El tamaño de una autoridad

Algunos años atrás acompañé al Viejo, como llamábamos al monje más antiguo de la Orden, a una universidad donde el rector solía invitarlo para dar conferencias. Habría un simposio sobre transformaciones sociales, justo cuando en algunas metrópolis se daban agitadas manifestaciones populares. La universidad, como centro generador y catalizador del pensamiento crítico, necesitaba entender la óptica y los motivos de todos los involucrados. Fueron invitados líderes sindicales y empresarios; magistrados y parlamentarios; policías, estudiantes y profesores; artistas, sicólogos y filósofos. En fin, todos aquellos que, al menos en hipótesis, pudieran colaborar para un mejor entendimiento y avance en las relaciones sociales. A cada cual le sería dado el mismo tiempo para exponer sus razones. Dentro de sus respectivas especialidades y experiencias, hablarían sobre los cambios que deberían suceder para que la sociedad avanzara según los objetivos deseados. En aquel día, el Viejo alegó un ligero malestar y pidió que yo lo substituyera, a lo respondí que  no estaba preparado. Él sonrió y sugirió: “Sigue tu corazón”. Se dió media vuelta y fue a sentarse en el auditório. 

Tan solo le pedí al rector que me dejara hablar por último. Acomodado en el palco junto a los demás conferencistas, presté atención a lo que los otros hablaban, mientras pensaba sobre cómo abordaría el tema cuando llegara mi vez. Percibí en los oradores, con cierta recurrencia, la facilidad para indicar errores administrativos, tanto del pasado como del presente, atribuyéndole la responsabilidad a terceros. Las soluciones señaladas se mostraban genéricas y difusas, dependientes de circunstancias económicas o políticas con resoluciones complejas y de muchas variantes. Confieso que comencé a considerar todas las charlas estériles, vagas y carentes de la consistencia necesaria para promover cambios efectivos. Los discursos proponían soluciones de poca practicidad, sin la osadía de arriesgar con nuevas ideas y, lo más grave, ningún historial que demostrase un sincero compromiso personal. Las propuestas me parecieron inocuas por depender de aspectos y posibilidades más allá del individuo común, como si esperaran el surgimiento de un fenómeno improbable y colectivo. Hacía algún tiempo que el discurso de la transferencia de responsabilidad me tenía cansado, así como la insistencia en obligarme a seguir una manera de pensar que no era la mía. También cansaba la repetida retórica con soluciones ortodoxas y supuestamente infalibles, con las que deberíamos seguir algunos electos para salir de la crisis. En determinado momento, uno de los conferencistas, acompañando la línea de raciocinio predominante, afirmó que había un vacío de autoridad en elmundo; no se fabricaban más líderes como antes. En aquel instante entendí sobre qué asunto debería hablar.

No por casualidad, hablaría enseguida. Inicié la conferencia en contravía de los demás. Señalé aleatoriamente a varias personas en el auditorio y afirmé con serenidad: “Ninguna autoridad es mayor que ustedes”. 

Las palabras generaron un enorme murmullo en el auditorio, pero también crearon incomodidad por ser antagónicas a la posición de los demás conferencistas. Uno de ellos pidió una interpelación. El rector comentó que todos habían tenido la oportunidad de hablar sin ser interrumpidos, así que yo tendría el mismo derecho. No obstante, autoricé la interferencia con el siguiente comentario: “Cualquier tema solamente será polémico cuando las pasiones se sobreponen a la sensatez y al equilibrio. No quiero suprimir ninguna opinión que se oponga a la mía. Cuando evito la verdad por sentir miedo, me alejo de lo mejor que hay en mí. 

Hice un gesto permitiendo que aquel conferencista se manifestara. Era un hombre que hacía tiempo ocupaba un importante cargo gubernamental. Cuestionó que, si cada uno es la mayor de las autoridades, nadie respetaría a nadie y la ciudad estaría en caos. Me esforcé para aclarar: “Este punto es de extrema importancia y necesita del debido cuidado”. Hice algunas preguntas al estilo socrático: “¿Por qué razón, cuando hablamos de autoridad, nos referimos al control de la vida de una persona hacia otra? ¿Por qué motivo, al depararme con una autoridad, personificada en otro individuo, tengo la sensación de tener el poder de mi existencia usurpada por alguien?”. 

“¿Por qué insistimos en soluciones que estén más allá de nosotros mismos? Tal vez este sea el motivo de nunca alcanzarlas”.

Percibí que la platea estaba inquieta. Todavía no sabían exactamente a lo que me refería. Aclaré lentamente: “Me refiero a las crisis”. Hice una pausa proposital y agregué: “Toda y cualquier crisis. Desde las financieras a las emocionales, de las políticas a las existenciales. Todas las crisis se alimentan de la ausencia de autoridad que cada una tiene por sí misma”.

“Por pura lógica, las crisis llegan a término cuando rescatamos esa autoridad”.

“Las crisis son consecuencias inevitables de elecciones que, por algún motivo, se muestran equivocadas. Pueden también demostrar prácticas que parecen válidas en determinado período de espacio tiempo; sin embargo, agotaron la utilidad que tuvieron. Siempre existirá la necesidad de cambios, esta es una inexorable ley universal”.

“¿Qué significa esto? Si puedo comprender que las dificultades son herramientas evolutivas por llevarme a la superación del problema y hacerme un individuo más virtuoso, no me dejaré abatir ni recurriré a cualquier tipo de violencia para alejarme de la crisis. Me reinventaré”.

“Es indispensable conocer y enfrentar los orígenes de la crisis en sí mismo, ya que cada uno la alimentó, sea por acción o por omisión. También reconocer que las crisis son semillas de grandes transformaciones, a menudo, impulsan grandes pasos evolutivos siempre y cuando estén envueltas en amor y sabiduría, concomitantemente”.

“Cuando superamos una crisis, nunca salimos igual o del mismo tamaño. En verdad, quedamos diferentes y mejores de lo que éramos. Siempre”.

“No importa la especie, origen o tamaño de la crisis. Si llega, probablemente parecerá grave. Nada más natural que, así como muchos, se sientan desorientados sobre qué rumbo seguir. Escuchen a todos y ponderen; lean mucho y reflexionen; mediten, oren. Todo esto tiene extremo valor. Sin embargo, cuando se decidan, háganlo dentro de la mayor amplitud que su consciencia alcance, escojan por sí, por su corazón. Pueden equivocarse algunas veces, acertarán en otras, pero estarán cimentado los fundamentos de su alma. Por tanto, cuando lleguen las consecuencias, que son inevitables, ustedes estarán en paz por haber ejercido pleno poder sobre la propia vida y por la relación digna que mantuvieron consigo mismos. Así hacen aquellos que son libres”. 

“El más craso de los errores es delegar en alguien el destino de la existencia. Esta es la única ausencia de liderazgo que puede haber. Cuando esto sucede, el transferir el poder de la vida a alguien y aunque haya algún alivio al inicio, esta sensación será poco profunda y de corta duración. Luego vendrá el sufrimiento proveniente del dominio, de la impotencia y de la falta de horizontes. Con ello, la tristeza los envolverá, manifestada en depresión o revuelta, exteriorizada a través de la violencia. Estos son los esclavos modernos; ellos son muchos y, lo peor, no se perciben en este papel”. 

“Cada vez que huímos de nosotros mismos y de la responsabilidad que tenemos ante la propia evolución, la verdad nos alcanza por intermedio de las crisis. No para punir, sino para corregir la ruta y entregarnos las riendas de la vida. Agárrenlas”.

“Cada vez que reconozco una autoridad y le concedo la fuerza de hacerme decidir de manera contraria a mis ideas, valores y virtudes, le entrego el poder de mi vida a otra persona”. 

Volví a señalar a algunas personas y disparé: “Eres el único líder que debes seguir”.

El auditorio enmudeció. Proseguí: “¿Por qué la dificultad que tenemos para entender que el único y verdadero poder que cada uno de nosotros tiene es el de decidir sobre la propia vida?  Es un poder fantástico, transformador y frecuentemente desperdiciado. ¿Por qué aún después de siglos de sufrimientos, aún con las posteriores aclaraciones, insistimos en el vicio ancestral de pensar en autoridad como una absurda herramienta de subyugación de intereses y deseos?”. Miré al auditorio y les dije: “Al rescatar la autoridad sobre sí mismos, sentirán la vida latiendo de nuevo en la palma de sus manos”.

El murmullo volvió; la incomodidad era casi absoluta. Mis ojos encontraron los del Viejo en el público. Él apenas meneó la cabeza en aprobación. Respiré hondo para concluir.

“Así, para salir de una crisis, al menos de manera verdadera y profunda, será necesario recuperar la autoridad sobre la propia vida. Todo el resto es manipulación y fuga”. 

Volví a hacer una pausa antes de finalizar: “Ninguna transformación social será efectiva y eficiente si no es antecedida por una revolución personal de valores y virtudes. La consciencia debe expandirse y el corazón transbordar. Cuando esto no sucede, la historia se repite, no como farsa, sino como lección. No se cambia el mundo sin transformar el ser; no se soluciona ninguna crisis sin iluminarse a sí mismo”.

Incentivado por el conferencista que me cuestionó, una estruendosa rechifla rompió en el auditorio. Oía también algunos gritos, todos de reprobación por mi retórica. Místicoalienado, fueron algunas de las acusaciones proferidas. No me sorprendí. Mis palabras eran la antítesis de las creencias que muchos consideraban inmutables, dentro de los parámetros cerrados de fórmulas políticas repetidas, aunque fracasadas a lo largo de los siglos. Lo nuevo causa repulsión hasta que se entienda que llegó no para condenar lo antiguo a la ceguera, sino para mostrar la posibilidad de diferentes visiones. 

El Viejo, al contrario de los demás, parecía divertirse, pues sonreía encantado. Vi que apenas una mujer de cabello rizado y gafas de aumento, con aro arredondado, me aplaudía aunque de manera tímida. El rector esperó que los ánimos se calmasen, agradeció la participación calurosa de todos y prometió que en breve habría otro ciclo de conferencias. En la despedida, algunos oradores me miraban con desdén, otros no escondían la satisfacción de que mi tesis hubiese sido desaprobada. Pienso que se sentían victoriosos. El Viejo percibió la reacción de ellos cuando se aproximaba y, al abrazarme, me susurró al oído: “Nunca desees la victoria de los tontos, solamente ellos no entienden que, en verdad, nada ganaron”. 

Enseguida, quiso saber cómo estaba. Fui sincero: “Estoy bien. Ya no me afecta cuando discrepan conmigo. Dejé de intentar convencer a las personas sobre mis razones; no quiero ejercer ninguna autoridad sobre quien quiera que sea. Me empeño en exponer mis ideas de manera clara y tranquila. Tener autoridad apenas sobre mí basta. Nadie necesita acompañarme”. El Viejo meneó la cabeza en concordancia y comentó: “Así te permitirás siempre la ligereza necesaria para no estancarte ante las contrariedades de la vida”. 

Fuimos interrumpidos por el rector. Los dos habían programado conversar a solas; eran amigos hacía mucho tiempo. Nos encontraríamos con el Viejo por la noche en la estación antes de embarcar en el tren de regreso al monasterio. Sin nada para hacer, anduve por el campus hasta encontrar un lindo jardín. Me senté en uno de los bancos apreciando el movimiento de los estudiantes cuando fui sorprendido por la mujer de cabello rizado y lentes arredondados. Sin pedir autorización, se sentó a mi lado. Traía dos vasos de café y me entregó uno, como si no tuviera duda de que yo aceptaría; por supuesto, acepté. Bromeé al decir que era apenas por el hecho de ella haber sido la única persona que me había aplaudido aquella tarde. Era una mujer con una belleza singular. Dijo llamarse Meg y era profesora de matemáticas en aquella universidad. Enseguida me dijo que no me alegrara con los aplausos, pues no tenía certeza si le había gustado mi charla. Por eso estaba allí. Bebí un sorbo de café e hice un gesto con la mano para que ella se sintiera cómoda para hablar.

Meg dijo que tal vez yo estaba distante de la realidad. No creía tan simple la idea de poseer autoridad plena sobre sí misma. Así como en la matemática, la cuestión de la autoridad era compleja y poseía diversas variables. Dijo que, no obstante, mis palabras la habían tocado por la conexión que parecían tener con su vida. Me contó que venía de una familia tradicional, regida por su abuela, una rica matriarca, centralizadora y muy rígida. Cuando era adolescente, quedó embarazada y se vió forzada a casarse. El joven era de una familia conocida y con patrones semejantes. Al poco tiempo el matrimonio se volvió una pesadilla. Aunque nunca ocurrieron agresiones físicas, él la trataba con desprecio y rabia, pues consideraba que ella había dañado su vida. El marido se graduó y se convirtió en un gran ejecutivo de una poderosa multinacional. Ella tuvo que dejar los estudios para cuidar de la casa y del hijo. Aunque vivía cercada de lujo, nunca había tenido comodidad emocional. En las reuniones familiares, la matriarca elogiaba a todos los nietos, todos diplomados en renombradas universidades, ningún elogio era dirigido a ella. Desde que quedó embarazada precozmente, nunca más tuvo una palabra cariñosa por parte de cualquiera de los familiares, a pesar de los constantes esfuerzos en ser agradable y prestativa. 

Todos los días por la mañana, sentía deseo de divorciarse e iniciar una vida diferente; por la tarde desistia. Sabía que en caso de separarse del marido, jamás sería aceptada por la propia familia. Allí ningún matrimonio había sido deshecho. Tenía que oír en fiestas y reuniones que todos eran diplomados, menos ella. El marido, a su vez, sabiendo eso, abusaba de ese abandono emocional en que Meg vivía desde el embarazo. Como no había estudiado ni poseía experiencia profesional, ella no vislumbraba ninguna salida. 

El tiempo pasó y cuando su hijo se graduó, fue a trabajar en el exterior. El día que lo llevó al aeropuerto, al regreso, tomó una importante decisión. Proseguiría con los estudios. Como al marido no le importaba lo que ella hacía, desde que la casa estuviera en orden y las apariencias preservadas, terminó la educación superior y consiguió cupo en la universidad. Ya que le gustaba mucho el raciocínio lógico y se sentía a gusto con los números, decidió cursar Matemática Aplicada. Estudió mucho y cuando se graduó, fue invitada a trabajar en la facultad como profesora asistente. 

El día del grado invitó a toda la familia. Su hijo vino de lejos para homenajear a la madre. El marido no pudo ir, bajo el pretexto de un importante viaje profesional. Unos pocos familiares estuvieron presentes. Su abuela se sentó en la primera fila. El corazón de Meg saltaba, pues estaba segura de que la matriarca le regalaría un anillo de grado, como lo había hecho con los otros nietos. Para Meg el anillo representaba su tan soñada aceptación familiar. Sin embargo, una sorpresa. La abuela, aunque la felicitó, usó el absurdo argumento de que el anillo solamente era merecido para aquellos que seguían carreras de respeto, como médicos, ingenieros y abogados, una tradición en la familia. 

La mujer contó que aquel día que debería haber sido muy alegre, fue el más triste de su vida. Después de que se despidió del hijo, fue para la casa y lloró durante toda la noche. A la mañana siguiente, al llevar el traje del esposo a la lavandería, encontró una nota en el bolsillo. Acababa de descubrir uno más de los innumerables casos de infidelidad practicados por él. 

Meg retiró las gafas para secar una lágrima rebelde. Le pregunté cuánto tiempo había pasado desde que ocurrieron aquellos hechos. Para mi espanto, ella dijo que habían transcurrido hacía varios años. Confesó que estaba decidida a separarse y a enfrentar el rechazo de la familia. Debía sentir amor por sí misma o, como yo había expuesto en la conferencia, rescatar la autoridad sobre la propia vida.

Aunque había contratado un abogado para el divorcio, admitió que todavía no había tomado ninguna actitud, pues había una enorme dificultad para romper con la vida que tenía. A veces pensaba que como estaba acostumbrada al dolor, debería conformarse y seguir con la rutina de siempre, bordeando una situación aquí, otra allí. Otras, al imaginarse hablando con el marido, la abuela y demás familiares sobre sus nuevos propósitos y decisiones, entraba en pánico al pensar que sería masacrada con críticas y desprecio. No deseaba volver a aquellos días de sufrimiento y abandono, pero no lograba dar el paso siguiente para cerrar un ciclo existencial e iniciar otro.Era una decisión que había tomado para sí, pero no podía transformarla en acción.

Me encogí de hombros y le comenté: “Entiendes la crisis porque eres capaz de identificar el origen del dolor. Sin embargo, el miedo de la responsabilidad para romper con el estilo de vida con el cual te acomodaste, te impide aprovechar lo mejor que hay en tí. En el fondo, no eres víctima del abandono emocional impuesto por tu familia, como puede parecer en un análisis superficial. Eres víctima del propio miedo. Del miedo de ser entera y auténtica, de mostrarle al mundo que cada individuo posee una belleza única y peculiar. Todos tenemos este derecho. En verdad, te rendiste a tu miedo. Así, solo tu podrás rescatarte”. Bebí un sorbo de café y le recordé: “Es una lógica matemática”.

Argumentó que mi tesis no era para personas comunes y débiles como ella y ponderó que no le gustaban las peleas y confusiones. Me esforcé para que el tono de mi voz tuviera una mezcla entre la dulzura y firmeza: “Ser fuerte es una elecciòn. Una simple elección. Ser fuerte no se confunde con brutalidad o violencia de cualquier naturaleza. La fuerza de una persona se establece a través de la dignidad con la cual decide tratarse a sí y a los otros. El poder de un individuo está en la libertad con que sigue sus principios y valores, aunque sean contrarios al deseo de muchos. La luz de una persona está en envolver con amor todos los problemas. Apenas encontramos la paz cuando vivimos en el exacto límite de nuestra conciencia, haciendo lo que ella nos dice. La felicidad está en encontrar la belleza en todas las situaciones de la vida”.

“Solamente así rescato la autoridad sobre mi existencia”.

Meg sostuvo que aquel discurso no era simple y fácil como yo lo hacía parecer. Concordé solamente en parte: “Tienes razón cuando dices que no es fácil. Romper con el pasado, construir una vida diferente, enfrentar situaciones desconocidas, asumir la responsabilidad por las consecuencias de las nuevas elecciones, rasgar la cartilla de una existencia que te enseñaron como única, exige mucho esfuerzo en el proceso de entendimiento y construcción. No obstante, es simple por depender apenas de ti”.

“Para superar la crisis en la cual te encuentras, no necesitas la autorización de tu marido, la aprobación de tu abuela ni la aprobación de nadie. Basta firmar compromiso contigo misma. Es de una simplicidad deslumbrante”. 

Meg dijo que tal vez fuese su karma vivir con aquella familia. Le recordé el otro lado de la misma cuestión: “Karma, según las tradiciones orientales, es aprendizaje. Nada más que esto. El karma persiste mientras las lecciones aún no han sido interiorizadas y aplicadas en el día a día. Podemos vivir al lado de cualquier familia, por más complicado que sea, pero determinar los límites entre la delicadeza y la justicia, la extensión de los permisos concedidos y tener respeto por sí mismo, llevan a extinguir el karma en el perfeccionamiento de las relaciones”.

Y si todo sale mal y la vida se pone aún peor, me cuestionó. Volví a encogerme de hombros y respondí con sinceridad: “Nada peor que no tenerse a sí mismo. Este es el mayor de los abandonos”.

Entonces llegó el momento crucial. Ella me preguntó qué haría si estuviera en su lugar. Fui lacónico: “No sé”. Meg me miró atónita, ella esperaba por la exacta respuesta que no llegó. Ella insistió en la pregunta, mantuve la posición: “Una vez más quieres entregar la autoridad de tu vida a otra persona. Gracias por la confianza, pero rehuso la invitación. Converso sobre cuestiones filosóficas, pero me niego a administrar la vida ajena”.

Vi el terror en los ojos de Meg. El miedo de enfrentar la verdad, de asumir el control sobre la propia existencia y de las inevitables consecuencias. Este es el punto donde muchos desisten. Ella quería que yo diera el veredicto. De lo contrario, tendría dificultad para proseguir, pero yo no podía. Si lo hiciera, no la ayudaría; era hora de que ella se lanzara en vuelo sobre el abismo. Ella necesitaba aprender a orientarse por su propia consciencia para descubrir y expandir sus verdades. De otra manera, nunca tendría autoridad sobre sí misma.

Ella aún esperó algún tiempo con la esperanza de que yo hiciera un fallo. Me mantuve en silencio. Fui hasta donde podía. De allí en adelante era parte que cabía solamente a Meg. Triste, dijo que yo era un fraude y se mostró arrepentida por haberme buscado para conversar. Alegó que yo no tenía las respuestas que ella tanto precisaba y se fue. 

Era verdad, yo no las tenía. Nunca las tendré. Sentí ganas de decirle que nadie tiene respuestas sobre la vida de nadie. Cada uno encontrará apenas las respuestas sobre la propia vida. Este es el tamaño de una auténtica autoridad.

Gentilemente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Caetano 14 de octubre de 2020 on 19:31

    Gracias amigo.