La medicina del lobo

Canción Estrellada, el chamán que tenía el don de enseñar la filosofía ancestral de su pueblo, vivía en las Montañas de Arizona. Él había sido invitado a dar una conferencia en una prestigiosa universidad en un estado vecino. Como la fecha coincidía con mi viaje a su casa, donde yo pasaría otro período estudiando sobre la cultura chamánica, me pidió que nos encontráramos en la universidad. De allí volveríamos en carro. Como me encanta el ambiente académico, acepté la propuesta de inmediato. Llegué un poco antes de la hora, así que me senté en una agradable cafetería con vista hacia un enorme jardín que bordeaba los edificios del campus, para observar el intenso movimiento de los alumnos movilizándose hacia las clases y otras actividades. Son aires inspiradores. Estaba perdido en los recuerdos cuando yo tenía aquella edad: los anhelos, las dudas, las luchas, las búsquedas, hasta que tuve la atención desviada hacia un pequeño tumulto. Un grupo de estudiantes discutía entre sí. Percibí que el altercado escalaba tonos rápidamente y me preocupé con el desenlace. Otros alumnos se aproximaron y también terminaron involucrados. El conflicto aumentaba. Llegaron algunos funcionarios y profesores para controlar la situación, pero fue en vano. Todos parecían deseosos de hablar para exponer sus razones y nadie quería oír a nadie. Cuando temí que las agresiones aumentaran, desde las verbales hasta las físicas, un pito sonó muy fuerte. Por instinto todos se callaron. Me asusté al ver a un hombre, anciano, muy bien dispuesto y ágil, de pie sobre una mesa para hacerse visible ante todos. Había tomado prestado el pito de un entrenador de basquetbol que también se aproximó con la intención de calmar los ánimos. A pesar de la edad avanzada, el hombre tenía el cabello largo, liso y canoso, recogido en una cola de caballo y usaba un chaleco colorido; hábito y vestimenta típica de los Navajos. Era Canción Estrellada.

Aunque firme, demostraba absoluta serenidad, como si controlar un conflicto con jóvenes de ánimos exaltados fuese algo cotidiano y sin cualquier dificultad. Dijo que todos podrían expresarse y que todos serían oídos. Sin embargo, no sería allí; les pidió que se dirigieran a uno de los auditorios de la universidad para que pudieran conversar. El tono sereno y claro de su voz emanaba una extraña autoridad. No era un poder oriundo de la ley o de la brutalidad; era una fuerza inconmensurable interna, difícil de traducir en palabras. Nadie cuestionó ni desobedeció. Interesadísimo, agarré mi vaso de café y fui atrás. 

Con todos debidamente acomodados en sus poltronas, el chamán permaneció de pie en medio del palco, localizado un poco más abajo de las poltronas como es usual en los anfiteatros. Al preguntar sobre el origen del conflicto, inmediatamente varios alumnos se levantaron para exponer sus argumentos, la mayor parte, a los gritos. Bastó con que Canción Estrellada hiciera un gesto con la mano abierta para que todos volvieran a callar. Él propuso las reglas de aquel encuentro: “La libertad de expresión es uno de los derechos fundamentales inherentes a cualquier persona. No obstante, de nada vale hablar si no existe quien escuche. También de poco sirve exponer las mejores y justas razones mientras los ánimos están incendiados por la revuelta y por la intolerancia; nadie oirá”.

“La cultura ancestral de mi pueblo tiene origen en tiempos distantes. Entendemos tanto la necesidad de exponer la mejor palabra como la de encontrar un corazón sereno pronto para oírla. En los Consejos de Ancianos, reuniones en las cuales debatimos los asuntos que son de nuestro interés, establecemos un ritual conocido como Bastón de Poder”. Enseguida explicó cómo funcionaba: “Durante el debate solo puede hablar aquel que está con el bastón. Al terminar, se lo entregará a otra persona. El orador se lo puede dar a quien quiera oír, sea como comentario o como respuesta sobre los argumentos expuestos. De lo contrario, el bastón es pasado a algún integrante de la reunión que también desee exponer sus razones. Interrumpir el discurso de alguien, además de no ser permitido, es considerado una falta grave. Todos los que quieran tendrán, necesariamente, el derecho de hablar; sin excepción. Todos oirán en total silencio y respeto, así no concuerden con las ideas. Si desean volver a hablar, basta pedirlo y entrar en la fila de aquellos que esperan por el bastón. Por sensatez, no se debe pedir el bastón para repetir los argumentos ya expuestos. Nadie necesita estar de acuerdo con nadie y todos deben respetar la opinión de todos como presupuesto indispensable de respeto a sí mismo”.

Nadie dijo nada. El chamán abrió su mochila y sacó, además de su famoso tambor de dos fases, una pequeña rama envuelta en cuero y plumas. Era un bastón de poder. La explicación prosiguió: “En nuestra cultura, los chamanes que participan de los consejos revisten la rama de un árbol con el cuero y las plumas de determinados animales de los cuales desean agregar a sí sus respectivas medicinas. La medicina de los animales, comúnmente conocida como Animales de Poder, son energías que circulan en la psico esfera planetaria y pueden auxiliar en la organización de vacíos y conflictos existenciales, si son captadas y utilizadas adecuadamente. Cada chamán confecciona su bastón con las energías que le son afines. Este es el bastón que yo uso. Está hecho con un pedazo de roble, el único árbol cuya flor brota en el invierno. Trae en sí la energía de la vida aun cuando las condiciones de existencia son las más inhóspitas. Las plumas son de águila, el pájaro que por volar en grandes altitudes posee la visión amplia de la existencia. También tiene plumas de lechuza, el ave capaz de ver en la oscuridad, donde nadie más puede. El cuero es de piel de cobra y de lobo. Las cobras, por los constantes cambios de piel, se transforman a sí mismas como una manera de ampliar las posibilidades de la vida. El lobo nos enseña sobre la armonía de vivir en grupo, de cuidar unos de otros, de enseñar por el ejemplo. Demuestran lealtad tanto a sus principios como ante la vida de los otros, concomitantemente. Como quien enseña está siempre aprendiendo con la magia de las lecciones, el lobo de hoy es diferente al lobo de ayer. Así, es respetado y amado por la manada”.

Uno de los alumnos aulló como lo hacen los lobos a la luna. Todos rieron, inclusive Canción Estrellada. El chamán aprovechó para agregar: “En la sabiduría de los Pueblos Antiguos la luna está ligada al inconsciente colectivo e individual. Lugar donde guardamos los conocimientos atávicos y la sabiduría del alma. El saber que tenemos y desconocemos. La luna trae ese simbolismo y nos estimula a buscar esa fuente clara para auxiliarnos en el entendimiento sobre las relaciones personales, objetos de todos nuestros perfeccionamientos”. 

“A menudo, las mejores lecciones nacen de las dificultades impuestas por nuestros antagonistas. Al serenar la batalla en el corazón, la enseñanza germina; la superación florece. Por esto, en nuestra cultura solemos decir que honramos todas nuestras relaciones”.

“Estar aquí es un honor para mí por lo que soy y por quien, con la ayuda de cada uno de ustedes, en este momento, siempre único, podré transformarme”.

Les pidió a los estudiantes que cerraran los ojos y se concentraran en la música. Tocó el tambor de dos caras y cantó una melodía dulce, en dialecto nativo, en homenaje a la luna conforme había explicado antes, pidiéndole a la luna que abriera las puertas del inconsciente de todos los allí presentes y así acceder al conocimiento aún bloqueado para el consciente. “Cuando estamos enteros podemos ir más allá”, explicó.

Antes de comenzar el debate, recordó: “Muchos quieren hablar y tienen el derecho. Por tanto, no se debe hablar más de lo necesario para que los argumentos no se dispersen. Tanto para quien habla como para quien escucha, la síntesis es una cualidad apreciable. La fuerza del discurso no está en su tamaño, sino en el quilate de sus razones”.

El debate mediado por Canción Estrellada transcurrió en paz. Muchos hablaron, todos escucharon. Enseguida, alguien pidió que fuera elaborada una guía para la votación de los asuntos discutidos. El chamán ponderó: “Pienso que no se trata de motivos que necesiten una decisión unificada para ser acatada por todos. Los asuntos expuestos en este encuentro se refieren a una toma de consciencia que debe o no sedimentar actitudes futuras. Así, todos deben tener tiempo para reflexionar sobre cada argumento y motivo presentados. Después, en la intimidad del ser, decidir sobre cuál verdad irá a aflorar a través de sus elecciones cotidianas. Las verdades son como semillas. Algunas ya están listas para florecer en nosotros. Otras aguardarán la debida estación para que puedan manifestarse en fruto. Todo a su tiempo. No debemos imponer elecciones que todavía no están sedimentadas en lo íntimo del ser. De la misma manera, los argumentos considerados obsoletos deben quedar descartados; siempre con la debida delicadeza para con el otro. Así me respeto y, en consecuencia, al otro, manteniendo la armonía y la unidad de toda la comunidad, una común-unidad. Todos somos uno en el respeto y en la belleza de la singularidad personal. Así actúan los lobos”.

El auditorio irrumpió en aplausos. Casi todos salieron satisfechos; todos con los ánimos serenos, llevando consigo las semillas de varias transformaciones. Cada cual, a su paso, haría en sí la debida modificación según la propia capacidad y entendimiento. Así es la relación entre inconsciente y consciente. De esta manera expandimos la consciencia; nada define mejor quién soy que cada elección que hago. Por tanto, que sea de amplia y clara consciencia, que traduzca mi mejor entendimiento y deseo; jamás embalada por el flujo de la multitud. Así hacen los buenos curadores al proporcionar condiciones adecuadas para que cada persona sea bella por el hecho de ser única. Una individualización que no aísla ni separa al grupo; por el contrario, lo fortalece al agregar diferentes posibilidades.

Al final, el rector de la universidad que, llamado por los funcionarios, había llegado al auditorio al inicio de la exposición de Canción Estrellada y había permanecido entre los alumnos presenciado la reunión, se presentó al chamán. Le agradeció por la maravillosa clase proporcionada. El rector confesó estar maravillado con lo que presenció. Dijo también que había leído un interesante libro sobre el comportamiento de algunas especies cuando están en grupos. Los lobos tenían un bonito y avanzado sentido de convivencia. Los más fuertes andaban a la vanguardia y en la retaguardia de la fila para proteger a todos; los más viejos y los cachorros seguían en medio del grupo para que pudiesen recibir mayores cuidados. Estaban también los rastreadores que abrían nuevas rutas y presentían cualquier peligro. No obstante, sabía de un lobo denominado alpha; aquel que lidera el grupo. Preguntó si ese liderazgo se establecía por la fuerza física. El chamán explicó: “No. El alphano se impone a través de la lucha con otros de su especie. Él propicia a cada lobo la posibilidad de desarrollar lo mejor que hay en cada uno. Esto lo hace ser admirado por la belleza que proporciona a todos, pues entiende la importancia de cada lobo, él es primordial en la orientación de la manada”.

El rector volvió a agradecerle a Canción Estrellada. Le preguntó por el horario de la charla que daría, a lo que el chamán respondió: “Pienso que ya no es necesario. Por ahora mi visita se completó”. El rector dijo que entendía el argumento. Agregó que la universidad estaría siempre con las puertas abiertas para el chamán y que le gustaría tenerlo de vuelta en breve. Nos despedimos.

Canción Estrellada y yo caminábamos por los jardines del campus rumbo al estacionamiento. Le comenté que había quedado impresionado por la fuerza que él había emanado al asumir las riendas del conflicto para conducirlo a la pacificación. “Al entender el amor y el respeto que tengo por mí, percibo la importancia que el otro le trae a mi vida. Cuando ese sentimiento se vuelve coherente con mis actitudes un aura de respeto y protección me envuelve. Nada más debo hacer”.

Recordé que no habíamos hablado del lobo solitario. Le pregunté si él era un lobo solitario. El chamán finalizó la lección de aquel día: “No. Amo la soledad en la misma dimensión que amo convivir con las personas. Ambas son importantes e indispensables prácticas evolutivas. La soledad, para profundizar en el conocimiento del ser, enseña a volverse solidario, jamás solitario. El lobo solitario, en verdad, es el lobo que al huir de sí mismo se perdió de la manada. Al encontrarse consigo encontrará un grupo para convivir. Todo lo que sé apenas se revela en lo que soy. Lo que soy se traduce solamente en aquello que aplico en mis relaciones. Me curo a medida que consigo compartir lo mejor que existe en mí para que florezca lo mejor que hay en todos. Esta es la medicina del lobo”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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