Las varias muertes antes de la muerte

¡Una tragedia! Así definí los hechos cuando recibí la noticia en el monasterio. La casa en la que yo vivía estaba en una gran reforma. Mientras las obras no terminaran, como había mucho polvo y escombros, dejé todos los muebles y pertenencias personales en el depósito. En seguida viajé al monasterio para un período más de estudios hasta que pudiese ocupar la casa nuevamente. No obstante, una fuerte tempestad típica de final de verano en Rio de Janeiro, provocó una enorme inundación en varios barrios de la ciudad, inclusive donde se localizaba el depósito, y arrasó con todo aquello que estaba guardado. Muebles hechos con jacarandá, que estaban con mi familia hacía décadas; pinturas y esculturas de artistas renombrados; millares de CDs, LPs y libros, algunos raros y de primera edición; fotos antiguas y documentos; medallas, trofeos y diplomas, conquistados durante mi trayectoria profesional; toda mi ropa, salvo las que había traído en una maleta en el viaje al monasterio; los varios utensilios domésticos necesarios en una casa. Bienes adquiridos durante muchos años quedaron destruidos por el agua en apenas algunas horas de lluvia. Como yo había gastado mis ahorros en la reforma de la casa, en aquel momento me faltaban condiciones financieras para reponer los daños; sin hablar de los objetos de valor afectivo que eran insustituibles, cuyas pérdidas eran las más sentidas.

Yo sabía que los perjuicios, fueran afectivos o financieros, eran todos de carácter material. Sí, aún las pérdidas afectivas, en el fondo, se refieren solamente al aspecto material. El afecto como sentimiento, cuando es verdadero, nunca se pierde con la destrucción del objeto que apenas tiene por finalidad recordar los días de amor vividos. Como es amor, tengo el poder de llevar los recuerdos de los mejores capítulos de mi historia en un lugar donde nadie los robará ni serán destruidos: el corazón. 

Ya no tendría más el álbum de fotos de mis hijas cuando eran pequeñas, pero tendría la dulce memoria de momentos inolvidables, de una época en la que ellas no tenían más que tres palmas de altura y andaban a los saltos, como si tuvieran resortes en los pies. La nostalgia me encanta por el amor que la envuelve. 

Ya no sería posible colocar en la vitrola el LP, comprado en la nostálgica Modern Sound, legendaria tienda de discos en Copacabana, o tener en las manos la primera edición del Canto General, de Pablo Neruda, adquirido en un anticuario de Madrid, pero podría tener acceso a todas las canciones y poesías de esos maestros, apenas para quedar restringido a dos ante los muchos que  admiraba, tanto de la música como de la literatura, a través de las diversas aplicaciones online. Los oiría en el celular; leería en una tablet. Sin embargo, confieso que me dolía pensar que el estante de la casa, que yo había mandado a hacer para acomodar esos libros y discos, fuera llenado con objetos de mera decoración. Sería extraño entrar a casa y no encontrar el sofá y las poltronas que me acompañaban desde la infancia. Eran muebles tallados a mano por mi abuelo, un hábil artesano portugués, que ya estaban allí cuando mi padre era apenas un niño. Los objetos que adornaban el altar que yo tenía en uno de los cuartos, recogidos durante los años de mi peregrinación espiritual por varios rincones del planeta, tampoco existían.  

Era hora de que la vida se renovara. Absolutamente todo en la existencia tiene plazo de validez, me dije a mí mismo. 

También traía la consciencia de que todo aquello que nos sucede es para bien; aunque muchas veces tengamos dificultad, en el momento de la tragedia, para entender ese concepto y percibir su aplicabilidad. Por tanto, es indispensable no ver a través de los lentes que muestran el desastre, sino con aquellos que ofrecen la exacta lección. Por qué sucedió eso no es la mejor pregunta. Mirar la vida por el lado de la victimización nunca me será de utilidad.Qué me quiere enseñar estoes la indagación a ser hecha, al mostrarme el maestro oculto en el caos e iniciarme en una jornada más de transformación y superación. Encontraré la respuesta de acuerdo con la pregunta que haga. Con ella, la posibilidad de una nueva herramienta para la evolución esencial.

Mejor aún, si el aprendizaje llegó de modo súbito y arrebatador o violento, es necesario admitir que la misma lección ya había sido ofrecida de maneras más suaves; sin embargo, por desatención, comodidad o miedo, no lo había percibido o me había negado a los cambios indispensables a los avances inherentes a la vida. No era hora de lamentarme, sino de aprender y crecer.

Aunque sabía todo esto, no estaba siendo fácil. Por qué es tan difícil, me preguntaba. La pérdida fue grande, me respondía en el intento de explicar mi dolor. Sin ningún exagero, tenía la nítida sensación de que algo en mí había muerto, literalmente. Le confesé eso al Viejo, como llamábamos al monje más antiguo de la Orden, cuando lo encontré. Sin decir palabra, él me dio un fuerte abrazo y me ofreció una mirada sincera de solidaridad. Enseguida dijo: “Tu sensación de muerte es auténtica y real. Moriste, Yoskhaz”. Ante mi espanto, él fue desconcertante: “Morimos varias veces durante la misma existencia. La muerte física no es la única que enfrentamos; apenas la última”.

Innecesario agregar que el monje no hablaba de la infinitud de la vida espiritual. Así como no se refería a las diversas existencias de los muchos ciclos reencarnatórios, con muchos nacimientos y muertes, indispensables en el proceso evolutivo. El Viejo, en aquel momento, comentó sobre las diversas muertes por las cuales pasamos en un mismo ciclo existencial, iniciado al salir del vientre de nuestra madre y finalizado con el fallecimiento del cuerpo físico. En fin, después del nacimiento, morimos muchas veces antes del certificado de óbito firmado por un médico y por el entierro realizado por un sepulturero. Según él, yo había acabado de morir. Esto me dejó atónito. 

El Viejo alegó que el lugar adecuado para proseguir con aquella conversación era el comedor. “Todo raciocinio es más fluente cuando se acompaña con una taza de café y un pedazo de torta de avena”, bromeó. Enlazó su brazo al mío y fuimos hasta el comedor del monasterio. Debidamente acomodados, con dos tazas humeantes sobre la mesa, él volvió a sorprenderme: “Morimos todos los días, cuando, en la noche nos entregamos al sueño. Renacemos a la mañana siguiente. Si estás atento, percibirás que el día de ayer no te pertenece más. Ya está en los dominios de la muerte”.

“No obstante, el fin de un ciclo será siempre el inicio de otro. Irremediablemente. El día es apenas un pequeñísimo ciclo que compone otros mayores. Estos hacen parte de otros aún más extensos. Todos valiosos y significativos. Los ciclos, sin excepción, se justifican por el aprendizaje de su contenido. Se repiten por necesidad; se extinguen por el mismo motivo”.

“Al día, por ser un ciclo cotidiano y bastante común, no se le aplica el debido valor. Esto perjudica el cierre de ciclos mayores. Lo contrario también se aplica y podemos optimizar los ciclos. Algunos ciclos, especialmente los ligados a la existencia, son conducidos por el factor tiempoy, por su inexorabilidad, nos trae sufrimientos cuando aún no estamos listos para su fin”. 

“Morimos al dejar la infancia, al terminar el período estudiantil para entrar en el mercado de trabajo, al salir de la casa de los padres, en los divorcios, en el fallecimiento inesperado de una persona querida, en las separaciones en general, en el despido de un empleo, a cada enfermedad que deja una secuela o al tener un deseo contrariado. Créelo, para un ego primitivo todas las frustraciones y tristezas son recibidas, aún inconscientemente, como una especie de muerte”. 

Paró por un instante y me preguntó si yo sabía qué era un réquiem. Respondí que es como se llama la oración hecha a los muertos. Él meneó la cabeza y dijo: “Los lamentos y los reclamos son como lo contrario de un réquiem para sí mismo”.

“Muerte es todo fin de ciclo, sea de una lección o de una existencia. Significa que la vida debe renovarse en diferentes condiciones. Cuando todavía no estamos preparados nos causa miedo. Cuando nos apavoramos con el cierre de las cortinas desperdiciamos la belleza de toda luz que hay por detrás de ellas, entonces desperdiciamos la magia de la vida”.

Cuestioné al Viejo si todos los desastres son, en verdad, un acto brusco de regeneración de la vida. El monje asintió con un gesto de cabeza y dijo: “Cuando estamos dispuestos a enfrentar el problema con amor y sabiduría, sí. Caso contrario, será solo una tragedia. Un alma madura crece ante el caos, pues percibe la destrucción de las formas obsoletas y energías que estancan; aprovecha la oportunidad de instalar, a través de sí, una manera diferente de ser y vivir. Agradece por la oportunidad de iluminar los rincones oscuros que pasó a vislumbrar. Ideas y actitudes revolucionarias serán siempre, por pura y simple necesidad, cada vez más leves y sutiles”.

Yo no dije palabra. Terminé mi taza de café y estuve pensando en aquella conversación. Había algo que me perturbaba. Poca cosa de lo que el monje habló era novedad para mí. Yo sabía casi todo lo que él había dicho. ¿Por qué yo continuaba sufriendo? ¿Tendría el conocimiento alguna utilidad para atenuar el dolor o sería apenas retóricas académicas con ninguna aplicación a la vida real? Le confesé mis dudas al Viejo.

Él frunció el ceño y dijo: “Somos menos de lo que sabemos. El aprendizaje solamente tiene utilidad cuando se aparta del discurso y se hace inherente a la visión y a las elecciones. De lo contrario, el conocimiento no subirá los escalones de la sabiduría”.

Después  sonrió levemente y concluyó: “Mantente sereno con tu muerte para que puedas hacer buen uso de ella o morirás la misma muerte otras veces”.

Enseguida pidió permiso pues tenía una conferencia para proferir en el monasterio. Lo vi alejarse con sus pasos lentos, pero firmes.

Las últimas palabras del monje estuvieron días resonando en mi mente. Eran ideas que habitaban mis pensamientos, pero que aún no hacían parte de quien yo era. Era hora de metabolizarlas definitivamente en mí u olvidarlas. Cualquiera de las decisiones me llevaría a las merecidas consecuencias.

Yo estaba en el monasterio para un período más de estudios. No podía concentrarme en las clases, debates y conferencias. Había una bifurcación ante mi y nada me sería útil antes de una elección fundamental bajo un punto de vista existencial. Aplicar a la vida todo el conocimiento adquirido, más allá de la aparente inteligencia y de la cortesía social, era un acto de extrema madurez. Una responsabilidad asumida ante mí mismo de no convivir más con el fraude intelectual, emocional y espiritual. Huir de la verdad es lo que la hace dolorosa cuando ella nos alcanza.

Solicité ser dispensado de las actividades de la Orden durante aquel período. Sin embargo, pedí autorización para permanecer en el monasterio en reflexión, oración y meditación. Así fue hecho. Con el pasar de los días, fui sintiéndome más fuerte y las consecuencias de la lluvia perdían importancia. Lentamente, todo era claro y simple, hasta que una mañana desperté sonriendo con un rayo de sol travieso, que dribló la cortina del cuarto para besarme el rostro. 

Cuando el Viejo entró en el comedor, yo estaba sentado en la mesa con otros monjes, como denominamos a los integrantes de la Orden, en una conversación animada. Él sonrió satisfecho e hizo un gesto de que quería hablar conmigo. Hice mención en levantarme, pero él volvió a gesticular para explicar que no había prisa. Más tarde, lo encontré en su oficina. El Viejo dijo: “Tu alegría revela los cambios ocurridos en tu alma”. Le comenté que había profundizado en mí mismo para encontrar, no apenas lo que había olvidado, sino aquello que sabía y nunca me había pertenecido por falta de uso. Fui también en busca de algunas cosas que desconocía. Él meneó la cabeza en aprobación.

Le dije que estaba partiendo; aquel ciclo de estudio en el monasterio había terminado. Era hora de poner en práctica decisiones importantes que había madurado en los últimos días. Sin que el monje me preguntara le dije cuáles eran. La más fundamental, sería vender la casa. Le expliqué que me había dado cuenta que no necesitaba una casa tan espaciosa, con tantos cuartos, solo para mí. Mis hijas estudiaban  en el exterior y no pretendían retornar al terminar. Tenían sus vidas y estaban felices. Esto era lo importante. Con el dinero de la venta, compraría un pequeño apartamento. Bastaba para mí. Tendría más tiempo para visitarlas; bueno para quien ama viajar como yo, bromeé. Guardaría algún dinero para cualquier eventualidad; estas siempre suceden. Optaría por vivir en el mismo barrio de la agencia de publicidad, así podría ir a pie para el trabajo, por tanto, podría también deshacerme del carro. Me había dado cuenta que necesitar poca cosa para vivir es un verdadero lujo y una riqueza auténtica. 

El Viejo me miraba con curiosidad, como si pidiese para que yo hablara más sobre las conclusiones a las que había llegado. Le expliqué que yo no había perdido nada con la inundación. Todo lo valioso continuaba conmigo. 

Agregué que tanto las personas como las cosas se van para que podamos también partir; nunca es tarde para levantar el ancla. La vida exige movimiento; por tanto, ofrece mecanismos para que cada persona construya un puerto y, enseguida, el propio barco. La esencia de los dos barcos está en el mar. Yo le agradecía a la tempestad por haberme enseñado a navegar en sus aguas. 

El Viejo me miró profundamente y dijo: “La lluvia se llevó en el diluvio casi todo lo que tenías. No obstante, te entregó todo aquello que podrás ser”.

Le dí un fuerte abrazo al monje y le prometí que regresaría al año siguiente. Era hora de partir; me iría en el camión de los víveres que llevaba los suprimentos al monasterio. Él me acompañó hasta el portón. Cuando llegamos, Lucas, un aprendiz de cocina, que había ido a recibir los alimentos, me informó que el camión acababa de partir. Ante el impase que se formó, no lo dudé; abrí la maleta y tomé dos o tres cosas. Después, las coloqué en la mochila. Avisé que descendería la montaña a pie, así aprovecharía mejor la belleza del lugar. Lucas prometió guardarme la maleta. Le dije que no era necesario; podría donar las cosas a uno de los asilos asistidos por la Orden. El joven cocinero, como todos en el monasterio, sabía de los perjuicios provocados por la inundación; por tanto, insistió. Dijo que la ropa estaba casi nueva. Menos mal, respondí con sinceridad y tomado por una alegría arrebatadora. Lucas no desistió. Me dijo que ya no tenía casi nada. Sacudí la cabeza y le expliqué al joven: Tengo lo que soy y llevo conmigo la canción de la vida. ¡Nada me faltará!

Me aproximé al Viejo y le dije en tono bajo de voz, como quien cuenta un secreto: Que vengan las próximas muertes. Guiñé un ojo y concluí: ¡Serán recibidas en fiesta!   

El Viejo me sonrió. Me despedí con una seña y comencé a bajar. Pude oír algunas palabras de preocupación dichas por el joven cocinero en relación a la larga caminata que me aguardaba. El monje le pidió que se tranquilizara, pues mi equipaje estaba leve. Antes que Lucas contrariara el argumento el Viejo aclaró: “No hablo de la mochila, me refiero al corazón”. 

Mis pies parecían no tocar el piso. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Juan José Lira 3 de octubre de 2020 on 08:46

    Un relato sensacional , muy bien enlazado y que deja una buena dosis de reflexión.
    Un documento para leer, compartir y releer.
    Me gustaría saber el nombre del autor y darle su mérito.
    Gracias por traducir y compartir. Muchas gracias.