El vigésimo sexto día de travesía. Una fábrica en el desierto

Era un día diferente. Iniciaríamos la marcha con el cielo aún oscuro. Cuando el sol surgió detrás de las dunas a la hora en la cual generalmente la caravana despertaba, ya llevábamos tres cuartos de hora de marcha. El objetivo era llegar a un oasis intermedio para abastecernos de agua y víveres. Ese oasis tenía un enorme lago de agua dulce y limpia. En sus márgenes existían pequeñas fábricas de excelentes tapices, todas familiares y montadas en tiendas. Eran tapetes con bellas estampas, confeccionados con difíciles puntos de costura, técnicas transmitidas a través de muchas generaciones del desierto. Muchos mercaderes de tapetes que estaban en la caravana realizaban allí sus negocios, adquiriendo las piezas para la reventa. De aquel punto regresaban a Marraquech, conducidos por un grupo de encargados. Otra parte de la caravana continuaba rumbo al mayor oasis del desierto, donde estaban otros tejedores de tapetes, quienes usaban diferentes técnicas de confección. Yo, así como otros peregrinos, seguíamos con la intención de encontrar a un sabio derviche, “conocedor de muchos secretos entre el cielo y la tierra”. Salimos más temprano para llegar al medio día y así tener tiempo suficiente para que la caravana se abasteciera. Como esto demoraría un poco, dormiríamos esa noche en aquel oasis.

Con el sol reluciente, vimos a lo lejos el enorme lago. No tardó mucho para ser recibidos por los hospitalarios habitantes locales. Algunas tiendas ofrecían platos típicos, bueno para huir de la rutina básica de las refecciones de la caravana. Almorcé y enseguida fui a conocer las fábricas y los tapetes. Las personas eran muy gentiles; las fábricas bastante rudimentarias; los tapetes, bellísimos. Pasé un buen tiempo entre las tiendas. Ya al finalizar la tarde, reparé en una tienda situada en una punta distante del lago. No había ninguna otra tienda cerca. Le pregunté a un hombre si aquella tienda también era una fábrica. Él me miró por instantes y sacudió la cabeza diciendo que no sabía. Se me hizo extraño y a la vez me despertó la curiosidad. Volví a preguntarle a una mujer. Sin mirarme a los ojos, ella se limitó a responder que no valía la pena ir hasta allá. Claro que fui.

Fueron unos diez minutos de camino. Era una tienda simple, bien arreglada y limpia. Un anciano de piel morena colocaba algunas hierbas en infusión. De espalda hacia mí, sin voltearse, percibió mi presencia, pues me convidó a acompañarlo con una taza de té. Acepté. Fue cuando él se giró y sonrió. Así como su cabello, sus dientes eran perfectamente blancos, algo raro de ver en alguien de su edad. Tomó un puñado de hiervas para encenderlas como incienso. Un delicioso perfume impregnó la tienda. Me invitó a recostarme en un cómodo cojín. Él se sentó en un banquito de madera a mi lado y prendió su pipa mientras esperaba que el té estuviera listo. Le comenté que visitaba las fábricas de tapetes del oasis. Aun sabiendo que la respuesta sería negativa, le pregunté si él también los confeccionaba. El anciano sacudió la cabeza de manera negativa y dijo: “Tengo una fábrica de alegrías”.

Se me hizo extraño y mencioné que no había entendido. Él me explicó con paciencia: “Las personas creen que pueden comprar alegría”. Se encogió de hombros y concluyó: “Se engañan”. Hizo una pausa y prosiguió: “Confunden alegría con diversión”.

“Estar con la familia, encontrarse con los amigos, cantar y bailar son algunas cosas maravillosas que la vida ofrece. Le hace bien al corazón y lo recomiendo. Sin embargo, son solo diversiones. La alegría es diferente”.

Le pedí que se explicara mejor. El anciano fue gentil: “Puedo divertirme todos los días, y no hay contraindicación en esto, pero no significa que seré un hombre alegre. Puedo ser una persona agradable, pulida y hasta divertida, a punto de arrancar risas de quien está a mi lado, pero nada de eso me hace necesariamente un hombre alegre”.

Mencioné que había contradicción en ello. Si la alegría no se vende, no tiene sentido que él tenga una fábrica de alegría, pues nada tendría a ofrecer. El anciano explicó: “Sí, no te equivocas. En verdad, yo te ayudo a montar tu propia fábrica de alegrías. Tengo una fábrica que fabrica fábricas de alegrías”. Se me hizo extraño. 

Desconfiado, pregunté cuánto cobraba. Me asusté al oír el precio. Casi se podía comprar un camello por ese precio. Un camello, dada su enorme utilidad, posee un alto valor en el desierto. Le agradecí, pero rechacé la oferta. El anciano no insistió. Al contrario, mantuvo la misma simpatía que le era característica. Se levantó, retiró las hiervas en infusión y sirvió el té. Llevó el té en dos tazas de porcelana sobre una bandeja de plata arreglada con esmero. Estaba delicioso. Quise saber si los habitantes del oasis frecuentaban la tienda del anciano. Respondió que ninguno de ellos. Le pregunté si él tenía muchos clientes. El anciano poseía una honestidad apasionante: “Muy pocos. Máximo uno a cada dos o tres años”. Comenté que dada la pequeña clientela estaba explicado el alto precio cobrado. Él estuvo de acuerdo: “También así lo creo”, pero inmediatamente hizo una observación: “Por otro lado, ya que las personas no entienden la alegría, no le dan el debido valor”.

Discordé. Le dije que no existía una única persona que no reconociese la importancia de la alegría. El anciano me ofreció una mirada compasiva y cuestionó: “No lo dudo, mas es una importancia abstracta. ¿Cómo entender el verdadero valor de algo que no conocemos o que experimentamos tan poco durante la vida, si hasta los recuerdos terminan congelados con relación a la sensación y el sentido?”

Callé por instantes. Aquellas palabras me tocaron de manera diferente. Recordé la distinción entre diversión y alegría que el anciano había comentado al inicio de la conversación. En silencio, cuestioné si yo mismo conocía la alegría. Sobre la diversión no tenía la menor duda. Comenté que si no fuera tan caro le compraría una fábrica de alegrías. Confesé que temía no conseguir la fabricación de la alegría esperada. Agregué que el riesgo era alto, pues dependía de habilidades personales que yo no podía afirmar tener. El anciano sonrió, como si esperara por aquello y me hizo una propuesta: “Pagas solo si estás satisfecho con el resultado”. Dije que la satisfacción era un concepto subjetivo y bastante variable. El anciano lo admitió: “El riesgo ahora es todo mío”. Cuando percibí, mi rey estaba acorralado en un rincón del tablero. ¡Jaque mate!

Sin tener como rehusarme, le recordé al anciano que la caravana partía temprano al día siguiente. Él dijo que teníamos tiempo de sobra. Se levantó y volvió enseguida con un tambor. Los tambores del desierto, instrumentos famosos en los rituales para alterar el estado de consciencia, permiten viajar a lugares fantásticos; la mayoría de las veces, adentro de nosotros mismos. Jardines floridos que nos traen buenos recuerdos a los que siempre deseamos volver; rincones oscuros que intentamos olvidar y que, por este motivo, deben ser revisados para ser limpiados, ventilados e iluminados. Los rincones también hacen parte de la casa del ser. 

Yo sabía todo eso. Sin embargo, también sabía que el viaje debe ser conducido adecuadamente para no quedar presos en celdas sin rejas. A menudo esto ya sucede; no obstante, hay prisiones más crueles que otras. Viajar es necesario, pero hay que tener cuidado.

El anciano me pidió que no tuviera miedo. Él sería mi guía. El ingeniero de la fábrica de alegrías. Había algo en él que transmitía una inexplicable bondad. Me acordé de los camaleones del desierto. No, el anciano no era un camaleón. Confié en el amor que emanaba de él. A su orientación, cerré los ojos y me dejé llevar por el rugir embriagante del tambor. El tambor parecía hablar y arrullar mi corazón. Pasado algún tiempo, el tiempo desapareció. Mi corazón latía al ritmo del tambor, como si danzáramos juntos.

El anciano me pidió que recordara un día en el que me sentí muy feliz. La primera imagen que se me ocurriera sería la mejor. Hablé sobre mi fiesta de cumpleaños de doce años. Fue en la casa de mi abuelo. Todos mis amigos de la escuela fueron. Jugamos fútbol y nos divertimos bastante. Mis padres aún estaban juntos; todos estábamos felices. Aquella noche, cuando fui a dormir, sentí una felicidad tan grande que parecía no caber en mí. El anciano me dijo que yo tenía derecho a recordar ese día cuando quisiese animar un día triste. Los recuerdos existen para eso y también para mostrarnos que si ese bienestar estuvo presente una vez, puede estarlo en otras oportunidades. Basta moverme en ese sentido.

Le pregunté si esos recuerdos eran una fábrica de alegrías. El anciano respondió: “No. Son tan solo instrumentos de bienestar, importantes para colorear momentos tristes. Solo para colorear; no pueden servir como fuga de la realidad. Para superar la tristeza es preciso compasión con todos y entendimiento con uno mismo”.

En seguida me vino el recuerdo en el que, después de aquella fiesta, mis padres se separaron. Recordé las peleas y así como las vacaciones en casa de una tía en el interior. Fueron días tristes, de mucha inseguridad y miedo. Dije que intentaría alejar ese recuerdo de mi mente. El anciano me corrigió: “No. Huir de nuestras memorias es huir de nosotros mismos; estas hacen parte de nuestra vida, apenas tenemos que reconciliarnos con ellas. No intentes olvidarlas o reprimirlas. Abrázalas con amor. Si surgen en la mente es porque ansían ser curadas, están listas para iniciar el tratamiento. Entiende que tus padres, por motivos que les son inherentes a ellos, no eran felices en el matrimonio y tú no tienes cualquier culpa en eso”. Lo interrumpí para decir que fue un período muy difícil para mí. El anciano explicó: “Debes entender que esa dificultad te ayudó a forjarte, a hacerte más fuerte. Cuando superamos un sufrimiento intenso descubrimos que es posible superar otros dolores. El acero alcanza la mejor consistencia en el fuego intenso. El anciano manifestó: “Todo lo que sucede en nuestras vidas es para nuestro bien. Absolutamente todo”.

¿Por qué no olvidar los momentos tristes? Quise saber. El anciano continuó la explicación: “Porque no los olvidamos nunca. Se puede permanecer un tiempo sin recordarlos entonces, inesperadamente, nos toman por sorpresa. ¿No es así?” Meneé la cabeza concordando. Una lágrima escurrió por mi rostro. Él profundizó: “Todas las situaciones complicadas que pasamos en la vida tienen una razón de existir. Claro que en aquel momento tenemos una enorme dificultad para entender. Sin embargo, los dedos del universo son largos y solamente más adelante comprenderemos para entonces agradecer”. Hizo una pausa y concluyó: “Las tristezas no pueden ni deben ser olvidadas pues precisan ser superadas con entendimiento y transformación de nuestra manera de ser y de vivir, pilares de la fábrica de alegrías”.

Lloré mucho. El anciano cambió el ritmo del tambor. Los latidos de mi corazón lo acompañaron. Un poco más tranquilo, admití que pasados algunos años mis padres rehicieron sus vidas, a su manera, haciéndose mejores personas. Con relación a mí, maduré prematuramente, lo que me ayudó a llegar hasta donde estaba. Sí, yo me sentía agradecido por mi historia; ella me hacía único. El anciano sonrió.

Siguiendo el ritual, recordé otros momentos de mi vida. El fútbol de calle con los amigos, la emoción del primer beso, el ingreso a la universidad. Recordé también situaciones difíciles. El director de la escuela que me acusó de algo que no hice, una novia que me cambió por otro, el despido inesperado en un empleo… El anciano continuó orientándome: “No veas el pasado como un juego de tristeza versus alegría. Míralo como lecciones que te perfeccionaron, así no habrá pérdidas”.

Continué buscando en el baúl de las memorias. En determinado instante, siguiendo las orientaciones del anciano, todos los recuerdos, hasta aquellos que inicialmente eran tristes, me parecieron buenos al entender su razón en mi vida. Una agradable sensación me invadió. Le pregunté si aquello era alegría. Creía saber la respuesta. Él me sorprendió: “No”. ¿Cómo así? Dije estar decepcionado, pues pensaba que la fábrica de alegrías estaba lista. La paciencia del anciano en guiarme en esa construcción parecía sin fin: “El predio de la fábrica quedó listo. No obstante, todavía no tienes idea de cómo colocar los motores a funcionar. Recuerda, es necesario fabricar las alegrías”.

Él insistió en que volviera a buscar recuerdos agradables. Pude recordar varias situaciones que ya imaginaba haber olvidado por completo. Le pregunté si yo ya había colocado los motores de la fábrica en funcionamiento. El viejo sacudió la cabeza negando. Con la quijada me pidió que prosiguiera con la construcción de la fábrica, mientras el continuaba entonando el tambor del desierto. Vinieron otros recuerdos, ninguno que alterara la atención del ingeniero de la fábrica, hasta traer a la memoria un momento del bachillerato donde las notas de matemática eran muy malas. Reprobar era inminente. Para pasar el año debía sacar diez en la prueba final. No podía errar en ninguna pregunta. Si era reprobado perdería la beca y la oportunidad de proseguir los estudios en una institución de excelencia. Sentí mucho miedo de desperdiciar la oportunidad que tenía. Relaté que durante tres semanas olvidé la vida y me entregué profundamente al estudio de la matemática. Fueron días y noches movidos por la esperanza de alcanzar la meta. Reviví los instantes de tensión que antecedieron al resultado y la alegría inconmensurable que sentí al saber que había aprobado. En ese momento el anciano paró de tocar el tambor y dijo: “¡Eso es alegría! Hubo entrega. Colocaste tu corazón en ello. La alegría no vino de fuera, sino que nació dentro de ti. Los motores de la fábrica comenzaron a funcionar. ¡Prosigue!” Determinó, para enseguida intensificar el ritmo del tambor.

Entonces cambiaron los recuerdos. Comencé a revivir momentos de la vida en los cuales me había donado por entero y de la alegría florecida en cada uno de ellos. Hablé de cuando cambié algunas noches de sábados al lado de amigos para ir con el personal de la iglesia a llevar alimentos a personas que vivían en las calles de la ciudad; de las vacaciones que tomé con un grupo de médicos en un país de África, azotado por miserias de todo tipo, en vez de pasear por Europa. Resalté la alegría que sentí con cada mirada y abrazo que recibí de esas personas. Volví a llorar, pero ahora eran lágrimas de alegría, compasión y amor.

En aquel momento me di cuenta de una cosa muy importante. Un detalle que modificaba todo. Le confesé al anciano que, en verdad, lo que me había impulsado a ser caritativo, no era el amor que tenía; por el contrario, era el amor que yo no tenía, el vacío inmenso que me habitaba. Él sonrió y levantó los brazos: “¡Perfecto!” exclamó, para enseguida explicar: “La alegría tiene que ser movida por el amor, no por el amor que tengo, sino por el amor que busco. No en los otros, sino a través de los otros en mí. Así coloco al otro dentro de mi corazón. El amor que tengo es el amor que ofrezco, no el amor que recibo. Antes de ofrecer amor al otro por la necesidad de él en recibir, lo hago por mi necesidad de ofrecer amor. No ofrezco amor por la necesidad del otro, sino, primordialmente, por necesitar dar amor para sentir el amor latiendo en mí y así ser feliz. Practico la caridad porque necesito fomentar el amor en mí. Me percibo pequeño y me hago humilde”.

Cuestioné si no era una actitud egoísta. Él profundizó: “Egoísta es desear solo recibir amor. Que los otros se obliguen a suplir un amor que no quiero fabricar”. 

Volvió a tocar el tambor, ahora en tono muy suave, y dijo: “Cuando ofrezco amor, sea de modo puramente afectivo, como una palabra o un abrazo, sea a través de un bien material, tengo que hacerlo por mí, por la oportunidad del indispensable ejercicio del amor que yo necesito sentir en el corazón. Si lo hago por el otro me sentiré superior a él; entonces el amor se desvanece en la vanidad y el orgullo. Te amo porque me amo; le hago bien al mundo porque me hace bien. De esta manera me siento igual y del tamaño de aquel que recibirá el amor que tengo para dar, así no habrá cobros futuros ni deudas de nadie hacia nadie; apenas amor”.

“Solo existe alegría donde hay amor. Apenas existe amor donde hay entrega de sí por entero. Esta es la alegría del mundo”.

El tambor del desierto paró de rugir. Mi fábrica de alegrías había comenzado a funcionar. El silencio y la quietud se hicieron presentes. El anciano fue a buscar dos tazas más de té. Se sentó en un cojín frente a mí y colocó las tazas sobre una mesa baja que estaba entre nosotros. De mi mochila saqué un fajo de billetes y se lo entregué al anciano. Él rehusó: “No me debes nada. No lo hice por ti, lo hice por mí”. 

Me ofreció una sonrisa que recordaré día tras día sin fin. Sus dientes blancos parecían estrellas del desierto. Intenté refutar, decir que no era justo, pues yo estaba muy satisfecho con la fábrica. El anciano hizo un gesto con la mano para que no insistiera más: “Tan solo recuerda que la alegría es una virtud que posee un gran secreto: ella exige entrega absoluta. Para tenerla como compañera es necesario que seamos enteros en cualquier cosa que hagamos”. 

Me miró profundamente y dijo: “Puedes irte” y finalizó: “Nunca olvides que el amor es la materia prima de la alegría. Ambos tienen el mismo origen; beben de la misma fuente. Eso es fundamental para tener una fábrica cada día más próspera”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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