La claridad en las relaciones

Entré al taller de Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, con la necesidad de desahogarme. Antes de comenzar a hablar, él lo percibió y me dio un fuerte abrazo. Un agradable gesto de empatía, típico de aquellos que llevan el mundo dentro del corazón. Me acomodó al lado del antiguo mostrador de madera y dijo que esperara, pues iría a preparar una jarra de café fresco para acompañar nuestra conversación. Con las tazas humeantes en frente, despejé mi incomprensión ante el comportamiento de las personas; parecía que todos habían perdido el propio eje, adicioné. Le conté que uno de mis mejores amigos me había ido a buscar a la agencia de publicidad. Roberto era su nombre. Él tenía una firma de ingeniería especializada en captación de energía solar. Aunque se trataba de algo moderno y ecológico, los negocios no iban bien; los perjuicios se acumulaban mes a mes. Decidí agendar una reunión y convoqué a todo el equipo creativo de la agencia para sentarnos con Roberto y trazar una estrategia de divulgación. El público objetivo sería concentrado, en primera instancia, en las industrias. Después incluiríamos tiendas y edificios comerciales. Las residencias serían abordadas en otra etapa. Toda la publicidad se haría en los medios sociales relativos a internet. Aunque el resultado no alcanzó la meta esperada, fue suficiente para saldar las cuentas en rojo y capitalizar la firma de ingeniería para los próximos meses. Roberto me llamó para agradecer, pues estaba muy satisfecho con el trabajo. Lorenzo me interrumpió y exclamó: “¡Qué maravilla!” Como si supiese lo que estaba por venir. Rio y bromeó diciendo: “Ahora comienzan los problemas”, a lo que respondí que sí, pues era hora de hacer cuentas. 

Le dije a Roberto que me alegraba por él y agregué que la gerente financiera de la agencia entraría en contacto para pasarle los costos de la campaña, ante lo cual se mostró sorprendido. Dijo que creía que por ser amigos hacía tiempo yo no debía cobrarle. Le dije que era cierto pero que aunque no estaba obteniendo ningún lucro con el trabajo, tenía los costos del equipo que había invertido días en el proyecto, además de los gastos tercerizados como el arte final de los diseños y las grabaciones. Le expliqué que el dinero no estaba siendo destinado a mí; yo solo era responsable por la creación y que era preciso realizar el pago a los otros profesionales involucrados en la ejecución del trabajo. Atónito, Roberto preguntó por los costos. Al saber el valor de la deuda, el susto se volvió indignación. La conversación alcanzó tonos que terminaron en discusión con acusaciones mutuas de deshonestidad.

Antes que Lorenzo se manifestara, le dije que eso no era todo y enmendé otra confusión reciente. Le hablé sobre el romance con Ana, mi novia, el cual había terminado después de algunos años de óptima convivencia, todo porque ella quería casarse. Ana creía que era el momento de dar ese importante paso, llevando la relación a un nivel más elevado de convivencia e intimidad, aunque yo jamás se lo había prometido, pues venía de dos matrimonios frustrantes, que habían sido suficientes para mí. Aunque tenía dos hijas maravillosas, consideraba que por adorar la quietud y la soledad, mi forma de ser no se adecuaba a compartir un espacio con otra persona. No estaba en contra del matrimonio; por el contrario, me encantaba la idea de la familia tradicional. Le confesé que muchas veces me imaginaba sentado en la cabecera de una enorme mesa, con esposa, hijos, nueras, yernos y nietos en alegres almuerzos dominicales. Sin duda, yo sería feliz si eso hubiese sucedido. No obstante, al menos en esta existencia, yo no había sido tallado para tal experiencia. Había aprendido a ser feliz a mi manera, dentro de las posibilidades que la vida me había presentado y no deseaba, al menos por ahora, alterar mi forma de vivir. Argumenté que tal vez yo debía experimentar diversas relaciones románticas diferentes al casamiento tradicional para obtener variados aprendizajes. Esto no me hacía una persona ni mejor ni peor, apenas diferente. Aunque nunca le había expresado esas razones a Ana, era increíble que ella no hubiese entendido mis proyectos e intenciones afectivas.

Le pregunté a Lorenzo cuál era el motivo por el cual las personas no entendieran lo obvio. El artesano me miró durante algunos instantes, volvió a llenar la taza de café, bebió un sorbo y dijo: “Sin la debida comprensión de la otra persona, todo aquello que consideramos obvio en la relación deja de existir. Lo obvio siempre está en la cabeza de quien lo construye y no necesariamente en el entendimiento de aquellos con quienes nos relacionamos. La falta de comunicación es la principal causa de conflictos entre las personas. Recuerda, todo lo que reside y se mueve en tu mente es un secreto hasta que se lo revelas al mundo. Si eso no sucede, esa verdad será apenas tuya. Por tanto, no exijas que alguien la conozca de antemano. Nadie tiene tal obligación”.

“Todo el contenido que queda subentendido en tus intenciones es apenas obvio para ti. Adopta ese concepto para vivir en paz con el mundo”.

Mencioné que yo era honesto en mis relaciones, fueran personales o profesionales. Hacía mucho no mentía ni engañaba. Sin embargo, consideraba que no era necesario decir todo, especialmente cuando el otro tenía condiciones de captar lo que estaba en entrelíneas. Lorenzo fue didáctico: “No lo dudo. Sin embargo, es necesario entender las virtudes relativas a la honestidad. La honestidad es la virtud de vivir la verdad para con los otros. La honestidad tiene un presupuesto: la sinceridad. Esta es la virtud de vivir la verdad consigo mismo. Al final, es indispensable ser sincero con uno mismo para ser honesto con el otro. Sin sinceridad no se alcanza la honestidad”. 

“Y no es solo eso. Para ser honesto no basta ser sincero; no basta no mentir. La honestidad exige otra virtud como requisito: la simplicidad, y uno de los atributos de la simplicidad es la claridad. Es necesario ser claro con las intenciones para que no exista cualquier fraude en la relación. Todo aquello que no quede claro puede ser comprendido de manera diversa o hasta pasar desapercibido. Por ello, el otro se sentirá sinceramente engañado con el desarrollo de la relación. Cuando las intenciones son oscuras, la honestidad se deshace en el aire”. 

“La verdad no solo habita fuera de la mentira sino también y, principalmente, dentro de la simplicidad de los pensamientos expresados”.

“Las relaciones necesitan claridad para que sean pacíficas. Las relaciones necesitan claridad para que sean justas”.

“Todo discurso o retórica que deje margen a más de un entendimiento puede incurrir en fraude, aunque sea inconsciente, aun así repitas que no hubo una única mentira. Por este motivo, tanto Roberto como Ana se molestaron contigo”. Argumenté que eran casos diferentes, con solo algunas semejanzas. Era imposible que Roberto, como ingeniero y empresario, no supiera de los costos colaterales de una campaña publicitaria, más allá de mi trabajo creativo en la agencia. Lorenzo ponderó: “Roberto no es publicista; es ingeniero. Son mundos profesionales distintos. No puedes exigir que él conozca prácticas comunes a las agencias de propaganda. Del mismo modo, sería inusual que él esperara que tú estuvieras habituado a los pormenores de la ingeniería eléctrica”. Bebió un sorbo de café antes de concluir: “Puede saber o no. Lo que no se debe es exigir que el otro tenga conocimiento de determinada condición, sea cual sea, sin que la dejemos debidamente clara para él. Esto es un importante marco para establecer las fronteras de la honestidad, la justicia y la tranquilidad en todas las relaciones”. Le dije que así la vida se hacía muy aburrida. El artesano se encogió de hombros y disparó: “Sin la palabra que trae la luz no se puede reclamar ante los argumentos de las sombras”.

Consideré adecuado argumentar utilizando el problema de mi enamorada como ejemplo. Argüí que nunca había prometido casarme con ella. Inclusive, ya habíamos conversado algunas veces sobre las decepciones e inadecuaciones que yo tenía con relación al matrimonio. La verdad no fue escondida, aunque implícita, era notoria, sostuve. De otro lado, consideraba que tanto Ana como Roberto, se habían aprovechado de algunos hiatos en mi discurso para distorsionar el sentido. Aquello no era correcto; era victimización. Lorenzo concordó parcialmente y de forma genérica: “Sin duda, la victimización es una sombra bastante común para ilusionar algunas personas de las frustraciones que no logran enfrentar. Fingen que no entienden; alegan persecución y olvidan que el mundo tiene sus proprios intereses, comúnmente, diferentes a los nuestros. Entender eso es un paso importante para la madurez del ser”.

“La honestidad tiene una construcción sofisticada, comenzando por la erradicación de la mentira. Cuando alcanzamos determinado grado de comprensión y avance, renunciamos a la mentira como herramienta. Se trata de respeto a sí mismo. Al final, cada vez que uso la mentira revelo vergüenza o inadecuación por ser quien soy. La mentira demuestra que algo debe ser aprendido y transformado en mí”.

“Sin embargo, no es suficiente; también es necesario ser sincero. Para tal fin es preciso buscar en todas las cavernas del ser hasta encontrar la más profunda y oculta de las intenciones. No solo aquellas que omitimos intencionalmente en nuestras relaciones, mas también aquellas que negamos admitir para no enfrentar el espejo de quién somos y entonces, traerlas a la luz”.

“La simplicidad, indispensable para relaciones honestas, no utiliza ningún subterfugio sobre las intenciones. No negocia a través de discursos prolijos; nada oculta; no se vale de objetivos subliminares; no renuncia a la transparencia. La claridad diseña la sinceridad; la sinceridad colorea la honestidad. Solo así creamos relaciones dignas y justas, con virtud y arte”.

Guardé silencio. Había fundamento en las palabras del zapatero. Era innegable su don, no solo para coser el cuero, sino también para hilvanar ideas. Le dije que no sabía qué hacer. Confesé tener dudas de si tanto mi novia como Roberto no habían entendido la real dimensión de las relaciones firmadas. Argumenté que en el caso de Roberto, él podía haber usado el hecho de yo no haber sido claro como disculpa para huir de su responsabilidad de pagar los gastos; o en el caso de Ana, intentar imponer su deseo. Lorenzo sugirió: “Dales a ambos el beneficio de la duda. Esto te dejará más leve”. Lo interrumpí para decir que no había entendido. Él bebió un sorbo de café y prosiguió: “Perdónalos y perdónate. En la duda, trae para ti la carga, desde que la puedas soportar. Asume las deudas de Roberto. Llama a tu enamorada, explícale tus razones de manera serena, clara y sincera. Pídeles disculpas por no haberte explicado mejor anteriormente”. Hizo una pausa antes de concluir: “Traer para sí la responsabilidad es mucho más leve que el peso de una injusticia que tú mismo puedas haber causado. En todo caso, no fuiste lo suficientemente claro, al menos para legitimar una postura firme y enérgica para refutar los reclamos de Roberto y de Ana. Asumir la responsabilidad por las consecuencias causadas dignifica. Asumir el perjuicio material y emocional libera de la deuda moral. No me refiero a la deuda con relación a los otros, sino con relación a tu propia consciencia. La cuenta es saldada sin ningún resquicio y te permite seguir en la jornada cósmica”.

Le pregunté sobre la consciencia de los otros. ¿Será que ellos también tienen cuestionamientos internos? ¿Será que ellos se preguntan si también tienen la obligación de ser claros? ¿O la obligación era solamente mía por no dejar nada sobrentendido? Lorenzo arqueó los labios con una leve sonrisa y dijo: “No tenemos ningún poder sobre la consciencia ajena. Ni debemos tenerla. Cada uno que vigile la suya. Este es el sendero hacia la paz; una manera segura de reconciliarse consigo y con el mundo”.

Le dije a Lorenzo que necesitaba tiempo para pensar en las alternativas que él me acababa de ofrecer. Conversamos sobre otros asuntos. Después seguí hacia el monasterio para proseguir con un período más de estudios. Por increíble sincronicidad, el Viejo, el monje más antiguo de la Orden, realizó una conferencia con una linda interpretación esotérica, sobre el trecho del Sermón de la Montaña, cuando el Maestre enseñó: “Decid solamente ‘sí’ si es sí; ‘no’ si es no”. En las horas libres yo aprovechaba el tiempo para reflexionar sobre las cuestiones conversadas con el artesano. No quise comentarlo con nadie más. Entendía que ya poseía los conocimientos necesarios para decidir con consciencia. Pensé en ignorar a Roberto y a Ana y continuar con mi vida; yo podía desaparecer de la vida de ellos, pero era imposible huir de mí mismo.

De regreso a Brasil invité a Roberto a almorzar. En el restaurante, le dije que asumiría la deuda por la campaña publicitaria y le expliqué mis razones. Para mi sorpresa, él dijo que había pensado mucho sobre el asunto. Roberto ponderó que era su obligación haberme preguntado sobre los costos. Admitió haber sido descuidado. Expuso que los lucros que la empresa había recibido eran suficientes para cubrir los gastos publicitarios y que la campaña, una vez disparada, continuaba generando buenos contratos. Él no solo insistía en pagar, sino también en agradecerme nuevamente. Sellamos nuestra amistad con una botella de vino tinto. Por la noche, cuando busqué a mi novia para pedirle disculpas, la reacción fue diferente. Ella se declaró maltratada y engañada. Intenté que observara los hechos a través de mi óptica y con ello viera que nunca hubo mentira ni mala fe de mi parte. Tal vez apenas una falta de cuidado por no haber sido más claro. De otro lado, le pedí que se cuestionara para ver si no estaba distorsionando los hechos y transfiriendo su responsabilidad por yo no haber atendido a su deseo de casarnos. Le confesé que me gustaría recomenzar la relación, aunque mantenía el propósito de no casarme. Ana se declaró ofendida, dijo que yo era un hombre insensible y me pidió que me marchara. Como vivía cerca, aunque era muy tarde, decidí ir a pie. Anduve por las calles sin prisa para llegar a casa. Necesitaba alinear los sentimientos con la consciencia. Al inicio me sentí triste por la ruptura definitiva de la relación. Poco a poco, la tristeza dio lugar a la alegría al sentirme digno por haber tratado a Ana y a Roberto con la atención con la que me gustaría ser tratado. Enseguida sentí la agradable sensación de libertad al no permitir que quedase en mí cualquier deuda moral. Al llegar a casa estaba en absoluta paz conmigo mismo.

Cuando me acosté aquella noche, la imagen de Lorenzo me vino a la mente. Recordé aquella ocasión, cuando al retirarme del taller me llamó. Me giré hacia el zapatero, sentado detrás del antiguo mostrador de madera, quien guiñó un ojo como expresando que no desperdiciara la lección y finalizó: “Cuando pronuncies una palabra, dila con todas las letras”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Miguel 26 de agosto de 2019 on 18:37

    Que lectura mas interesante, trae consigo enseñanzas muy bonitas.