Plenitudes. La dignidad

Una palabra es como una cápsula repleta de ideas. Algunas en mayor grado que otras. Recuerdo que leí un libro del filósofo y monje alemán Anselm Grun sobre la mística. Un texto primoroso y profundo; al final queda la sensación que hay algo a más para agregar. Así es con las virtudes. Mucho se puede decir sobre la humildad, la fe y la compasión, solo para citar algunas, sin agotar el asunto. Lo mismo sucede con las plenitudes, por tratarse de conceptos de amplitud subjetiva al extremo. Pienso en cuántas existencias necesitaré para hablar sobre el amor; virtud y plenitud al mismo tiempo. Algunas palabras tienen la fuerza de traer consigo todo un universo dada la enorme posibilidad de mundos y vidas que ofrecen. Este era el ánimo que me hizo regresar al día siguiente a casa de Li Tzu, muy temprano, para una conversación más sobre las sofisticadas, y al mismo tiempo simples, plenitudes. Habíamos hablado sobre la felicidad. Faltaban las otras cuatro: dignidad, paz, libertad y amor. Unidas en sí, la luz. Sin embargo, cuando llegué, oh sorpresa. La casa estaba cerrada; algo que nunca había presenciado. Li Tzu tuvo que ausentarse de la villa por un motivo desconocido. La información era que pronto retornaría. Fui hasta un almacén próximo que proveía suplementos para los alpinistas que seguían hacia la cumbre del Himalaya. Yo sabía que allí encontraría una taza de café caliente y alguien para charlar. Era agradable oír las aventuras narradas por los montañistas; admiraba la disposición y el coraje que poseían. Me preguntaba sobre los motivos que llevaban a una persona a enfrentar los enormes peligros de una escalada para alcanzar el pico de una montaña. Había en mí una curiosidad sincera por saber si la hazaña tenía el poder de transformación espiritual en aquellos que lo realizaban. Como lo esperaba, al llegar al almacén ya había un pequeño grupo que aguardaba ser conducido al campamento de donde se iniciaba la escalada. Provisto de una taza de café, les puse el tema. 

Muy simpáticos, no se negaron a explicar sus motivaciones. Aunque sea común la dificultad de traducir sentimientos en palabras – arte concedido a los poetas – pude extraer que la escalada era como un ceremonial mágico por las alteraciones de consciencia que ellos juraban tener. Me convidaron a acompañarlos, así yo podría comprobar de lo que hablaban. Rechacé la invitación bajo sincera alegación de que estaba allí para un período de estudio sobre el Tao Te Ching; sin embargo, no ponía en tela de juicio aquello que me decían. Bromeé al decir que otras rutas también conducen a la cima de la montaña. Ellos rieron y estuvieron de acuerdo. Agregaron que las mayores dificultades de la escalada no eran impuestas por el clima inhóspito o por la inclinación pronunciada, sino por las sombras del propio alpinista, como el miedo, el egoísmo, la vanidad y el orgullo, ante lo cual respondí que no tenía la menor duda que esto fuera así.

Enseguida contaron la historia reciente de dos amigos que realizaban una escalada cerca de allí, donde uno de los pasadores de soporte se soltó, haciendo que uno de ellos quedara colgando en el abismo, sostenido apenas por una cuerda que pasaba por la cintura del compañero. Sin posibilidad de traer al amigo suspendido en el aire de regreso a la piedra y dado el peso impuesto por la gravedad, el pasador que aún los mantenía sujetos a la montaña estaba en riesgo y no aguantaría por mucho más tiempo; pronto se soltaría y los dos caerían. La única posibilidad que tenían era que el alpinista que estaba en la piedra cortara la cuerda que sostenía a su compañero, lo que haría que cayera al abismo. Él se negó, pero el otro insistió en que lo hiciera, de lo contrario morirían los dos. Discutieron por algunos segundos. Aquel que estaba colgando estaba dispuesto a salvar al amigo con el precio de la propia vida; el que estaba agarrado a la montaña se negaba rotundamente a participar en la muerte del compañero. Ambos se rehusaban a hacer lo que el otro pedía alegando que estarían siendo egoístas. Un fuerte estallido anunció que el pasador de soporte que había quedado preso en la piedra se soltaría en breve. Si nada era resuelto, ambos caerían. El alpinista que estaba colgando en el aire, como último esfuerzo, realizó movimientos de contorsionista para alcanzar un cuchillo que tenía preso junto a la bota, cortó la cuerda y se dejó caer en el abismo a pesar de los gritos desesperados de aquel que se salvó para que no hiciera aquello.

Fue una historia que me dejó impresionado. Pasé el resto del día pensando en cómo me sentiría y en cómo actuaría tanto en el lugar del uno como del otro alpinista. Aunque había sido un gesto noble, no era fácil renunciar a la propia vida para salvar a alguien; tampoco aceptar que alguien lo hiciera para salvarnos. Una situación que debe modificar por completo las percepciones de quien las vive. 

Cuando fui a almorzar en la posada oí a un grupo de alumnos reclamando de la ausencia del maestro taoísta. Consideraban una enorme falta de consideración el hecho haberse ausentado, pues habían venido de muy lejos para aprender sobre el Tao. Me entrometí en la conversación recordándoles que, aunque no sabía el motivo, el viaje de Li Tzu debía ser relevante, pues no era común que se ausentara durante el período de cursos, así que debíamos aguardar una respuesta suya. Una de las personas del grupo alegó que él debía haberlo comunicado con anticipación. Consideré mejor no prolongar el asunto para que los ánimos no se encendieran.

Al final de la tarde, vi que Li Tzu bajó del bus. Él también me vio e hizo una señal para que lo acompañara. Anduvimos en silencio hasta su casa. Me senté en la mesa de la cocina mientras él colocaba algunas hierbas en infusión para un té. Solamente después de llenar nuestras tazas, el maestro taoísta se sentó. Medianoche, el gato negro que también vivía en la casa, percibió alguna alteración emocional en Li Tzu y fue a enroscarse en su regazo. Le comenté sobre la insatisfacción de algunos alumnos ante la suspensión de la clase de aquel día sin previo aviso. Le dije que se preparara para oír muchos reclamos. El maestro taoísta arqueó los labios con una leve sonrisa, como si ya lo esperara, y dijo: “Me avisaron a última hora de un ceremonial de pasaje del hijo de un amigo querido, quien viajó a otra esfera de la vida, pues sufrió un accidente escalando el Himalaya. El equipo de rescate demoró algunos días para localizar el cuerpo”. Inmediatamente recordé la historia narrada más temprano por los alpinistas. Enseguida agregó: “Fue un alma que partió con mucha dignidad”.

Cuestioné si existía dignidad en la muerte; tal vez solo existía la muerte y nada más importaba. Li Tzu me corrigió: “La dignidad no pertenece ni a la vida ni a la muerte. La dignidad es una conquista del espíritu por la manera con la cual atravesó la existencia. Se trata de una herencia irrefutable; un precioso e indeleble bagaje”.

En aquel instante la casa fue invadida por el grupo que estaba más temprano en el hospedaje; eran cuatro. Parecían molestos por el hecho de no haber tenido clase y, lo peor, por no haber sido avisados antes. Sin perder la serenidad que le era característica, Li Tzu explicó los hechos. Adicionó haber sido despertado durante la madrugada y avisado sobre el ritual de partida del joven, que no podría aguardar pues el cuerpo había fallecido hacía días; enseguida, ponderó: “No haría ninguna diferencia despertarlos a las tres de la mañana para comunicarles que no tendríamos clase hoy o, como sucedió, que tomaran conocimiento de la situación al llegar aquí a casa a las siete, salvo que tendrían el sueño interrumpido”. Uno de los alumnos discordó. Le recordó que había venido de muy lejos, con fecha exacta para volver, así que cualquier alteración le costaría caro. Habían perdido un día de clase de imposible reposición. Li Tzu no se alteró. Los invitó a sentarse y les ofreció té. Después de estar debidamente acomodados y con las tazas repletas, el maestro taoísta sugirió: “Propongo prolongar las clases por dos horas durante los días restantes para que no haya perjuicio con relación al aprendizaje”. Otro alumno interrumpió para señalar que no sería igual, pues al final de un día de estudios el cansancio impedía una mejor asimilación. El maestro taoísta explicó: “Sí y no. Depende del nivel de envolvimiento que se tenga con las lecciones. El Tao nos enseña que quien anda por gusto no se cansa. Sin embargo, me parece válido el argumento. Entiendo el reclamo y aceptaré el rechazo a mi propuesta”. Hizo una pequeña pausa para continuar: “A los insatisfechos les devolveré la cuantía gastada”. El alumno resaltó que había otros gastos además del valor relativo al curso de Tao Te Ching. Pasaje aéreo, traslado y hospedaje también costaban dinero, indicó. Li Tzu respondió con el mismo tono calmado de voz: “Sin duda. Cuando me referí al resarcimiento hablaba de cubrir todos los gastos de cada alumno que no quiera proseguir con el curso por sentirse perjudicado. Sin ningún problema, es justo”.

Los alumnos se mostraron desconcertados; no esperaban esa reacción. Cuando estamos bajo la tempestad de las emociones descontroladas, no siempre nos serenamos de inmediato. Uno de los alumnos resaltó el tiempo perdido aún después de la indemnización de los costos del viaje. Li Tzu levantó el entrecejo y dijo con seriedad: “Podemos cobrar una deuda financiera; jamás un débito emocional o, más aún, con relación al tiempo. Cada uno es responsable por las emociones que danzan en el propio corazón; buenos sentimientos no generan acreedores; malos sentimientos no crean deudores”. Hizo una pausa para acrecentar: “Hacer buen uso del tiempo vivido es parte del arte de la existencia. Otra responsabilidad intransferible; esto habla bastante sobre la dignidad”.  

“Viví una situación de imprevisto común a cualquier persona. Están tanto los que entienden como aquellos que no comprenden. Sin embargo, el tiempo es un bien personal. Cada cual es responsable por la administración de ese patrimonio. Percibir que lo desperdiciamos mientras reclamamos de los otros, de los acontecimientos y del destino, para muchos, solo será entendido cuando ya no quede un único segundo. Siempre es posible un mejor aprovechamiento del tiempo, especialmente cuando es aplicado a las lecciones inherentes al momento vivido. Apenas tengo a disposición el tiempo correspondiente al día de hoy”. Bebió un sorbo de té y dijo: “Del pasado apenas la lección, jamás la prisión”. 

“La mayoría de las personas pierde la vida al no darse cuenta de que el día de ayer ya fue depositado en la cuenta corriente de la muerte; no nos pertenece más, pues ya hubo la transferencia de propiedad. No obstante, insisten en dejar el corazón en los días pasados, envueltos en lamentos sordos tanto ante la vida como ante la muerte. Usen el tiempo como pago por algo valioso; por un gesto o elección que agregue valor al espíritu. Algo que se pueda llevar consigo cuando la muerte avise que es hora del tren partir. La dignidad con la cual trate al tiempo definirá el destino de mi viaje”. Guiñó un ojo y dijo como si fuera un secreto: “¡Que sea rumbo a las estrellas!”. 

Una joven que acompañaba al grupo dijo que aquella conversación era de mal augurio; no le gustaba hablar sobre la muerte. El maestro taoísta sonrió y explicó: “Sí, una conversación desagradable, más aun cuando nos negamos a entender la exacta dimensión de la muerte. El tiempo es la herramienta de la muerte. Pese a ello, la muerte no es enemiga de la vida, tampoco le es contraria, sino una leal y eficiente funcionaria. Ella viene a cerrar un ciclo de existencia para que otro, en renovadas condiciones, sea iniciado para proseguir la vida, y aunque sea difícil entenderlo, no lo dudes, es un gesto de amor”. Hizo una pausa y concluyó: “Haz valer el precio del pasaje; usa sabiamente tu tiempo para llegar completo a la estación. Para esto no existe cualquier dependencia de hecho o autorización ajena. La belleza de la vida está en un único lugar y tiempo: aquí y ahora. El ahora, independiente de las condiciones presentadas, tendrá siempre la instrumentalización adecuada según las realizaciones de cada individuo. Solamente así se consigue tratar el tiempo, y en consecuencia a sí mismo, con dignidad”.

La joven argumentó que la dignidad le parecía un concepto que va más allá de la relación personal que se tiene con el tiempo. Li Tzu concordó: “Sí, a pesar de que el tiempo funcione como maestro de la existencia, la dignidad está presente en la relación que tengo conmigo mismo y, sobre todo, en la manera con que me relaciono con el mundo. La ecuación primordial de la dignidad es bien conocida:

“Trata a los otros del exacto modo como te gustaría que te tratasen”. 

“Simple y sofisticado, simultaneamente. Simple al saber la manera con la cual deseamos el tratamiento de los otros para con nosotros; sofisticado por la dificultad en retribuir al mundo nuestro propio deseo”.

Uno de los alumnos alegó que aquella teoría era muy bonita, pero de difícil aplicación en la realidad. En respuesta Li Tzu le ofreció una dulce mirada. Sin decir palabra, se levantó y retornó con una antigua caja de herramientas. No por casualidad, dentro de ella había dinero. Preguntó cuánto había sido el total de los gastos, incluyendo todos los gastos de cada uno. Pagó, sin regatear, el valor presentado por todos. Cuando llegó el momento de resarcir a la joven, ella se rehusó a recibir el reembolso. Dijo que prefería continuar con el curso. Argumentó que la ausencia de clase aquel día le había dado una lección mayor: aquella conversación. El maestro taoísta arqueó los labios en leve sonrisa y le preguntó por los otros alumnos. Era un grupo de veinte personas. La joven explicó que los otros estaban tranquilos y también proseguirían con el curso. Ellos habían aprovechado el día para conocer alguno de los muchos lugares lindos de la región. 

Cuando volvimos a estar a solas comenté que él había tenido un enorme perjuicio. Li Tzu volvió a sonreír y dijo: “El perjuicio fue apenas financiero. Nada más”. Alegué que los alumnos resarcidos fueron muy intransigentes y que él tenía justas e innegables razones para ausentarse. El maestro taoísta, haciendo una alusión a los alpinistas, explicó: “No quiero estar preso a la piedra a cualquier costo. Prefiero la dignidad de aquel que se sumerge en el abismo solitario que llevar conmigo a alguien que no merezca o no quiera ir. Yo tenía mis razones, ellos poseían las suyas, no se puede negar el fundamento. Cada uno con la comprensión que posee con relación a sí mismo y al mundo. Hoy entiendo diferente, pero un día ya pensé como ellos; entonces, los comprendo.Hice la parte que me correspondía”. 

“Por mucho tiempo, al no entender el propio tiempo, lo desperdicié. Yo me mantuve agarrado a la piedra a un alto costo. Con la ilusión de una supuesta seguridad, no percibía que el miedo al abismo me impedía volar. La vida no vale el precio de mantenerse preso a la piedra; se trata de encontrar la verdadera fortuna en los vuelos sutiles de lo cotidiano. Las pérdidas económicas son insignificantes ante las ganancias existenciales. Cuidé de los alumnos con la paciencia y el amor con que me gustaría ser cuidado. Al ser justo con ellos fui digno ante mí mismo”. Desocupó la tasa de té y concluyó: “La dignidad me permitió un vuelo a más; esto hace que mi alma se deleite”.

Antes que yo me manifestara para saber sobre las demás plenitudes concluyó: “Si quieres, vuelve para otra taza de té mañana”.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares. 

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