Sufrimos por aquello que nos falta

El aire acondicionado de la estación de metro estaba dañado. En Río de Janeiro el calor es intenso durante casi todo el año, una ciudad donde no se usa chaqueta o abrigo. La mayoría de los días, hasta en los barrios a la orilla del mar con la temperatura amenizada por la brisa oceánica, es necesario usar ropa corta y ligera. La sencillez del carioca en su vestuario no es descuido, sino una sabia adaptación. Evolucionamos con las dificultades o sucumbimos ante ellas. Los biólogos aprenden esta lección en el primer día de clase. Los monjes budistas enseñan que con la evolución espiritual pasa lo mismo. Adaptación a los problemas no significa abandono de los principios éticos. Por el contrario, los perfecciona por el simple hecho de valorizar la esencia de la vida en detrimento de lo superfluo de la existencia. Se trata de un elemento ligado a la construcción de la identidad personal, en lo que respecta a las virtudes, la conciencia y las elecciones. También posee gran importancia por la conexión con lo sagrado que transporta el individuo a los niveles más sutiles de la trascendencia, permitiendo una nueva lectura sobre las dificultades comunes a la supervivencia. En fin, todo ese discurso para decir que esta historia comenzó con mi agonía por el defecto del aire acondicionado en la estación Cinelandia del metro. Vestido socialmente para una reunión de negocios, mi camisa estaba empapada de sudor mientras esperaba el tren que no llegaba. Cada segundo de espera se prolongaba a medida que aumentaba mi malestar. 

Maldiciendo el pésimo servicio ofrecido por la concesión que administraba las líneas de pasajeros, a mi lado en la plataforma, una mujer alta y bonita, vestida al estilo de algunos países de África con estampados de colores, muchos cordones y un elegante turbante, también sudaba mucho. La diferencia era que ella no parecía sufrir. Observaba a todos, como si todo fuese motivo de encanto. Aquello me intrigó. Cuando el tren llegó nos sentamos lado a lado en el mismo vagón que estaba refrigerado. Restablecido del malestar provocado por el calor, puse tema de conversación. Le pregunté si hablaba portugués, pues me parecía extranjera. Muy simpática, la mujer me dijo que hablábamos el mismo idioma, pues era de Mozambique. Ana era su nombre. Comenté que Mia Couto, su coterráneo, era uno de mis escritores preferidos, admiraba en él el estilo y la creatividad. Ella concordó y retribuyó a Jorge Amado igual elogio. En seguida, me confesé espantado por no manifestar incomodidad por la temperatura sofocante de la estación. Ana se encogió de hombros y dijo: “Había muchas cosas interesantes para observar allí. Puedo maravillarme con la belleza de las flores o perderme asustada en los peligros de las espinas. Esto define mi viaje”. 

Observé que no deberíamos contentarnos con poco. Ana ponderó: “Depende de las prioridades. Entender lo innecesario del cuerpo valoriza las necesidades del espíritu. Puedo vivir sin manjares en la mesa, pero necesito de mi consciencia digna como alimento; no me hace falta un automóvil para que me lleve y me traiga, pero no renuncio a viajar en las alas de la libertad; no necesito vestir trajes de marcas famosas, pero me rehuso a desnudar el manto elegante de la felicidad; no tengo como evitar los conflictos y la miseria del mundo, pero tengo como ayudar al mantener mi alma en paz; puedo vivir sin sexo durante meses, pero ni un día sin amor”. 

Hizo una pausa y preguntó: “¿Todavía cree que me conformo con poco?”. En seguida, concluyó: “Sufrimos aquello que nos falta. Lo esencial basta y está en mí. Lo restante son apenas flores y espinas que componen el paisaje”. 

Me miró a los ojos y me preguntó: “¿Qué le falta?”.  Yo nunca me había hecho esa pregunta. Acto reflejo, sin mucha convicción, respondí que no me faltaba nada. Ana argumentó: “Entonces, no hay sufrimiento. Sin embargo, es imprescindible saber si está siendo sincero consigo, algo imposible de suceder cuando aún nos conocemos poco. Tanto las preguntas como las respuestas erradas nos llevan a creer que del otro lado del mundo encontraremos aquello que nos falta, que estaremos protegidos y, en fin, podremos abrazarnos. Preguntas y respuestas equivocadas profundizan los dolores por la ilusión que provocan. Nos volvemos como marineros abandonados en el muelle. Melancólicos, vivimos a espera de una embarcación que nos rescate. En otros casos, somos como capitanes desorientados que no encuentran un puerto para atracar. Ansiosos, tenemos la sensación de que navegamos hacia ningún lugar”.

Le comenté que aquel discurso hurtaba toda la esperanza. Ana discordó: “Al contrario, ese entendimiento le devuelve el poder inherente que un día nos fue arrancado a cualquier persona. En verdad, no es necesario un barco para atravesar el océano”. Hizo una pausa antes de desconcertarme: “El motivo es simple, el océano no existe”.

¿Cómo así? Aquello no tenía sentido. Las dificultades son reales y palpables. La mujer sonrió. Había compasión en su sonrisa, como si yo tuviera una dificultad natural para comprender sus palabras. Ella explicó: “Desperdiciamos existencias enteras creyendo que necesitamos zarpar con las embarcaciones que están en el puerto, que los mares bravios del mundo son la gran aventura y que cuando lleguemos al otro lado del océano encontraremos el tesoro de la vida. Esta es la mayor ilusión. Pasamos los días construyendo barcos o juntando dinero para comprar un pasaje. Después queremos embarcaciones mayores para llevar todo lo que tenemos. Exigimos que también sean seguras, pues tenemos miedo del naufragio de la muerte y de las tempestades de la pobreza. Cuando nos lanzamos al mar tenemos la sensación de que aquel viaje parece no tener sentido. Alejamos de la mente este pensamiento, pues desde siempre oímos decir que es preciso llegar al otro margen, donde están las mejores cosas de la vida. Miramos hacia los lados, leemos las revistas, vemos los noticieros. Casi todos están atravesando el océano; entonces insistimos”.

“Sin embargo, a medida que navegamos, el puerto de destino parece distanciarse. Viajamos en busca de un día que nunca llega. Ningún puerto es lo suficientemente bueno para atracar. Encontramos muchos marineros y piratas durante la travesía. Ellos garantizan que más adelante existe un lugar donde encontraremos la miel de la vida. Basta tener una embarcación más veloz y conseguir una tripulación más entrenada. Como siempre nos falta un poco más, el sufrimiento no llega al fin”.

“Insistimos en buscar en el mundo el lugar que apenas existe dentro de cada uno de nosotros. Circundamos los mares, compramos barcos mayores, cambiamos la tripulación, adquirimos los más modernos instrumentos de navegación, nos guiamos por las últimas informaciones tecnológicas y, a pesar del enorme esfuerzo, retornaremos al punto de partida”. Se encogió de hombros, sonrió y finalizó: “Viaje errado, amigo”.

“Sufrimos por aquello que nos falta”.

El tren paró en la estación Cardeal Arcoverde, en Copacabana. Muchos pasajeros salieron, otros entraron. Estábamos sentados en uno de aquellos asientos laterales, donde caben tres personas. Del lado opuesto al mío, con Ana en el medio, se sentaba un señor que nos acompañaba desde el inicio. Él aprovechó el momento y, de manera educada, pidió disculpas por oír nuestra conversación. En seguida, dijo que sufría mucho, pues no tenía de su familia la comprensión que merecía. Los consideraba ingratos por no retribuir todo el cariño que había dedicado a los hijos cuando eran más jóvenes. Agregó que Ana tenía razón, sufría por aquello que le faltaba. No obstante, aunque ya había conversado y reclamado, no obtenía la retribución debida. Él tenía la sensación de que sus días llegarían al fin sin lograr entenderse con su familia. Esta era la razón de su enorme dolor. Ana ponderó: “Amor no es un billete promisorio con el que más adelante podremos exigir de vuelta el valor prestado. Amor no se presta ni se negocia. Es preciso entender que cuando amo lo hago por mí y no por el otro. Amo porque me hace bien amar. Tiene que ser así para que no haya ningún débito. Amo porque es maravilloso expresar y compartir mis mejores sentimientos. La vida se hace más leve y agradable; solamente el amor posee tintes para colorear mis días. Amo por mí, amo por el sentido que el amor le concede a la vida. No podemos vivir como quien deposita amor en una libreta de ahorros para sacar cuando sea necesario. No siempre el otro estará disponible para devolverlo. Ni estará obligado a esto. Si lo hace será maravilloso para todos y, aún más todavía, para él mismo. Las personas aman de acuerdo a sus capacidades no a nuestras necesidades y dependencias emocionales”. Miró al señor con dulzura y le dijo: “Viaje equivocado, amigo”.

El hombre discordó. De manera gentil, argumentó que había trabajado mucho para ofrecerle a los hijos condiciones que él nunca tuvo. Contó que había tenido una vida difícil. Enfrentó situaciones duras para que su familia usufructuara de toda la comodidad posible, pero los hijos no mostraban gratitud ante su esfuerzo. Se sentía distante de ellos”.

La mozambiqueña explicó: “El océano que existe entre usted y su familia no es la supuesta ingratitud de sus hijos, sino su propia incomprensión en cuanto al poder que lo habita. Esto hace que las emociones incoherentes empañen la mejor visión. Falta comprender más sobre el amor y cómo esa maravillosa virtud se manifiesta. El amor se completa en sí mismo; el amor se basta en saber que es el destino de todos los viajes”. 

Hizo una pausa para proseguir: “Como la gran mayoría, tal vez sus hijos estén en la correría típica de los jóvenes que se preparan para lanzarse al mar. Están preocupados por cuidar del barco y todo lo que consideran necesario para la gran travesía de la existencia. Viven con la sensación que no sobra tiempo para nada y solamente el océano importa. Todos pasan por esto. Sin embargo, recuerde que tarde o temprano el viaje los traerá de vuelta al punto de partida. Ellos descubrirán que el océano no existe. Ese día, usted estará en el puerto con su mejor sonrisa y un abrazo para acogerlos en su corazón”.

Emocionado, el señor no dijo palabra. Los ojos humedecidos manifestaron su agradecimiento. Ana remató: “Sufrimos aquello que nos falta. No obstante, nada nos falta si hacemos el viaje correcto”.

El señor bajó en la estación Antero de Quental, en Leblon. Ana y yo seguimos en el tren. Ella me miró y volvió a preguntar: “¿Qué le falta?”. Esa vez callé por no saber la respuesta. Ana fue dulce conmigo: “¿Qué me falta?es la pregunta primordial, aquella que comienza a mostrarnos quiénes somos. Respóndala con sinceridad para que pueda tener una relación honesta consigo y con la vida. Después, otra pregunta: ¿Aquello que falta está en el mundo o en mí?A menudo, es la que más engaña. Suelo oír la respuesta correcta, aquella que me dice bastar amor, felicidad, paz, libertad y dignidad. Sin embargo, el sufrimiento prosigue porque para vivir el amor creo que alguien debe acompañarme en el viaje. Necesito viajar en la comodidad de una gran embarcación para que todos me respeten, pues no hay dignidad en las travesías hechas en pequeñas canoas. La libertad que me era imposible mientras mi barco no zarpara del muelle, ahora se muestra dependiente de los vientos y de las corrientes oceánicas. No puedo sentirme en paz por causa de las inherentes tempestades típicas de todas las travesías. En alto mar, ansío la felicidad existente en una distante isla paradisíaca, siempre más allá de la línea del horizonte”. Enseguida, aclaró: “De esa manera, la segunda respuesta hace que la primera se pierda”.

“Entender aquello que nos falta es el diagnóstico exacto para todos los sufrimientos. Saber dónde buscar lo que nos falta es el remedio que trae la cura. ¿Dónde está aquello que me falta?Esta es la pregunta correcta que complementa el cuestionamiento inicial. Entender el viaje es percibir la grandeza y la belleza que existen en el puerto. Entonces, habrá amor para acoger a los náufragos, dignidad al ofrecer aquello que me gustaría recibir, felicidad de ser una persona un poco mejor cada mañana, paz de encontrarme y libertad alcanzada al realizar el viaje perfecto”.

El tren paró en la estación Jardín Oceánico, en Barra. Era el final del recorrido donde todos los pasajeros tenían que salir de los vagones. En la plataforma, el calor volvió, pero ya no me incomodaba como antes. Le pedí que intercambiáramos teléfonos. Yo quería proseguir aquella conversación. Fui a la reunión y por la noche, ya en casa, las dos preguntas propuestas por Ana no me salían de la mente. ¿Qué me falta? ¿Dónde está aquello que preciso?

La llamé. La operadora telefónica me informó que el número no existía. Ahí me di cuenta de la última lección enseñada por Ana. Ella había hecho la parte que le cabía. De ahora en adelante sería conmigo. La debida comprensión colocaría el poder de la vida en mis manos.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — Una respuesta

  • Martha Lucía 25 de marzo de 2021 on 11:06

    Yoskhaz, Maestro de la luz, Has hecho de mi corazón, de mi Alma , de mis sentidos un Estadio atento, conectado suave y dulce…..gracias por compartir tu trasegar……,