Las fronteras de la solidaridad

En aquel año había sido encargado de coordinar un curso tradicional en la Orden, denominado La jornada del autoconocimiento a través de textos sagrados. Se trataba de una serie de estudios sobre textos de las más diversas tradiciones filosóficas y metafísicas, desde el milenar Tao Te Ching, pasando por las Cartas de Séneca, agarrados de la mano por la poesía sufi de Rumi y las esotéricas de Fernando Pessoa; estudiábamos las leyendas chamánicas, leíamos historias sobre las enseñanzas cabalísticas y finalizamos con la interpretación de algunos trechos del Sermón de la Montaña. Era muy interesante percibir cómo la sabiduría, independiente del origen, siempre apuntaba hacia una única dirección: “conócete a ti mismo y conocerás la verdad” y para enseguida complementar, “conoce la verdad para liberarte”. El curso duraba un mes. Permanecíamos en el monasterio y las clases tomaban toda la parte de la mañana. Todo seguía bien hasta que recibí un telefonema y, dado un problema familiar, tuve que regresar a casa antes del término de ese período de estudios. Escogí a un monje, como eran denominados los miembros de la Orden, para sustituirme en la coordinación del curso. Cuando me despedía de todos, noté que otro monje, con expresión seria, se acercó para conversar conmigo. Bruno era su nombre. En frente de todos, cuestionó mi decisión. Alegó haber sido injusto. Le expliqué mis razones y los criterios que usé para escoger al sustituto. Inconforme, él insistió en la acusación y dejó sobreentendidas algunas insinuaciones maliciosas que, según él, habían influenciado mi decisión. Entonces, sucedió algo que yo no debía haber permitido: me dejé irritar. En vez de proseguir argumentando de modo sereno y percibir el momento de cerrar la conversación, inicié una discusión que escaló tonos muy desagradables. Yo estaba descontrolado cuando atravesé los portones del monasterio para volver a casa.

Estuve mal durante varios días. No porque estuviera arrepentido de la decisión sobre el sustituto del curso. Yo estaba seguro de haber hecho una elección justa, sino ante las ponderaciones de Bruno. Sin embargo, estaba profundamente molesto por haberme descontrolado y entrado en una enorme pelea, ante una situación en la cual tenía la posibilidad, muy sencilla, de comportarme de manera serena y sabia. En las clases, con base en las diferentes corrientes filosóficas desde el estoicismo hasta el budismo, era enseñado que, sin nuestro permiso, las tempestades del mundo nunca tendrán la capacidad de alcanzarnos. No obstante, lo había permitido. Además de contagiar la psicoesfera del monasterio con energías densas, oriundas de una discusión innecesaria, yo había sido reprobado en otro examen aplicado por la vida. Aún no lograba ser aquello que sabía. 

Al año siguiente, cuando regresé para un nuevo ciclo de estudios, coincidió con el período en el que Bruno también estaba presente. Desde el inicio, era perceptible su animosidad conmigo. No me dirigía la palabra; se retiraba cuando yo entraba en un ambiente donde él estaba; sus ojos denotaban rencor. Su comportamiento me incomodaba. Pasados algunos días, lo encontré solitario en el refectorio. Antes de que él pudiese evitarme, me acerqué. Le pregunté si podíamos conversar, aclarar el malentendido y deshacer la emoción nociva que aún reinaba. Le dije que ambos ya habíamos reflexionado bastante sobre el hecho, sin juicios con relación al otro, sino con la sincera reflexión personal, que cada uno entendía y asumiendo la responsabilidad para hacer diferente y mejor de allí en adelante. Así, tendríamos una convivencia saludable, con humildad, compasión y alegría. Sería una victoria colectiva.

El me respondió que no tenía ningún interés en reconciliarse conmigo. Argumenté que no era necesario tanto odio, a lo que respondió que ni siquiera eso yo merecía. Dijo que se trataba solamente de desprecio. Confieso que me sentí aún peor.

Ese mismo día, fue divulgado por la dirección de la Orden el boletín de los cursos de aquel período de estudios. Para mi sorpresa, me mantuvieron en la coordinación del mismo curso, a pesar de lo ocurrido el año anterior. Por no esperar, me alegré con la nueva oportunidad. A Bruno le ofrecieron el comando de otro curso. Como de costumbre, era dado a los monjes el derecho de escoger cuales clases frecuentar. De esta vez, poquísimos se inscribieron en mi grupo. El de Bruno estuvo bien concurrido. 

Oí comentarios sobre un probable movimiento para sabotear mis clases. Fue cuando el Viejo, el monje más antiguo del monasterio, me encontró en la terraza con la mirada triste ante las bellas montañas de los alrededores, mientras los pensamientos vagaban por muchos lugares en el intento de encontrar los mejores fundamentos. Con su forma de ser dulce, se sentó a mi lado sin decir nada. No era necesario. Comencé a despejar mis insatisfacciones, dudas y razones. El Viejo dejó que yo hablara hasta el cansancio. Admití la posibilidad de pedir mi exclusión de la Orden por causa del desconforto que yo sentía. El Viejo ponderó con su forma de ser que mezclaba firmeza y delicadeza: “Haz una reflexión sincera para que puedas tener una conversación honesta. Después me dices si es eso mismo lo que quieres”.

Le confesé que no. En verdad, me había encantado la posibilidad de continuar como responsable por el mismo curso del año anterior, causa de toda la polémica. Yo había deducido que la dirección de la Orden había manifestado, a pesar de mi descontrol, que la provocación había sido injusta, o tal vez no era nada de eso, y que solamente me estaban ofreciendo una nueva oportunidad. Cualquiera de los motivos me alegraba. A Bruno también le estaban dando una oportunidad. Sin embargo, la reacción de los monjes, cuya mayoría había evitado mis clases, demostraba una evidente condena a mi comportamiento. Yo estaba incómodo y sentía que no había ambiente para continuar. Cité un dicho popular que dice preferible ser feliz a estar correcto. El Viejo hizo un gesto con la mano y discordó: “Bobadas. Agotarse en el intento de convencer a otros sobre el valor de nuestras razones sí es pérdida de tiempo y abre las puertas de la amargura. No obstante, al abandonar el propio camino por falta de coraje al enfrentar las dificultades que se presentan, nos llevará a entrar por la misma puerta”. 

El Viejo me aconsejó: “Las personas tienen sobre nosotros el poder que les concedemos. Así de simple. La opinión del mundo no puede impedirle a una persona ser plena. Respeta a todos pero, por encima de todo, respétate a ti mismo”.  

Le conté al Viejo sobre la conversación que había tenido más temprano con Bruno en la cafetería. Él arqueó los labios con dulzura y dijo: “El desprecio es el vano intento de disfrazar la agresividad con el barniz de la amabilidad. En el fondo, no pasa de un acto de violencia como los demás. Sin embargo, no te permitas ese golpe. Toda agresividad revela la porción de incomprensión que el ofensor tiene con relación a sí mismo, sus dolores y fragilidades. Todo odio se origina en la incapacidad de lidiar con las dificultades, de enfrentar los problemas y buscar la superación a través del perfeccionamiento del ser en el vivir. La irritación es una muestra inconsciente de inseguridad, del miedo de no ser capaz de superar el obstáculo que se opone a un deseo. El odio es el veneno del fruto cuya semilla es el miedo”.

Comenté que se me hacía extraño el hecho de que Bruno hiciera parte de una hermandad espiritual como la OEMM. Fue cuando el Viejo me mostró la importancia de ofrecer la otra mejilla, es decir, el lado de la luz: “Ellos son los que más precisan de acogimiento, compasión y amor. La razón para que el monasterio exista es amparar a aquellos que necesitan ayuda”. Lo miré asustado, como quien hace una pregunta sin palabras. El Viejo se encogió de hombros y confirmó: “Sí, todos necesitan ayuda, inclusive tú y yo”.

Avergonzado, bajé los ojos pues él tuvo que recordarme que la humildad es la virtud primordial del Camino. El Viejo trató de rescatar mi ánimo en el trato con Bruno: “El valor está en tu acción y no depende de la reacción de él. Hiciste lo posible para terminar con las emociones exaltadas. Existe la parte que le corresponde a él. No hay como interferir más allá de este punto”.

¿Punto? ¿Cuál punto? Se me hizo raro. El Viejo explicó: “La voluntad del otro en superar el problema. En esencia, significa la disposición para ir más allá de sí mismo. No podemos imponer aquello que los otros no quieren o no creen. Toda la verdad es personalísima. No va más allá de la persona que la comprende. Estará siempre en el límite de las virtudes agregadas, a nivel de la conciencia expandida y de las elecciones perfeccionadas”.

“De otro lado, tú no puedes dejarte desmoronar por el comportamiento ajeno. La oscuridad de nadie puede tener fuerza para apagar tu luz”.

Le pregunté cuál sería la mejor postura de allí en adelante. Él me mostró el valor de la simplicidad: “Es el momento de la quietud, para la exacta percepción de tí y de todo a tu alrededor.  También de trabajo; hazlo con entusiasmo. El silencio y la alegría no son incompatibles. Cree en tu propia luz y sigue el camino que escogiste. Apenas éste te llevará a la verdad. Sigue sereno, alegre y ofrece lo mejor de tí todos los días. Lo demás, la vida lo corrige”.

Cuestioné si ofrecer lo mejor de mí no sería insistir en ayudar a Bruno. El Viejo me enseñó: “Ayudar siempre. La solidaridad es fundamental, pero hay que entender cuál es la mejor ayuda; existe un auxilio adecuado para cada momento. No se puede rescatar a quien cree que no lo necesita. La voluntad de avanzar es primordial. Solo buscará la luz el individuo capaz de percibir que su sufrimiento no cesará mientras se mantenga en la oscuridad en la cual se encuentra”. 

“Nadie precisa acompañar a nadie. Esto significa respeto por sí y por todos. El rechazo de una persona en iluminarse no puede impedirle a otra caminar, bajo pena de que todos terminen destruidos. Somos responsables del mundo, pero antes tenemos compromiso con nosotros. De lo contrario, no habrá evolución. Estaremos presos en el cuarto oscuro de las sombras ajenas. Cada uno a su paso, en el compás del propio ritmo y tiempo”. Entonces me dijo algo que yo nunca había oído: “Esas son las fronteras de la solidaridad”. 

Pasados algunos días, Bruno se metió en problemas con otros monjes. Su comportamiento creó un ambiente tenso y de discórdia que nunca había existido en la hermandad. Cierto día, después de entender que debía intervenir, pues la firmeza es una virtud tan importante como la delicadeza, el Viejo decidió alejar a Bruno de la coordinación del curso que enseñaba. Si quisiese, él podría continuar asistiendo a las clases como alumno. Era una clara advertencia para llevarlo a reflexionar sobre sus actitudes. Orgulloso y arrogante, Bruno salió por las puertas del monasterio insultando a todos y nunca más se supo de él. Al año siguiente, el curso del cual yo era responsable, volvió a tener una enorme búsqueda. Los interesados eran los mismos alumnos que lo habían rechazado el año anterior.

Esos hechos sucedieron hace mucho tiempo. Lo recordé al encontrar a una amiga que no veía desde que terminamos la facultad. Lisa era su nombre. Había sido una joven bonita y alegre, que irradiaba lo mejor de la vida por donde pasaba. Tuve dificultad en reconocerla cuando vino a hablar conmigo. Ambos habíamos envejecido, bastante natural. Ella bromeó al preguntar por el  cabello largo y negro que yo usaba en aquella época, que dio lugar a una acentuada calvicie grisasea. Reímos. Le dije que ella continuaba bonita. Sí, era verdad, los trazos físicos de su belleza todavía existían, sin embargo, no se veía más la luz de sus ojos, ahora opacos. La sonrisa encantadora también estaba escondida en algún lugar del pasado, tal vez tan longínquo, que ella ni lo recordaba. Esas características perdidas motivaron mi dificultad para reconocerla. Claro, no dije nada sobre esto. No hay cómo impedir que la piel presente arrugas, que el cabello pierda el vizo y que haya una lenta disminución del tono muscular; se trata de un inevitable atardecer del cuerpo que debe ser conducido con serenidad. Sin embargo, la luz de los ojos y el encanto de la sonrisa es una elección permitida por el alma que muestra todo el vigor del espíritu alegre en su eterno amanecer. 

Lisa comenzó a hablar de varios asuntos al mismo tiempo. No fue difícil percibir que ella necesitaba conversar. Yo la invité a tomar un café. Ella aceptó de inmediato. Fuimos a una agradable librería que abrigaba una elegante cafetería en el patio trasero del edificio. Así que nos sentamos a la mesa, ella comenzó a contar el tormento que se había vuelto su casa. Su marido después de haber sido despedido de la constructora en la cual estuvo empleado como ingeniero por muchos años, después de una pelea con un colega, pasó a mostrar mucha insatisfacción. Él, famoso por su impaciencia, se volvió irascible. Al sentirse irrespetado, se volvió aún más agresivo y comenzó a beber mucho. Actitudes que le dificultaban conseguir un nuevo trabajo, aunque fuera muy preparado y con excelente currículo. Orgulloso, no se permitía otro empleo donde tuviera un salario menor o un cargo inferior al que había ocupado anteriormente. La agresividad y el vicio subieron escalones. La diversión favorita de él era ver filmes violentos y beber cada vez más; la actividad predilecta, en palabras de Lisa, era darle clases a Dios. Como un profesor riguroso, reclamaba del mundo y de la humanidad, apuntaba defectos e indicaba soluciones. Sin embargo, no conseguía entenderse a sí mismo. No percibía el hueco en el cual se había metido y se hundía un poco más a cada día. Lisa le propuso hacer algún tipo de terapia. Varias veces llegó a agendar citas; él siempre tenía una disculpa para no comparecer. Hasta las cosas más simples, como ejercitarse al aire libre o meditar, eran incapaces de motivar cualquier interés. Ninguna sugerencia era aceptada. La hija de la pareja ya no lograba conversar con el padre dados los recurrentes conflictos que cualquier asunto, hasta los más banales, generaba. La vida afectiva de la pareja naufragaba. Lisa confesó que dormía en el cuarto de la hija, pues se sentía mal cerca de él. Sabía de la obligación que tenía de ayudarlo y no podía abandonarlo en el momento en que él más necesitaba. 

Lisa reconocía que se aproximaba la hora de hundirse junto con él. Encontraba fuerzas para resistir cuando pensaba en lo que sucedería con su hija, en caso de que también cayera en el mismo abismo. Confesó que tenía la sensación de luchar una batalla sin fin, ella extendiéndole la mano al marido para que subiera; él agarrado de ella, empujándola para que bajara. Las fuerzas de Lisa se agotaban cada día. Vivía el espectro de la existencia; estaba consciente de esto, pero ya no sabía cómo actuar.

Mientras ella hablaba, yo recordaba cada palabra dicha por el Viejo en aquella tarde en el monasterio y la importancia transformadora que tuvieron en mí por el entendimiento y la claridad que me trajeron. Aunque eran situaciones distintas, me deleitaba al percibir cómo aquella conversación ofrecía la exacta comprensión. 

Lisa se abandonaba un poco más cada día, a medida que el marido se rehusaba a modificar su propia vida. La limitación de él no era fisiológica, sino de consciencia. De otro lado, la dificultad de ella estaba en liberarse del condicionamiento ancestral de culpa, en caso de establecer un límite a la ayuda que prestaba, aún con el rechazo de él de continuar. Era preciso romper con los parámetros de culpa para sintonizarse con diferentes conceptos de responsabilidad. De lo contrario, ambos se desmoronarían; él por atrofia, ella por cansancio.

Al final, ella quiso saber mi opinión. Preguntó qué actitud yo tomaría en su lugar. Yo tenía la respuesta. Todos tenemos la respuesta cuando se trata de la vida ajena. A menudo, una respuesta inconsecuente. El motivo es simple: proyectamos con facilidad en la vida del otro muchas de las transformaciones que tenemos dificultad de emprender en nuestra propia vida. Intentar administrar la vida ajena, aunque sea tentador, es un acto de extrema cobardía, pues los eventuales efectos desastrosos no nos alcanzarán. No lo hice.

Lisa necesitaba ayuda. Es más, ella estaba pidiendo socorro. No obstante, mis palabras podrían influenciar en vez de aclarar. Eso sería pésimo. No existe libre elección sin el libre pensar; solamente al encender la propia luz una persona conseguirá transmutar la oscuridad que la envuelve. Toda alma afligida merece acogimiento. Sin embargo, para una vida nueva es necesario cambiar la manera de ser.

Recordé que en uno de los períodos del curso La jornada del autoconocimiento a través de textos sagrados, abordamos uno de los capítulos del libro Las muchas moradas del castillo interior, escrito en el siglo XV por Teresa de Ávila, una obra publicada y apreciada aún hoy día. No fue difícil encontrar un ejemplar en la librería donde estábamos. También aproveché para darle de regalo el libro Alma, del monje benedictino Anselm Grun, así como un ejemplar de Las Cartas de Séneca. Siempre tuve mucho aprecio por la filosofía estoica.  Le pedí que los leyera con cariño y le dije: “Necesitas ayudarte a tí misma, solamente después podrás ayudar a tu marido. De lo contrario, se hundirán juntos”.

Lisa me preguntó cómo sería posible ayudarse a sí misma. Aclaré: “Es necesario que entiendas quién eres, los poderes escondidos dentro de ti, el momento que vives y todo lo que está a tu alrededor. Enseguida, moverse internamente para que la vida vuelva a respirar”.

Decepcionada, ella me preguntó si era solo eso. Fui firme: “Sí y créelo, no es poco. Es todo lo que está a mi alcance en este momento”. Con la quijada apunté hacia los libros que acababa de entregarle y agregué: “Debes entender y hacer tu parte en este proceso. La luz no es una concesión; es una conquista”. 

Sé que Lisa estaba decepcionada conmigo por ofrecerle una ayuda que, en aquel momento, ella juzgaba ineficaz. Ella quería que alguien la condujese de la mano, apareciera con soluciones mágicas e instantáneas, que asumiera sus elecciones, para que fuera un auxilio efectivo, yo no podía ultrapasar la frontera de la solidaridad.

Pasado algún tiempo, volví a encontrarla en el lanzamiento del libro de un amigo en común. Ella se acercó para hablar conmigo. La luz de sus ojos y el encanto de su sonrisa, los mismos que yo conocí en la juventud, habían retornado. Lisa me dió un largo abrazo. Enseguida, me agradeció por haberle dado aquellos libros en nuestro último encuentro. Fueron lecturas de extrema importancia, resaltó. No es que abordaran directamente la situación vivida por ella, pues hablaban en líneas generales, pero la habían hecho entender que ella se había dejado aprisionar por el hecho de acompañar a una persona que se negaba a caminar. Su actitud, de cierta forma, acababa estimulando el estancamiento de la pareja. Para liberarlo tenía que liberarse antes.

Como el marido insistía en no modificar su comportamiento, y él tenía ese derecho, Lisa decidió divorciarse. Le dijo que, de aquel día en adelante, se rehusaría a vivir de una manera con la cual no concordaba y que le hacía mal. Si en algún momento él sentía deseos de cambiar, podría buscarla. Se fue a vivir a otro apartamento con la hija. Sabía que había riesgos en su decisión. Sin embargo, era consciente de que no podía continuar insistiendo en vivir de una manera que no daba buen resultado y lo peor, podría llevarla a perder la esperanza.

¿Egoísmo? Lisa sabía que no. Traía consigo una convicción firme y tranquila. No era justo continuar permitiendo que las sombras del marido direccionaran su vida. Buscar la luz es un gesto de amor, argumentó.

Lentamente rescató la alegría de vivir. Volvió a hacer las cosas que adoraba; renunció a atender el rencor y el desánimo del marido. Lisa redescubrió su esencia. Cada día, su luz era más intensa. De vez en cuando lo visitaba, pues se preocupaba por él. ¿Contradição? No. Ella lo amaba. Apenas no aceptaba permanecer atada a las sombras de él. Lisa tenía ese derecho. 

Notaba que cada vez que se veían, él la miraba de manera diferente. Como si los cambios ocurridos lo tocaran profundamente. Lisa no era más el mero detentor de quejas de antes; ahora, servía como ejemplo silencioso de superación. Las palabras, a pesar de poderosas, eran inútiles para él y agotadoras para ella. Lisa vibraba en otra sintonía y le mostraba al marido, sin decirlo, las infinitas posibilidades de la vida. Al darse cuenta que sus deseos y pataletas no la alcanzaban, que su poder de manipular a la esposa había desaparecido, él comenzó a revisar conceptos y visiones. A duras penas, percibió que estaba exactamente en el lugar donde había escogido permanecer. Nadie lo había colocado en aquella oscuridad; había llegado allí por sus propias elecciones. Salir también sería una decisión exclusiva. 

Con los ojos humedecidos, Lisa me contó sobre el día en que él le telefoneó en busca de ayuda. Era un pedido sincero. Ella no dudó en rescatarlo. Resaltó que, en aquel momento, por estar fortalecida, pudo ofrecerle mucho más que antes. Las transformaciones visibles en la esposa se convirtieron en uno de los grandes incentivos del marido. Él sintió deseo de estar a su lado. Para esto, tendría que caminar hasta el punto donde ella estaba. Hizo terapia, frecuentó grupos de apoyo, pasó por sesiones de terapéuticas, comenzó a practicar ejercicio y meditación. Hacía un curso de escultura y trabajaba como profesor particular de matemáticas. Volvieron a estar juntos.

Lisa garantizó que la conversación que habíamos tenido fue fundamental para todos los cambios que ocurrieron en su vida. Con honestidad le dije que ella exageraba. En verdad, yo había dicho media docena de palabras y le había regalado tres libros. La conquista y la transformación eran méritos de ella: “Yo apenas te ofrecí herramientas sencillas, la obra fue realizada enteramente por ti. Si las palabras y los libros te hicieron oír la canción de la vida fue porque tú estabas dispuesta y lista para eso”. Hice una pausa antes de concluir: “De la misma manera, tan solo le entregaste los instrumentos a tu marido; la sinfonía es de él”. Lisa sonrió. Enseguida, dijo que iría a cenar con su ex marido, y actual novio, en un restaurante cercano. Sugirió que la acompañase, pues le había hablado de la importancia de la lectura que yo le aconsejé. Quería presentarnos, ya que estaba segura de que seríamos buenos amigos. Me alegré por la invitación y acepté.

En el restaurante, un susto. Bruno aguardaba a Lisa. Una de aquellas increíbles sincronías de la vida. Por una fracción de segundos, pasó un filme antiguo por mi mente. Una de aquellas historias desagradables del pasado que preferimos olvidar. No obstante, la vida no permite que avancemos fingiendo que las heridas están cicatrizadas. Una de las características de la evolución es la capacidad de mirar hacia atrás sin sufrimiento. Olvido no combina con superación.

Aprensivo, intenté, en la lectura de sus ojos, anticipar cualquier reacción agresiva. De sus labios vino la respuesta a través de una linda sonrisa. En retribución abrí los brazos. Fue un abrazo demorado. Ambos habíamos sufrido, madurado y cambiado. Los dos hombres de aquella pelea en el monasterio no existían ya. Éramos nosotros, pero éramos otros. Entender esto es fundamental en el ejercicio del perdón.

Sin demora, Bruno comenzó a contarme todo su proceso de transformación. Al inicio, fue necesario comprender la razón de tanta impaciencia y rabia. Tuvo que hacer un viaje al pasado para entender los hechos que sirvieron de gatillo para disparar ese comportamiento. Se dió cuenta que había sido una persona muy insegura, con mucho miedo de decepcionar a los otros. No quería que descubrieran cómo se sentía frágil e incapaz de enfrentar los problemas que surgían. Para que no lo vieran como un débil, inventó un personaje fuerte para interpretar. Los escudos más accesibles son los más nocivos: el orgullo y arrogancia. Sus efectos más vulgares son el odio, la sensación de injusticia y la transferencia de responsabilidad, que se presenta ante cualquier frustración. En fin, no pasan de mentiras perceptivas. 

El miedo de enfrentar las dificultades inherentes a la vida, eran los mismos de la infancia, ahora disfrazados por su intolerancia y agresividad. Se hacía temer para evitar cualquier cuestionamiento. Una forma de vivir típica de las personas que no toleran cualquier oposición, contrariedad o diferencias de opinión.

Admitió que se engañó durante toda la existencia. Por tanto, huir del mundo fue una de las rupturas inevitables al negarse a entender quién era. El alcohol le ayudaba a posponer el encuentro doloroso y, por esto, indeseado: aquel que lo coloca desnudo ante el espejo de la verdad. Sin este encuentro no habrá cura. Nadie quiere sufrir. Sin embargo, la manera escogida para lidiar con el miedo define la profundidad del dolor. 

Al sentirse inseguro para enfrentar las dificultades, prefería no ser quien era. Así, impedía la propia evolución. Evitar la verdad es la causa mayor de todos los dolores. De esa manera, aquello que él temía, el sufrimiento, terminó sucediendo, pues insistía en que se moviera en sentido contrario a la luz.

Personas así explicó, hablando de sí mismo, se cercan de otras dispuestas a atender sus deseos, sin nunca contrariar. Ocurre que, lentamente, este comportamiento escala grados, genera dependencia y causa mucho sufrimiento.

Los conflictos que ocurrieron en el monasterio, en la empresa y en la familia, en fin, en el mundo, reflejaban la creciente insatisfacción que sentía pero que no admitía, confesó.

Contó que el primer paso fue reconocer la propia fragilidad. Ahora, percibía que fingir ser poderoso no se traduce en fuerza. El poder de un individuo está en las virtudes que desarrolla, en la depurada percepción que tiene de sí y de todo a su alrededor, ejercitándolas en cada una de las muchas elecciones hechas durante un único día. 

Le recordé que esos conceptos, entre otros, eran suministrados en el monasterio. Bruno concordó y recordó que allá también enseñaban que ningún conocimiento tiene valor si no es aplicado a la vida. Confesó que su historia contaba uno de aquellos casos típicos de quien sabe todo, pero no entiende nada. Fue preciso aprender sobre la humildad para conocer dónde nace la fuerza.

Tomó la mano de Lisa con cariño y dijo que era grato a aquella mujer por haberlo cargado por tantos años. Sin embargo, en verdad, ella solamente lo salvó cuando lo hizo crecer por sí mismo. La transformación de ella le sirvió de inspiración. Lo hizo entender que los mayores obstáculos de la vida no están en el mundo.  Ellos no pasan de una terrible creación mental.

Conversamos sobre otros asuntos. Observé cómo formaban una bella pareja, con una linda historia para contar. Estaban felices y reían por cualquier motivo. Al terminar la cena nos despedimos con la sincera promesa de reencontrarnos en breve. Acordé con Bruno que lo llevaría conmigo cuando regresara al monasterio el próximo año. Le garanticé que los monjes estarían alegres al verlo. Es más, creía que él tenía mucho que enseñar. Él, muy inteligente, hizo una alusión a la parábola La Vuelta delHijo Pródigo. Concordé: “Es uno de los más brillantes textos bíblicos. Aprendemos a apreciar la belleza del mundo, la vida, solo cuando entendemos la riqueza que tenemos en casa, nuestra alma”.

El Viejo tenía razón. La frontera de la solidaridad, en verdad, no restringe ninguna ayuda, sino que la expande. 

Decidí ir a pie para casa. Las calles estaban vacías. Las madrugadas son buenas para divagar y asentar los pensamientos. Especialmente cuando estamos encantados con la magia de la vida. 

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Ruth 29 de diciembre de 2020 on 03:40

    Esto es un tesoro. GRACIAS