El último día de la travesía. El encuentro

La expectativa era enorme. La caravana entró al oasis alrededor del mediodía después de cuarenta días de travesía. Era el mayor oasis del desierto. Era lindo, diferente a todo lo que yo imaginaba. Era una pequeña, próspera e improbable ciudad perdida en un mar de arena sin fin. Entre palmeras datileras, albaricoques y durazneros había un enorme lago de agua dulce en el centro. Varios pozos de agua potable estaban distribuidos por todo el perímetro y eran de libre acceso. Con un suelo fértil en función del agua, una sustentable agricultura de granos y legumbres, entre garbanzo y zanahoria, la población se abastecía. Una brisa constante y suave, además de las sombras abundantes proporcionadas por la cantidad de árboles, amenizaba la temperatura y la hacía muy agradable. Una vegetación rastrera cubría gran parte del oasis, dando una bonita tonalidad de verde que contrastaba con el azul del cielo y el amarillo típico de la arena. Las casas poseían grandes ventanas para aprovechar la ventilación y en casi todas funcionaban algunos talleres artesanales o tiendas. En el primer paseo de reconocimiento que hice, identifiqué con facilidad pequeñas tiendas de abarrotes, de tapetes, de confección, de cuero e inclusive una escuela. Las personas eran simpáticas y tranquilas; vivían en armonía con el desierto. 

Como no había acomodación para todos, la caravana acampó en la periferia del oasis, en un lugar con pozos de agua disponibles y muchos árboles. Sin demora, intenté localizar al derviche con quien pretendía conversar y aprender de su afamada sabiduría. No obstante, para mi sorpresa, los habitantes eran vagos en sus respuestas. Cuando les preguntaba dónde podía encontrarlo, respondían que “en todo lugar o en ningún lugar”. La exacta localización de la casa del sabio también era un enigma. “Donde el viento destruye las viejas formas”, “donde el sol se cruza con la noche” eran las respuestas más comunes que recibía. En la búsqueda por el derviche, entré a un almacén para obtener alguna información. Era un lugar que vendía todo tipo de cosas, la mayoría usadas, negociadas por los viajeros de las caravanas que tenía aquel oasis como punto importante en sus rutas de comercio. Las paredes estaban cubiertas por enormes estantes que contenían tanto objetos comunes y útiles como lentes de sol, pero también los más raros que se alcance a imaginar; no lo podía creer cuando me deparé con un escafandro expuesto en uno de los anaqueles. Un pequeño grupo de peregrinos, que como yo había llegado con la caravana, estaba sentado en la única mesa del lugar. Era una mesa larga y colectiva. Allí también se servía té, así que fui invitado a sentarme con ellos. Los comentarios en la mesa versaban sobre la dificultad en localizar al derviche. Estaban desanimados, convencidos de que el sabio no existía; todo no pasa de una leyenda muy bien alimentada por los habitantes del oasis con la intención de fomentar el turismo local, decían.

Algunos muy irritados se declararon engañados. Recordaron que el caravanero les había alertado que la caravana no garantizaba el encuentro con el derviche, así que lo acusaron de participar y lucrar con aquello que consideraban un ardid. Otros ponderaron, no sin razón, que la travesía era el gran sabio. Cada cual había aprendido y se había transformado según sus posibilidades; todos retornarían a sus ciudades de origen con las transmutaciones que habían alcanzado, por lo que debíamos sentirnos satisfechos con esa conquista personal y ahora cabía aplicarlas a lo cotidiano. 

Yo apenas oía mientras bebía el sabroso té servido por el propietario. Era un hombre que combinaba con la imagen peculiar del almacén y así como todo en aquel lugar, era atípico. De edad avanzada, usaba un turbante en la cabeza parecido al de los tuaregs. Tenía uno de los ojos tapado y en el otro, llevaba un lente. Ajeno a los comentarios, parecía no oír las acusaciones que partían de la mesa. Poco a poco, uno a uno, los peregrinos fueron saliendo. Algunos regresaron al campamento y otros fueron a pasear y conocer mejor el oasis. Me quedé solo. Pedí otra taza de té. Comencé a prestar atención a aquel lugar. Percibí que uno de los estantes estaba repleto de libros usados en varios idiomas. Apasionado por libros, comencé a buscar en las repisas títulos interesantes y encontré varios. Uno en especial me llamó la atención, El libro de arena, del alquimista argentino Jorge Luis Borges. Lo había leído en la adolescencia y recuerdo que uno de los cuentos, titulado El otro,me había impresionado mucho. Mi ejemplar se había perdido después de varias mudanzas de casas y algunos matrimonios. Por la portada percibí que eran de una misma edición. Retiré el libro en mal estado del estante y cuando comencé a hojearlo me asusté. Encontré la dedicatoria escrita por una antigua enamorada quien me lo había dado en una Navidad, muchas décadas atrás. Una sensación indescriptible me recorrió las entrañas ante la imponderable situación de que un libro desaparecido, hacía casi cuarenta años en Rio de Janeiro, retornara a mis manos en una extraña tienda en un oasis, en medio del desierto. Sin dudarlo, llevaría el libro como un increíble recuerdo de aquel fantástico viaje. Le pregunté al dueño cuánto costaba. “Un libro”, respondió. Dije no haber entendido. El anciano aclaró: “Cualquier libro del estante cuesta otro libro. Los libros no tienen precio en dinero. Lleva uno y deja otro para quien llegue después. Así el conocimiento circula. Este es su único y verdadero valor”.

Le expliqué: “Vine con la caravana. Fue una travesía difícil desde el inicio. Para ser aceptado tuve que aprender y comenzar a ejercitar el desapego como rutina de simplicidad desde el primer día. Tenía algunos libros en mi equipaje y sin negarles su fundamental importancia, me deshice de ellos pues, aunque son fuentes indispensables de conocimiento, para esta travesía específica eran dispensables. No sobraría tiempo para la lectura”, aclaré. Abrí la billetera y saqué un billete para comprar unos diez ejemplares nuevos en cualquier librería, no sin antes tener el cuidado de pedir que no tomase tal gesto como ofensa. Humilde, el anciano dijo que comprendía mi deseo, así como mis argumentos, se encogió de hombros como quien lamenta la situación por no poder ayudar y volvió a explicar cómo quien dice lo obvio: “Un libro cuesta un libro; ni más ni menos”. Insistí narrándole la increíble trayectoria de aquel ejemplar que en un día distante me perteneció. Sin decir palabra, apenas me miró con bondad y paciencia como si estuviera ante un niño terco. Resignado, guardé el dinero y lo coloqué en el escaparate.

Todo en aquel almacén me fascinaba; desde el insistente propietario hasta los objetos inusitados repletos de historias. Le pedí otro té mientras revisaba las repisas. Encontré un antiguo puñal forjado en acero de Damasco con el cabo confeccionado en cacho de carnero. Con excepción de los libros, todo lo demás podía ser comprado con dinero. Nada era caro. Me quedé con el puñal. Volví a sentarme en la mesa cuando él me sirvió el té. Le pregunté cuál era su nombre. “Hani”, respondió. Saqué del bolsillo del pantalón una libreta sin guías y un lápiz, pues desde joven tenía el hábito de hacer anotaciones. Como no tenía una máquina fotográfica, comencé a dibujar el almacén desde el punto de vista de donde estaba sentado. Dibujé todo con detalle, sin ninguna prisa. En el centro de la hoja de papel estaba el libro de Borges que, desde el estante, insistía en mirarme. Por algún motivo yo no sentía ganas de salir de allí. 

Largos minutos se pasaron. Nadie entró al almacén, ni intercambiarnos palabra. En determinado momento me di cuenta de que no le había hecho a Hani la pregunta que tenía al entrar. Mas para conversar que por creer que pudiera obtener ayuda, indagué si él conocía al misterioso derviche. La respuesta de Hani hizo con que yo parara de dibujar: “Cada día un poco mejor”, respondió.

Incrédulo, quise saber cómo podría encontrarlo. La respuesta de Hani fue una sonrisa casi imperceptible. No lo creía. No, aquel serio y al mismo tiempo gentil anciano, no podía ser el sabio que todos procuraban y nadie encontraba. Los peregrinos habían pasado parte de la tarde sentados al lado suyo diciendo que él no existía. Ironía absurda. Horas atrás, en aquella misma mesa, todos se lamentaban por la inexistencia del derviche, mientras él oía los comentarios en silencio por detrás del mostrador. Consideré que tal vez Hani se burlaba de mí con una broma sin gracia. De otro lado, pensé que él era la única pista disponible en aquel instante. Le supliqué por ayuda. Hani fue enigmático: “Todos los que estuvieron aquí se perdieron en el barullo de las propias palabras y en las veredas del desánimo. Tú apenas escuchaste con paciencia y mantuviste silencio interno. Esta perseverancia te conducirá al encuentro”.

Mencioné no haber entendido. Hani dijo que era hora de cerrar el almacén y que fuera a su casa al anochecer. Aún aturdido con los hechos, me despedí y prometí que lo vería más tarde. Vagué sin rumbo por el oasis, como animal sin hogar, más como alternativa para acelerar el reloj y concatenar las ideas que para llegar a algún lugar. Cuando anocheció volví a la casa anexa al almacén. Hani me esperaba. Era un lugar sencillo. La sala no tenía muebles, salvo cojines coloridos por todo lugar. Las paredes estaban repletas de cuadros e imágenes de diversos tipos y tamaños, tantos que cubrían las paredes por entero, como si fuesen un inventario de las historias vividas por el anciano. Una imagen me llamó la atención. Era una increíble fotografía de Hani al lado del Dalai Lama, en frente al almacén en el oasis. Había una dedicatoria escrita por el monje budista que decía “Al menos una vez por año debemos visitar un lugar que no conocemos”.

Bromeé con el anciano apuntando hacia la foto: “Este año cumplí la orientación del Dalai Lama”, al referirme al hecho de también visitar el oasis. Hani frunció el ceño y me advirtió, una vez más, de manera enigmática: “Aún no.” Enseguida, me pidió que me acomodara y esperara un poco. Volvió con un tambor. Los famosos tambores mágicos del desierto, reconocí. Entendí que habría una ceremonia. En uno de los rincones de la sala el anciano tocó el tambor, al comienzo en un compás lento y poco a poco se intensificó. Por un tiempo que no puedo precisar fui dejándome envolver por aquel ritmo. Cuando me di cuenta, oía el tambor sin que Hani tocara. Con dos maracas que llevaba en las manos, él giraba incesantemente en medio de la sala como hacen los derviches en sus rituales para alcanzar un estado alterado de consciencia. Es un método propio para entrar en contacto con los espíritus buenos y bañarse en vibraciones luminosas para intentar entender un poco más allá del velo de la ilusión. En verdad, también sirve para conectar el inconsciente con el consciente para estar entero. 

En algún momento percibí que yo estaba girando como si fuese un derviche. Dancé hasta quedar exhausto. Me senté en uno de los cojines. El tambor silenció. Hani no estaba ya en la sala. Yo estaba solo. ¿Solo? No. Había un joven de veinte años, aproximadamente, sentado en la esquina opuesta. Tenía el cabello largo y usaba gafas con marco redondo. Me miraba sin mucho interés, tal vez por no reconocer en mí nada que le pudiera acrecentar. Se me hizo muy parecido a mí cuando yo tenía aquella edad.

Le pregunté si estudiaba medicina. El joven me miró con curiosidad y respondió afirmativamente. Le pregunté el nombre solo para estar seguro. La respuesta fue la esperada. Sin ponderar las consecuencias le avisé: “Abandonarás la medicina después de algunos años de formado. Trabajarás en publicidad. Serás más feliz así”. El joven me sonrió con ironía y fue afirmativo: “No me imagino ejerciendo otra profesión aparte de la medicina. Tengo manos de cura”. Había algo de arrogancia y de provocación en sus palabras. Sonreí al reconocerme. Yo podía ayudarlo. “No es tu don. Lo descubrirás”, dije. Él se rio y cuestionó: “¿Y cómo sabemos que no ejercemos el verdadero don?” Sin permitirme conducirlo a donde yo no quería llegar, le expliqué con serenidad: “La tristeza, la impaciencia, la irritación y la amargura que nos permean cuando el trabajo es mera obligación. Son emociones contrarias a aquellas que se mueven por la alegría del amor”. El joven sacudió la cabeza como quien dice que yo no sabía sobre lo que estaba hablando y me desafió: “Un afamado vidente me dijo que tengo manos de cura. ¿Qué hago con ellas? ¿Me las corto y las tiro?” Ante el sarcasmo no tuve alguna duda de que hablaba conmigo. Me rehusé a perder el control: “Sin duda tus manos curan. Médicos, enfermeras y sicólogos necesitan tener manos de cura. Panaderos, obreros y escritores también”. Antes que él rebatiese, adicioné: “Piensa en eso con calma. Donde hay amor existe cura”.

Estuvimos algún tiempo en silencio. Ambos debíamos sentirnos cómodos por el encuentro. El joven me contó que había tenido una infancia y adolescencia con muchas dificultades, tanto financieras como emocionales. “Ahora quiero una vida diferente, quiero las cosas buenas que el mundo tiene a ofrecer. Seré un médico reconocido y respetado. Tendré una enorme clientela; mi fama recorrerá el planeta”. Recordé cómo esos años habían sido difíciles y tormentosos para mí. Yo tenía todo y a la vez no tenía nada. Lo orienté: “Esos conceptos no retratan necesariamente una vida buena. Todos los días nos deparamos ante las bifurcaciones inherentes a los caminos. De un lado, el brillo; del otro, la luz. Elegimos a todo instante. Escoge siempre por amor para que no sea necesario volver a la misma encrucijada”. Él no entendió la extensión del consejo. Yo lo sabía, así como sabía que más adelante, cuando estuviera listo, aquellas palabras serían como semillas que iniciarían el proceso de transformación. Existe una estación para sembrar, así como un tiempo para recoger. Aquellas palabras brotarían en su mente como por arte de magia en el momento adecuado y serían flor y fruto por el resto de la vida.

Le adelanté que sería un buen padre, pues entendería la importancia de la responsabilidad y lo ayudaría a entender el amor. Él se rio y me advirtió: “No quiero hijos. Apenas traen preocupaciones y molestias. Limitan la libertad de los padres. Ya tuve demasiados problemas con los míos”. Meneé la cabeza como quien, ahora de lejos, puede verse abrazado a un error con la ilusión de la certeza; ignoré el comentario y proseguí: “Serán dos niñas. Cada cual con su personalidad e individualidad. Lindas como somos todos. Una, apasionada por las letras, será periodista en la ciudad del Porto y estudiará para ser editora de libros, por donde recorrerá la vida a través de su don. Diferentes y bellas en sí, la otra será aficionada a los números, amante de las ciencias. Estudiará en el Instituto de Tecnología de Georgia”. En aquel momento me di cuenta de que en el patio de aquella Universidad hay un conjunto de esculturas que retratan a Rosa Parker, la activista de la libertad, joven y anciana, sentada en la mesa, conversando consigo misma. Ella le mostraría al mundo que, mucho más que ir y venir, la libertad se enraíza en las elecciones vinculadas a la ética. Agradecí por la sincronicidad y oportunidad ofrecidas. Intenté apaciguar el corazón del joven: “Al contrario de lo que crees, aún entre preocupaciones y dificultades, tus hijas serán inestimables regalos de la vida para ti. Aprende con ellas sobre el amor para después vivir el amor del mundo. Aprovecha cada momento con alegría y fe. La vida nunca nos abandona; somos sus hijos”.

Yo tenía muchas cosa para hablar con el joven; podía evitarle una infinidad de sufrimientos, personas a las que maltrataría, caídas que tendría, pero su imagen se fue desvaneciéndose, como si perdiese definición. Antes de desaparecer, él me cuestionó: “¿Cómo sabré si este encuentro sucedió?”. Respondí de repente: “No lo sabrás hasta que llegue el día de hoy. Apenas despertarás como si hubieses visitado una realidad distante”. Curioso, quiso saber más: “¿Como en un sueño?” Dije que era exactamente eso lo que estaba aconteciendo. Él soñaba con él mismo en una época diferente de su vida. El anciano auxiliando al joven. Él dudo: “No podemos estar en el pasado y en el futuro al mismo tiempo”. Volví a explicar: “El tiempo es lineal solo en la superficie. En profundidad es cuántico; permite encuentros de tiempos distintos a través de saltos vibracionales, así como los electrones de un átomo pueden girar en varias elipses simultáneamente”. Él me miró como si estuviera ante un loco y me cuestionó: “¿Cómo lo sabes?” Antes de que se fuera respondí: “Lo aprenderás durante la travesía del desierto”. 

Visiblemente preocupado, hizo la última interpelación: “¿Entonces, todo saldrá mal conmigo?” Yo lo consolé: “Algunas cosas deben salir mal para que, realmente, puedan salir bien”.

Nuestras manos se tocaron levemente como despedida. Cerré los ojos por largos minutos. Necesitaba metabolizar aquel encuentro. Percibí cuánto de mi aún debía ser iluminado; la jornada encantada no tiene fin. Cuando abrí los ojos me deparé con la foto del Dalai Lama al lado de Hani colgada en la pared. Entendí la dedicatoria. “Al menos una vez por año debemos visitar un lugar desconocido”. El monje budista se refería a un lugar dentro de sí. 

Sin mucha demora, Hani entró en la sala. Traía una tetera con dos tazas y nos sentamos en el piso. Bebimos en silencio. Yo sabía que no era preciso contarle sobre el encuentro. Era hora de partir. Agradecí al derviche por aquella fantástica oportunidad. La sabiduría sufí, que yo apenas conocía por los textos y poesías de Rumi, estaría para siempre agregada a mi ser. Recordé que la travesía se había iniciado con un poema del filósofo persa. Hani apenas sonrió como si dijese que nada es por casualidad. Antes de salir, quise saber un poco más sobre el caravanero y la mujer de ojos color lapislázuli. Ellos seguían siendo un misterio para mí. Sin huir a la pregunta y sin abandonar los enigmas, el derviche explicó: “Ambos son guardianes. Él es el guardián externo; te protege de los peligros del mundo. Ella es una guardiana interna; pacifica tus emociones; te protege de ti mismo. Para esto es necesario que estés alineado con la luz, pues ellos nada pueden hacer fuera de las leyes cósmicas”. Hizo una pausa antes de concluir: “No se atraviesa el desierto sin los guardianes”.

Deambulé por el oasis con la mirada repartida entre la belleza de las cosas y las estrellas del cielo. Percibí una agitación. Era el movimiento de otra caravana que partiría en instantes. El oasis hacía parte de la ruta de todas las caravanas. Me di cuenta de que había aprendido, transmutado y compartido; era hora de seguir para cerrar el ciclo. Sin dudar, negocié un camello y un lugar en la nueva caravana. Como yo cargaba poco, pronto alisté la alforja y la coloqué sobre la silla. Partimos. Yo tenía una maravillosa sensación de bienestar y ligereza; como si las plenitudes se avecinaran. Marchamos por casi una hora noche adentro cuando una enorme luna llena surgió por detrás de una duna iluminando la caravana. Sin alguna sorpresa, vi al frente del grupo al caravanero cabalgando y junto a él, a la bella mujer de ojos color lapislázuli.

Ellos me acompañarían durante muchas travesías. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 4 Respuestas

  • Gazi 13 de septiembre de 2020 on 14:46

    para Ang89. si llegaste hasta aqui espero estes mucho mejor que al comienzo…

  • Hans 12 de septiembre de 2020 on 13:04

    Leída en 2020, pudiendo disfrutar de cada día de la travesía, ahorrándome la espera de quienes leyeron las enseñanzas cuando fueron traducidas y publicadas.
    También es posible que si las hubiese leído hace tiempo, podría haberlas aplicado, tal como deseo hacerlo a partir de hora.
    Muchas gracias Yoskhaz.

  • Lourdes 18 de mayo de 2020 on 01:35

    Infinitas gracias, por todo lo que nos diste, al enseñarnos qie el camino no es igual para todos, pero en nosotros está encontrarlo, gracias, gracias, gracias.

  • Germán 17 de mayo de 2020 on 20:37

    Excelente! Leí todos los días de travesía. Muy buenos relatos 🙂