El trigésimo octavo día de la travesía. El motín

Como todo aprendiz dedicado, yo aguardaba al caravanero cuando llegó con el halcón para el entrenamiento matinal. Estaba muy temprano, el campamento despertaba. Haber sido convidado para aprender el arte de la halconería me animaba mucho. Sin embargo, era preciso honrar la invitación; en dos días bajo mi comando el halcón no había vuelto con presa. Esto me preocupaba. Vestí el grueso guante de cuero, regalo del caravanero, y recibí el pájaro. Sentí la fuerza de sus garras de rapiña en mi brazo izquierdo. Percibí cuán difícil sería para un animal de pequeño porte escapar de aquel predador. Conforme el caravanero me había enseñado, y demostrado, me aproximé al ave para transmitirle en pensamiento las orientaciones para la caza de aquel día. Sin decir palabra, le dije que viera más allá de los ojos para que pudiese encontrar las presas escondidas en las apariencias del desierto. Retiré el gorro que cubría su cabeza; el ave mantuvo fija la mirada hacia adelante. Enseguida, la impulsé con el brazo. El halcón ganó el cielo. Planeó en círculos por largos minutos; momentos de mucha ansiedad para mí y de absoluta serenidad para el caravanero. Cuando retornó a mi brazo, una vez más, no traía ninguna presa. Aguardé algún comentario del caravanero, pero no dijo nada al respecto. Apenas mencionó retornar al campamento, pues era hora de arreglar las cosas para proseguir con un día más de travesía. Comenté que estaba decepcionado ya que el halcón no había tenido éxito para cazar bajo mi comando. El caravanero respondió: “Estás preocupado con la gloria del cazador, en consecuencia, con la tuya. Esta es la razón por la cual el halcón no encuentra nada”. Hizo una pausa antes de explicar, a su estilo, de modo enigmático: “Olvídate de la caza y concéntrate en vivir el mecanismo de la búsqueda, entonces toda se revelará. El trofeo no es la presa, sino el perfecto vuelo”.

Andábamos lado a lado, muy cerca del campamento, iba a decir que no veía a la mujer de ojos color lapislázuli hacía dos días, cuando notamos una enorme confusión. Liderados por Omar y Jamil, un pequeño grupo formado por algunos encargados amotinados mantenía en la mira de armas a los otros encargados, así como a los demás viajeros de la caravana, amenazando con matar a quien los desobedeciera. Omar y Jamil tenían personalidades distintas. Mientras Omar era callado y mal humorado, Jamil era conversador y popular. Omar nos apuntó con el rifle al aproximarnos. Fue Jamil quien profirió la amenaza verbal. Dijo que si reaccionábamos habría una tragedia. Agregó que estaban insatisfechos con el comando del caravanero, por la división de los lucros provenientes de la caravana. El caravanero, sin demostrar algún resquicio de nerviosismo y sin prisa, me entregó el halcón. Con voz clara, mansa y sin miedo manifestó: “Todas las condiciones fueron expuestas antes de que la caravana partiera. Les ofrecí lo que considero justo. Nadie fue obligado a aceptar o a venir. Quien estuvo de acuerdo debe honrar el compromiso o puede prescindir del trabajo con la caravana. Puede regresar, proseguir hacia al oasis, no como encargado, sino en condición de viajero o partir a donde desee”. Hizo una breve pausa para continuar: “Nadie necesita hacer aquello con lo que no concuerda; solo no puede, mediante la violencia, obligar a los otros a hacer lo que no quieren o sustraer sus pertenencias”.

Jamil dijo que los encargados se sentían explotados y maltratados. Aquella era la revolución de los oprimidos, arengó. El caravanero ponderó: “Las condiciones del desierto son muy inhóspitas; la travesía puede frustrarse con cualquier error. Cabe a mí mantener el orden y la armonía en la caravana. Estamos a tres días de llegar al oasis. Ahí encontraremos un tribunal con magistrados regidos por las leyes del desierto. Los insatisfechos pueden proponer las reparaciones que consideren debidas. No obstante, yo los alerto, pues por las leyes del desierto todo caravanero tiene derecho absoluto sobre la caravana; las dificultades encontradas en el desierto exigen firmeza bajo el riesgo de que la travesía no se complete. En contrapartida, todo caravanero tiene el compromiso de ofrecer la propia vida para llevarla con seguridad hasta su destino. Así son las leyes del desierto. Todos aquí fueron avisados de las reglas antes de que la caravana partiera”. Miró a los ojos a cada rebelde y concluyó: “Esto no es una insurrección. En realidad, no pasa de coacción y robo vulgar”.

El caravanero les avisó que el tribunal del desierto sería implacable al llegar al oasis. Les concedería el perdón si desistían espontáneamente del crimen que estaban cometiendo.  El circunspecto Omar, que se mantuvo callado, tomó la delantera para decir que era demasiado tarde para arrepentimientos. Agregó que no eran ingenuos al punto de dirigirse al oasis, donde sabían que encontrarían miradas de censura. Cambiarían el rumbo en dirección a una aldea tuareg a menos de un día de marcha. El líder de los aldeanos los aguardaba. Ahí sí, todos serían juzgados. El caravanero arqueó los labios con una leve sonrisa, como si ya se esperara la malicia de Omar y dijo: “Un juicio, para tener la dignidad de denominarse así, presupone un análisis honesto de los hechos, una defensa amplia en posibilidades y una decisión sin compromiso de cualquier interés ajeno a la verdadera justicia. De lo contrario, en esa aldea encontraremos solamente la división del botín y la retórica tortuosa para justificar los lucros del pillaje”.

El caravanero no opuso resistencia cuando sus manos fueron amarradas. Omar intentó seguir en el caballo blanco del caravanero, pero el animal, aparentemente dócil, no permitió que otro lo montara. Vigilado de cerca por el mal humorado Omar, el caravanero siguió a pie, al lado del caballo y de los demás encargados leales a él. Jamil les garantizó a todos que, si no daban problemas, serían liberados después del juicio en la aldea. Nada dijo sobre el destino de sus bienes y pertenencias. Los encargados rebeldes siguieron al lado de la caravana con sus armas apuntadas de modo amenazador hacia los demás viajeros que montaban sus camellos. Solicité ir al lado del caravanero, aunque Jamil dijo que no era necesario. Insistí. Ellos rieron, pero lo permitieron. Seguí a pie, aunque con las manos desamarradas. Según ellos, yo no ofrecía peligro. El caravanero me sonrió con los ojos. En su expresión no había un único trazo de odio, apenas serenidad y atención. Pasado algún tiempo, le comenté que me sorprendía su tranquilidad. El caravanero dijo: “No tengo control sobre las tempestades del mundo, pero tengo total dominio para que ellas no alcancen mi corazón”. Hizo una pausa y agregó: “Es más, el momento envuelve mucho peligro y atención. Necesito tener la mente clara para tomar decisiones exactas en tiempo y contenido, sin las interferencias sombrías de un corazón ahogado en odio”. 

Así como casi todos en la caravana, yo tenía miedo. Percibía miedo hasta en los hombres insurgentes y armados. Le pregunté al caravanero si no sentía algo de miedo. Él respondió con sincera humildad: “El momento del miedo pasó. Es hora de tener coraje, esperanza y fe”.

Él tenía razón. Para eso sirven las virtudes. Cualquier aprendizaje solo tiene sentido si es aplicado a las situaciones de lo cotidiano; el conocimiento precisa de práctica para transformarse en sabiduría. Estamos condicionados a sentir miedo ante las dificultades que se presentan. Sin embargo, el miedo, por tratarse de una sombra, es un fator que oculta las virtudes de las buenas ideas y mejores elecciones. El miedo ofusca la manifestación de la luz. Ante esto, me esforcé por dominar mis emociones. Poco a poco me calmé, comencé a raciocinar mejor y la percepción se mostró más agudizada. Fue cuando me di cuenta de que no había visto a la bella mujer de ojos color lapislázuli. La busqué con la mirada por toda parte sin la menor señal de ella. Le pregunté al caravanero si la había visto. Él apenas sacudió la cabeza en negativa. Por una fracción de segundos, me pareció verla montada en su vigoroso caballo negro, Viento, observando la caravana en lo alto de una duna distante. Forcé los ojos; no había nada. Consideré que no había pasado de una visión típica del desierto.

Proseguimos durante algunas horas. La habitual parada al mediodía fue desautorizada por Omar, aunque Jamil lo deseaba. El insurgente malhumorado insistió en apurar la llegada a la aldea. Hubo una breve discusión; el deseo de Omar por seguir parecía prevalecer, cuando el caravanero se entrometió para decir que era necesario parar. Ponderó que en la caravana había personas mayores y otras que no estaban bien de salud. La parada sería importante. Omar argumentó que durante varios días la caravana había proseguido sin descanso. El caravanero, con hablar pausado y tranquilo, explicó que aquel no era un día común. La tensión corroe la resistencia física, explicó. Omar volvió a negarse. El caravanero dijo que no daría un paso más y se sentó en la arena, ante el espanto general. Era un gesto de rebeldía dentro de la insurrección.

Omar apuntó el arma en la cabeza del caravanero. Lo amenazó de muerte si no se levantaba de inmediato. El caravanero apenas lo miró profundamente a los ojos. No dijo palabra ni se levantó. En ese instante, tomado por una extraña calma, proveniente de una convicción profunda desde lo más íntimo de mi alma, también me senté. Enseguida los encargados leales al caravanero también se sentaron, aunque las amenazas se elevaban de tono. Uno a uno, todos los demás viajeros se acomodaron en las arenas del desierto. De pie solo estaban los insurgentes frente aquellos que se sublevaban ante la insurrección inicial.

Jamil amenazó con matar a todos si continuaban desobedeciendo. Estaba visiblemente descontrolado. Nadie se manifestó. Jamil estaba frente a un impase. Para hacer valer su autoridad debía tomar una actitud que demostrara, de forma inequívoca, su poder. No obstante, asesinar a toda la caravana en medio del desierto sería una actitud tan extrema que, en verdad, mostraría su debilidad e incapacidad para lidiar con la situación. Jamil sabía que quedaría mal ante la aldea de tuaregs de la cual dependían como apoyo. Liderazgo y autoridad son conceptos distintos. El liderazgo brota del buen ejemplo; la autoridad surge debido a la ley o a la fuerza bruta. El caravanero era un líder por causa de las leyes del desierto, pero también por la admiración que sus actitudes generaban ante la caravana; Omar y Jamil no pasaban de personas autoritarias que se imponían ante el pavor que provocaban. Sin embargo, la violencia, regla de la exacerbación, demuestra siempre descontrol, miedo e ignorancia. Con la resiliencia según la ética personal, todos, sin excepción, tienen un código de conducta con el cual establecen límite al mal. Con los tuaregs no era diferente; difícilmente concordarían con un exterminio insensato involucrando personas comunes e indefensas. El desierto era suelo sagrado para ese pueblo. No obstante, ante cualquier desatino, el riesgo que corríamos era enorme y todos estaban consientes de eso. Algunos percibían algo más; sabían que estaban en la frontera entre la tragedia y la redención.

Se hizo silencio, al mismo tiempo abismal y celestial; de sepulcro y de vida en flor. Instantes que parecían demorar una eternidad. Los próximos movimientos definirían las sombras o la luz de aquel día.

Fue cuando Kalil, el buen hombre del té, una persona sabia con quien había aprendido mucho sobre el alma del mundo, además del valor de la simplicidad y de la humildad, se levantó, diciendo que colocaría algunas hiervas en infusión y preguntó si alguien deseaba un té. Ante la tensión y lo inusitado, todos rieron. Menos Jamil y, principalmente, Omar. Éste, irritado, agarró al hombre por el brazo, colocó el arma en su cabeza y lo amenazó diciendo que lo mataría si todos no se levantaban de inmediato y reiniciaban la marcha. Agregó que mataría a uno por uno hasta que fuese obedecido. Nadie se levantó, excepto el caravanero. No para obedecer la orden de Omar, sino para advertir: “Cortar la cabeza es el modo más eficaz para matar a un animal; mátame y tendrás todo el cuerpo de la caravana a disposición”.

Omar quedó atónito. No estaba programado para aquellas reacciones. En su cabeza el guion de aquel día debía narrar una historia muy diferente, una narración en la cual el horror impondría la sumisión. Todo parecía fuera de control. Más por instinto que por raciocinio, Omar empujó al hombre del té al suelo, apuntando el arma hacia el caravanero y lo mandó a que se aproximara. Este, en respuesta, fue monosilábico y desafiante: “No”. Él no haría ningún movimiento para facilitar el trabajo del verdugo; era osadía, coraje y fe, jamás un suicidio.

Un tiro.

El ruido me hizo cerrar los ojos. Oí algunos gritos de susto y pavor. Cuando reabrí los ojos me sorprendí con la expresión de sorpresa en el rostro de Omar. Me volteé siguiendo su mirada asustada. Entonces entendí. El tiro no había salido del arma de Omar ni de nadie de la caravana. Había sido un tiro al aire, disparado por el líder de los tuaregs desde la cima de una duna, no muy distante. Rodeado por su bando, se aproximó. 

Como lo inesperado no se cansaba de hacerse presente aquel día, cabalgando altiva con su vigoroso caballo negro entre el bando, estaba ella. Sí, la bella mujer de ojos color lapislázuli. Omar y Jamil se mostraron serviles ante Alí, el jefe tuareg. Jamil, prontamente, ofreció su versión de los hechos. Dijo que el caravanero era un hombre sin piedad e injusto; insensible y que explotaba a todos los de la caravana, cobrando valores abusivos por la travesía. Como si no bastase, extorsionaba a los encargados, remunerándolos con un salario miserable. Alí era un hombre de pocas palabras, pero la situación parecía inspiradora, así que dijo: “Esa fue la historia que Omar me contó cuando, hace meses, me buscó pidiendo apoyo para interceptar la caravana. No obstante, no es esto lo que veo. Tampoco esta es la historia que esta mujer me contó” y apuntó hacia la mujer de ojos azules. El jefe tuareg prosiguió: “Omar tampoco mencionó que el caravanero en cuestión era éste”. Con la quijada apuntó hacia el hombre sereno que estaba de pie a mi lado y con las manos amarradas. Alí continuó: “Lo conozco. Este caravanero es unhombre de ley, que sigue las leyes del desierto. Leyes a las que el pueblo tuareg también está sujeto, así como todo ser vivo que habita o atraviesa estas arenas desde tiempos inmemoriales”.

“Somos salvajes porque no nos sometemos a nadie, salvo a las leyes del desierto. Las leyes permiten justicia, jamás robo. Habitamos el desierto desde que el mundo tiene vida. Cobramos impuestos a aquellos que atraviesan nuestros dominios sagrados, pero no somos ladrones. Somos firmes con aquellos que creen que no necesitan autorización y respeto para atravesar el desierto. También aplicamos la justicia según los lineamientos de la ley y de nuestra consciencia. Sin embargo, somos dulces con aquellos que merecen la miel de la vida”. Miró al caravanero y quiso saber si era verdadera la historia contada por Jamil y Omar. El caravanero dio una respuesta monosilábica: “No”. Inesperadamente, agregó: “No obstante, para todo hecho existe como mínimo dos versiones”. Hizo una pausa de propósito para adicionar: “Además de la verdad”. Se encogió de hombros y concluyó: “Siéntase cómodo para decidir”.

El jefe tuareg sonrió ante la honestidad que rayaba en el atrevimiento. Yo había aprendido durante aquella travesía que la verdad siempre protege; el alma del mundo ama la verdad. Alí se apeó del camello, se aproximó al caravanero, sacó un puñal de la cinta de su túnica y cortó las cuerdas que amarraban sus manos. Hubo un intercambio de miradas significativa entre los dos. Dijo que a partir de aquel punto vigilaría la caravana hasta el oasis. Acrecentó que estábamos en territorio tuareg y que nuestra seguridad estaba garantizada. Enseguida, le preguntó al caravanero qué haría con los rebeldes. El caravanero no dudó: “Ellos permanecerán. Serán juzgados por su pueblo de acuerdo con las leyes del desierto. Que sea una sentencia de carácter educativo permeada de justicia; ninguna venganza es deseada ni acogida por el desierto”.

Sin demora la caravana retomó la travesía. Sobre mi camello, en medio de la gran fila, vi bien adelante a la mujer de ojos azules cabalgando al lado del caravanero. Hubo un gran murmullo durante la marcha de aquel día. Todos conversaban sobre la aventura y las emociones sentidas. Lentamente fui dejando que otros me adelantaran. Quise permanecer al final de la fila, solitario, para dar lugar a los sentimientos y concatenar las ideas de todo lo que me fue permitido vivir. Todos los días un maestro nos aguarda con una nueva lección. Poco a poco el maestro de aquel día se hacía visible y la lección era inteligible.

Consideré varias hipótesis e hice muchas reflexiones. Tal vez el caravanero había percibido el movimiento insurgente antes de eclosionar. Esto explicaría la desaparición de la mujer de ojos azules que partió en busca de apoyo con los tuaregs, haciéndolos entender la justicia de los hechos. Pensé también en el comportamiento del caravanero; en el riesgo que se permitió correr al límite de las consecuencias entre el mal y el bien. Intentaba entender cómo él se mantuvo con inabarcable serenidad, aún ante la posibilidad de que lo peor aconteciera; como si nada ni nadie pudiesen alcanzar su alma. 

Pensé por muchas horas hasta aclarar el raciocinio. El riesgo es inherente a la vida. Todo podría haber salido mal, lo que hubiera sido una tragedia. De otro lado, los acontecimientos se desarrollaron de manera favorable. Como el caravanero se movía en pro de la luz, tenía la protección del desierto. Esto es una ley. Aun así ¿algo podría haberse mostrado desastroso aquel día? Sin duda, pero solo en apariencia. Las manifestaciones de amor, sabiduría y justicia del desierto no siempre son de fácil entendimiento; pero ¿cómo mantenerse firme y sereno ante un final indeseado? La respuesta era de una simplicidad absurda: La tristeza tiene su raíz en las frustraciones y decepciones. Esto solamente sucede cuando vivimos en busca de las recompensas de la existencia. El caravanero no buscaba premios; apenas se empeñaba en hacer lo correcto, tornándolo pleno; libre, digno y en paz. De ahí brota todo el amor y felicidad y nada falta., pero ¿qué es lo correcto?

Es dar lo mejor a cada día, con ligereza y alegría, a medida de su consciencia, según las virtudes ya iluminadas en sí. La consciencia es la percepción que cada uno tiene de sí y del desierto. Así, cada cual a su paso hace la travesía rumbo a la luz; así se llega al oasis. Allí, a la verdad. Este es todo el poder.    

Al final de tarde la caravana paró para acampar y pernoctar. Vi cuando el caravanero pasó con el halcón para el entrenamiento vespertino. Fui atrás. Como si me esperara, sin decir palabra, me pasó el ave. Posado sobre el grueso guante de cuero que yo usaba en el brazo izquierdo, me aproximé al pájaro para decirle, en pensamiento, que era preciso que viera más allá de los ojos para encontrar todo aquello que estaba oculto a la apariencia. Independiente de capturar una presa, le sugerí al halcón que subiera lo más alto que sus alas soportaran, le pedí un vuelo perfecto; con ligereza, por la simple alegría de sentir el viento del desierto impulsándolo y manteniendo su cuerpo en el aire.

Retiré el gorro de la cabeza del ave. El halcón se volteó hacia mí por una fracción de segundos como si hubiese entendido cada palabra que no pronuncié. Con el movimiento de mi brazo el pájaro se lanzó a las alturas. Planeó por el azul del cielo por un buen tiempo, como si nada más importara, salvo volar por la precisión de volar. Volar es preciso; vivir no es preciso. En aquel instante fue imposible no recordar el famoso poema del alquimista lisboeta. 

Inesperadamente el halcón recogió sus alas para un descenso vertiginoso al suelo, trayendo en sus vigorosas garras un pequeño roedor. El caravanero me miró y arqueó los labios en leve sonrisa. En silencio, meneé la cabeza en agradecimiento por aquella inestimable lección.

Adormecí acostado en la arena, distante del campamento, mirando las estrellas y a la espera de la bella mujer de ojos color lapislázuli. Tanta cosa para conversar, mas ella no apareció.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • José Quero 1 de mayo de 2020 on 00:06

    Gracia. Sra Maria