¿Sabes qué hacer?

“Yo no sé qué hacer”, dijo la mujer. Las dos amigas compartían un sofá en una cafetería. Yo estaba sentado muy cerca de ellas. Tenían alrededor de treinta años y estaban vestidas formalmente. Era perceptible que se habían permitido algunos minutos durante el horario de trabajo para conversar un poco. Una era rubia, la otra morena. Esta última relataba su angustia. Yo había ido del aeropuerto en metro  directo para aquella cafetería, donde solía encontrarme con mi hija que estudiaba en el campus universitario al frente. Era una costumbre nuestra reunirnos en aquel lugar, antes de que yo fuera al hotel, cuando viajaba hasta la ciudad en que ella vivía para visitarla; un ritual sencillo y muy nuestro. Los rituales sirven para crear identidades y tejer lazos de amor. El establecimiento tenía buen movimiento. Pedí una taza de café y, enredado con la maleta que llevaba, busqué un lugar para sentarme, justo muy cerca de aquellas dos amigas. Fue inevitable oír la conversación, pues la morena estaba afligida, como perdida ante una de las muchas bifurcaciones impuestas por la existencia. Aunque intentaba controlarse, su tono de voz estaba ligeramente alterado por algún descompás emocional.

Todavía faltaban unos veinte minutos para que mi hija llegara. Yo saboreaba un maravilloso café, casi cremoso, hecho por una joven y bonita barista, repleta de tatuajes y piercings. La mujer morena seguía explicándole a su amiga los motivos de la aflicción que perturbaba su tranquilidad. Ella había descubierto un desvío de dinero practicado por un colega en la empresa en la que trabajaba. Era una cuantía considerable. Antes de relatar el caso a la directoría, había buscado al colega para conversar, pues consideraba que era lo más sensato ya que trabajaban en el mismo departamento hacía algún tiempo. Por lo que pude entender, John era el nombre. Un hombre de la misma edad que ella, culto y sensible. Era muy apreciado por todos en la empresa. Había sido una sorpresa para ella; sería una decepción para todos.

Quedaron de almorzar para conversar con calma; entonces, una sorpresa aún mayor. La mujer le dijo a John que sabía del desfalco y que, si él mismo no lo hacía, ella comunicaría los hechos a los directores de la empresa ese mismo día. Ella estaba dándole una oportunidad para redimirse. El compañero la escuchó sin decir una palabra. Al final, le solicitó al mesero que cancelara el pedido del almuerzo y le dijo a ella que tuviera la gentileza de acompañarlo. La llevó a un hospital especializado en el combate del cáncer infantil. Su sobrina estaba internada allí y el dinero desviado era para costear el tratamiento. John le dijo que nunca había robado nada y sabía que era incorrecto, pero no había sido lo suficientemente fuerte para resistir la tentación. Visto desde otro ángulo, había sido fuerte lo suficiente para enfrentar la propia vergüenza e intentar salvar a la niña. Le pidió a la colega que nada contase y prometió que, si algún día obtenía la suma de dinero equivalente, lo devolvería a la empresa. Agregó que si ella relataba los hechos, sería despedido y, lo peor, difícilmente conseguiría un empleo equivalente. Confesó que necesitaba mucho de aquel trabajo, no solo por el dinero, sino porque se había graduado hacía pocos años y alimentaba muchos sueños profesionales, inevitablemente interrumpidos, si constaba un desfalco financiero en su currículo.

La amiga oía con atención. La morena prosiguió: “De otro lado, yo soy una de las personas responsables por la contabilidad de la firma. Existe una relación de confianza con la dirección. Un vínculo que no se puede romper. Así mismo, tengo un compromiso ético conmigo misma. Relatar los hechos tal vez demuestre insensibilidad de mi parte; encubrir los actos de John sería deshonesto con la empresa; además, yo sería indulgente con el fraude y la mentira. Yo sería su cómplice”. 

La rubia quiso saber qué haría la amiga.  La morena tenía el rostro mojado, engulló en seco y reveló: “Ya lo hice”.  Tras una breve pausa  dijo: “Ayer le conté todo a la directoría”. Miró profundamente a la amiga y continuó: “Esta mañana me desperté con la noticia del suicidio de John. Él no lo soportó”.  

Y comenzó a llorar desesperada.

La rubia intentaba consolarla. Para empeorar la situación, la morena comentó que cuando llegó a la empresa, fue recibida con miradas de censura por la mayor parte de los funcionarios, quienes la culpaban por la muerte de John. Ella se sentía desubicada y sin ambiente en el trabajo. “Me siento la peor de las criaturas”, confesó.

Las dos mujeres eran tan solo un poco mayores que mis hijas. Me tocó la historia. Esperé que los ojos de la morena se encontraran con los míos. Cuando ella percibió que yo la miraba, indagó: “¿Estaba oyendo?”. Moví la cabeza afirmativamente. “¿Está con pena de mí?”, volvió a preguntar. Le respondí que no. “¿Por qué me mira entonces? ¿También me está censurando?”, se sintió acosada. “De ninguna manera”, respondí. Enseguida le dije: “¿Aceptas un abrazo? Quiero ofrecerte mi corazón para atenuar tu dolor”, le expliqué. La joven meneó la cabeza diciendo que sí.

Le di un fuerte y prolongado abrazo. A punto de sus lágrimas mojar mi camisa. Sin gracia, ella pidió disculpas. Le sonreí y dije: “Eso nunca será un problema”. Ella preguntó si yo me refería a la camisa mojada. Le aclaré: “Me refiero al problema que te aflige, es más, sirve para todos los problemas. Aprendí con un viejo monje que el problema nunca será un problema, salvo si no sabemos cómo reaccionar ante la situación”.

La morena me preguntó si yo creía que ella había actuado mal al denunciar a John. “No”, respondí. Ella volvió a cuestionar: “Entonces cree que hice bien”. Me encogí de hombros y murmuré: “Tampoco”. 

Ella volvió a decir que las personas la culpaban por la muerte de John. Quiso saber si yo también pensaba así. Fui claro: “Con seguridad, no”. La joven dijo que no me entendía. Yo aclaré: “Fue una situación que nadie más vivió, solo tú. El dilema era tuyo; quien caminaba en la tempestad fuiste tú. Por tanto, ni yo ni nadie tenemos el derecho de crear tribunales existenciales. Tampoco, debes aceptar el papel de reo que intentan imponerte. Entiende que no hay necesidad de juicios, ni tuyos ni del mundo”. 

Bebí un sorbo de café; estaba frío. Me ofrecí a traer más para todos. Ellas aceptaron. La misma barista, aquella joven repleta de tatuajes y piercings, me entregó una bandeja con tres tazas humeantes. Cuando fui a pagar, ella me dijo que no era necesario. Mencionó que desconocía el motivo, pero que de lejos era solidaria con las lágrimas de la morena. Le agradecí y me senté con las chicas. Nos presentamos. La rubia se llamaba Liz; la morena, Beth. Ellas pidieron que me explicara mejor. Acepté la invitación y afirmé sin ninguna duda: “Tú no mataste a John. Tampoco lo convenciste de saltar de la terraza, no lo empujaste a los rieles del metro, ni lo persuadiste de tomar una sobredosis de calmantes. La decisión de matarse fue única y exclusivamente de él. Así como él escogió desviar los fondos de la empresa en una actitud muy noble, vale resaltar, para costear el tratamiento de la sobrina”. Beth me interrumpió y ponderó bajo el argumento de que, si la actitud de John hubiera sido noble, la de ella había sido mezquina.

Volví a discordar y amplié el raciocinio: “Podemos considerar la actitud de John noble por algunos buenos motivos. Ante todo, John fue ético”. Fue la vez de Beth discordar. Ella sostuvo que el gesto de él había sido noble por estar revestido de generosidad y misericordia. Él había puesto en riesgo su reputación y el futuro profesional con la intención de salvar a la sobrina. No obstante, el fraude había sido un error. Era un delito; por tanto, antiético”.

Les expliqué cómo pensaba: “La ética poco, o nada, tiene que ver con las leyes. La ética habita un universo más allá de los crímenes, por esto la ética es peligrosa en el sentido de transformar y conceder poder a la vida de una persona”.

“La ética es un interés antiguo de la humanidad. Los griegos clásicos la discutían profundamente. Espinosa, un filósofo racionalista, le dedicó un libro. Los metafísicos también la tratan con cuidado y cariño dada su importancia, pues habla de la reestructuración de valores y de la adquisición de virtudes para una mejor condición existencial. Algunas corrientes religiosas sostienen que la ética es primordial a la evolución espiritual”. Bebí un sorbo de café y agregué: “John fue ético. La generosidad y la misericordia, a las cuales se refirió, hacían parte de su código de ética personal”.

“La ética navega sobre un eje consciencial: saber lo que quiero para mí y aquello que no. Siendo que aquello que quiero, lo hago también por los otros; lo que no quiero, me rehuso a practicarlo. No importa lo que digan las leyes, las miradas de censura o los discursos de aplausos, las ideas preconcebidas, los patrones sociales y las reglas culturales”. 

“La ética es la elección atada al nivel de consciencia y capacidad de amar. Por tanto, cambia de un individuo a otro y hasta en una misma persona, a medida de sus transformaciones a lo largo de la vida. Espinosa decía que no debemos reírnos o despreciar las actitudes ajenas. Antes debemos comprender sus motivos”. 

“John tomó la actitud que creyó correcta; sin embargo, no tuvo la madurez suficiente para lidiar con los inevitables efectos. Cada elección conlleva una responsabilidad”. 

“No obstante, aunque es innegable la belleza de la generosidad de John, le faltó  el coraje necesario para enfrentar las consecuencias. Las virtudes se complementan en equilibrio como método eficiente de perfeccionar las elecciones y fortalecer el ser”. 

“Transferir responsabilidad es una sombra; exigir que los otros nos acompañen es otra sombra muy común, ambas oriundas del miedo. Un código de ética refinado exige mucha compasión, humildad, firmeza y coraje; además de amor, por supuesto, por parte de su portador. Cuanto más dignas y libres sean las líneas, menos aceptación tendrán por parte de aquellos que aún no entienden su alcance. Será preciso enfrentar esta falta de comprensión del mundo con madurez. Esta es la raíz de la paz. Toda la fuerza que alguien necesita lo aguarda dentro de sí”. 

Beth admitió que dudaba de mi coherencia. Las actitudes, de ella y de John, fueron antagónicas. Si yo sustentaba la ética de John, indirectamente afirmaba que ella había sido antiética. Por tanto, los compañeros tenían razón en culparla por la muerte de él pues ella lo había colocado en una posición vergonzosa. Meneé la cabeza y expliqué: “Hay un error de premisa que lleva a una conclusión equivocada. Una cosa no necesariamente anula la otra en oposición. Tenemos que aprender a pensar sin maniqueísmos, en la superada fórmula de dividir el mundo entre héroes y villanos. Esto, además de ser un error, hace la vida muy aburrida, poco profunda y pesada”. 

Bebí un sorbo de café, antes de que se enfriara de nuevo, y aclaré: “Beth, también fuiste ética. Aunque te sensibilizaste con los bellos motivos de John, consideraste que no podías atribuirte la responsabilidad moral de esconder sus actos. Entendiste que esa actitud te hacía cómplice del fraude y te negaste a consentir el delito. Tenías un compromiso asumido cuando aceptaste el cargo; tu honestidad también es una virtud. Sin olvidar que le fue concedida la oportunidad de buscar a los directores para intentar resolver la cuestión, sin necesidad de que lo denunciaras. Él habría salido fortalecido si así lo hubiera hecho, principalmente ante sí mismo”. 

“Sin embargo John se rehusó el enfrentamiento. Tal vez por no estar listo para eso, hecho que no se te puede atribuir. De otro lado, actuaste de acuerdo con tus conceptos morales; decidiste en razón de los compromisos profesionales asumidos y tu capacidad de asumir las consecuencias dentro de la empresa. Sí, en caso de haber encubierto a John y si hubieran sido descubiertos por otro funcionario, también serías responsable por el desfalco. Tanto tú como John actuaron de acuerdo con sus principios y valores. Ambos fueron éticos”. 

Beth levantó otra hipótesis: “¿En caso de que yo actuara diferente y hubiera decidido proteger a John, aún bajo el riesgo de estar aliada con él, yo continuaría siendo ética?”. Respondí de inmediato: “Si la convicción necesaria para la elección está armonizada entre la mente y el corazón, la respuesta es sí”.

Ella miró durante algunos segundos hacia la calle a través del vidrio de la cafetería, volvió a mirarme y concluyó: “Apenas John es responsable por su muerte. Nadie más”.

Le recordé lo más importante: “John tuvo un problema porque no supo enfrentar los efectos de su elección. Tú también tendrás un problema si no entiendes cómo debes reaccionar ante las consecuencias de tu decisión”. 

Vino la inevitable pregunta. Ella quiso saber cómo debería reaccionar ante las miradas y comentarios de censura de sus compañeros de trabajo. Yo no titubeé: “Con ética”. 

Ella me miró asustada como si estuviera loco. Sonreí. Enseguida la provoqué con la intención de aclarar mi raciocinio: “¿Sabes qué hacer contigo misma?”. Atónita, no respondió. Le expliqué de manera que no quedara duda: “Esta es una cuestión inconsciente en la mayoría de las personas. No saben qué hacer con ellas. La ética me muestra, no solo la persona que soy, sino que me enseña a llegar a aquella que quiero ser. La ética es el ejercicio de las virtudes aplicadas a la vida. Me enseña mucho sobre el amor”.

Beth confesó no saber si podría superar la condena impuesta por parte de los compañeros. Expuse mi manera de pensar: “Entiende que todo juicio público es vil y cobarde. Analizan sin conocimiento y criterio. Acrecientan el peso de sus frustraciones y tristezas. Juzgan con facilidad por tener dificultad para entender quiénes son. Niégate a participar de ese triste espectáculo; tienes ese derecho”.

“Jamás permitas que la oscuridad del mundo apague tu luz”. 

“Recuerda que debemos saber lo que queremos y lo que no queremos para nosotros. La ética es este sendero; las virtudes son la locomotora que impulsan el vagón de la vida”. 

“No olvides que actuaste dentro de tus parámetros de consciencia y amor. En ese momento, tomaste una decisión sincera en tu relación contigo y honesta con el mundo. ¿El entendimiento con relación a la amplitud de esos conceptos puede cambiar? ¡Claro! Así como todos, estás en pleno proceso evolutivo y, para esto, pasarás por innúmeras transformaciones. ¿Debo sentirme culpable si mañana pienso diferente de lo que pienso ahora? No. Pues en este instante ofreces tu mejor, estás en el límite de tu capacidad. Por ahora, apenas esto importa. Sin embargo, lleva contigo el compromiso de siempre intentar hacer diferente y mejor en una próxima oportunidad. Por tanto, perdona a aquellos que no te entienden. Perdonar es ofrecer una salida hacia la luz para quien está perdido en la oscuridad”.

“Dentro de cada persona existe un guerrero y un monje. La fusión entre ellos crea al maestro. Por esto la necesidad de las infinitas transformaciones hasta el perfecto equilibrio entre qué virtud aplicar en cada caso, pues existe la hora del y el momento del no. Cree siempre en ti, pues en tu interior están guardadas todas las respuestas a las preguntas sin fin. Por tanto, nunca dejes de confiar en ti”.

“Sin más, sigue en frente. Lamentos, culpas y conflictos llevan al estancamiento; esto sí es un error. La vida exige movimiento. Sin avance no hay luz”.

Permanecimos un tiempo sin decir palabra, apenas mirándonos. Beth suspiró profundamente y enseguida dio una linda sonrisa. Dijo que aquella conversación le había quitado un enorme peso de encima. De hecho, las facciones de su rostro eran más leves. Guiñé un ojo, como quien quiere bromear e insistí: “¿Sabes qué hacer contigo?”. Ella volvió a sonreír y respondió: “Algunas cosas las sé, otras aún no. De las que sé, una jamás voy a olvidar: nunca dejaré que la oscuridad del mundo vuelva a apagar mi luz”.

Liz, satisfecha con el ánimo renovado de la amiga, le dió un beso en el rostro. Cuando volvimos a beber el café, estaba frío de nuevo. Reímos. En ese momento, mi hija entró en la cafetería. Intercambiamos un abrazo apretado. Hacía casi un año que no la veía. Se la presenté a Liz y a Beth. Conversaron un poco sobre amenidades, pero teníamos que irnos. Nos despedimos sin saber si algún día volveríamos a encontrarnos. Esta es la parte que cabe a la magia de la vida.

Cuando estaba saliendo, la barista, aquella joven repleta de tatuajes y piercings, me entregó un vaso desechable con café fresco y dijo que era porque el de la taza se había vuelto a enfriar. Una vez más, no quiso cobrarme; alegó que ya estaba pago. A mi hija se le hizo extraño y preguntó quién era la chica. Le expliqué: “Es un ángel. Ellos tienen mil disfraces”. 

Ya en la calzada, por la ventana de la cafetería, vi a Beth por última vez. Ella me miraba. Movió lentamente los labios para que yo entendiera sus palabras. Era un resúmen de aquella conversación: “Perdone, confíe en sí y siga enfrente”.     

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Ruth 6 de octubre de 2020 on 10:04

    Invaluable relato, no me queda más qu3 agradecer este tesoro.