mi lado desde que habíamos discutido por última vez. La extrañaba. Mis ojos la buscaron por toda la caravana, hasta que la encontré lista para partir conversando animadamente con un mercader. La hoguera de los celos me quemó las entrañas, así que fingí no verla.

Quien estuvo a mi lado aquel día fue otro peregrino que, así como yo, viajaba con la intención de encontrar al sabio derviche que vivía en el oasis. Muy simpático, comenzó a conversar así que la marcha comenzó. Mencionó que se iniciaba en los estudios de la metafísica y, tal vez, fuese prematuro estar en la caravana pues todavía no se consideraba adecuadamente preparado. De otro lado, confesó que hacía días había reparado en mí. Dijo que un aura de profundo conocimiento me envolvía. Bastaba prestar un poco de atención para percibir que yo era la persona con quien el sabio derviche tendría más interés en conversar. Ante los celos que me incomodaban, aquellos elogios me dieron un poco de alivio. Dijo llamarse Juan. Enseguida me hizo varias preguntas sobre cuestiones esotéricas. Todas muy básicas, las cuales no tuve dificultad en responder. Juan parecía encantado con mi gran sabiduría. Dijo que, sin duda, yo ya podía considerarme un maestro. La charla continuó agradablemente hasta la habitual parada que hacíamos al medio día para un breve descanso y una refección ligera. Juan notó que yo llevaba un puñal en la pretina del pantalón. Era una pieza antigua, comprada en Damasco, confeccionada con el famoso acero de la región. El cabo era hecho de ébano y tenía un valioso rubí incrustado en la empuñadura. La vaina en cuero tenía una oración árabe esculpida a fuego. 

Me preguntó si yo usaba el puñal como arma de protección personal. Respondí que sí, aunque no necesariamente para una lucha física, sino para resguardarme de las vibraciones nocivas. Le expliqué que el acero al estar cerca al cuerpo tenía la capacidad de absorber buena cantidad de la energía densa que nos ronda y agregué que era importante descargar el puñal en la tierra al final del día. Funcionaría como un pararrayos, ejemplifiqué. Mencioné que era un pequeño secreto esotérico; aunque no fuese fundamental que se usara el acero como protección, pues la mente y el corazón, a través de las buenas ideas y sentimientos, eran escudos mucho más eficientes. Juan parecía encantado con las enseñanzas y me pidió que le mostrara el puñal. Al tomarlo en las manos, reveló su fascinación por aquella pieza que debía haber atravesado siglos y pertenecido a algún sultán o intrépido guerrero. Me preguntó si podía mostrárselo a algunos amigos y después me lo devolvería. ¿Cómo negarme ante un pedido tan simple de alguien tan simpático? Le pedí que tuviera cuidado, pues además de ser una pieza cara, me acompañaba hacía años.

Juan demoró en regresar. Al volver la caravana ya estaba reiniciando la segunda etapa de la jornada diaria. Le pedí el puñal. Él me pidió disculpas, pues como a los amigos también les había encantado, se lo había dejado. Me dijo que no me preocupara, pues en la noche me lo devolvería. La desconfianza, una de las hijas del miedo, se infiltró en mis venas. Me esforcé para dominar mis emociones. Juan era una buena persona y merecía mi confianza. No obstante, me sentí incómodo con la situación el resto del día.

Al final de la tarde, cuando paramos para montar el campamento y pernoctar, Juan se alejó con el pretexto de buscar el puñal. El tiempo pasó y como no regresó, decidí buscarlo. Escudriñé por todos los rincones sin éxito. Cuando me aproximé a un grupo de hombres que agachados jugaban a los dados, vi a uno de ellos mostrándole mi puñal a otro. Les dije que aquel puñal era mío y que lo quería de vuelta. El hombre respondió diciendo que lo había recibido como pago de una deuda referente a apuestas ocurridas más temprano. Argumenté que nadie podría pagar con algo que no le pertenecía, a lo que el hombre respondió que no me conocía y me aconsejó hablar con la persona a la que “supuestamente” le había entregado el puñal. Hice mención en agarrar el puñal, mas un grandulón se interpuso con un gesto amenazante.

Volví a rondar el campamento en busca de Juan. Estaba perturbado; el odio tiene ese poder, alimentaba mis peores sentimientos. Vi a Ingrid, la bella astrónoma, en animada conversación con otro grupo de personas. Al notarme, ella percibió que algo no estaba bien y muy amablemente, se acercó. Quiso saber qué sucedía. Los celos que sentía hacía días volvieron a aflorar y en aquel momento se mezclaron con el odio. Le respondí de modo grosero que no era de su interés, ante lo cual ella retrocedió asustada. Me sentí todavía peor. Pregunté por Juan a diversas personas, pero nadie lo había visto. Desorientado, paré en medio del campamento buscándolo por toda parte sin la menor señal. Giré en círculos y la caravana me pareció un tumulto informe de gente, tiendas y camellos enmarcados entre el cielo y la arena. En ese momento percibí que alguien me observaba a lo lejos. Era la bella mujer de ojos color lapislázuli.

Me acerqué. Derramé toda mi indignación y rencor por lo ocurrido. La mujer me oyó con expresión serena como quien escucha a un niño narrar el descubrimiento de una triste novedad. Mencioné que mi defecto era confiar en las personas. Agregué que nunca más confiaría en nadie; me confesé desilusionado con la humanidad. La bella mujer de ojos azules ponderó al estilo socrático: “¿Es posible ser feliz sin confiar en las relaciones que construimos? ¿En qué tipo de persona me convertiré al no confiar en los otros? ¿Es posible que exista una relación verdadera sin confianza?”.

Bajé la mirada. En mi interior sabía que era imposible. No obstante, yo aún no estaba dispuesto a admitirlo.

Cuando no encontramos el apoyo esperado, la irritación aumenta; a medida que la irritación escala tonos, los argumentos disminuyen. Dije que era fácil tener un discurso generoso y altruista cuando no somos los afectados por un fraude. Ella meneó la cabeza en concordancia y comentó: “Por eso las victimas están impedidas de juzgar a sus verdugos: las emociones envuelven en brumas la mejor visión, que carece de la claridad para un análisis exento de pasiones”. 

Le pregunté si le gustaría estar en mi lugar. La mujer se encogió de hombros y comentó: “A estar en el lugar de Juan, sí. Prefiero mil veces ser el damnificado a ser el ladrón”. Respondí que no era eso a lo que me refería y le pregunté qué haría en mi lugar. “Aprovecharía la energía de mis sombras y las usaría a mi favor”.

Me asusté. Le pedí que se explicara mejor. La mujer me invitó a sentarnos en la arena, pues la conversación no sería fácil. Acomodados, ella dijo: “Para comenzar es preciso que entiendas la parte que te corresponde en esta situación”. Discordé de inmediato. Consideraba absurdo culpar a la víctima por el crimen. Ella sacudió la cabeza y dijo: “No es esto a lo que me refiero. Antes de cualquier reacción es necesario que entiendas cuánto colaboraste para que la situación llegase a ese punto”. Dije que yo había confiado en Juan, solo eso. Ella discordó: “Para ser justo admite que no fue así de simple. Sin duda, fuiste perjudicado por Juan; él actuó de mala fe, pero también fuiste víctima de tus propias sombras”.

Cuestioné si ella se refería a que mis sombras habían sido auxiliares en el crimen perpetrado en contra mía. La mujer hizo un gesto de aprobación con la cabeza: “Exactamente eso. Tus sombras colaboraron con Juan. Al derramar muchos elogios sobre ti, al resaltar tu supuesto conocimiento sobre metafísica, él hizo con que tú te sintieras grande y poderoso. Él activó el orgullo y la vanidad que te habita, sombras que causan la sensación de fuerza y poder; sin embargo, tienen poca duración y sus efectos nunca son benéficos. El confort emocional proporcionado por el orgullo y por la vanidad te impidieron percibir la personalidad y las intenciones de Juan. Tus sombras las escondieron; sin su ayuda, probablemente, él no te habría podido engañar”. 

Continuaba discordando, pero percibí que era inútil. La mujer de ojos azules tenía razón. La ilusión de sentirme poderoso me había hecho presa frágil. Inmediatamente me vino a la mente la conversación con el caravanero por la mañana. Sí, el camaleón es el mimetismo. Juan se había hecho pasar por un buen amigo solo para engañarme y robarme. Se lo comenté a la mujer, haciendo la salvedad de cómo los “camaleones” son peligrosos y nocivos. Ella sonrió y me recordó: “No te apresures con tus certezas. Existen también los ‘camaleones’ que nos traen buenas sorpresas. Personas que, por ejemplo, viven envueltas en humildad, sencillez y generosidad infinitas, que ante los condicionamientos culturales que distorsionan la realidad y nos vuelven miopes ante la verdad, pasan por insignificantes cuando, en esencia, traen en sí el gran poder de la vida. Mientras otras, repletas de honores, fama o influencia social, muchas veces vacías en su interior, se llevan nuestros aplausos y admiración”. Hizo una pausa y concluyó: “Prestemos atención a los camaleones de todo tipo, hay buena dosis de sabiduría en esto”. 

Permanecí algún tiempo en silencio para concatenar la lección. Enseguida, le pedí que me hablara sobre “invertir el poder de las sombras a mi favor”, como lo había mencionado hacía poco. La mujer explicó con paciencia: “Dentro de nosotros habitan los mejores y los peores sentimientos. Sin excepción. Ignorar las propias sombras es fragilizarse al renunciar a una parte de sí mismo; es negarse a ser entero. Reprimirlas es cultivar un jardín de resistencias. Iluminarlas es liberarse de los sufrimientos”.

“¿Cómo se ilumina una sombra personal? Insistir en que desaparezca es ejercicio de tontos. Iluminar una sombra, como su nombre lo indica, es ponerla a trabajar a favor de la luz. ¿Cómo hacerlo? Trátala como a un hijo pródigo. ¿Lo cuidas o prefieres expulsarlo de casa? Abraza las sombras con amor como se hace con un niño rebelde; después muéstrale que no necesita actuar de aquella manera, pues siempre es posible hacer diferente y mejor. Así como un buen padre hace con los hijos. Iluminar es educar en la luz”.

“¿Cómo se hace en la práctica? Todas las sombras generan una enorme descarga de energía, a tal punto que nos impide dormir. Luchamos cuando sentimos rabia, nos vengamos con los celos, maldecimos con la envidia, transferimos la responsabilidad con la decepción… Estos son solo algunos ejemplos. Todos estos comportamientos son fuentes turbias que conducen a un sufrimiento aún mayor. Sin excepción. Al final, después de la confusión, tenemos la sensación de agotamiento y de vacío interior”.

“El secreto es desviar la energía primaria de las sombras en vez de reprimirla, negarla o, peor, darle salida. Es fundamental redireccionar y redimensionar la energía de las sombras en sentido hacia la luz. Usa tu consciencia como un aparato transformador, semejante a aquellos que hay en las hidroeléctricas que aprovechan la fuerza del agua para traer la magia de la electricidad”.

“Las energías generadas por las sombras no se desperdiciarán más ni serán usadas de manera destructiva, pues han sido transformadas en luz”.

Le pedí que ejemplificara. La mujer me ofreció varias hipótesis: “Hay quien siente rabia y rompe todo a su alrededor; existen aquellos que aprovechan la energía generada para hacer un buen entrenamiento de gimnasia. Hay quien siente celos y es agresivo; existen algunos que agarran la guitarra para componer una canción. Están los que aumentan sus listas de reclamos a cada frustración provocada por un mal; existe quien cambia cada una de ellas por un acto de caridad a favor del bien. Hay los que, ante una ofensa, pisan duro con las botas del orgullo; existen los que aprovechan esa ventisca para volar con las alas de la humildad. Están los que insisten en vivir por vanidad y los que, en algún momento, entienden la dimensión de la fragilidad y se curan con la sencillez. Hay quien culpa al mundo por sus contrariedades; están aquellos que las aprovechan como factores de estudio y perfeccionamiento. Hay los que se ofenden con todo y con todos; existen los que usan las mismas situaciones como perfectos espejos para conocerse mejor. Conociéndose a sí mismos descubren la verdad. La verdad trae consigo el poder de la plenitud”.

“Sufren aquellos que todavía no saben amar”.

“Así, los que aprendieron a amar, en vez de sucumbir ante las sombras, se fortalecen con ellas. Se hacen mayores al rasgar la armadura que los impedía crecer. La sombra es el cascarón que impide que el amor florezca, pero también puede ser suelo fértil que ayudará a que el amor germine. La sombra puede ser enemiga o aliada de la luz. Se trata de una visión, un entendimiento y, finalmente, una elección”.

¿La sombra como aliada de la luz? Esto era nuevo para mí. ¿Depende de cómo se direccione la energía emanada por ella? Esto me desconcertaba; sin embargo, tenía que admitir que era genial. Le pregunté en dónde había aprendido eso. La mujer se encogió de hombros y respondió: “En el desierto con los camaleones. Ellos no siempre son lo que parecen”.

Miré hacia las estrellas por un buen tiempo. Era necesario darles un lugar a los nuevos conceptos; madurarlos en mí. Parecían consistentes y sensatos. Cuando volví a mirar al lado – tenía una serie de preguntas por hacer – la habitual sorpresa: la bella mujer de ojos color lapislázuli se había esfumado en el aire. Permanecí sentado durante un tiempo más. Mi mente daba vueltas intentando encontrar una aplicación práctica para aquellas palabras. Poco a poco las nuevas ideas serenaron mi corazón, hasta que un gran barullo me llamó la atención en el campamento. Ya más tranquilo, me dirigí hacia allá. Encontré a Juan sujeto de los brazos por dos encargados de la caravana. Era acusado por otras personas de haberlas engañado, como a mí. También detenidos por otros encargados, estaba el grupito que apostaba con los dados. Entre ellos el hombre que estaba con mi puñal y el grandulón que le servía de guardaespaldas. Desviaron la mirada cuando me vieron. Había gran confusión; todos hablaban y nadie oía. Preferí no pronunciar palabra; apenas observar. 

Enseguida llegó el caravanero. El silencio reinó. Uno de los encargados quiso explicar los hechos. Con un gesto de manos el caravanero demostró que no era necesario y dijo: “Todos podrán hablar. Nadie tiene permiso de interrumpir a nadie. Pido que no mientan, aún aquellos que erraron. La verdad siempre protege”. Desde los perjudicados hasta los apostadores, tuvieron la oportunidad de expresarse. Mientras unos se decían víctimas, los otros sostenían la propia inocencia. Juan también tuvo derecho a defenderse. Confesó ser víctima del propio vicio con el juego. Lamentó el mal que había causado. Me pareció sincero o ¿sería un truco más del camaleón? En aquel momento no me importaba. De una forma u otra, él sufría por ser quien era. La compasión que sentí por aquel hombre me envolvió en ligereza y me liberó de él. Sí, hasta hacía poco yo estaba preso al odio que me ataba a Juan y consumía mi alegría de vivir.

Recordé que antes de partir, el caravanero me había dicho que durante la travesía él tenía el derecho sobre la vida y la muerte de todos los integrantes de la caravana. Él era la ley; esta era la única ley. Temí por la vida de Juan. Después que todos hablaron, el caravanero pareció ponderar por algunos instantes. Luego profirió: “Es necesario orden para recomponer la tranquilidad de la caravana. Es preciso justicia para que haya paz en el corazón. Siendo así, declaro que Juan perderá su camello para resarcir a las víctimas, el cual será vendido inmediatamente a cualquier interesado por un valor justo. El dinero que sobre le será devuelto a Juan, quien terminará la travesía a pie, al final de la caravana”.

El caravanero me miró por un breve instante y preguntó si yo quería decir algo. Resumí los hechos vividos durante el día con Juan y señalé al que estaba con mi puñal. El hombre se defendió alegando que lo había ganado honestamente en el juego. Por lo tanto, el puñal era suyo, así que yo debía arreglármelas con Juan. El caravanero me dijo: “Sobrará dinero de la venta del camello. Podrás ser resarcido, basta que establezcas un precio justo por el puñal”. Ponderé que algunas cosas en la vida no tenían valor monetario, pues poseían otros valores. Dije que, a pesar de estimar mucho el puñal, el hombre podría quedarse con él. Acrecenté que ya había recibido lo suficiente aquel día. Aún sin entender, el hombre pareció satisfecho. 

El caravanero me miró con una profundidad extraña, como si fuese capaz de ver mi alma. Enseguida, se dirigió al hombre y sentenció: “El producto de un error no puede pertenecer a nadie, salvo a quien de justicia. Aquellos que aprendieron a renunciar a todo en favor de los otros, menos de su esencia y lo esencial, son los que merecen la brisa dulce del desierto. Por lo tanto, entréguele el puñal”. Habló refiriéndose a mí. La expresión del hombre fue de rechazo e intentó algún reclamo, mas desistió dada la firmeza del caravanero. Coloqué el puñal en la pretina del pantalón, le agradecí al caravanero con un gesto de cabeza y me retiré. No me esperé a la venta del camello ni al resarcimiento de los demás.

Mil pensamientos se movían frenéticamente en mi mente. Era preciso quietud para acomodarlos en sus debidos lugares. Me alejé para sentarme en un lugar distante, así el silencio podría conversar conmigo. Pensé en las metáforas y lecciones de los camaleones como maestros ocultos de las sombras y de la luz. Agradecí por las oportunidades de aprendizaje proporcionadas aquel día. Ahora debía aprender a direccionar la fuerza de las energías densas en sentido del bien, como manera de, poco a poco, transformarlas en vibraciones sutiles. Había acabado de experimentar esa nueva posibilidad de vivir mis elecciones.Finalmente, recordé las palabras del caravanero durante la mañana mientras adiestraba el halcón: “No porque los ojos no lo vean, significa que no exista. Aunque los ojos vean, no significa que comprenderán”. 

Por primera vez me sentí al comando de mis emociones; sabía que todavía me faltaba mucho para pacificarlas debidamente. La jornada era larga, pero era un buen comienzo. Saqué un lápiz y un cuaderno de anotaciones de bolsillo y decidí escribir una poesía para Ingrid, narrándole mis sentimientos aún camaleónicos, tanto en mí como con relación a ella. Mi corazón sonrió.

Adormecí allí mismo en un sueño tranquilo, protegido por un cobertor de estrellas, bajo la luz de la luna creciente. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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