El trigésimo tercer día de la travesía. Lo extraño del desierto.

No me desperté bien. Una insatisfacción se hacía presente. En general, despierto bien humorado, sin necesidad de cualquier esfuerzo para sentirme optimista con relación a la vida. Siempre he sido así. No obstante, hay días en que un malestar invade las entrañas y predomina en las sensaciones. No había necesidad de que hubiera sucedido algo en particular para que yo me sintiese así. Era esporádico. Sucedía a veces sin que pudiera identificar su origen. Antes del desayuno, me alejé para mi oración y meditación diaria. Eran pocos pero importantes minutos de esas dos prácticas, las cuales no perdono. La meditación me permite encontrarme y conversar conmigo; el otro que me habita. Conocerme mejor y entender los cambios que me son necesarios. La oración me conecta con mis maestros y guardianes personales del plano invisible, los cuales todos tenemos. Ocurre que en esos días en que me levantaba mal, era común que situaciones de incómodas memorias insistieran en entrometerse en mi mente para intervenir, ya fuera en la oración o en la meditación. Esto me dejaba peor aún, con la sensación de no haber completado una tarea.

En aquella mañana, la falta de concentración me hizo demorar un poco más de lo usual en mis prácticas diarias. El desayuno ya estaba frío cuando llegué a la tienda que servía de refectorio. La caravana levantaba el campamento para partir. La insatisfacción conmigo mismo o con la vida, no sabía exactamente identificarlo, aunque fuera la misma cosa, aumentó. En la fila, quien volvió a emparejar el camello a mi lado fue Abdul, el médico con quien había conversado hacía un par de días. Sonrió e hizo una seña con la cabeza. Lo salude de la misma manera. Seguimos sin pronunciar palabra por algún tiempo. Abdul, con los ojos cerrados, parecía rezar. Me quedé prestando atención al médico musulmán. Cuando abrió los ojos, le pregunté si, a veces, incómodas memorias invadían su mente durante la oración. Abdul lo admitió y explicó: “Son situaciones que ya estamos aptos a lidiar y que deben ser pacificadas en el corazón. Uno de los aspectos de la plenitud es la posibilidad de visitar todo tu pasado sin ningún sufrimiento, tristeza o vergüenza. Cuando una memoria se hace recurrente, abrázala como a un hijo que regresa a casa después de una pelea; haz las paces con ella. Es tu consciencia en expansión lista para superar aquel hecho doloroso. Ilumínalo por siempre dentro de ti”.

Aquellas palabras me tocaron. Permanecí algún tiempo reflexionando sobre ellas. Más adelante, decidí quebrar el silencio y le pregunté qué aspecto de la medicina lo fascinaba más. Él respondió sin pestañear: “La cura”. Mencioné que todos los médicos eran así. Abdul sacudió la cabeza en negativa: “Están los magistrados que aman la profesión, existen aquellos que aman la justicia. Estos están en otro nivel. Están los médicos que adoran la medicina; existen los sanadores”. Hizo una breve pausa y concluyó: “Quiero creer que pertenezco a estos últimos o habré desperdiciado la mejor parte de mi don”. Enseguida volvió a retomar mi pregunta: “En los últimos años me he dedicado al estudio del inconsciente”.

Comenté que no entendía el motivo de tanta fascinación por el inconsciente para quien se dedica a la cura. El médico me alertó: “Es el inconsciente que trae las difíciles memorias que tanto sufrimiento causan. Aprender a usar el inconsciente es fundamental para la integralidad del ser. Sin embargo, por ignorancia y hábito, lo tratamos como si fuera un ático empolvado donde guardamos aquellas cosas que no sabemos qué hacer con ellas en casa. No obstante, el inconsciente es mucho más que esto. Como una parte viva y actuante del ser, siempre se manifestará de acuerdo con el tratamiento que reciba. Enfermizo por el abandono pedirá cura. Si está saludable, será un importante aliado para la expansión de la consciencia”.

Confesé que tenía dificultad para entender. Abdul se esforzó en explicar: “El cerebro es como un iceberg. El consciente es la parte que queda visible, por encima de la línea de agua. No obstante, es la menor parte”. Enseguida, resumió la base de su raciocinio: “Por tanto, al abandonar el inconsciente renunciamos a nuestro potencial absoluto; vivimos menos de lo que somos”.

“En el inconsciente está lo imponderable de nuestras capacidades”, afirmó. Le pedí que profundizara un poco más. Abdul fue generoso: “Abajo de la línea de agua está oculto mucho de lo que somos y no percibimos, pero que no deja de hacer parte de quienes somos. Las frustraciones que negamos; las decepciones que sangran y que fingimos ignorar; las revueltas que reprimimos sin pacificar son situaciones que intentamos aprisionar para que no afloren pues incomodan. Sin embargo, somos un todo. Es una ilusión creer que tenemos un ático en el cual esconder las incomodidades del alma para siempre. Podemos esforzarnos en olvidar esa preciosa parte del ser, mas nunca dejará de manifestarse, aunque furtivamente, en la alteración de una reacción involuntaria cualquiera o en manifestaciones incontrolables de tristeza y agresividad”. Observó el desierto a lo lejos y dijo: “Tenemos más de lo inconsciente en nuestras actitudes de lo que imaginamos”.

“No se puede hablar de expansión de consciencia sin acceder al inconsciente, sin hacer con que se integre de manera equilibrada y armoniosa al consciente. Es fundamental que el inconsciente se manifieste en luz, por encima de la línea de agua. Al final, el inconsciente no guarda apenas problemas; allí también se oculta una poderosa fuente de soluciones. La creatividad es un buen ejemplo. Los artistas le deben agradecimientos sinceros al inconsciente por sus obras”, mencionó.

“Toda expansión es un viaje a lo desconocido. El inconsciente, a medida que sea comprendido, sin prisa ni atropellos, sin miedo ni preconceptos, con simplicidad y equilibrio, nos protegerá e iluminará, ampliando las posibilidades de ser y de vivir”.

“Lo inconsciente es una jornada que va mucho más allá de las fronteras del actual conocimiento científico”. Hizo una pausa y prosiguió con la explicación. “En él traemos los registros akáshicos, donde están guardadas las memorias de existencias ancestrales, facilitando el entendimiento de los karmas, situaciones experienciales relativas al aprendizaje personal”. Lo interrumpí para comentar que aquello no era medicina. Abdul explicó: “Es espiritualidad. La medicina siempre bebió de esta fuente de aguas claras, que está muchos escalones por encima. Como un río cuya naciente está en las montañas, las aguas de la vida usan ese desnivel para moverse rumbo a los mares de la existencia”.

Le pedí que me hablara más sobre el asunto. Abdul lo hizo de buena voluntad: “El consciente trabaja de manera lineal, como si el pensamiento fuese una recta con comienzo, medio y fin. Muy diferente, el inconsciente funciona de modo cuántico. Por esto permite navegar más allá de la memoria de esta existencia, en mares ancestrales, fuera de la realidad aparente, en océanos futuros de imponderables curvaturas que aún no podemos explicar, como las premoniciones que, por ventura, ocurren. Saltos hacia atrás y adelante, a veces, simultáneamente. Sigmund Freud, el neurólogo austríaco, creador del sicoanálisis, en cierta ocasión admitió que ‘el inconsciente es atemporal’”. 

Le declaré a Abdul que sus palabras me encantaban y me llenaban de deseo por saber más. Le pregunté cómo podía acceder al inconsciente: “Meditación, oración o terapia”, respondió. En ese momento vino la orden para que la caravana parara. Era el momento del habitual descanso diario. El médico se disculpó, pues debía ver a algunas personas que no se sentían bien. Prometió que continuaríamos aquella conversación sobre el inconsciente en una próxima ocasión. Tomé la cantimplora y algunas támaras secas; me alejé. Necesitaba pensar en todo aquello. ¿Cuánto de mis días rancios no tenían ligación con el inconsciente que pedía atención? ¿Cuántas de mis reacciones agresivas o las sensaciones de tristezas, ambas aparentemente intempestivas e incontrolables, eran nada más que una parte relegada de mí, por mí, queriendo su justa parcela en mi vida y deseosa por mostrar su valor y utilidad? ¿Las ideas creativas y geniales, además de buenas soluciones surgidas repentinamente, tendrían ahora una asumida coautoría? 

Me encontraba absorto en mis pensamientos, cuando percibí un andariego que se aproximaba solitario, a lo lejos. Parecía venir de ningún lugar en mi dirección. Cuando llegó muy cerca, noté que no traía equipaje, ni siquiera cantimplora, para mi total espanto. Aunque castigadas por el viento y el sol, sus facciones rudas mostraban una cierta belleza; una belleza melancólica. Él me pidió un poco de agua. Extendí la cantimplora en sus manos. Fue un sorbo demorado, como si lo deseara hacía mucho. Le ofrecí un puñado de támaras. Él tomó apenas una. Cerró los ojos al colocarla en la boca. Saboreó la fruta con una satisfacción desconocida para mí. Aquella támara me pareció mucho más que una támara.

Le pregunté quién era. “Nadie”, respondió. Ante mi mirada atónita, complementó: “Pero puedo ser quien tú quieras”. Le dije que era extraño. Él sonrió con timidez, como quien se reconoce ante un elogio involuntario y concordó: “Sí, Extraño es un buen nombre”.

Quise saber a dónde iba. “A ningún lugar; a todos los lugares”, respondió. Se encogió de hombros y acrecentó: “Depende”. Dije no entender a qué se refería. El Extraño se explicó, no menos enigmático: “Depende de para dónde el viento sople”. Enseguida, prosiguió: “Hoy el viento me trajo a ti”. Le pregunté qué quería conmigo. El Extraño apenas volvió a encogerse de hombros.

Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra. Consideré levantarme para juntarme a la caravana. No obstante, algo me mantuvo allí. El Extraño, de alguna manera, me parecía fascinante pero en aquel momento no podía explicar el motivo; aunque algunos sentidos me alertaban del peligro, otros me decían que me quedara. El Extraño señaló un conjunto de dunas no muy distante. Parecían formar entre ellas una especie de corredor o alameda. Me invitó a recorrer lo que él denominó “lo desconocido del desierto”. Confesé mi recelo. El extraño reveló: “Son las entrañas del desierto. No siempre el desierto nos permite conocer su interior. Atravesar el desierto y rehusar esa invitación es despreciar la mejor parte, el todo y el arte”.

El extraño se levantó y me dio la mano. Me dejé conducir. Al inicio eran apenas paredes de arena. Giramos a la izquierda y a la derecha; me sentí como en un laberinto. “Sí, es un exacto laberinto”, dijo el extraño como si leyese mi pensamiento. Volví a admitir que sentía miedo y confesé mi deseo de salir. Él explicó: “Tenemos que proseguir. El miedo de lo que está adelante impide la cura del miedo que quedó atrás. Es una ilusión creer que la salida del laberinto está en los bordes. En verdad, la puerta nos aguarda en el centro”.

La intuición de seguir fue más fuerte que el instinto de huir. Poco a poco, a medida que avanzábamos, las paredes de arena comenzaron a formar imágenes, como si fuesen pantallas gigantescas. Como en un filme fantástico, repleto de efectos especiales, los granos de arena se movían para formar personajes y escenas. Vi a un chico ser duramente reprendido por sacar una nota baja em matemática. Fracaso y vergüenza lo dominaron. Paré; aquella escena no me era desconocida. Me reconocí en el muchacho, en su sufrimiento por sentirse incomprendido ante la dificultad para lidiar con números y fórmulas. En aquel instante hice una obvia conexión con mi aversión a convivir con nuevas tecnologías, como si a cada necesidad de aprender a usar una nueva máquina ardiera en mí una herida que yo ya no recordaba o, extrañamente, pensaba que no existía.

Vi a un adolescente perdido ante la separación de sus padres, desamparado por una familia que no pudo ofrecerle la estructura necesaria para orientarlo ante la vida adulta que se avecinaba, lo que lo dejó inseguro e influenció, sin que aquel joven lo percibiese, todos sus futuras relaciones afectivas. Una inseguridad que dejó secuelas. No se trataba de distribuir culpas, sino de buscar un tratamiento y cura. Percibí algo familiar en aquellas imágenes. El cuarto donde el adolescente lloraba escondido era mi propio cuarto. Sí, yo era el adolescente de la película. Le dije al Extraño que consideraba extraño verme allí, pues no recordaba haber sufrido con la separación de mis padres, una situación bien resuelta en mi cabeza. En respuesta, el Extraño me ofreció una sonrisa repleta de compasión.

Me asusté al ver una escena violenta. Un esclavo, después de haber asesinado a la esposa de su propietario, prendió fuego en las plantaciones de la hacienda. Perseguido y capturado, fue azotado hasta la muerte por el viudo inconsolable. Aunque en cuerpos diferentes, algo en mí me daba la convicción de que se trataba de mí y de mi hermano. ¿Vidas entrelazadas en una existencia en el pasado? ¿Será que eso explicaba la animosidad que nutríamos uno por el otro desde la cuna? ¿Será que era una de las batallas que yo precisaba pacificar a través del amor? Miré al Extraño. Él bajo la mirada como respuesta.

Vi muchas otras imágenes. En cada escena era exigido un tratamiento a sufrimientos que yo negaba, oprimía o recalcaba, que me hacían reaccionar desmedidamente con agresividad o tristeza, dependiendo del momento. Eran situaciones pretéritas que todavía me impedían algunas importantes transformaciones y, en consecuencia, atrasaban mi jornada evolutiva y la conquista de las plenitudes. Recorrer el laberinto era como una terapia de cura y de pacificación del ser. Vi reflejado en los ojos del Extraño la parte más insólita del desierto; la parte de la luz y de la vida no percibidas por mí, en mí. 

Todo aquello me había dejado agotado. Dije que no podía proseguir por aquellos corredores de arena con sus imágenes extrañas y terapéuticas a un solo tiempo. El Extraño apuntó con la quijada una puerta. Sin darme cuenta, había llegado al interior del laberinto. Él dijo: “Atrás de la puerta está la salida. Basta abrir y atravesar”. Con mis últimas fuerzas empujé la puerta, pero estaba cerrada. Busqué la manija en vano. No existía. Atónito, miré al Extraño en busca de una solución. Él, sin pronunciar cualquier sonido, apenas movió los labios: “La clave”. De rodillas, abrió los brazos en desespero, yo no sabía de qué me hablaba; nadie me había dado ninguna clave. Él tan solo me miraba, como si en la luz de sus ojos estuviera la respuesta. El impase demoró un tiempo que no puedo precisar; tuve la sensación de que fue una eternidad. Vi el mundo a la luz de sus ojos; vi tristezas y alegrías; vi la infinitud de la vida, hasta percibir el amor en sus ojos; mucho amor. Sí, el amor es una llave maestra que abre todas las puertas. De repente, “de la nada”, una idea se me ocurrió. Una idea simple y genial. Miré hacia la puerta y pronuncié con todas las letras, y de todo corazón, que yo me perdonaba así como perdonaba a todos los que me habían ofendido.

La puerta se abrió. Desmayé de cansancio.

Cuando abrí los ojos el cielo estaba salpicado de estrellas. A mi alrededor, en el campamento iluminado por luces y antorchas, la caravana se preparaba para dormir. Abdul arrodillado a mi lado, apoyaba mi nuca en sus manos y me ofreció un poco de té. Explicó que era medicinal. Él quiso saber cómo estaba. Respondí que sentía una extraña ligereza. Le pregunté por el Extraño. El médico dijo no saber a quién me refería. Quise saber quién me había sacado de los corredores de arena. Abdul sacudió la cabeza y me explicó que no existían corredores de arena: “En la parada del medio día alguna cosa sucedió y estuviste con fiebre alta hasta entrar en trance. Hiciste el resto del recorrido de hoy en delirio, diciendo frases incoherentes y extrañas”. Miré las estrellas. Pedí disculpas por el trabajo y le agradecí los cuidados. Él dijo que no me preocupara. El médico se mostró sinceramente feliz al verme saludable. Le agradecí también por la conversación que de aquella mañana, pues era de enorme valía en mi vida. Abdul sonrió y se fue.

Solitario, volví a mirar las estrellas. Percibí que alguien se aproximaba. No, no era el Extraño, aunque extrañamente, ahora me parecía íntimo y bienvenido. Era la mujer de ojos color lapislázuli. Ella sonrió al verme bien. Por primera vez acarició mi cabello. Después, con una pequeña arpa tocó una melodía dulce y suave. Le pregunté por el Extraño. Ella explicó: “El Extraño siempre estuvo en ti. No obstante, por distanciamiento, era apenas un extraño. No lo es más. Aprovecha su compañía; es un importante aliado”. Le pregunté si ella se refería a mi inconsciente. Ella sonrió y meneó la cabeza en anuencia. Enseguida, concluyó: “Este fue apenas uno de los diferentes encuentros que cada uno debe tener consigo para que la travesía se complete. Ahora conoces los corredores de arena, sabes dónde está la puerta y cómo se abre. Otros encuentros serán necesarios”. Sonreí en agradecimiento por el entendimiento permitido. Ella finalizó: “Agradécele al desierto por el permiso concedido. Un merecimiento sencillo, pero de inconmensurable valor y poder”.

Volvió a tocar el arpa. Sin percibir, adormecí.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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