El trigésimo séptimo día de la travesía. La radio del desierto

Cuando el caravanero llegó con el halcón para el adiestramiento matinal yo ya lo aguardaba. Él arqueó los labios con una leve sonrisa y me saludó con un movimiento de cabeza. Me coloqué el grueso guante de cuero y sentí las garras firmes del ave alrededor de mi brazo izquierdo. En pensamiento, le dije al pájaro que a pesar de los ojos privilegiados que poseía no debía dejarse guiar solo por ellos. Era preciso ver más allá de la visión. Retiré el gorro de la cabeza del animal e hice el movimiento de impulso. El halcón alzó vuelo y pronto alcanzó el cielo. En lo alto, planeó en círculos durante largos minutos. Me sentí aprehensivo por un descenso vertiginoso para capturar una pequeña presa. Miré al caravanero, quien estaba impasible y sereno como un padre en una misa de domingo. Parecía tener todo bajo control. El silencio era casi absoluto; el ruido distante del campamento y el soplo de una suave brisa componían la canción de aquella mañana. Pensé en cómo algunas personas demostraban enorme serenidad ante lo imprevisible de los días. Todo puede suceder; bueno y malo. En aquel rincón del desierto podríamos tener un día tranquilo de travesía, mas siempre existía la posibilidad de lo imponderable. Un asalto por salvajes tribus nómadas que habitan el desierto; un ataque de grandes felinos, como leones y leopardos, también comunes desde siempre en la región; una picada de serpiente o de escorpión, animales que tiene la arena y las piedras como hábitat natural; una devastadora tempestad de arena; una enorme confusión entre los integrantes de la caravana, un motín o una epidemia de rápida diseminación, entre otras posibilidades que en aquel momento no se me ocurrían. Sin embargo, su expresión era como si él estuviese más allá de cualquier mal. Se lo comenté y le pregunté por el motivo de tal serenidad. Sin quitar los ojos del halcón, el caravanero fue monosilábico en su respuesta: “Fe”.

Ponderé que gran parte de la humanidad, a través de las más diversas tradiciones religiosas, cree en un poder superior que rige el universo, pero no por esto logra mantener la calma. Así también sucede con los eruditos, estudiosos de muchas vertientes filosóficas; conocen las letras, pero la ansiedad nacida de la incertidumbre de los días perdura. El recelo que alguna especie de mal pueda avecinarse era causa endémica de pánico, depresión y agresividad. Miedo, pesimismo y desesperación en diferentes escalas, dependiendo del individuo, parecían cada vez más presentes en casi todas las personas. Yo conocía poquísima gente que pudiera mantenerse fuera de esa sensación sombría, independiente de la clase social, nivel cultural o continente. El caravanero, sin retirar los ojos del halcón, solo me oía. Mencioné que, a pesar de haber leído muchos libros de filosofía y metafísica, además de creer en Dios, me incomodaba la mera posibilidad de vivir situaciones desagradables y tristes.  Yo no podía convivir con lo imponderable al punto de sentirme plenamente cómodo con el futuro día. A pesar, agregué, nunca, ni por un único momento, había dejado de creer en Dios. En ese instante el caravanero giró el rostro hacia mí y frunció el ceño. En su mirada no había espanto ni indignación, sino un sentimiento de compasión y paciencia como el que tenemos cuando nuestros hijos dan los primeros pasos o, en la tierna infancia, nos preguntan el significado de todas las cosas que existen en el mundo.

No obstante, no pronunció palabra. Los minutos pasaron hasta que el halcón regresó para posar en el grueso guante de cuero que yo usaba en el brazo izquierdo. Me preocupé, pues había sido un día más que, bajo mi comando, el halcón no había cazado. El caravanero parecía no alterarse con esto. Era hora de retornar al campamento, pues la caravana no tardaría en partir. En silencio, le pasé el pájaro al caravanero. Antes de volver él dijo: “Creencia no significa fe. Son conceptos distintos”.

¿Cómo tener fe puede ser diferente de creer en un poder divino? Me quedé pensando en eso mientras arreglaba mis cosas en la alforja y la colocaba sobre el camello. Alineé para la marcha. En aquel día quien estuvo conmigo fue un habitante del oasis que regresaba de un tratamiento de salud en Marraquech. Pronto comenzamos a conversar. Zayn era un hombre simpático y estaba alegre porque faltaban pocos días para reencontrarse con su esposa e hijos. Dijo que el periodo de internación en el hospital había sido muy difícil, pero que los médicos y enfermeras lo habían cuidado muy bien. Comenté que imaginaba que habrían sido días de mucha ansiedad e incertidumbre. Zayn explicó que nadie está feliz por estar enfermo, pero que no se había sentido triste ni inseguro durante el tratamiento. La fe había mantenido su ánimo en alta. Agregó que esto lo había ayudado mucho para la cura, además de haber hecho más tranquilo el tratamiento. La fe había ayudado a que el tiempo en el hospital fuera más suave. Le conté una breve historia de una persona que dijo haber sido visitada por Dios cuando estuvo internada. Le pregunté si esto le había sucedido. Zayn sacudió la cabeza y explicó: “No fue necesaria ninguna visita. Dios habita en mí. Traigo en mí una parte Suya. Estamos conectados todo el tiempo”. Aquella respuesta me instigó. Quise saber si él temía a la muerte y, en consecuencia, la situación en la cual quedaría su familia. Zayn me ofreció una mirada parecida a la del caravanero más temprano, como si tuviese que decir algo obvio y respondió: “Hago lo mejor que puedo el día de hoy; del mañana Él cuida”.

Lo interrumpí para comentar que aquella frase me incomodaba. Confesé que yo tenía alguna dificultad para aceptar que yo no era el artesano de mi destino. Zayn me corrigió: “No dije eso. Sin duda cada uno moldea su propio destino. La existencia es el barro universal; la Ley de Acción y Reacción es la espátula cósmica. Este es el poder sagrado de las elecciones. Tendré el mañana en exacta dimensión de mis necesidades evolutivas”. Giró el rostro en mi dirección y disparó: “No lo dude, frecuentamos una escuela de excelencia”.

Comenté que las cosas no eran así de simples. Yo ya había presenciado mucha desgracia. Había visto como la vida de algunas personas cambiaba de un momento a otro. Tempestades existenciales terminaban con la alegría de mucha gente conocida. Algunos nunca podían recuperarse. Zayn ponderó: “Nunca es un tiempo que no existe para que el mal perdure”. Enseguida prosiguió: “Entienda que cada uno tiene sus propias lecciones; quien determina el tiempo de duración es el alumno. Aprendió, avanza; no entendió, nuevas explicaciones de la misma lección. Acepte la sabiduría, la justicia y el amor de la vida, aunque no sea capaz de comprender la belleza de aquel momento. Siempre hay una buena razón para todo lo que sucede. No se lamente, aproveche la oportunidad y crezca”. Mencioné que entendía la profundidad de sus palabras, pero que me intrigaba ver a buenas personas pasar por sufrimientos inexplicables e imprevisibles. Zayn, aunque enigmático, fue más a fondo en el raciocinio: “La existencia es tan solo un recorte. La vida es la imagen entera”.

Acto seguido, preguntó si yo tenía hijos. Le dije que era bendecido por tener dos hijas, ya mayores de edad. Él me preguntó si alguna vez las había maltratado. Respondí que jamás se me había ocurrido una idea tan absurda. Yo nunca había maltratado ni siquiera a un desconocido y menos maltratar a las personas que amaba con toda la fuerza del corazón. Zayn dijo: “No tengo la menor duda sobre sus palabras. Sin embargo, usted y yo, a pesar de amar profundamente a nuestros hijos, los educamos según la sabiduría y firmeza necesarias para que crezcan en los senderos de la luz. Negamos deseos insensatos, reprendemos sus errores, aconsejamos dentro de la ética, enseñamos las virtudes, envolvemos con amor. Aun así, hay situaciones de errores y rebeldía por parte de ellos, entonces, debemos ser mucho más firmes para que no se pierdan en las sombras inherentes a la humanidad. Esta firmeza, muchas veces manifestadas en forma de reprensión y de negativas, ¿sería un acto de maldad o de amor? ¿De descuido o de cuidado?” Yo me mantuve callado. Claro que, a pesar del rigor, es un acto de amor. Él prosiguió: “Son situaciones que suceden todos los días en hogares del mundo habitados por padres amorosos, pues es preferible que sean encaminados con afecto de casa a ser moldeados por la aspereza del mundo. ¿Por qué imaginamos que el Padre Mayor, con la infinita capacidad de amar, enorme sabiduría y sentido de justicia, haría menos o peor de lo que hacemos usted y yo? Como todo buen padre, es cuidadoso en enseñar buenos valores y conceptos, Él nos orienta según su imagen y semejanza. A cada día es preciso ser más parecidos. No en el cuerpo, sino en las ideas y en el corazón. Un poco más cerca de Su imagen y semejanza en nuestra alma y en las elecciones de todos los días”.

“Haga lo mejor hoy; mañana un poco más. En lo más, sin demás, nada le será negado”.

Cuestioné si esa línea de raciocinio no inducía a las personas a negociar un futuro promisorio. Zayn sonrió ante mi malicia y lamentó: “Apenas los tontos actúan así”. Miró las arenas sin fin por breves instantes y volvió al tono enigmático: “No se negocia con el desierto”.

Le pedí que se explicara mejor. Zayn fue generoso: “De nada sirve hacer el bien sin ser bueno. Ningún valor tiene la caridad por interés grosero y sin amor. Es la apariencia en detrimento de la esencia. El Paraíso no está disponible en las estanterías de un mercado. El motivo es sencillo: el cielo está dentro. El pasaporte hacia las Tierras Altas es confeccionado por el propio corazón a través de las manos que acuden, de los brazos que abrazan, de los labios que consuelan y que besan”.

Volvió a mirar hacia el desierto y dijo: “El desierto no acepta regateo ni se deja engañar. Aunque me arregle bien, ante el desierto estaré siempre desnudo, no hay duda”. Hizo una pausa y dijo como si hablara consigo mismo: “Todos los reyes están desnudos”. Se volteó hacia mí y manifestó: “Al desierto solo le importa asistir y auxiliar al pequeño grano de trigo para que crezca y se transforme en el pan que alimentará a la humanidad en sus cenas espirituales. Todo el resto no pasa de retórica en vano intento de burlar al desierto. Sin amor no se avanza en la travesía. Sin embargo, el amor, a pesar de ser una virtud común a todos, no es de fácil comprensión con relación a su extensión y poder. Solo la fe permite la percepción de toda la amplitud posible del amor”. Enseguida, concluyó: “Confundimos apego con amor; creencia con fe. Por esto nos sentimos incómodos y desorientados con lo impermanente de los días en el desierto”.

Una vez más la cuestión de la fe diferente de la creencia. Yo tenía muchas preguntas que hacerle a Zayn, pero llegó la orden para la habitual parada para un ligero descanso al mediodía. Zayn se excusó, pues tenía que encontrarse con Abdul, el médico que seguía con la caravana para atender a las personas en el oasis. Abdul lo acompañaba clínicamente durante la travesía. Tomé mi cantil, un puñado nueces y me alejé para pensar sobre la cuestión de la fe. Fue cuando vi al caravanero solitario, agachado y compenetrado sobre un objeto. Me aproximé. Al sentir mi presencia, se volteó y no tuvo cualquier objeción. Llegué más cerca y noté que tenía un radio. Sin que le preguntara, él comentó que como estábamos próximos al oasis era importante hacer contacto por radio. Me explicó que en el oasis funcionaba una estación aficionada de radio que transmitía música, noticias y orientaba a las caravanas que pasaban a lo largo. Percibí que el caravanero enfrentaba dificultad para sintonizar el radio en la frecuencia de la estación del oasis. Él se mantenía sereno y afable. Aproveché para indagar sobre lo que había en la fe y en la creencia, pues yo no lo entendía. El caravanero fue generoso: “Es muy común que las personas confundan los conceptos de creencia con los de la fe. La creencia surge de la percepción sensorial de un mundo invisible que permea e interfiere en el mundo visible. En verdad, se trata de un mismo mundo, con distintas dimensiones, no siempre accesible a la medida de los deseos, y sí de la necesidad y del perfeccionamiento”.

“En este punto la fe comienza a tornarse tangible. La fe surge del conocimiento y del ejercicio de las virtudes, simples y complejas, todas teniendo el amor como raíz y fruto. Como el todo está contenido en la parte, la fe es la virtud que mueve el poder del universo a través de cada persona. Por esto se dice que la fe realiza lo increíble”.

“La creencia es una percepción; la fe, una construcción. La creencia es sensorial; la fe, una virtud. Todas las virtudes reunidas conceden el poder de la luz. La fe, sin duda, aunque banalizada en discursos de religiosidad superficial, es una virtud profunda y no siempre fácil de alcanzar. Antes, el andariego debe sedimentar en sí otras virtudes para que sirvan de pilares para la fe. La fe es el puente a través del cual lo sagrado se manifiesta en ti”. 

Le dije que la explicación era buena, pero que me daba la sensación de que aún faltaba algo por ser comprendido; el sentimiento traducido en palabras sencillas para la plena captación del concepto. Al final, las palabras son cápsulas que traen en sí la claridad y el poder de una idea. 

Fui interrumpido por el chillido del radio que aumentó de volumen. Como si sugiriera que me callara un poco. Reímos. Permanecimos algunos instantes en silencio mientras el caravanero intentaba encontrar las ondas de la estación del oasis. De repente, se volteó y me miró con aquella expresión de quien es asaltado por una idea y dijo: “Somos como un radio. Las pilas son la energía vital que nos animan durante la existencia. La creencia es como prender el radio con la expectativa de oír una canción. Si no sintonizamos una estación transmisora no oiremos ninguna melodía, el radio será apenas ruido. Lo sagrado es la estación transmisora. El amor es el botón de frecuencia o dial. La sintonía entre el radio y la estación se llama fe”. 

“Transmisor y receptor deben estar en conexión pura, libre de interferencias indebidas para una mejor comunicación. Un radio fuera de frecuencia solo hará ruido. En sintonía, trae la música que transforma la vida”.

En este instante, no por casualidad, el ruido cesó y una dulce melodía árabe pudo ser oída a través del radio. El caravanero logró alinear su radio a la estación del oasis. Él arqueó los labios en leve sonrisa y susurró como si contara un secreto: “La fe nos brinda la música que nos hace bailar en la gran sinfonía cósmica”.  Enseguida dijo que me alistara, pues era hora de que la travesía prosiguiera.

Zayn emparejó su camello con el mío. Él dijo que Abdul había verificado su presión arterial y estaba muy bien. Sonreímos. Seguimos un largo tiempo en silencio hasta que le comenté que ya había entendido la sofisticación de la fe a través de la metáfora simple de un radio, un lenguaje accesible a cualquier persona del común. Zayn enfatizó: “Así son el amor y la sabiduría. A través de las cosas simples y cotidianas el desierto nos muestra su sofisticación e importancia”.

No obstante, resalté que, aunque había entendido el concepto de la fe por medio de la figura del radio, algo aún quedaba incomprendido en mí. En la práctica, ¿cómo usar la fe para sintonizarme con las ondas cósmicas? Zayn se valió de la misma metáfora para terminar la lección: “Encender el radio es el paso inicial, pero esto no basta; hay que sintonizar el radio para oír la música. La estación lanza la melodía al aire para todos, pero apenas una antena receptiva podrá captar las ondas de la estación y, en consecuencia, la música. Esta antena se llama corazón. Para oír la canción de las estrellas debo despertar el amor en mí”. 

Hizo una pausa y continuó: “Debo activar la belleza en mí. Esta es la frecuencia sin la cual no podré sintonizar la belleza que existe en todos y en el universo. La belleza a la que me refiero es aquella plena en pureza y en amor; esta es la canción de las estrellas, la música de la vida. Si no oigo esa melodía mi existencia se agotará día tras día, de manera triste y asustada. La música de la vida trae consigo la poesía que disuelve los miedos y nos alegra, así como la serenidad ante lo impermanente e inherente a lo cotidiano. Sin fe no se oye ninguna melodía en la radio del desierto; entretanto, con ella, tengo todo el poder y la fuera del desierto en mí. No temo a la oscuridad, soy la luz”.

No se dijeron más palabras hasta finalizar la marcha de aquel día. No quise cenar. Tomé la bolsa de dormir y fui a dormir solo, distante del campamento. Me acosté mirando las estrellas, pensando en cuántas posibilidades de sintonía me eran posibles para oír sus canciones. Adormecí con una increíble sensación de fuerza y poder. Una convicción imperturbable.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • María Sol 19 de abril de 2020 on 03:49

    Gracias 🙏🏼