El trigésimo quinto día. La anciana del desierto

Me había despertado con buena disposición. Estaba muy temprano. La caravana todavía dormía. Al oeste el cielo revelaba un tono rosado que antecedía al azul. Sin demora las estrellas se retirarían de escena. En verdad, estarían allí, apenas ocultas por la cortina del día. Los sentidos permiten o limitan las percepciones según como lidiemos con ellos. Me senté en la arena en un lugar un poco alejado y permanecí pensando sobre la verdad que está por detrás de nuestros sentidos. El mundo y, por consecuencia, la vida, se conciben según entendemos tanto al mundo como a la vida. ¿Cuántas y qué cortinas debo abrir para encontrar la verdad? ¿Cuánto pierdo de la vida al no percibirla en toda su amplitud y sutileza? Yo estaba envuelto en mis reflexiones cuando fui interrumpido por una anciana. Ella parecía tener una edad avanzada al analizar su piel bastante arrugada. No la reconocí entre los miembros de la caravana. Su expresión no era ni triste ni alegre; apena serena. La anciana me preguntó si podía acompañarla. Imaginé que necesitaba ayuda y sin dudar, me puse a su disposición. Ella me llevó hasta la tienda más distante del campamento. 

Cuando entré vi sobre una mesa baja, típicas de los campamentos del desierto, una torta cubierta con frutas secas. Ella me acomodó en un cómodo cojín y se sentó en otro en frente mío. Me sirvió un pedazo de torta con una taza de café. Una combinación maravillosa. Todo delicioso. La anciana tomó una pequeña arpa y comenzó a tocar una música suave. Todo muy agradable. Cuando acabé, la anciana volvió a colocar otro pedazo en mi plato. Le pedí un poco más de café para acompañar la torta. Ella dijo que el café había acabado. Sugirió que experimentara uno de los tés que ella hacía. Acepté. Ella lo sirvió en una taza de fina porcelana. Mi lengua quedó adormecida después de probar el té. Cuando coloqué un pedazo de torta en la boca percibí que la misma torta, que minutos antes me había encantado, había perdido todo sabor. El té había anestesiado mis papilas gustativas. Pensé que aquel no era un buen té, pues le quitaba sabor a la torta; o tal vez la torta no era tan buena como había imaginado. La anciana continuaba tocando el arpa, pero a un ritmo más acelerado. La música rápida más la torta sin sabor convirtió, de un momento a otro, en desagradable el ambiente. No dije nada, apenas le agradecí por la hospitalidad, me despedí alegando que tenía que arreglar mis cosas y salí.  La anciana no objetó; apenas sonrió.

Cuando pasé entre las tiendas fui interrumpido por una joven y bella mujer. Ella me pidió ayuda para abrir una pequeña caja. Era una tienda confortable, repleta de cojines estampados al estilo árabe y con un agradable perfume de incienso. La mujer estaba sola. La llave parecía trabada. Le pedí un poco de aceite. Ella preguntó si aceite de oliva serviría. Le dije que sí y me pasó un frasco. La llave aceitada giró en la cerradura de la caja sin dificultad. La caja estaba repleta de joyas de oro y piedras preciosas. La mujer se mostró agradecida y dijo que podría escoger algo de la caja. Rehusé. Ella insistió. Ante mi irreductibilidad la mujer escogió un anillo de fina orfebrería, adornado con un precioso rubí, e intentó colocarlo en uno de mis dedos. Volví a rehusarme. Mi resistencia fue quebrada por su bella sonrisa y modo cariñoso con el cual aseguró mi mano. Me sentí en el cielo. En ese instante entró a la tienda un hombre. Él estaba molesto. Los dos discutieron en un idioma que yo no conocía. No fue difícil percibir que el hombre le reclamaba por la caja. La discusión subió de tono. El hombre apuntaba hacia el anillo que la mujer me había dado y gritaba. La anciana, que hacía poco me había servido la torta, entró cuando yo devolvía el anillo, me agarró del brazo y me retiró de la tienda. Me sentí aliviado al salir de aquel lugar que más parecía el infierno.

Caminé hasta la tienda que servía de refectorio. El simple hecho de ya tener café listo me alegró. Llené una taza y lo bebí allí mismo. Tomo mucho café, principalmente cuando despierto. Después de la segunda taza, oí un grupo de hombres conversando sobre el caravanero. Decían que él se casaría tan pronto la caravana llegara al oasis. Sería una gran fiesta, pero solo algunos integrantes de la caravana serían convidados. Todos los del grupo se declararon invitados y decían que providenciarían los regalos sin demora. Yo no había recibido ninguna invitación. Una enorme insatisfacción corroyó mis entrañas. No haber sido invitado al casamiento me entristeció y, lo peor, una mezcla de envidia y celos me invadió. Uno de los hombres resaltó la insistencia del caravanero para que él no faltara a la fiesta; otro contó que también había sido convidado para apadrinar al primogénito cuando naciese. Aquella conversación me hacía mal, pero por algún motivo, no lograba alejarme, como si el veneno que comenzó a correr por mis venas necesitara de más veneno para mantenerme en pie. Emociones insensatas y raciocinios absurdos. Fue en ese momento que la anciana volvió a tomarme del brazo. Con un movimiento suave intentó retirarme de aquel espiral negativo de sensaciones. Me resistí. Ella me miró con firmeza a los ojos. En su mirada había una luz muy fuerte, inversamente proporcional a su cuerpo extenuado. Eran ojos que parecían hablar, insistiendo en que saliera de allí, pero también me decían que no podían obligarme; la elección siempre sería mía. Decidí acompañarla. Sin decir palabra, nos alejamos del campamento. Ella me condujo hasta donde el caravanero realizaba el entrenamiento matinal de su halcón. Le dije que yo no quería estar allí. La presencia de él me incomodaba. En aquel momento, en el desorden de mi corazón, yo lo consideraba arrogante y estúpido. La anciana insistió en que permaneciéramos. Pasados algunos instantes, él nos vio e hizo señal para que nos aproximáramos. Molesto con el caravanero, dudé. Ella me condujo hasta él con la fuerza de su suavidad. La anciana poseía una serenidad encantadora. Ellos se saludaron como viejos conocidos. Ella se despidió, mencioné acompañarla, pero dijo que iría sola. El caravanero arqueó los labios con una leve sonrisa. Mientras observaba al halcón volar en círculos, casi sin mover las alas, sostenido en el aire por la brisa de la mañana en busca de una caza, yo esperaba por la invitación, aunque tarde, para el matrimonio. El caravanero no tocó el asunto.

Yo estaba perdiendo tiempo allí. Le dije que era mejor irme para no atrasarme, pues todavía tenía que arreglar mis cosas antes de partir. El caravanero me preguntó si yo quería aprender sobre el arte de la halconería. Quedé sorprendido, yo sabía que tal enseñanza era un privilegio. No había una escuela en la que alguien pudiera matricularse para conocer ese arte. Los maestros halconeros escogían a sus aprendices; los conocimientos eran transmitidos hacía siglos por tradición oral. En aquel instante, los sentimientos e ideas que tenía sobre el caravanero estaban aún más confusos. De un lado, molesto por no haber sido invitado a su fiesta; de otro, alegre por haber sido invitado para algo tan importante. Aunque sentido, no pude rehusarme ante inconmensurable oferta. Apenas meneé la cabeza en concordancia. Él retiró el grueso guante de cuero que usaba en su brazo izquierdo y lo colocó en el mío. Era el ritual simbólico de iniciación. Con el silbido de un pito, inaudible al oído humano por causa de la alta frecuencia sonora, llamó al halcón de vuelta. Cuando el ave se aproximaba, él me orientó para que mantuviera el brazo, en el cual estaba el guante de cuero, bien levantado para que el pájaro no tuviese cualquier duda con relación al lugar de poso. Sin que me maltratara, sentí la fuerza de las garras firmes del halcón en mi antebrazo. Una sensación agradable. Enseguida me entregó una especie de gorro que tenía como objetivo tapar los ojos del ave. Me pidió que cubriera la cabeza del animal con delicadeza. Él explicó: “Es para que el halcón no se distraiga y pueda concentrarse en tus palabras. Dile que apenas encontrará aquello que puede ver. No obstante, dile también que vemos mejor cuando vemos más allá de los ojos”. Ante mi mirada atónita, agregó: “Por más afinados que sean los ojos de un ave de rapiña”. Enseguida, explicó: “Siempre podemos oír sin cualquier palabra; deleitarnos sin usar el paladar. Es necesario sentir más allá de los sentidos”.

Todo aquello me pareció muy extraño. El primer pensamiento fue cómo encontrar la mejor manera para aconsejar a un halcón sin sentirme ridículo. Enseguida se me ocurrió que tal vez fuese una limitación personal despreciar la inteligencia y el instinto ajeno, aunque se tratara de un animal. Así, procuré las mejores palabras para aconsejar al pájaro. El caravanero me mostró el movimiento que yo tendría que hacer con el brazo como señal para que el ave alzara vuelo. Así sucedió. El halcón voló en círculos durante minutos que me parecieron interminables. Comenté que aquella región del desierto era extremadamente inhóspita, impropia para la vida. No habría caza allí. El caravanero volvió a pitar. El halcón retornó. Levanté el brazo izquierdo con el guante de cuero para que posara. El caravanero colocó el gorro sobre la cabeza del animal. Sin embargo, en vez de pedir que yo hablara, él mismo aproximó la cabeza al halcón y movió los labios como si conversara con el pájaro, no con palabras habladas, sino con el pensamiento. Me pareció raro. Hizo señal para que liberara al animal para un nuevo vuelo. Cuando le retiré el gorro de la cabeza, el halcón giró la cabeza y miró al caravanero por un breve instante como si hubiera comprendido aquello que no fue dicho. El pájaro se dirigió al cielo. Después de planear por algún tiempo, recogió las alas para descender vertiginosamente hasta el suelo. De lejos vimos al ave excavando en la arena del desierto y traer en sus garras una serpiente que, escondida se sentía protegida bajo el piso arenoso y sin vida.

El caravanero dijo que era hora de terminar. Por aquel día había sido suficiente: “Hoy marcharemos hasta más tarde. No habrá entrenamiento vespertino. En caso de querer proseguir nos vemos mañana muy temprano”. Le agradecí y dije que podía contar conmigo al día siguiente. No obstante, algo aún me incomodaba. Antes de salir para arreglar mis cosas, le deseé que fuera feliz en su casamiento. El caravanero sonrió, se encogió de hombros y respondió: “Soy feliz en mi matrimonio. Tengo esposa e hijos; amo a mi familia. No veo la hora de regresar a casa”. Sorprendido, me despedí y salí sin decir nada más. Coloqué todo en la alforja y la acomodé sobre el camello. Busqué a la anciana por toda parte, pues quería alinear a su lado en la marcha. Tenía muchas preguntas para hacerle, pero no tuve éxito. Indagué por ella con varias personas; nadie la había visto.

Aquel día, nadie emparejo su camello conmigo. Seguí solo en compañía de mis pensamientos y sentimientos. Cuando terminamos la marcha la noche se avecinaba. El campamento fue erguido y me alejé un poco mientras esperaba el aviso para la cena. Meditaba sobre la necesidad de percibir más allá de los sentidos; sentir más allá de las emociones; entender más allá de las razones. Sí, existía algo de verdadero y valioso a ser percibido, sentido y entendido para una vida plena que en aquel momento yo dejaba escapar.

“La paz”, oí una dulce voz atrás mío. No era la anciana. La bella mujer de ojos color lapislázuli se aproximó sin que yo me diera cuenta y, más una vez, parecía adivinar lo que sucedía conmigo. Ella se sentó a mi lado y dijo: “Mientras permitamos que la densidad del mundo afecte la sutileza del alma estaremos distantes de la paz. Creer que la paz depende de los hechos de la vida es una tonta ilusión. Cuando estamos rumbo a la madurez, creemos conocer las delicias por el paladar, el perfume por el olfato, la belleza por los ojos, la música por la audición y la textura por el tacto. La vida es más que eso. La verdad está muy distante de los sentidos básicos”.

“La torta deja de tener sabor si estoy resfriada. La música cesa de tocar si me niego a oírla. La belleza se deshace si cierro los ojos o ¿será que continúan existiendo más allá de mis sentidos, de mi capacidad de percibir y comprender todo lo que hay?”.

“Intentar entender la vida solo a través de los sentidos básicos es desperdiciar tu gran y mejor parte. Mis limitaciones no pueden impedir mi caminada. El Camino cambia cuando el andariego se transforma. Cualquiera puede ser más, pero se necesita entrenar para ver la serpiente que se oculta bajo la arena”, dijo en explícita alusión a la experiencia vivida aquella mañana, pero también como clara metáfora. 

Dije que tanto el mundo como la vida son mayores cuando me permito sentimientos y la razón para entenderlos. Así los percibo más allá de los sentidos básicos. Corazón y mente son indispensables para la comprensión de todo y de todos. La mujer de ojos azules concordó apenas en parte: “Sí, pero tenemos que aprender a sentir y a raciocinar sin la arena de las sombras que esconde la paz. Un asunto del cual ya hablamos varias veces durante esta travesía, pero que nos persigue diariamente. Amor u odio no dependen de la información ofrecida, sino de la antena que la capta y del canal que la codifica. Tu opinión y sentimiento sobre el caravanero cambió cuando la mentira y la intriga estimularon la vanidad, el orgullo, los celos y la envidia. Una cortina se cerró y la belleza desapareció”.

“Cuando el corazón y la mente están pacificados por la humildad, compasión, simplicidad, mansedumbre, sinceridad, entre otras virtudes cuya raíz es el amor, todo y todos se vuelven diferentes. Todo queda claro y sereno, todos se vuelven bellos e interesantes aun ante las enormes dificultades inherentes a la vida. Las cortinas se abren”. Hizo una pausa y concluyó: “En suma, precisamos del corazón y de la mente para entender la exacta verdad y la perfecta belleza de la gran escuela. Sin embargo, no basta usarlos. La madurez se hace indispensable. Necesitamos un corazón puro y una mente profunda. Están los que aún están en semilla; existen los que ya se comparten en frutos”.

“Los canales de entendimiento y percepción son muchos; todos tienen su valor. Algunos, entretanto, se muestran extremamente poderosos. Hay aquellos que llegan listos como la audición, la visión, el tacto, el olfato y el paladar, por esto son considerados básicos. Corazón y mente, a través de las emociones y de las razones, son considerados por los eruditos como fundamentales para el entendimiento del mundo y de la vida. No obstante, aunque importantísimos, necesitan de perfeccionamiento. Son sentidos de nivel intermedio debido a la extensión del alcance”.

Si corazón y mente son intermedios, ¿cuáles serían los esenciales? La mujer explicó: “La intuición es la quinta esencia de los sentidos mientras estemos en la tercera dimensión. La intuición, cuando está bien desarrollada, es un canal valioso de comunicación con los planos superiores. Cuando es mal trabajada acaba sirviendo a las esferas turbias de la existencia. A menudo los andariegos inmaduros suelen confundir la intuición con sus deseos y miedos. Para discernir entre unos y otros es necesario amor y sabiduría, a través de mucho conocimiento y ejercicios, para que todas las cortinas se abran. Nada es fácil”.

“Pero no es solo eso. Algunos sentidos son propios del ego, pues hablan mucho sobre supervivencia; otros son permitidos tan solo a través del alma al orientarnos sobre la trascendencia. La intuición es los ojos, la voz, el ritmo, la percepción, el gusto, los sentimientos y la razón de tu alma. Esto es muy importante y poderoso. El alma es tu parte sagrada en el todo universal. Ella te hace un ser cósmico. El alma conoce el origen de la vida. A través de la intuición el alma tiene el poder de llevarte a la dimensión cero, donde todo es cristalino y las plenitudes aguardan. Solo a través de ella podremos llegar a la verdad”.

Permanecimos en silencio por algún tiempo. La mujer dijo que tenía cosas por hacer y se levantó. Le agradecí por la conversación. Mencioné que tenía mucho en qué pensar y que me esforzaría para madurar mi intuición como herramienta evolutiva. La mujer sonrió. Antes de ella salir le pregunté sobre la anciana. La mujer de ojos color lapislázuli explicó: “Ella es una mensajera de la paz. De todas las plenitudes, la paz es la más difícil de conquistar. Parece estar escondida o perdida bajo toda la arena que colocamos sobre ella. Así como la felicidad, el amor, la dignidad y la libertad, la paz está en semilla dentro de cada uno de nosotros. Para encontrarla es preciso percibir más allá de los sentidos, sentir más allá de las emociones, entender más allá de la razón. La semilla de la paz es una semilla sutil, pero poderosa. Perceptible apenas a la sensibilidad del alma”. 

“Como un pequeño y aparentemente frágil y sin vida grano de trigo. Además del envoltorio de la cáscara del grano, para quien aprendió a ver, existe el pan. Para que el grano germine en vida, la cáscara inerte debe romperse. Algunas cáscaras se rompen con el equilibrio de las emociones, otras con la claridad de la razón. También hay envolturas que necesitan de una fuerza mayor para que el pan de la vida se manifieste a través de la paz. La fe da este poder. No se alcanza la fe sin la intuición”. 

“El fruto parece inexistir cuando no vemos más allá de la semilla; el fruto está allí, solo que aún es invisible a las miradas inflexibles e intangible a la percepción superficial. Son los velos que deben ser desvendados; todo fruto un día estuvo oculto detrás de un velo en forma de semilla, no lo dudes”. 

Comenté que me gustaría ver a la anciana de nuevo. La mujer de ojos azules sonrió, sacudió la cabeza como quien dice que yo no entendía y finalizó: “Presta más atención a tu alrededor; la encontrarás todos los días. Ella siempre ha estado a tu lado. Así se disfrazan los ángeles”. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares

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