El jardín secreto

Los alumnos pronto llegarían. Le ayudé a Li Tzu, el maestro taoísta, a regar el jardín de bonsáis. Enseguida, fuimos a la cocina. Aguardé en la mesa, mientras él colocaba algunas hierbas en infusión. Medianoche, el gato negro que también vivía en la casa situada en una pequeña villa china a los pies del Himalaya, desde el armario, nos miraba con tédio. Apenas los sonidos de los animales nocturnos rompían el encantador silencio de la madrugada. Li Tzu llenó nuestras tazas y se sentó al otro lado de la mesa. Le comenté que aquellos días de estudio me estaban sentando muy bien. Además del conocimiento adquirido, las horas pasaban sin prisa, con una calma encantadora. Algo que no sucedía en mi día a día. Yo debía reconciliarme con el tiempo. Mi rutina era intensa, con mucha agitación. Al final del día, tenía la sensación de que había hecho mucho y realizaba poco. Allí, al contrario, se hacía poco con la seguridad de haber realizado mucho. El maestro taoísta bebió un sorbo de té y explicó: “Obligaciones y oportunidades”. Hizo una pausa, como quien procura las mejores palabras y, enseguida, prosiguió: “Cada día veo a las personas más involucradas en obligaciones. Ocupaciones que no desean, cada vez en mayor cantidad, que parecen hurtar el precioso tiempo que sería usado para buscar  las oportunidades de la vida. Entonces, sienten el vacío y la ansiedad tan comunes en la sociedad contemporánea. El tiempo pasa y nada sucede, es una sensación recurrente. Esto ocurre porque la mayoría de las personas ignora lo que quiere y no entiende lo que siente”.

“Somos conducidos por un raciocinio común que nos lleva a creer que las obligaciones, sean de supervivencia, sean oriundas de compromisos sociales, retrasan el viaje al encuentro de las maravillosas oportunidades que transformarán nuestra vida y nos conducirán al paraíso. Sin embargo, lo que pocos perciben, son las oportunidades existentes en cada obligación”. 

“Cada obligación puede volverse una flor en el jardín secreto de la existencia”. 

Enseguida, comenzaron a llegar los alumnos. Nunca más tocamos el asunto y no pude saber a qué se refería Li Tzu cuando mencionó el jardín secreto.

Esa conversación sucedió hace mucho tiempo. Yo ya no la recordaba o al menos eso pensaba. 

Recibí la llamada de un amigo, del cual no tenía noticias hacía años. En verdad, Augusto Epicuro, como se llamaba, había sido un gran amigo de mi padre.  Él era profesor de Historia en una escuela municipal y profundo admirador del budismo. Era un buen hombre; culto, inteligente y sensible. Un pacificador innato. Augusto me había ayudado bastante en determinado momento de mi vida, cuando yo era más joven. Un período de muchas dificultades. Tuvo paciencia conmigo, me oyó, orientó y reconfortó cuando estuve perdido en un demorado laberinto existencial. Desde entonces nunca más lo vi. Pasaron décadas sin hablarnos. Él me localizó y dijo que quería verme. Su tono de voz era sereno. Alegué que estaría muy ocupado en aquellos días y, tan pronto fuera posible, iría a verlo. Augusto dijo que entendía y que si me quedaba tiempo, que no dejara de ir a verlo. Colgué el teléfono y volví a mis quehaceres. Yo no tenía el menor deseo de visitarlo. Sin embargo, entendía que tenía una deuda moral con aquel hombre que me había ayudado en un momento difícil, movido solamente por la enorme compasión de su alma. Yo intentaba concentrarme en el trabajo, pero a cada instante surgía una fuerte sensación de culpa. Pasaron semanas. Resistí mientras pude. Cuando la incomodidad se hizo muy desagradable, decidí visitarlo. Fui por obligación, no por placer.

Epicuro vivía en un barrio, en Rio de Janeiro, considerado por las autoridades como zona de riesgo, no por cuestiones geológicas, sino por el desequilibrio social. Me aconsejaron ir en bus, famosos por no prestar un buen servicio a la población de la ciudad. Era domingo. Además de perder un precioso día de la semana dedicado al descanso y al ocio, tenía que enfrentar la incomodidad del transporte. Era un día de temperatura alta, como son los veranos por aquí. Dentro de un bus que se agitó durante todo el viaje, el sudor empapó mi camisa, aumentando el malestar. Yo contaba las horas para que aquel día acabara. Demoré casi dos horas entre mi casa y la de él. Me bajé en un punto próximo. Al contrario de lo que temía, anduve por las calles sin ningún problema. En una esquina, pasé enfrente a un bar. Empuñando un ukelele, un hombre cantaba un samba antiguo y era acompañado por varias personas. Recordé que mi padre solía silbar aquella canción. Fui invadido por una dulce memoria. Cuando llegué a la casa de Augusto, fui muy bien recibido por su esposa, aunque noté que tenía los ojos llorosos. Ella me contó que él estaba enfermo y que le quedaba poco tiempo en esta existencia.

Augusto estaba acostado cuando entré al cuarto. Cerró el libro, retiró los lentes y me ofreció una linda sonrisa. Ahí me dí cuenta que sonrisas sinceras propagan estrellas por la alegría que proporcionan. Enseguida, me extendió los brazos. Me senté en el borde de la cama y lo abracé demoradamente; entonces, otro descubrimiento. Abrazos apretados llevan a las estrellas, por el poder de acariciar los corazones. 

En ese instante percibí algo impensable. Epicuro, aún débil de salud, era quien cuidaba de mí, incluso en aquel instante.

Le pregunté cómo estaba. Augusto comentó con serenidad: “En los preparativos finales, a vísperas del viaje hacia la próxima estación”.  Sonrió y explicó: “En este momento, verificando si puedo añadir algo al equipaje”. Emocionado, le dije que su destino, sin duda, serían las Tierras Altas. “Ojalá”, respondió. “Me gustaría encontrar a tu padre. Seguro tendremos una bella conversación. Fue uno de los grandes amigos que tuve”. Yo sabía de la amistad que los unía. Mi padre partió cuando yo era muy joven. Percibí cuando la esposa de Epicuro que desde la puerta, oía nuestra conversación, quiso decir alguna cosa, pero con la simple mirada de súplica del marido la mantuvo en silencio.

Augusto explicó el motivo de haber solicitado mi visita: “Quiero agradecerte por los encuentros y conversaciones que tuvimos en el pasado”. Lo interrumpí para decir que era yo quien tenía que agradecer. Él me había ayudado mucho. Sacudió la cabeza y dijo: “No, ese es un engaño común. Cuidar de los otros, para algunos, puede tratarse de una obligación. Para otros, una oportunidad imperdible. Depende apenas de cuánto de sí mismo estará presente en cada gesto. La obligación se transforma en oportunidad cuando estamos enteros en aquello que hacemos. Entonces, un mero compromiso pasa a ser una fuente única para transportarnos más allá de dónde siempre estuvimos”.

 Comenté que no era así. No había ningún lazo de parentesco. Nuestro único vínculo era el hecho de que él y mi padre fueron amigos. Nada más. No obstante, él siempre había demostrado una enorme preocupación por mí. Agregué que su gesto revelaba su buen corazón, pues él había asumido un compromiso del cual no tenía obligación. Yo era su deudor. Augusto discordó: “No me debes nada hijo”, afirmó de manera cariñosa. Enseguida añadió: “Créelo, lo hice por mi. Tú fuiste una oportunidad maravillosa para que yo germinara virtudes aún en semilla. Pude ejercitar lo mejor de mí y vivenciar sentimientos inimaginables. Conocí una luz que no sabía que existía, gracias a ti”. Hizo una pausa y complementó con sinceridad: “Pobres de aquellos que no tienen con quien preocuparse. La preocupación cuando es bien equilibrada, distante del exagero, pone en movimiento el amor que tenemos. A partir de allí, todo se ilumina”.

“Todos los momentos de la vida tienen el valor de la intensidad que somos capaces de ofrecer”.

Había algo subliminal en el discurso de Epicuro, como lo era cuando nos encontrábamos para conversar en el pasado. Íbamos al Jardín Botánico. Hablábamos mientras paseábamos entre jardines, flores y árboles centenarios. Él siempre respondía a mis preguntas con nuevos cuestionamientos; sus palabras tenían una enorme carga de subjetividad. En aquella época esto me irritaba, pues yo quería respuestas listas, de modo objetivo. Nunca las tuve. Epicuro me ayudó a encontrar mis propias respuestas. Me ayudó a entender también, que las respuestas cambian cuando aprendemos a profundizar las preguntas. Esa tal vez haya sido la mayor de las ayudas que él me prestó. Admití esto, en aquel día, sentado en el borde de su cama. Epicuro solo sonrió. Yo estaba engañado, pero no lo sabía. 

Presentía que faltaba una pieza en el rompecabezas. Habíamos permanecido casi treinta años sin hablarnos. Era para que yo representara un recuerdo distante, no más que esto. No obstante, estábamos celebrando un encuentro, como si nunca nos hubiéramos distanciado. Se me hizo extraño, pero no dije nada. Al contrario, lamenté que nos hubiéramos separado hacía tanto tiempo. Atribuí el alejamiento a las innúmeras obligaciones de lo cotidiano. Enseguida, volví a caer en la trampa de las viejas creaciones mentales. Comenté que el hecho de la vida estar repleta de obligaciones, hurtaba un precioso tiempo en la búsqueda por las oportunidades de realización y posponía encuentros.

Epicuro se acomodó en la cama, bebió un sorbo de agua de un vaso que estaba sobre la mesa de la cabecera y dijo con la misma didáctica que usaba en clase: “El cerebro, el software de la mente, posee una tendencia a priorizar las experiencias malas en detrimento de las buenas. Históricamente, la humanidad siempre vivió en peligro. Guerras, pestes, hambre, catástrofes, están registradas en nuestras terminaciones nerviosas de modo predominante. Ante lo inesperado, tenemos un condicionamiento negativo, de raíces ancestrales, por precaución a los peligros vividos por nuestros antepasados. Dada esa programación atávica, las penas y frustraciones, como métodos aparentes de defensa, ocupan más nuestros pensamientos que las alegrías y las conquistas. Nuestras ramificaciones neuronales están predispuestas al miedo y al conflicto, en resaltar el lado negativo de todas las cosas y personas”. 

“En los asientos escolares, aprendemos a admirar a los hombres que vencieron los peligros del mundo. Los libros de Historia hablan sobre esto todo el tiempo. Los programas de televisión y las revistas exaltan el estilo de vida de individuos ricos y famosos. Patrones de comportamiento que se califican como modelos de éxito. No hubo ninguna modificación en el transcurso de los siglos. Se nos hace extraño cuando descubrimos que muchos de esos personajes eran personas infelices y, a pesar de la glória, tenían un enorme vacío dentro de sí. La gran batalla de la vida, la jornada interna que libramos para iluminar nuestras propias sombras, nunca le interesó a mucha gente. Como consecuencia natural de ese patrón milenario, somos dominados por un tipo de pensamiento nocivo sin darnos cuenta. El fracaso es interpretado como algo aterrador, por la absurda sensación de humillación y derrota en la cual lo traducimos. Inconscientemente, vivimos para huir del fracaso, no para evolucionar. El fracaso es visto como una derrota, no como una etapa de aprendizaje. Tenemos miedo de ir hondo, de osar en hacer lo impensable. Dejamos para vivir lo mejor de la vida más tarde. Acabamos por sentir culpa de aquello que posponemos. De allí nace el vacío y la ansiedad que sentimos y no sabemos explicar”. 

“Envueltos en las obligaciones para no fracasar, desperdiciamos las oportunidades de evolución. Una está contenida en la otra, como hermanas siamesas. Ellas están en todo lugar, disponibles a cualquier momento. Basta estar entero, basta crearlas”.

“No obstante, somos bombardeados por el propio cerebro con pensamientos estandarizados y preprogramados de conflicto y de miedo. Peor, creemos que esas ideas fueron creadas por nosotros y nos protegen. Ellas surgen sin que las llamemos. Están con nosotros desde siempre, por esto las consideramos familiares y no las notamos. En verdad, son pensamientos que nacieron con nosotros, pero que no fueron creados por nosotros. Son como hierbas dañinas, que brotan sin que las hayamos plantado; de nada sirve podarlas, ellas volverán a surgir. Es necesario que las arranquemos de raíz y, en seguida, plantemos flores en su lugar”. 

“Dicen los especialistas que al cambiar la manera cómo lidiamos con nuestros pensamientos, podemos modificar las ramificaciones neuronales del cerebro e invertir la interpretación negativa del sufrimiento, mostrada en primer plano, la cual tiende a dominar y direccionar nuestros sentimientos hacia el lado sombrío de la vida. Parafraseando un término actual, es posible una actualización del software, el cerebro”. 

“Hoy, se recomienda en los consultorios médicos el autoconocimiento, la meditación y el yoga, como maneras de mantener la mente sana y el cuerpo saludable, reforzando el sistema inmunológico y evitando dolencias originarias de la frustración, de la agresividad y del estrés; alejando la tristeza y trayendo la alegría, por el simple hecho de estar en paz consigo mismo. Una novedad para la ciencia, una práctica antigua del budismo”.

“¿Imprevistos suceden? Siempre. Serán días desagradables o lindas lecciones evolutivas. La elección será siempre tuya”.

“Vivimos a la expectativa del desastre. Y créelo, lo peor nunca sucede, pero desperdiciamos lo mejor de la existencia por temerlo. En suma, perdemos noches de sueño, apavorados por un monstruo que, en verdad, nunca estuvo debajo de nuestra cama”.

Volvió a beber un sorbo de agua y explicó: “En el mismo compás, estamos condicionados a interpretar las obligaciones como situaciones desagradables cuando, en realidad, todos los momentos contienen encantadoras oportunidades de transformación e iluminación. Depende de la cantidad de amor con el que se vive”.

“¿Cuántos portales se cierran por tratar como obligación las mejores oportunidades de vida? Llamamos obligación a toda situación en la cual nos falta amor para abrigarla en el corazón. Pasamos todos los días frente al jardín secreto y no lo vemos”.

El jardín secreto… yo ya había oído este término. Recordé aquella mañana con Li Tzu, en su casa, en la pequeña villa china. Sí, yo necesitaba profundizar en el asunto. Cuando pensé en preguntárselo a Epicuro, él manifestó cansancio. Su cuerpo estaba débil. Dijo que precisaba descansar, no sin antes agradecerme por la visita. Cerró los ojos y, exhausto, se volteó.

Su esposa me acompañó hasta la puerta. Le confesé que yo había ido a visitarlo por sentirme en la obligación, pero el día me había revelado una maravillosa oportunidad de conocimiento y de amor. También le comenté sobre mi sorpresa por haber sido contactado por Augusto después de casi treinta años. Como mensajera de una carta escrita por las tintas mágicas de la vida, ella me contó una historia que también era parte de mi historia y yo no sabía.

Ella reveló que el marido hizo más que llevarme para conversar en el Jardín Botánico. Para mi sorpresa, dijo que Augusto había ido a hablar personalmente con el juez de un complicado proceso en el cual yo estaba involucrado en la juventud. Yo ni imaginaba que ellos supieran de la confusión en la que me había metido en aquella época. La esposa contó que el marido le pidió al magistrado que no considerara apenas el hecho aislado y las letras frías de la ley. Insistió en que la vida era mucho más. Le rogó para que la sentencia proferida no truncara un camino, sino que sirviera de linterna para los pasos que vendrían. Logró que el juez viera mi buen corazón, nublado por las confusiones típicas de quien aún no descubre quién es. Algo común en la juventud, comentó. 

También mencionó que estuvieron presentes en el  “Outeiro da Glória”, el día de mi matrimonio. Discretos, permanecieron sentados en un rincón de la iglesia. Epicuro hizo una oración por mi protección. Hizo otra en agradecimiento por la oportunidad de las experiencias vividas a mi lado. Avergonzado, sin decir nada, bajé los ojos por haberme olvidado de invitarlos. De otro lado, estaba encantado al percibir que mi falta no los entristeció.

A partir de allí, a medida que maduraba, él fue gradualmente alejándose, aunque nunca del todo. Aún de lejos, él siempre me guardó. Quise saber la razón de tal comportamiento. La esposa sonrió y contó que mi padre siempre se preocupaba por mi. Él me consideraba inmaduro y rebelde. Ya bastante enfermo, un poco antes de partir, le pidió a Augusto que cuidase de mí, pues yo necesitaba de ayuda. Emocionado, confesé estar encantado por Epicuro haber llevado tan a fondo la obligación que había asumido ante mi padre. La esposa intercedió: “Nunca fue una obligación. Fue una oportunidad maravillosamente aprovechada por mi marido. Tú eres una de las flores del jardín secreto de Epicuro”. 

La vida de cualquier persona puede ser aburrida cuando está repleta de obligaciones o fantástica si transborda en oportunidades. El factor de conversión de una en otra es apenas cuánto amor envolvemos en cada situación.

No recuerdo el trayecto de regreso a casa. En el corazón, el sentimiento de gratitud. En la mente, un único pensamiento. Era hora de encontrar los portales para entrar y comenzar a hacer florecer mi propio jardín secreto.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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