La cuestión no es esa

Era el cumpleaños de una de mis hijas. Tomé algunos días libres en el trabajo y viajé para celebrarlo juntos. A mí me gustaba mucho la ciudad en la que ella vivía. Me hospedé en el hotel de siempre, próximo a la universidad. Esto facilitaba nuestros encuentros entre sus clases. Otro hecho también me agradaba… Como se localizaba en una plaza cerca al campus, había varios restaurantes, además de la intensa circulación de alumnos y profesores. El ambiente académico, en su búsqueda incesante por conocimiento y descubiertas, era inspirador. Dejé la maleta en el hotel y fui a una cafetería localizada en la calzada de enfrente. Me acomodé en una confortable poltrona, con un vaso grande de café fresco y permanecí observando el movimiento del lugar. Algunas personas conversaban, otras se mantenían concentradas en la lectura de libros o digitaban en notebooks. Era nítida la sensación de que la vida germinaba. El tiempo pasaba de manera suave cuando fui sorprendido por la llegada de la madre de mi hija. No la veía hacía más de una década, desde nuestra separación. No había sido un divorcio fácil, dado el acúmulo de desentendimientos de los últimos años de convivencia en común. Ella continuaba siendo una mujer bonita. Cuando me vió, se acercó a saludar. La invité a sentarse a mi lado y le ofrecí un café. Ella aceptó ambas ofertas. Enseguida, relató que también había ido por causa del cumpleaños de nuestra hija. 

Al inicio la conversación fluyó bien. Creí que el tiempo había colaborado para resolver antiguas desavenencias. Tonto engaño, el tiempo no tiene este poder. 

No tardó mucho para que los resentimientos afloraran. Comenzó con pequeñas indirectas con relación a mi comportamiento de antes. Acusaciones veladas de negligencia flotaron en el aire, al acecho, listas para atacar ante el menor descuido. Al percibir el resentimiento todavía existente, ponderé: “Todos esos hechos sucedieron hace muchos años. Creo que no somos más las mismas personas, éramos muy inmaduros en esa época. Aprendimos, cambiamos y avanzamos. Cada uno debe haber pensado sobre sus supuestos errores y cómo actuar diferente y mejor en adelante”.

Ella insistió en que aquel discurso era fácil y conveniente para mí. Sin embargo, yo aún me mostraba insensible a su sufrimiento provocado por mis errores. Intenté mostrarle el otro lado de la misma cuestión: “Los errores no fueron privilegios míos. Por el contrario, de la manera como solemos pensar, raramente son unilaterales. La terapia de lamer las heridas para cicatrizarlas consiste en usar la propia saliva o no habrá cura”. 

Ella me miró como si no entendiera. Comencé a explicar: “En cualquier relación ofrecemos, no necesariamente aquello que tenemos sino lo que estamos dispuestos a dar. Entonces, ese tanto se vuelve todo lo que tenemos. Así, buenas oportunidades resultan desperdiciadas. Tenemos el hábito inconsciente de juzgar cuánto el otro merece de nosotros. Cada vez que entregamos menos de lo que podemos, empobrecemos la vida”. 

“No obstante, no siempre percibimos el esfuerzo de la otra persona en dar lo mejor que posee. Creemos que merecemos más por el hecho de creer que entregamos más de lo que estamos recibiendo. Nunca estamos satisfechos. El problema es que casi todos piensan así y olvidan el punto principal. Vivimos las relaciones con la esperanza que llenen el vacío que existe en nosotros. Un engaño que siembra la mayor parte de las desilusiones y sufrimientos. Cuando esto sucede, al estar al lado de una persona que parece suplir todas nuestras carencias, el resultado, la mayoría de las veces, se muestra desastroso, al terminar en una abominable dependencia emocional, insoportable de sostener por mucho tiempo, haciendo con que algunas rupturas sean traumáticas por la sensación de abandono que proporcionan. Las relaciones no existen para completar a nadie. Existen para que podamos encontrar nuestras mejores virtudes, estimulados por el amor proporcionado por aquella convivencia. Aprender a usar, además de esa, otras virtudes; apenas esto me hará entero”. 

Ella interrumpió para decir que yo estaba equivocado, pues me había ofrecido sus mejores sentimientos. No lo dudé: “Estoy seguro de eso y créelo, yo también. Sin embargo, como ofrecemos nuestros mejores sentimientos, deseamos la exacta contrapartida, según consideramos merecerlo, no por las condiciones posibles de ser ofrecidas por la otra persona. La ilusión es una bebida de gusto dulce solamente al inicio, el sabor es bastante amargo al final. No hay ningún derecho adquirido por el simple motivo de haber hecho bien a alguien. El amor no genera deuda o no es amor. Reclamamos derechos inexistentes que, por ser inaplicables, causan resentimientos. Se convierten en una duda absurda, aumentada por intereses emocionales calculados en ecuación desequilibrada de buenos fundamentos. Sufrimos al no entender el amor”.

“En fin, sea por acción o por omisión, casi siempre somos los responsables por nuestros sufrimientos. Las concesiones indebidas que nos permitimos y las elecciones esenciales que reclamamos son motivos muy comunes, que inician un proceso inconsciente de supuesto daño afectivo y, hacia adelante, genera un intento de transferencia de responsabilidad inaceptable e insensata, que apenas prolonga y agrava la enfermedad emocional. Es indispensable buscar donde se originó la causa del dolor y como hacer diferente en adelante. Sin distribución de culpas, aceptar que hicimos elecciones equivocadas en el pasado. Sí, existía la posibilidad de decir sí o no. Siempre hay. Entender y aceptar esta responsabilidad nos conduce a la madurez. Todo lo demás es consecuencia. En el devenir de la vida, estaremos preparados para que, en una próxima vez, inspirados por las mejores virtudes y una conciencia despierta, podamos hacer elecciones más certeras”. Concluí la explicación: “Esta es la saliva que cura la propia herida”.

Ella quedó indignada y me acusó de intentar justificar graves equivocaciones con un discurso escapista, sin considerar las consecuencias dañinas que causé. Hizo una lista rápida de los hechos que marcaron mis peores errores. Con relación a los de ella, conocía el mayor de ellos: haberse casado conmigo. Fui duro con ella: “Hubo muchas divergencias e incomprensiones, nunca maldad. Alinear dos destinos a un mismo compás no siempre es posible en determinados momentos de la existencia. Al verme como si yo fuera un monstruo, encontraste la manera más fácil de explicar tu sufrimiento, pues evitas ir al fondo en el vacío de ti misma para descubrir que cada uno es responsable por la mayor parte de sus propios dolores. Las aguas en las que insistes en nadar son poco profundas y cercanas al margen. De esa forma no será posible ir muy lejos dentro de ti”. 

Algunas lágrimas escaparon de sus ojos. Fuimos salvos de nosotros mismos con la llegada de nuestra hija. Ella percibió la alteración de la madre, la abrazó y, antes de sacarla de allí, dijo que más tarde me buscaría. Por la enorme ventana de la cafetería, las vi abrazadas, alejándose hasta desaparecer de vista. Estuve muy mal el resto del día. Una mezcla de sensaciones e ideas llegaban y salían. El malestar por lo que oí; por todo lo demás que podría haber dicho en mi defensa cuando fui cuestionado por los errores del pasado; por no almorzar con mi hija conforme lo planeamos. Algunos momentos son como remolinos existenciales que nos sacan del eje, tal es el abatimiento que la intensidad de las emociones provoca. Aunque hubiese convicción sobre los fundamentos de la argumentación que propuse, la mente estaba en conflicto y el corazón afligido. A pesar de repetirme que cabía a cada persona aprender las lecciones que le eran pertinentes, yo no lograba sentirme bien. La sinceridad y la honestidad con que yo me había comportado, aunque fueran virtudes valiosas, parecían no bastarme”.

El Viejo, el monje más antiguo de la hermandad dedicada al estudio de la filosofía y de la metafísica, de la cual yo hacía parte, siempre decía: “Cuando no estamos bien indica que algo quedó más allá”.

Yo estaba en lo cierto sobre mis motivos y razones. Atribuí aquella sensación incómoda al hecho de haber pospuesto el encuentro con mi hija. Procuré distraerme para olvidar, una práctica tan común como insalubre. Como deudas insolventes, guardamos los sufrimientos en las gavetas olvidadas de la memoria hasta el día en que el armario está lleno y se rompe por el peso insoportable.

Fui a visitar un museo para pasar las horas. Más tarde mi hija me llamó y reagendó el almuerzo para el día siguiente. Me advirtió que la madre también iría. Yo le prometí que no tocaría el asunto de aquella mañana con su madre. Mi hija fue sucinta en su comentario: “La cuestión no es esa, papá”. Enseguida, argumenté que no entendía el motivo por el cual ella me hablaba de aquella manera, pues yo estaba correcto sobre las razones que le había expuesto a su madre y no me permitiría entrar en el juego de victimización que ella insistía en proponer desde la separación. Volví a oír la frase: “La cuestión no es esa, papá”. Hizo una breve pausa y me aconsejó antes de colgar el teléfono: “Piénsalo”. 

¿Pensar en qué? ¿No bastan los sinceros argumentos de la razón?

Sin embargo, los buenos argumentos de la razón no fueron eficaces para que me volviera a sentir bien. La mente seguía en conflicto y el corazón continuaba afligido. ¿Qué faltaba? Un poco más de descanso, me dije a mí mismo. Iría al hotel tan pronto terminara la visita al museo. Era un museo de arte moderno, repleto de obras interesantes y creativas. En una de las salas, había una pieza que simulaba una pared de ladrillos pintada con la siguiente frase: las personas son… también usted y yo. Aunque no supiera exactamente el motivo, aquella obra me llamó la atención. Seguí la peregrinación por varias salas, entre numerosos objetos de arte. Al final, regresé al hotel.

No tengo dificultad para dormir, pero aquella fue una noche difícil. Aunque mi cuerpo estuviera cansado, el sueño me había abandonado. Situación típica cuando una mente está en conflicto. Esta es la causa de un corazón afligido. En la cama, con los ojos cerrados, daba vueltas, de modo incesante mientras intentaba abstraer cualquier pensamiento que pudiese impedir el reposo necesario, hasta que percibí que no podría huir de mí mismo. Recordé las palabras del Viejo: “El sueño es un descanso, no una fuga. Precisamos de un equilíbrio mínimo para aprovecharlo. La falta de este entendimiento elemental es una de las principales causas de la epidemia contemporánea de ansiedad y el consecuente vício en píldoras para dormir. Una sociedad creciente de sonámbulos funcionales por atravesar la vida en constante estado de letargo existencial. Se adormecen tratando de olvidar que faltaron, otro día más, al inevitable encuentro consigo propio. Insisten en no salir del lugar, negando el sentido de la vida; entonces, sufren”.

Resolví enfrentar la batalla. Me levanté e hice un té de camomila para relajarme. Apagué las luces y me senté en una poltrona en el rincón del cuarto. Hice una oración a mis mentores espirituales pidiendo luz y protección. Era preciso que las virtudes se manifestaran, la consciencia me mostraría todas las posibilidades y yo haría las mejores elecciones. Era necesario estar protegido de las ilusiones y trampas provocadas por mis sombras. Mientras rezaba, dos imagenes me eran recurrentes. El Viejo dando conferencias en el monasterio y la obra de arte del muro pintado, visto aquella tarde en el museo. Me esforcé para abstraer esos pensamientos. Enseguida, medité para que pudiese encontrarme conmigo. Necesitaba oír lo que yo tenía que decirme.

En la meditación, las dos imágenes regresaban a la mente. Las expulsé una vez más. Al volver, entendí que debía abrazarlas. Eran las mensajeras de las respuestas que buscaba. Cuando las ideas insisten en destacar, demuestran aquello que precisamos aprender. Sin embargo, como casi siempre sucede, las respuestas no vienen listas.  

Toda aflicción surgió en el encuentro con la madre de mi hija. Nuestras diferencias nunca resueltas, en mi opinión, eran causadas porque ella se negaba a entender mis motivos y a comprender sus propias dificultades. No obstante, aquella frase pintada en el muro, las personas son… también usted y yo, ¿qué deseaba mostrarme? ¿Debía entender la forma de ser de cada individuo? Pues, esto ya lo hacía. ¿Debía tratar a las personas con indiferencia y seguir mi camino? Seguir mi camino, siempre. La indiferencia era contrária a mis principios éticos. La jornada, aunque solitaria por el hecho de que nadie está obligado a acompañarme, es solidaria en razón de que el otro es fundamental para mi aprendizaje y perfeccionamiento. Sí, había una lección oculta en los hechos de aquella mañana y, por esto, la incomodidad del alma, como si avisara que yo no podía desperdiciar la oportunidad. Pero, ¿qué enseñanza se escondió mientras me aturdía?

Medité por un tiempo que no sé precisar. Era como si abriera innumerables gavetas en busca de algo que no entendía de qué se trataba, pero tenía la sensación que reconocería tan pronto la encontrara. En determinado momento, volvió la otra imagen que me era recurrente desde que intentaba dormir. El Viejo en el monasterio. Sí, allí podría estar la gaveta que guardaba la respuesta. 

Confieso que a veces me parece locura, pero es así como sucede con todos nosotros. Dentro de cada ser existe un fantástico universo en infinita expansión. Una linda aventura sin fin, vivida simultaneamente en dos mundos. Dentro y fuera de sí.

Me concentré para recordar cuál de las inúmeras conferencias era aquella proferida por el Viejo. Podía verlo, pero no me era posible escuchar su voz. No desistí. Poco a poco fui regresando al monasterio. Enseguida, pude abrir la gaveta en la cual estaban las palabras del monje. Al inicio, eran solamente susurros. Afiné los oídos. Lentamente se hizo audible. Él hacía la relectura de una de las cartas escritas, muchos siglos atrás, por Saulo de Tarso, o simplemente Paulo, como este buen hombre prefería llamarse a partir de acontecimientos fundamentales en su vida. El Viejo recitaba con su voz serena: “Aunque yo supiese hablar la lengua de los ángeles, sin amor, mi  palabra no llegará al corazón de las personas… Aunque yo fuese un maestro, sin amor, ese conocimiento no tendrá valor… Aunque entregara mi cuerpo para salvar a la humanidad, sin amor, ese coraje de nada me valdría… El amor no pelea, no se irrita, no es orgulloso ni vanidoso. El amor se preocupa tanto consigo como con los otros; por esto, el amor busca entenderse a sí para conseguir comprender a todos… Si el conflicto persiste es porque insisto en observarme por un espejo con la imagen distorsionada. Cuando pueda mirarme cara a cara, todo se iluminará. Apenas el amor me permitirá ser entero y me hará sentir vivo en el mundo…”

Sonreí. Había encontrado la respuesta. Estaba envuelto por una maravillosa sensación de calidez.  Volví a la cama y dormí profundamente. Me desperté casi al mediodía, por la llamada de mi hija, para decirme que ellas ya estaban yendo al restaurante. Me bañé rápidamente y, antes de encontrarme con ellas, pasé por la floristería. Llegué con un buqué en cada mano. Las flores no resuelven problemas, pero demuestran intenciones. 

Fui recibido con dos sonrisas. Junto con las flores, escribí un sencillo pero sincero mensaje. En ambas, las mismas palabras: ¡Gracias por todo!

Cada una de ellas, a su manera y por distintos motivos, me habían ayudado a transformarme en una mejor persona. A pesar de tener mil razones para justificar mis acciones del pasado ante la madre de mi hija, la enorme carga emocional impuesta en aquel encuentro le impedían percibir que había una visión diferente a la de ella. Siempre hay otra visión. La visión del otro.

Entender la visión del otro permite sentir su corazón. Una linda y sensible forma de amor. Las personas son… también usted y yo.

Entender la visión del otro solamente se vuelve posible cuando iluminamos la propia visión. Será preciso alejar el velo de las sombras, deshacer ideas ancestrales que nos condicionan al miedo, al conflicto y al sufrimiento. Son conceptos tan antiguos establecidos por nuestros antepasados, que creemos son nuestros, pero no lo son. Es necesario encontrar tales pensamientos, todavía arraigados en dolores y aflicciones. Enseguida, deshacerlos; entonces, a partir de un nuevo inicio, crear una manera diferente de pensar. Una revolucionaria forma de ser y vivir en la cual nos volvamos enteramente responsables por la vida que tenemos. Cada vez que le atribuyo a alguien la causa del dolor o de la felicidad, de la prisión o de la libertad, de la miseria o de la dignidad, de la aflicción o de la paz, del odio o del amor que siento, renuncio al poder que tengo sobre mi existencia. Me pierdo de mí y me anulo. Me vuelvo dependiente de las emociones producidas por otras personas.

El hecho de sentirme tan mal el día anterior en aquella conversación en la cafetería, mostró que no apenas la madre de mi hija, sino también en mí, en mayor o menor grado, alguna cosa pedía armonía, equilibrio, empatía y perdón. En cada uno de nosotros existe un universo de razones y emociones esperando una visita sincera para los debidos cuidados. Por esto, debemos acoger a los otros sin juicios y entenderlos después que nos comprendamos a nosotros mismos, pues sólo así seremos capaces.

Las personas son… también usted y yo.Ni mejores ni peores, las personas son bonitas por sus singularidades e indispensables al recordarnos en quién podemos transformarnos.

Aunque mis ideas fueran construídas de modo sincero, la madre de mi hija no estaba lista para escuchar mis palabras. Ella se sintió coaccionada y reaccionó mal. Me faltó sensibilidad.

Por más complejo o sofisticado que sea, no existe filosofía o raciocínio que me conduzca a una mente plena y a un corazón sereno mientras no esté lleno del más puro amor. No existe amor sin el esfuerzo honesto e intenso de acoger a otro en el corazón. Sin amor, el mayor de los eruditos es un prisionero en las celdas del propio conocimiento. Solamente el amor lo transformará en un sabio; de ahí las alas.

No hay cómo negar la imprescindibilidad del conocimiento para las sucesivas etapas evolutivas y la creciente iluminación del alma. No obstante, primordialmente, lacuestión no es esa. El alma es la fase sagrada aún en potencia. Para ser integrada en toda su amplitud y desarrollar todas sus posibilidades, el alma debe mirar, frente a frente, su otra fase, el ego, para encontrar la verdad de las transformaciones que aún deben acontecer. Por tanto, no servirá apenas una visión culta e inteligente; será necesario amor para alcanzar la claridad. El conocimiento sin amor pertenece a un ego arrogante, pesado y lento de una mente con el pensar aprisionado. Cuando amor, conocimiento y ego son armonizados con el alma hay libre pensar. Cuando me pueda ver cara a cara, todo se iluminará. Apenas el amor me permitirá ser entero y me hará sentirme vivo en el mundo…

Yo me había concentrado tanto en mostrarle a la madre de mi hija cuánto ella necesitaba cambiar, que no había percibido cuánto yo necesitaba aprender. Los cambios que serenan mi mundo están en mí.

Fue un almuerzo inolvidable. Los platos estaban deliciosos y, con una postura diferente, la conversación transcurrió muy agradable. Eventuales trampas fueron sutilmente desmontadas. El ambiente se mantuvo permeado en ligereza y alegría. Al final, nos despedimos y nuestra hija acompañó a su madre al hotel. Me quedé para tomar una taza de café. Solo, pensé en qué respuesta le daría si ellas me hubieran preguntado sobre el motivo del mensaje de agradecimiento enviada junto con las flores. Sin mentir, yo podría responder que cada una de ellas, a su manera, me enseñó un poco más sobre la importancia del amor. 

Otra cosa que aprendí, habla sobre la incapacidad del tiempo para borrar antiguas desavenencias. El tiempo las esconde en las gavetas de la memoria, pero no tiene fuerza para disolverlas. Apenas el amor posee tal poder.

Sin embargo, por sinceridad, yo tendría que decir que la mayor lección fue otra. Aquellos días me habían permitido percibir cómo aún soy pobre en amor, y en consecuencia, entender la prisión en la que todavía me encuentro. 

Es un buen comienzo. Motivante como todo viaje que inicia.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 5 Respuestas

  • Gabre 6 de agosto de 2021 on 10:37

    Gracias!!

  • Antonio 7 de marzo de 2021 on 11:50

    Excelente..! Muchas gracias por tus enseñanzas, extrañaba tus lecturas..! Bendiciones..!

  • Lourdes 4 de marzo de 2021 on 19:15

    Bendiciones, ya regresaste.. te extrañaba… enseñas mucho en tus mensajes… gracias, gracias, gracias…

  • Leandro 3 de marzo de 2021 on 16:22

    Gracias, muy bonito, extrañaba las lecturas….

  • Roberto 3 de marzo de 2021 on 13:58

    Gracias!! Mucha enseñanza junta…