El trigésimo segundo día de travesía. La sabiduría del desierto

Desperté con los primeros rayos de sol de la mañana acariciando mi rostro. Sonreí por el cariño recibido. Había dormido poco en las noches anteriores; los días habían sido intensos. Me levanté con disposición. Mi alma estaba alegre por las transformaciones que ardían en mí. Podía percibir los cambios anunciándose, pero aún no lograba definir cómo éstos alterarían mi comportamiento y, en consecuencia, mi existencia. Vivimos lo que somos; lo que llego a ser limita o expande el mundo. Esta es la frontera de la vida. La semilla de amor está disponible para todos; hacerla germinar en los campos del alma depende del granjero que cada uno pueda ser. Cuando me transformo cambia la semilla que plantaré en la próxima estación. Aun cuando los frutos sean de luz, difiere la intensidad, la claridad y el alcance. Defino el cambio de las siembras venideras no por deseo, sino por elección; pero ¿cómo diferenciar un deseo de una elección? La elección es un deseo libre y consciente del alma, sin las contaminaciones del miedo, del egoísmo y de sus demás variantes. Es la decisión de querer diferente por ya ser diferente. No basta querer ser bueno, es preciso ser bueno. No hay nada de errado en querer ser bueno, hace parte de los peldaños en la escalera de la iluminación. No obstante, querer ser bueno es apenas un deseo. Ser bueno es una elección.

Yo amaba el desierto; lo percibí en aquella mañana cuando me senté en la arena con una taza de café para rezar, reflexionar y meditar, aunque fuera por pocos minutos. El caravanero entrenaba a su halcón. Hacía días que no acompañaba esa rutina. El ave fluctuaba en círculos sostenida por el aire, mientras yo pensaba en las cosas de la vida. Quería tener la ligereza necesaria para volar sobre las cosas del mundo, pensé. 

“Los pájaros no vuelan por ser libres; vuelan por determinismo biológico como atributo de la especie. No son mejores ni peores que las serpientes que se arrastran por el suelo. El león es el rey de la selva apenas en el imaginario popular. Sin embargo, todo lo que existe puede apenas existir, pero también puede servir de inspiración para la poesía de la vida. El arte puede apenas estar colgado en la pared de un museo; de otro lado, tiene el poder de encender el fuego en el cual el calderón de las transformaciones depura la esencia de la luz, todavía mezclada y oculta por los sabores de las sombras. Los libros pueden acabar devorados por los gorgojos en un estante cualquier o pueden, de otro lado, ofrecer el fuego del conocimiento en el cual el calderón arde. Esto hace que las cosas sean comunes o sagradas”. Dijo la bella mujer de ojos color lapislázuli, al aproximarse por detrás sin que yo lo percibiese. Sin pedir autorización, se sentó a mi lado y prosiguió.

“La metáfora de las alas se destina a aquellos que consiguen sentir la sensación de flotar en el aire, incluso ante la densidad planetaria. Las cosas del mundo no les son obstáculos, sino que funcionan como antorchas que aguardan para arder en luz. El fuego manso del amor, sereno de la sabiduría e incansable de la voluntad. El fuego de la transformación”. 

“Un antiguo científico enseñó que ‘nada se pierde, nada se crea; todo se transforma’. Él no falaba apenas de la química de la materia; también se refería a la magia de la vida. No obstante, su frase más famosa es tan solo el inicio de la lección. Falta enseñar en las escuelas que para modificar algo es necesario pasar por un proceso, sin el cual no se llega a un resultado satisfactorio. Nada surge o sucede por casualidad. Indispensables son los fundamentos y la preparación; enseguida, la experiencia llevada a término. Aprender, transmutar, compartir y seguir rumbo a una nueva jornada son las etapas de un ciclo evolutivo nacido de una elección. No basta el mero deseo de hacer una travesía. La iluminación no será jamás un acto de orgullo, vanidad, miedo, egoísmo, emociones desequilibradas o de fuga del mundo. Estas son motivaciones comunes a los deseos”.

“Nadie se ilumina por frecuentar un templo, ver una película, tomar un té, conversar con un monje, tener un sueño o una intuición. No se confunde la herramienta con la obra. La levedad del ser es una elección por estudio, ejercicio, esfuerzo, persistencia y superación. No basta leer, meditar, rezar y hacer el bien. Es preciso más; es necesario entender, interiorizar, transformarse a sí mismo como una elección equilibrada y consciente; entonces, vivir los cambios del ser”. 

“La elección tiene que estar comprometida con la evolución; tiene la responsabilidad de la transmutación a través de las virtudes que componen la luz. Ser leve es un atributo conquistado por el alma cuando despierta, disponible para las consciencias que alcanzan la plenitud. Las virtudes son el mapa, la brújula y las sandalias; sin embargo, atravesar el desierto es una elección. Todo el resto es deseo”. 

Bromeé diciendo que ella parecía adivinar mis pensamientos. La mujer sonrió y se encogió de hombros como respuesta. Le expuse las ideas que me envolvían aquella mañana. Ella profundizó: “Hacer el bien por temer un viaje al infierno no torna a una persona buena, no es una elección; solo un deseo impulsado por el miedo. Hacer el bien para tener una buena imagen de sí o ante la sociedad, tampoco es virtud, sino vanidad”.

“Ser bueno es compartir los frutos sembrados en los campos del alma, en la simple alegría de ofrecer aquello que se tiene de mejor. Mañana un poco diferente, un poco más. A través de una virtud cualquiera contenida en un gesto espontáneo; un acto de puro amor. Por ser amor, nada se exige a cambio ni se deja contaminar por el orgullo de hacer el bien”. 

“El amor es humilde al entender que apenas existe en sí para ser indisociable del todo. Amar al otro como a sí mismo es entender que el otro es parte de mí; somos piezas únicas de algo en común. Te amo porque me amo por entero. Si me amo sin amarte, el amor que hay en mí aún está incompleto. Todavía falta luz para encender”. La mujer de ojos azules me miró y preguntó: “¿Complicado?”

Respondí que un poco. Quedé a la espera de que ella se explicara mejor, pero no lo hizo. Para mi sorpresa, la mujer se levantó. Antes que ella saliese, indagué si el secreto para la plenitud era compartir lo mejor de mí con el mundo. Ella dijo: “No, eso es la consecuencia natural de un ser pleno. Distribuir los frutos es primordial para que los campos del alma se fertilicen y continúen prósperos. No obstante, es apenas la fase posterior”. Como ella era llena de misterios, me quedé afligido porque se marchó antes de dirimir mis dudas. Yo necesitaba saber cuál era la etapa inicial. Antes que le preguntara, la mujer se detuvo, se volteó y dijo a su manera: “Es preciso constatar el sabor del fruto para sí y, después, el gusto de lo dulce para el mundo”. 

Y concluyó de manera enigmática: “El calderón que depura el alma tiene que ser mantenido en el fuego de la luz. Siempre serás el resultado de ti mismo. A cada estación un ser diferente. Vas al mundo y vuelves al calderón. De ahí, un nuevo ser. Siempre mejor”. Hizo una pausa antes de concluir: “O no podrás caminar en las tierras más elevadas de las elecciones manteniéndote en las planicies de los deseos”, y se fue.

Permanecí un tiempo en reflexión. Eran palabras que me impulsaban a pensar, pero tuve dudas si yo las había entendido en toda su extensión. Arreglé mis cosas y pronto la caravana estaba en marcha. Seguimos sin hacer la usual parada al medio día para un breve descanso y una refección ligera. Era preciso llegar temprano a un lago para abastecernos de agua, donde también acamparíamos para pasar la noche. El día transcurrió tranquilo. Al final de la tarde llegamos al lago.

Había sido un día muy calmado, sin acontecimientos agitados, al contrario de los demás días. Me alejé del murmullo del campamento. Yo necesitaba quietud y soledad. Sentado en la arena, reflexionaba sobre las palabras de la mujer de ojos azules. Si repartir lo mejor de mí era consecuencia de la plenitud, ¿cuál sería el acto generador de ese efecto?

“La pura sabiduría permanece oculta en el tiempo, atrás de las pesadas cortinas cerradas por las sombras”. Era la mujer de ojos color lapislázuli, una vez más sorprendiéndome con su llegada inesperada y repentina. Dije que no había entendido. Ella explicó: “Toda la sabiduría se resume al profundizar en los dos mandamientos primordiales del Libro Antiguo. ‘Ama a Dios sobre todas las cosas. Ama a los otros como a ti mismo’”. Se encogió de hombros y concluyó: “Todo el resto es apenas comentario”.

“Todos los libros escritos desde tiempos inmemoriales son explanaciones, ilaciones y versiones románticas extraídas de esa sabiduría primordial y absoluta, enseñada por los antiguos sabios durante la travesía en el desierto”.

Protesté. Argumenté que aquellas pocas palabras no eran suficientes para iluminar la vida de nadie. Me parecían inalcanzables y subjetivas.Confesé que yo necesitaba explicaciones más claras. Ella sacudió la cabeza y dijo con buen humor: “Aunque atravesaras el desierto mil veces no serías capaz de entender”. Enseguida tuvo paciencia para explicarme: “Otros sabios ya intentaron facilitar ese entendimiento para la humanidad, que insiste en no interesarse. Sócrates fundamentó toda su filosofía en el primer mandamiento, ‘amar a Dios ante todas las cosas’”. Retruqué. La filosofía socrática se basa en la frase esculpida en el portal de piedra de la Isla de Delfos: “Conócete a ti mismo y conocerás la verdad”. 

Nada tiene que ver con la enseñanza bíblica. El filósofo griego resaltaba la importancia del autoconocimiento, insistí. La mujer abrió los brazos y dijo: “¿No percibes que ellos hablaban de lo mismo a través de un discurso diferente, cada cual alineado con su tiempo?” Ante mi mirada atónita, ella prosiguió: “Cuando Sócrates aconseja conocerse a sí mismo, está orientando hacia dos cosas básicas: La primera es ahondar profundamente en el océano de la propia esencia; encontrarse consigo para tener un discurso coherente y consciente con relación a la propia realidad. Aceptar las sombras para tener condiciones de buscar la luz”.

“Revelarse a sí mismo y transformarse en luz son las consecuencias del conocimiento esencial. El individuo descubre que todo el universo está dentro de él. Allí reside todo el poder de transformación. Preguntas en respuestas; sombras en luz; conocimiento en evolución. Toda la verdad, poder o fuerza que alguien necesite está dentro de sí, adormecida, a la espera de ser despertada, lista para iluminarse o mover la vida. La luz se enciende poco a poco, a medida que avanzas en el desierto. El mundo es el mapa de vuelta a casa. Es preciso entenderse a sí mismo para entender al mundo; es preciso amarse a sí mismo para amar al mundo. De la margen al eje. Después, en sentido contrario, de adentro hacia afuera. El ser es el camino que él mismo recorre hacia la luz”. Hizo una pausa y concluyó: “El ser es el sendero del alma; la luz es tu poder y tu destino. Dios te aguarda allí; Él habita en ti”. Me miró con delicadeza y dijo: “Conocerse a sí mismo es la verdadera travesía del desierto. A cada paso un poco más de luz en ti. Cuando estés radiante en luz, la verdad será revelada”.

Yo estaba desconcertado con aquellas palabras. Sin embargo cuestioné si no corría el riesgo de sentirme egoísta, vanidoso, orgulloso y arrogante al descubrir que Dios está en mí. “No. Las virtudes son los pilares del puente que te llevará a la luz; la sustentación es sutil. Ante la posibilidad de la menor sombra, éste crujirá. Para hacer la travesía es necesario la ligereza de las virtudes que impulsan al ser. El puente que lleva hacia la luz no soporta el peso de cualquier densidad. No obstante, para alejar definitivamente ese peligro, lo más importante es colocar en acción los valores del autoconocimiento”. 

Algún tiempo después del filósofo griego, vino el maestro nazareno con el indispensable segundo mandamiento, ‘ama al prójimo como a ti mismo’. Él nos orientó a la autorrealización, al uso de las virtudes como instrumento de la luz. Nos mostró el valor de lo abstracto sobre lo concreto; el poder infinito del amor y la realidad en lo invisible; la luz como antídoto para las sombras. La belleza de transformar el desierto del mundo a través de las flores que germinan en los jardines del alma. Apenas la luz permanece tangible mientras todo lo que es sólido se deshace en el aire”.

“Por la dificultad que tenemos para creer en la posibilidad de vivir el segundo mandamiento, ‘ama al prójimo como a tí mismo’, él nos mostró la importancia y necesidad sobre la verdad: ‘Conoce la verdad y la verdad te libertará’. Con esa imprescindible enseñanza Jesús, el maestro de las virtudes, orienta a usarlas como herramientas de la verdad para abrir las rejas emocionales que aprisionan el alma; como remedio para curar las heridas que sangran en tristezas. Todos los dolores del alma surgen de nuestras relaciones con los otros. Todas, sin excepción. Por tanto, debo estar en paz con el mundo para encontrar paz en mí; para ello, es indispensable el amor. La plenitud ocurre después del gran encuentro: De sí con sí; allí, la luz. En ella, la verdad. La verdad habla de la dignidad, la libertad, la paz, la felicidad que procuramos en el mundo, pero que solo encontraremos dentro de nosotros, desde que haya amor. En la plenitud está la liberación”. 

La mujer de ojos color lapislázuli calló por breves instantes y repitió, para mi sorpresa, el mismo raciocinio que había expuesto por la mañana: “El amor es humilde al entender que apenas existe en sí para ser indisociable del todo. Amar al otro como a sí mismo es entender que el otro es parte de mí; somos piezas únicas de algo en común. Te amo porque me amo por entero. Si me amo sin amarte, el amor que hay en mí aún está incompleto, todavía falta luz para encender”. La mujer me miró profundamente y repitió la pregunta: “¿Complicado?”

Ahora, al contrario de lo que había ocurrido más temprano, todo estaba claro. “Ama a los otros como a ti mismo” y “Conoce la verdad y la verdad te libertará” no son lecciones que se complementan, sino la misma lección que se explica. Conocerme para ser capaz de amarme por entero, sin subterfugios, comprometido con todas las fases del proceso evolutivo. Allí, en el calderón que arde en el fuego de la luz, en la depuración del ser rumbo a la liberación, en etapa esencial, está la fuerza del amor que apenas alcanza todo el poder cuando envuelvo al otro como a mí mismo; el fin de las prisiones sin rejas. La luz absoluta; la liberación plena.

Ella prosiguió mostrándome que las palabras proferidas por la mañana explicaban la enseñanza ofrecida al atardecer: “Encontrar la luz en sí hace surgir las alas; aprender a volar es un atributo del alma. Iluminar al mundo con tu vuelo se volverá un destino inevitable”. 

“‘Amar a Dios sobre todas las cosas; amar a los otros como a sí mismo’. Este es el resumen de la ley dictada hace milenios durante una larga travesía en el desierto”. Hizo una pausa antes de concluir: “‘Conócete a ti mismo y conocerás la verdad’; ‘Conoce la verdad y la verdad te liberará’. Es la relectura de la misma lección”.

“Conocerte a ti mismo para ser pleno; he aquí la verdad en síntesis y el poder en esencia. Ser todo para ser con todos; el sentido, la razón es la fuerza de la luz. Todas las estrellas en sí; el poder del universo manifiesto en tus manos”.

“Todas las lecciones en una. La verdad del desierto”.

Sin decir más palabra, la mujer de ojos de color lapislázuli se levantó y salió. En el desierto, aún en los días en que nada sucede, todo sucede. Los días calmados también son bastante intensos. Vi cuando la mujer subió en lo alto de una duna. Teniendo el desierto como salón, danzó con las estrellas.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares

Discusiones — Una respuesta

  • Scarlet G 27 de noviembre de 2019 on 18:22

    🙏🏾💜👁 Gracias .