Plenitudes. La libertad

Desperté un poco más tarde de lo habitual. Ya no había tiempo de tomar té con Li Tzu antes de iniciar las actividades en su casa, pues comenzaba bien temprano con clases de yoga y meditación, antes de empezar a hablar sobre el Tao Te Ching. Habíamos iniciado una serie de charlas sobre las plenitudes con la intención de que yo entendiera dichos conceptos de bastante amplitud. Entonces decidí aprovechar la linda mañana de sol para pasear, lo que ayudaría a espantar un poco el frío constante de las montañas. Me habían indicado visitar un bosque de orquídeas exóticas y salvajes, imposibles de ser mantenidas en cautiverio, aun usando técnicas muy avanzadas de jardinería. Seguí el sendero en la montaña. Pasé por lugares cuya belleza era difícil de traducir en palabras. Éramos apenas la naturaleza y yo. A medida que andaba aumentaba una agradable sensación de bienestar. Todo allí me era permitido; no había nadie que me impidiera cualquier gesto o acción. Me sentía libre como hacía mucho tiempo no recordaba. Mis pies parecían no tocar el suelo de tanta ligereza que me envolvía. No menos bonito era el bosque de las orquídeas salvajes. Eran de varias especies; una de las muchas presentaciones artísticas del universo manifestadas en belleza. El sendero me llevó a un claro. Encantado, después de apreciar cada una de las flores, me senté en una piedra. Estuve pensando cuál era la razón para que aquellas orquídeas, denominadas salvajes, tuvieran un comportamiento indomable. Se negaban a dejarse conducir contra su propia naturaleza; preferían perecer a tener que vivir fuera de sus elecciones. Parecían no temer a la muerte; como si fuera inaceptable una vida más allá de la esfera de manifestación de sus deseos íntimos.

A mi regreso pasé por la casa del maestro taoísta. Él estaba en un intervalo entre las diversas clases. Le comenté sobre el paseo de aquella mañana y la inenarrable sensación de libertad que me envolvía. También le hablé de mis reflexiones sobre las orquídeas salvajes. Li Tzu sonrió y dijo con delicadeza: “Evidentemente, la naturaleza nos provee de valiosa sabiduría en incontables lecciones; las especies de flores que nadie puede dominar, a pesar de la fragilidad aparente, es sin duda una de ellas”. Hice una pausa para proseguir: “Pero, la libertad como plenitud va mucho más allá de la sensación agradable de andar suelto por la montaña”. Me miró a los ojos y disparó: “Esta es una libertad de superficie; existe otro tipo, la de profundidad. Recuerda que las orquídeas no tienen piernas ni patas, pero nos enseñan mucho sobre la libertad”.

Sin que fuera preciso pedirlo, él explicó un poco más: “La libertad va mucho más allá del ir y venir, de deambular sin compromiso por las calles y campos. En esencia, la libertad surge en los pensamientos y se materializa en las elecciones. Entre tanto, el libre pensar no es a penas pensar. Las ideas suelen traer consigo varios conceptos construidos desde tiempos remotos que impiden y limitan el pensamiento. Sin percibirlo, la mente prisionera en muros de ideas preconcebidas,le impide al individuo atravesar los puentes del libre pensamiento”.

“Los condicionamientos socioculturales, los preconceptos y la ignorancia limitan el libre pensar; el miedo y el egoísmo impiden la libre elección. Ante esto, la libertad de andar libre por el mundo es de menor importancia”.

“Tenemos algunos ejemplos de personas que vivieron la libertad plena, aun con limitadas posibilidades de locomoción. Mahatma Gandhi, en su marcha pacífica por la independencia de India, cierta vez, en conversación con el general inglés que lo había amenazado de mantenerlo indefinidamente en la cárcel donde se encontraba si continuaba desobedeciendo las determinaciones impuestas por el poderoso Imperio Británico, se declaró más libre que el propio militar, ahora su carcelero, y que la misma Reina de Inglaterra. Podrían callar su voz, pero jamás sus elecciones; podrían amordazarlo, pero jamás lo harían con su mente; podrían impedirle abrazar a otra persona al mantenerlo en una celda solitaria, pero jamás amar a quien él quisiera; podrían alejarlo de la convivencia con el mundo, pero nunca de encontrarse a sí mismo. De cuerpo menudo y alma gigante, Gandhi incorporaba la metáfora perfecta de la flor indomable de fragilidad apenas aparente. Era una flor por negarse a usar cualquier tipo de violencia, fuera física o moral, para manifestar su deseo. Fue indomable al saber que era imposible aprisionar a un espíritu verdaderamente libre. No le temía al miedo”.

“Otra memorable personificación de la libertad como plenitud se evidencia en el diálogo entre Nero, el poderoso emperador y Paulo de Tarso, el apóstol, cuando éste estuvo preso en las mazmorras de Roma. El humilde andariego estaba detenido bajo la acusación de desvirtuar al pueblo propagando los mensajes de amor que un día había aprendido. Era un hombre incapaz de cualquier gesto de violencia, que nada poseía además de los harapos que vestía. Su crimen era pedir que las personas se amaran. Aun ante los malos tratos en la cárcel, fue amenazado de sufrir torturas todavía más crueles y hasta de muerte, si no confesaba un crimen que no había cometido y si seguía insistiendo en hablar sobre el amor. Paulo respondió, sin ningún trazo de arrogancia, con la serenidad que le acompañaba en los últimos años de existencia, que, a pesar de todo el poder del emperador, estaba fuera del alcance de cualquier mal practicado por el impiedoso monarca. Ante la mirada atónita de Nero, el apóstol explicó que tan solo su cuerpo podría ser herido o amarrado, pues su alma estaba en un lugar intangible a las manos y sentencias del dictador romano”. Li Tzu volvió a hacer una pausa y comentó: “Claro, Nero no debe haber entendido nada, pero sin duda, fue una manifestación exponencial de libertad. Al no sentir miedo de la vida, Paulo ganó la vida. Él también fue una bellísima y rara orquídea salvaje”.

“Por la belleza, delicadeza y sensibilidad que le son inherentes, la libertad se presenta como una flor”.

“Al estar al margende los condicionamientos culturales, sociales y ancestrales; al situarse más allá de los preconceptos, de las leyes mundanas y de los poderes de cuño político y financiero, la libertad es marginal. Ejercida a través de las relaciones interpersonales, sin la necesidad de cualquier reacción agresiva, se manifiesta en una actitud mansa pero firme, ante los intentos indebidos de dominación ajena con relación a la usurpación del poder personal que nos conecta con el infinito, las elecciones. Basta un o un noque brote de la verdad de un alma madura. Un alma que se enriquece en virtudes a medida que se conoce y se reconoce ante el mundo”.

“Como los pilares de las plenitudes son las virtudes, no se llega a la libertad sin atravesar los portales de la humildad, la compasión, la sinceridad, el coraje y el amor”.

“La libertad, aunque apreciada, incomoda por el cambio provocado en el comportamiento del individuo que pasa a pensar y a actuar fuera de los patrones de control y aceptación de una sociedad, en regla, acomodada. Así, la libertad es, por naturaleza filosófica, revolucionaria al presentar una perspectiva impensada de ser y de vivir. La libertad, en esencia, es un acto de amor por sí mismo y por la vida. Al situarse en las dimensiones más sutiles del ser, la libertad de una persona no estará domada por nada ni por nadie, salvo con su consentimiento. Por todo esto y más, la libertad se hace salvaje”.

Enseguida, Li Tzu me pidió que retornara al final de la tarde, después de las clases, para retomar la conversación con dos tazas de té. Le agradecí y dije que volvería. Sin embargo, le sugerí que abordásemos otra plenitud, pues la libertad estaba debidamente comprendida. El maestro taoísta arqueó los labios con una leve sonrisa y susurró: “Ojalá”.

Seguí por las callejuelas de la villa china hasta el hospedaje para almorzar. Mientras saboreaba un delicioso plato de macarrón con tofu y legumbres, accedí a las redes sociales por el celular. Para mi sorpresa, descubrí que la mujer con la cual yo había roto hacía poco, después de muchos años de relación, acababa de casarse. El susto fue aún mayor al ver que el novio era un compañero en común. En las fotos vi a varios amigos en la fiesta de matrimonio. Una sensación amarga me recorrió las entrañas. Sin apetito, empujé el plato. Me levanté y fui al cuarto. Intentaba calmarme hasta el final de la tarde cuando retornaría a casa de Li Tzu. Acostado en la cama, accedí a mi correspondencia electrónica. Había un e-mail comunicándome que el trabajo presentado por mi agencia no había clasificado para la fase final de un prestigioso festival internacional de publicidad. Como habíamos vencido el año anterior, me sentí avergonzado por no haber conseguido al menos la clasificación para la próxima fase del concurso. ¿Qué pensarían de mí tanto los clientes como los otros publicistas? Después de la vergüenza vino la revuelta. Aún sin cualquier fundamento plausible, consideré que los jurados no estaban preparados o, tal vez, habían votado según intereses encubiertos. Decidí dar un paseo con la intensión de calmarme. Cuando salía del hostal tropecé con una de las maletas de una pareja que estaba llegando. Irritado, discutí con ellos para que no fueran tan descuidados ni estorbaran el paso por la recepción. Ellos me miraron con compasión, hecho que aumentó aún más mi irritación. Anduve sin rumbo por horas seguidas. Ninguno de aquellos acontecimientos se había serenado en mi corazón cuando volví a casa del maestro taoísta al final de la tarde.

Medianoche, el gato negro que también vivía en la casa, corrió asustado para esconderse al sentir la energía que yo emanaba cuando atravesé el portón. Li Tzu también lo percibió. Sin hacer ningún comentario, me pidió que me acomodara en la mesa y colocó algunas hiervas en infusión. Después sirvió el té. El agradable aroma perfumó todo el ambiente. Sin demora, comencé a narrar el infierno astral que había comenzado a vivir aquella tarde. Todo parecía salir mal y estar fuera de mi control. Él ponderó: “No culpes a las estrellas. Ellas adornan la noche”. Mencioné que parecía que el mundo había armado un complot en mi contra. Li Tzu volvió a discordar: “El mundo apenas gira en el propio eje; aparta la idea de que las personas están empeñadas en perjudicarte”. Le dije que no me estaba ayudando. El maestro taoísta frunció las cejas y cuestionó: “¿Crees que si estimulo esa triste victimización en la cual decidiste meterte va a servir de algo?” Sin esperar respuesta, prosiguió: “El infierno astral se forma según tu desequilibrio emocional. Esta falta de armonía ocurre cuando nos olvidamos de iluminar las propias sombras; entonces, estaremos presos”.

Respondí que aquel discurso no tenía sentido. Yo era humano y, como tal, era normal que aquellos hechos me incomodaran. Él estuvo de acuerdo parcialmente: “Sí. No obstante, el problema nunca es el problema, sino cómo reaccionamos a las situaciones. Puedes considerarte víctima del mundo y sentirte con derecho de continuar lamentándote. Sin embargo, la idea de que el infierno son los otros nos lleva al estancamiento”. 

“La vida necesita movimiento, no solo externo, sino también interno. Entender cómo esas emociones densas, cuyas raíces están en las sombras que aún ejercen un enorme poder sobre el modo como conducimos el raciocinio, le impiden a la mente ampliar las posibilidades con pensamientos osados e ideas libertadoras. A través del miedo, el egoísmo y la ignorancia, las sombras matrices, damos fuerza a una legión de otras sombras menores, no por esto menos nocivas, como la envidia, el orgullo, los celos, la ganancia, la envidia, la transferencia de responsabilidad, entre otras, que reducen el pensar y limitan las elecciones”.

“Al sentir celos por el matrimonio de tu antigua enamorada con un compañero en común, más el hecho de que otros amigos comparecieran a la fiesta, te mostraste inconforme con la libertad de elección a la cual los otros también tienen derecho. Al incomodarte con la libertad ajena negaste tu propia libertad. Recuerda, carcelero y prisionero están presos en una misma celda”.

“Al sentir vergüenza por la desclasificación en el concurso te dejaste dominar por el orgullo. Solo los orgullosos son propensos a humillación. El orgullo es una cárcel vulgar y dolorosa. La humildad será siempre la perfecta alquimia para transformar esa prisión en libertad. La envidia es fruto de la vanidad en función de la dependencia absurda ante los aplausos y la aprobación del mundo. La simplicidad ilumina esa sombra cruel y disuelve las rejas de la celda”.

“La irritación por meros deslices de otras personas, como una maleta mal acomodada en la recepción del hotel, debe provocarnos otro tipo de reacción. Sin negar o justificar la irritación, procura entender lo que está desalineado dentro de ti para que haya provocado tal desorden y desarmonía interna. La irritación siempre habla más sobre mí mismo de lo que es capaz de hablar sobre los otros. Este entendimiento es un proceso valioso para libertarse de aquellas emociones densas que tanto nos llevan al sufrimiento”.

Percibí que hablábamos del mismo asunto de aquella mañana, la libertad. La plenitud que yo creía conocer. Li Tzu prosiguió el raciocinio: “Nadie es verdaderamente libre mientras tenga la mente y el corazón preso a las propias sombras. Para vivir la libertad es primordial descubrir las prisiones sin rejas, las cuales son muchas y están disfrazadas, pues nos engañan al fingir protegernos. Al no entenderlas no vemos la prisión. Presta atención, pues debemos conocer profundamente aquello que repudiamos o deseamos. Nadie, ni aun un rey, será libre mientras sea esclavo de las propias sombras”.

“Cuando soy verdaderamente libre, pueden dominar mi aldea y el mundo; pueden arrojarme en el fondo de una celda fétida o abreviar mi existencia, pero jamás me alterarán”.

Li Tzu sugirió que fuéramos a la sala contigua para meditar sobre aquellas palabras. Así como la oración sirve de conexión con el lado invisible de la vida, la meditación se muestra valiosa al facilitar el contacto con la faz más profunda del ser. A medida que se expande el entendimiento de quién soy, puedo liberarme para ir más allá de quien siempre fui. Encendió algunos inciensos y velas, colocó una música suave de fondo y dijo: “Cuando te deparares con una orquídea salvaje no intentes podarla o domesticarla. La libertad es el fluido vital que la sustenta. Sólo úsala como inspiración para calmar las tempestades y hacer germinar la semilla indomable que está dentro de ti. Ella florecerá junto con la primera mañana de sol”. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Lorena 17 de junio de 2020 on 03:53

    Gracias por ese mensaje LLENASTE mi alma de cosas lindas.