El mito de Pinocho

Era el cumpleaños de mi sobrino Lucas. Como sus padres estaban en un simpósio fuera del país lo invité a almorzar. Yo lo aguardaba sentado en la mesa del restaurante, situada en una apacible terraza, cuando lo vi estacionar la motocicleta. Hacía algún tiempo no nos veíamos, pero el amor no se borra con la distancia. Lucas era un joven alto y fuerte. La barba, una tradición familiar, era espesa y crecía. Él me ofreció una bella sonrisa y, enseguida, me dió un fuerte abrazo. Estábamos alegres por el encuentro. Ya acomodados en la mesa, Lucas se disculpó por el atraso. La motocicleta había presentado un daño cuando salía de casa. Le comenté que había tenido suerte al encontrar un mecánico que la arreglara rápidamente. Él me explicó que había resuelto el problema solo. Ante mi admiración y total ignorancia en asuntos relacionados con motores y afines, Lucas reveló su enorme pasión por las motocicletas. Me contó que cierta vez, durante un feriado lluvioso, había desmontado la motocicleta, pieza por pieza, apenas para entender el funcionamiento de cada parte; después, la montó por completo. Sorprendido, le pregunté si el interés por la carrera, él cursaba Sicología, era igual. Lucas me confesó que este era su gran dilema. Cada vez le gustaba menos la universidad.

Le sugerí que cambiara de carrera o de universidad. Él admitió que había crecido en un hogar armonioso, cercado de los cuidados necesarios para desarrollar todo su potencial. Mi hermano, padre de Lucas, era un prestigioso sicoanalista y su madre, una sicóloga muy solicitada, ambos estudiosos del comportamiento humano. Esto lo había ayudado mucho y hasta le gustaba conversar sobre el asunto. Sin embargo, no podía imaginarse como terapeuta. Dijo que aunque reconocía su importancia, le parecía aburrida esa rutina profesional. Yo quise saber qué carrera le gustaría cursar, pues debía haber alguna que le interesara. Lucas dijo que el dilema que enfrentaba era justamente el desinterés en proseguir los estudios académicos. Soñaba con montar un pequeño taller para poder pasar la vida arreglando motocicletas. Esta era su pasión y estaba dispuesto a abrazarla.

Argumenté que él podría estudiar Ingeniería Mecánica, Diseño Industrial o algo parecido, para que en el futuro proyectara las motocicletas que tanto le gustaban. Lucas aclaró que no se imaginaba trabajando en ambientes corporativos, comunes a las grandes empresas. Quería la vida sencilla e íntima de un pequeño taller, con contacto directo con las motos y sus aficionados. Fue imposible no recordar a Lorenzo, el zapatero amante de los libros y de los vinos, un artesano de rara habilidad, que rehusó reiteradas invitaciones de marcas famosas de calzados para trabajar con ellas. Era una forma de ser y vivir. 

Lo alerté sobre la fuerte resistencia que encontraría por parte de sus padres. No por abandonar la sicología, sino por desistir de la universidad, independiente del curso que escogiera. Tendría que prepararse para no contar con el apoyo de ellos.  Él aclaró que aún no había conversado con nadie sobre el asunto. Lucas dijo que le gustaría oír mi opinión. Yo se la expuse con la claridad que me era posible: “Soy un gran admirador del conocimiento, por la formidable herramienta evolutiva en que se convierte cuando es bien aprovechado. No obstante, también soy un férreo incentivador de sueños y de los dones personales. Aquello que la tradición oriental denomina dharma, el sendero del aprendizaje individual, o sea, del karma”.

“Pienso que una cosa no anula la otra; o sea, vivir el sueño y ejercitar el don no debe llevar a nadie a abandonar el conocimiento. Al contrario, sirve como perfeccionamiento. No se debe creer que recorrer el sendero del dharma, del sueño y del don sea fácil y no exija esfuerzos aún mayores. Aunque abandonemos el dharma, recuerda que el karma, las lecciones correspondientes a esta etapa evolutiva, nos acompañará”. Bebí un sorbo de agua y continué: “En tu caso específico, habrá un desvío radical en cuanto al estilo de vida. Los estudios siempre deben continuar, aunque sea de otra manera”. 

Lucas dijo que era consciente sobre la lluvia de críticas que recibiría de la mayoría de las personas, pues cambiaría el refinado ambiente académico por un taller lleno de grasa y aceite; el sonido de las palabras que debatían ideas por el ruido de los motores que necesitan ser regulados. Sabía también que sería más vulnerable a las condenas por su comportamiento, en caso de que el proyecto que escogiera para si no resultara. Las consecuencias serían rigurosas, con un precio alto a pagar, al percibir que sus compañeros de facultad avanzaron en la carrera profesional mientras él no había ido a ningún lugar. 

Me encogí de hombros y le comenté: “Sí, aquello que denominamos de precio a pagarno es nada más que los inevitables efectos de cualquier decisión. Recordando que cuando nos abstraemos de una actitud, sea por miedo o por indiferencia, también habrá consecuencias. Considero más sabio cuando decidimos por gusto o convicción. Causa y efecto es una inexorable ley cósmica de amor, justicia, equilibrio y aprendizaje. Las elecciones hacen de cada persona el dios de la propia existencia, al estar relacionadas con la construcción de la gran obra de la vida, la evolución espiritual. Por tanto, siempre existirá la necesidad de perfeccionar las elecciones a través del florecimiento de las virtudes en el ser y en el vivir, además de requerir expandir, de modo consciente, el mejor entendimiento sobre sí mismo, como método eficiente de comprensión del mundo alrededor”.

“En esta línea de raciocinio, un individuo espiritualmente maduro, con el ego dialogando de manera franca y amorosa con el alma, más próximos a cada día, nunca lamenta un acontecimiento indeseado, sino que abraza en reverencia sincera al maestro que vino a ofertar una lección para su crecimiento”. 

Lucas me contó que se estaba preparando para esa decisión fundamental hacía algún tiempo. Sabía que el trayecto inverso era más seguro, por contar con el soporte de conceptos culturales establecidos desde siempre. Concordé con él: “Tengo un compañero que fue mecánico de automóviles en la juventud, insistió en los estudios, cursó la facultad de Derecho con enorme esfuerzo y se volvió un respetado magistrado. Sin duda, un hombre merecedor de aplausos por sus méritos y victorias. Aunque también sea un sendero difícil y repleto de valor, es seguro por la admiración preestablecida que invoca. Cuando recorremos los pasos ya consagrados de la ascensión social contaremos con mayor comprensión y apoyo. Son preconceptos casi imperceptibles. Estos nos dominan al no percibir sus influencias en nuestra manera de pensar. Forman el inconsciente colectivo. Cuando estamos movidos por las sombras, nos amarran a sus ideas, como si fueran cuerdas invisibles que nos impiden actitudes renovadoras. Andar en círculos equivale a no salir del lugar. Sin percibirlo, esas cuerdas nos manipulan como a un títere, impidiéndonos ser quienes podríamos ser”. 

“La contracultura es el intento de la realización personal en el sentido inverso del pensamiento social dominante. Un quiebre de paradigmas que muchos llaman de caos, bobada o locura, pero indispensable para la evolución”.

El joven se rascó la cabeza y admitió que su deseo era hacer la ruta contraria, susceptible a los riesgos y críticas por no estar señalizada y aprobada por los parámetros de ascenso profesional y firmados dentro de las reglas sociales. Sin embargo, no estaba seguro de lograrlo. Le ofrecí a Lucas mi visión: “Quien busca apenas una existencia segura y se rehúsa a enfrentar riesgos, niega la esencia de la vida. La historia no se interesa en los cobardes, sino que aprecia el coraje. Aquellos que tienen la osadía de andar en contravía del mundo, pero en el flujo del universo son los que revolucionan el mundo al abrir las ventanas, hasta entonces cerradas, solamente para recordarnos los rayos de sol olvidados en el rincón de un día cualquiera”.

Lo alerté para no dejarse conducir por mis palabras, pues las consecuencias de cualquiera de las elecciones que tomara serían asumidas solamente por él y que ninguna decisión debería ser tomada antes de estar ampliamente ramificada en su alma; habría pérdidas y ganancias a ser consideradas. Enseguida, lo cuestioné: «¿Qué tipo de vida quieres para ti? Existen varias opciones disponibles. Siempre las habrá”. 

Es necesario entender la pregunta adecuada para cada respuesta que necesitamos. Equivocarnos en la lectura del mapa nos aleja del destino pretendido.

Lucas volvió a rascarse la cabeza y dijo que ya sabía la decisión que quería tomar. Confesó que había un vacío dentro de él y comprendía cómo debía llenarlo. El problema es que estaría muy vulnerable y no le gustaba esa sensación. Intenté explicarle: “Imposible el coraje sin la sensación real de vulnerabilidad. El más bravo de los guerreros apenas se consagra en la lucha al saber que la muerte está siempre próxima y, aún así, ama las batallas, porque luchar es su don. Reconoce en cada oponente, no a un enemigo, sino a un maestro para perfeccionar sus habilidades. Cada manifestación contraria es un golpe que, cuando es bien aprovechado, lo hace un poco mejor; por ello, ama a sus adversarios. Él se encontrará varias veces con el fracaso y con la decepción, pero aprenderá a crecer con cada uno de ellos. Así, a pesar de las dificultades, los días serán leves y alegres”. 

Fue un almuerzo muy agradable, como lo son las conversaciones en las cuales abrimos nuestros corazones. Nos despedimos y estuve un tiempo sin tener noticias de Lucas. En Navidad, fuimos a pasar la noche en casa de mi hermano, con la familia reunida, como solemos hacerlo en esa importante fecha siempre que es posible. Yo estaba radiante, pues mis hijas habían venido para estar con nosotros. Una común-unión. En síntesis, amor y comunión. Esta es la magia de la Navidad. Mi cuñada, una persona gentil y bondadosa, había preparado la cena con mucho cariño. No faltaba nada, salvo Lucas que no llegaba. Percibí un intercambio tenso de miradas entre ellos cuando mis hijas preguntaron por el primo. Después de un tiempo, Lucas llegó y una nube pesada se instauró en el ambiente. Él estaba ébrio.

Aunque de manera educada, el padre lo reprendió con firmeza. Con los ojos húmedos, la madre cuestionó el motivo por el cual él se había involucrado con el alcohol en los últimos meses, algo que nunca había sucedido antes. Lucas nos saludó con dulzura, como era su temperamento. Después, fue a sentarse solo en la terraza. Aproveché la llegada de otros invitados y fui a sentarme con Lucas. Antes le pedí a mi hija mayor, con su natural buen humor, que se mantuviera como la guardiana de un portal y, con delicadeza, evitara la entrada de cualquier persona a la terraza. Ella guiñó un ojo en aceptación.

A solas, no intercambiamos palabra por largos minutos. Lucas evitaba mirarme. Fue él quien quebró el silencio para preguntar si yo sentía pena de él. “De ninguna manera”, respondí. Quiso saber si yo iba a reprenderlo. “Tampoco”, fui sincero. Enseguida, aclaré: “Vine para decirte que no me importan los hechos. Quiero que sepas que puedes contar conmigo siempre”. Lucas dijo que todo estaba confuso. Pensaba hacer un largo viaje. Estaba seguro de que volvería mejor. Yo argumenté: “Me encanta viajar, pues me hace un bien enorme el contacto con otras culturas y me ayuda a extrañar mi casa; o no. Cuando no extraño la rutina que creé para mí, tengo una buena referencia para saber qué cambios me son necesarios. Cuando viajamos, una cosa que debemos tener en mente es que cada uno lleva a sí mismo en el equipaje para cualquier lugar al que vaya. Podemos evitar lugares, situaciones y personas, pero nunca a nosotros mismos”.

En ese instante, sus ojos se encontraron con los míos. Aproveché para saber de él: “¿De qué huyes?”. Lucas explicó que no era de qué, sinode quién, él huía. Confesó que no había tenido el coraje de dejar la facultad de Sicología para montar un taller de motocicletas. Cuando le contó a los padres sobre su proyecto, fue muy mal recibido. Ellos se mostraron contrarios a la idea, se pusieron tristes con la mera posibilidad de tal transición. Lucas dijo que amaba a sus padres y no quería decepcionarlos. Tenía miedo que con ese cambio los perdiese para siempre por el alejamiento y frustración que su decisión provocaría.

Premisas erradas llevan a conclusiones equivocadas. Esta es la base del juego de engaños. Estos son los pilares del raciocínio que hacen derrumbar el puente de la vida. El asunto es vasto, pero le expliqué a mi modo: “Hace poco hablábamos de viajes y de extrañar nuestra rutina”. Lucas me interrumpió y, de manera educada, quiso recordar que las rutinas son siempre aburridas y a nadie le gustan. Dije que aquel discurso era un caso típico de una conclusión errada porque partía de una premisa equivocada. Le expliqué: “Las rutinas son pesadas para aquellos que llevan la vida como una obligación. Se convierten en días increíbles cuando vivimos por cada descubrimiento. Lo que define el peso o la ligereza de la vida es  cuánto de nuestros gustos y aptitudes colocamos en cada momento del día”.

“Claro, aleja la insensatez y el desatino de las condiciones ideales para vivir bien. Esto no existe. Las condiciones existentes serán siempre las herramientas perfectas para el desarrollo personal. Cada vez que me conecto con mi interior, me conecto con el universo. Esta fuerza me fortalece. Las virtudes se presentan, la consciencia se amplía y las elecciones son simples y claras. Para cada dificultad existe una oportunidad disfrazada; por tanto, entre más próximo del dharmamás leve será el karma”. 

“Dones y sueños son fundamentales por hacer parte de quién soy. ¿Quién nos convenció de que esa no puede ser nuestra rutina?”.

Lucas dijo que entendía mis palabras, pero que jamás tendría el apoyo de los padres. Él los amaba y no quería perderlos. Aclaré: “Mientras no seas tú mismo por entero, nunca estarás lo suficientemente cerca de alguien más. Descubrir quién soy ayuda al otro a revelarse ante mí”.

“Tus padres necesitan lo mejor que hay en ti. Por tanto, es necesario juntar las partes de ti mismo abandonadas a lo largo de la existencia. Aunque ellos sean valiosos aliados en tu jornada, solo tú podrás recorrerla. No obstante, no olvides que aquellos que ofrecen resistencia y oposición, también nos colaboran para hacernos despertar habilidades y virtudes todavía adormecidas”.

“Encuentra tu forma de caminar. Esto es único. Mientras niegues la esencia de los propios pasos no habrá ningún camino”.

Lucas lloró mucho. Quiso saber si todavía había tiempo de rehacer su trayectoria. Por experiencia personal, pude responder con convicción: “Me encontré conmigo con casi cuarenta años de edad. Créeme, es un encuentro eterno. Todos los días descubro algo que desconozco en mí. Nunca es tarde ni demasiado temprano. La mejor hora se define a medida que nos sentimos listos para los nuevos descubrimientos que no tienen fin”.

Él me preguntó cómo sabría cuál era el momento correcto. No tuve duda para responder: “La angustia siempre señala la necesidad de transformación”.

Lucas sonrió por primera vez aquella noche. Era una sonrisa linda, que mostraba el poder contenido en un deseo que no se puede sofocar más. Sería como intentar impedir la llegada de la primavera para no ver las flores surgir. Enseguida, dijo que se daría un baño y se cambiaría de ropa. Le dije que le prepararía un café fuerte y le pedí que no bebiera más alcohol en aquella noche. Lucas explicó que no ya no lo necesitaba; estaba cansado de huir. 

Sus padres se alegraron al verlo bañado y con ropa limpia. La fisionomía de Lucas era óptima, así como el humor. Conversó con los invitados y con las primas. La cena ocurrió en perfecta comunión. En el transcurso de la noche, las personas se fueron despidiendo. Al final, quedamos apenas mi hermano, la esposa, nuestros hijos y yo. Lucas aprovechó el momento para comunicar la decisión de dejar la facultad de Sicología. Abriría el soñada taller de motocicletas con recursos propios; tenía algunos ahorros hechos en el transcurso de los años. Mis hijas que nada sabían, se miraron asustadas, pero a la vez encantadas con aquella revolución personal. Querían saber más detalles. Las preguntas que hacían fueron interrumpidas por la indignación de los tíos. La madre del joven le recordó que ya habían conversado sobre el asunto y habían firmado una decisión que Lucas se había comprometido a cumplir. Él terminaría la universidad y después tendría el apoyo de la familia para seguir la carrera que deseara. Alegó que habían invertido tiempo y dinero en sus estudios. No era sensato abandonar todo ese aprendizaje. Lucas aclaró que ninguna educación sería desperdiciada; esto nunca sucede. Sin embargo, el conocimiento sería adaptado a una nueva realidad, a un ciclo de vida que se iniciaría en breve.

El padre, que oía la conversación entre la esposa y el hijo, me miró con censura y me acusó de sublevar el buen senso de Lucas. Dijo que en sana conciencia nadie cambiaría una experiencia académica por una vida desprovista de estudios, como en un taller de mecánica. Recordó que el hijo era inteligente y culto, con enormes oportunidades de tener un consultorio reconocido por la cura que proporcionaría a los pacientes. De lo contrario, tendría una existencia entre grasa, aceite y motores, sin ningún propósito edificante. Intenté mostrarle otra visión: “No niego el enorme valor de la ciencia y de la academia. No obstante, pienso que hay más sabiduría para todos los dolores en el ejercicio de las virtudes que en la aplicación de la ciencia. La gentileza de una sonrisa, la sinceridad de un abrazo, la simplicidad de una buena palabra, la pureza de una mirada, la humildad de un gesto, la honestidad en el trato, la compasión ante de una necesidad, la misericordia en abrigar un corazón afligido, la fe al alimentar la esperanza en alguien, son atributos sagrados que revolucionan el mundo al transformar al individuo e iluminar caminos. Hay más poder de cura en cada virtud aplicada en lo cotidiano que la más sofisticada fórmula farmacéutica o en el más elaborado tratado científico. Tales cosas no están en una universidad ni en un taller; solamente estarán en el mundo si germinan en lo más íntimo de las personas. Por tanto, es indispensable que el individuo esté bien para que haya algo en sí bueno para ofrecer. Aquellos que se olvidaron de buscar las estrellas de la vida en la noche oscura de la existencia caerán en el abismo de la amargura. No importa la profesión, el saldo de la cuenta bancaria ni donde vivamos, sin los pilares de los dones y la argamasa de los sueños no habrá puente para atravesar el vacío de la amargura. La primavera será desperdiciada. ¿Qué flores esperar de una persona abandonada de sí misma, que vaga perdida en el desierto de la propia existencia?”. 

Mi hermano dijo que yo no era más que un filósofo mediocre, un escritor insignificante y un hombre fracasado. No en vano había cambiado de profesión una vez y estaba prestes a hacerlo de nuevo. Yo era un desorientado y una pésima influencia. Su esposa me acusó de ver a la familia con desprecio dados mis varias relaciones afectivas que no lograba sostener. Dijo que mis hijas se habían ido a estudiar en países distantes porque no me soportaban.

Era verdad. No era verdad. Solamente premisas correctas legitiman conclusiones acertadas.

Las niñas se aproximaron como para decir que no estaban de acuerdo con aquella acusación. Por diferentes motivos, en aquella sala, todos tenían lágrimas en los ojos. Reinó un silencio sepulcral, típico de los velorios que embalan la muerte. Sin embargo, todo final de ciclo trae en la esencia el despertar de la vida.

Era mi hora de hablar: “Hice muchas elecciones equivocadas en la vida. Las hice de acuerdo con el nivel de consciencia que yo tenía en cada época. Todavía las haré, no las mismas, sino otras. Hoy haré de otra manera muchas de las cosas que hice ayer. El arrepentimiento tiene el lado luminoso del redireccionamiento moral. Tuve que ir a la oscuridad para entender dónde está la luz; lidié con las pasiones más sórdidas para conocer el poder del amor; le di la vuelta al mundo para comprender el valor de mi casa. Siempre que puedo transformo en arte aquello que quedó en borrador. Nuevos momentos, diferentes elecciones. Así es con todos los que están dispuestos a caminar. Mira hacia atrás y percibo al hombre que era y que no existe más. Soy yo, pero soy otro. Soy uno, pero fui muchos”. 

“No me asusto. Por el contrario, me alegro. Estaría triste si mirara hacia atrás y me observara sin ningún cambio; una clara señal de que no salí del lugar. No hubo evolución. Hay una larga jornada por delante, los errores sinceros me acompañarán, pero solo los nuevos; nunca los viejos errores, pues nos vuelven hipócritas al repetirse indefinidamente. El más vulgar de estos es aquel que nos impide soñar. El recelo por lo inusitado es el pavor ante el riesgo. Cerrarse a la osadía es negar la vida. Es el miedo de amarse a sí mismo”.  

“Este es el mito de Pinocho”. ¿Cómo así? Todos se preguntaron sin entender esta última afirmación.

Me expliqué: “Este cuento infantil, al contrario del recuerdo más común, de la nariz que crece con cada mentira, contiene escondido el mito de la osadía, de la vida que apenas acontece a través de la libertad. Recuerden que Pinocho es un muñeco de madera, un títere, cuyo creador, Gepeto, para hacerlo humano, corta las cuerdas que lo amarran, limitan y manipulan. El muñeco recibe la oportunidad de ser un niño cuando comienza a escoger. Seducido por las delicias efímeras del mundo, comete una serie de errores, se animaliza con las orejas de asno y va a las tinieblas en la oscuridad del vientre de la ballena. Conoce el terror de la ignorancia y las consecuencias afines. Aprende que la mentira nos desfigura al negar el quién somos. Gepeto lo protege todo el tiempo, no para impedirle que se lance a la vida sino colocando al Grilo Conversador, que en verdad es la consciencia que nos acompaña, dialogando con cada elección del muñeco. Creador y consciencia, dejan que él erre para que pueda entender la diferencia entre sombra y luz. No obstante, jamás lo abandonan. Saben que el error transforma y madura. El miedo a errar desperdiciaría esa linda historia. Recuerden que, al final, el muñeco de madera evoluciona y al descubrir el propio corazón, el Hada de la Vida, lo transforma en un niño de verdad. Al contrario de Pinocho, algunos de nosotros terminamos la historia de la manera que la comenzamos, como meros títeres. Son los que tienen miedo a ser osados”.

Las niñas me abrazaron. Nos despedimos sin muchas palabras y salimos. Estuve algunos días metabolizando la conversación de aquella noche. Creo que esto le sucedió a todos. Estuvimos mucho tiempo sin hablarnos. En la Navidad siguiente viajé para pasar las fiestas con mis hijas. Un año más pasó. Incentivado por la nueva enamorada, decidí hacer la fiesta de Navidad en mi casa. Llamé a mi hermano y lo invité, así como a su esposa y a Lucas. Las chicas también estarían allí.

Cuando llegaron traían una sonrisa sincera. Estábamos alegres por el reencuentro. No fue preciso ninguna explicación ante lo ocurrido hacía dos años. Habíamos reflexionado y cada cual extraído la lección que le correspondía. El amor tiene el poder de pavimentar senderos para que todos se encuentren. Sin reclamos, mi hermano me abrazó largamente. Sin palabras, nos dijimos que nos entendíamos y respetábamos uno al otro, cada uno con su manera y belleza de ser. Lucas llegó más tarde. Parecía mayor y más guapo. El aura clara tiene ese poder. Usaba una camisa que traía en el bolsillo la logomarca de su taller. Estaba alegre y conversador. Nos contó que había abierto el taller en Vargem Pequena, un barrio bucólico y casi rural de Rio de Janeiro. Atendía a un nicho de aficionados por las marcas Harley Davidson e Indian. El negocio había crecido al punto de tener que contratar ayudantes. 

Elogié el logotipo y en broma le dije que en mi agencia lo habríamos hecho mejor. Él rió y dijo que aceptaba cualquier ayuda. Enseguida, me miró y me comentó que había retomado los estudios, no en una universidad, sino en una escuela libre de filosofía. Como todos estaban curiosos, nos contó que esa escuela estaba inspirada en una que existía en Palo Alto, California, en los años 60, donde las personas podían entrar para asistir a cualquier clase. Salían también cuando lo deseaban. El interés por el conocimiento era el único incentivo. No había diploma ni el curso tenía fin. Diversas personas eran invitadas para dar clases y los intereses eran muy diversos. La filosofía era el eje central. Había clases de historia del arte, física cuántica para leigos, espiritualidad, astrología, sicoanálisis para iniciantes y varios asuntos afines. También había asumido ante sí el compromiso de no parar de leer. Como un ritual sagrado que ayuda en las infinitas transformaciones, leía todas las noches antes de dormir. Lucas era la expresión vibrante de la felicidad.

A media noche brindamos. A solas, Lucas dijo que me tenía un regalo. Cuando abrí la caja, dentro había una llave de rosca, herramienta común a los mecánicos. Junto, una nota de agradecimiento por haberlo ayudado a montar el taller. Contuve las lágrimas para decirle que nada habría sucedido sin su voluntad y osadía para vivir su don y su sueño: “Nada despierta en nosotros sin que ya no exista en potencia”. Me encogí de hombros e hice una broma: “Una lección de Aristóteles”.  Él arqueó los labios con una leve sonrisa y comentó: “En ese curso de filosofía asistí a una clase sobre Sócrates. Citado por Séneca, el filósofo griego decía que un individuo puede tener treinta tiranos reprimiéndolo, pero cuando se libera de sí mismo, todos los demás se deshacen en el aire. Esclavitud es una palabra que no se conjuga en plural”.

Lucas todavía era muy joven, pero tuve la nítida sensación de estar ante un maestro que ya había logrado romper las cuerdas que le impiden a los muñecos de madera conquistar la vida.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

Discusiones — 5 Respuestas

  • Cecé 21 de abril de 2021 on 23:00

    Es cierto! También me uno a esta acción de GRATITUD hacia Pilar, pues sin su ayuda, me sería imposible comprender tan profundas enseñanzas….
    También a Yoskhaz, quien es un gran guía en mi vida. Concuerdo con quiénes aseguran que sus relatos llegan en los momentos justos, también para mi.
    Infinitas gracias!!!!!

  • Martha Lucía 15 de abril de 2021 on 13:02

    Querida María Del Pilar agradezco el tiempo que le dediques a traducir estas enseñanzas de Vida … de nuestro querido y bien esperado Yoskhaz.

    Leyéndote, despiertas tantas emociones… se pasa de: la seriedad, a la intriga .. de la lágrima a la compostura… el desenlace siembra ….. y permite crear…sin convencer….. La elección es Propia…
    Saludos desde Colombia.

  • Duglis 15 de abril de 2021 on 00:05

    El impacto que han tenido estos escritos en mi vida han sido gigantes. Siempre llegan a mí cuando más los necesito y cada lectura que me llega siempre está ligada a alguna situación similar que pueda estar pasando. Hoy, nuevamente, con lágrimas en los ojos esto ha sucedido. Eternamente agradecida con todos sus escritos, gracias infinitas!

  • Leandro 14 de abril de 2021 on 11:25

    Hermoso

  • Roberto 13 de abril de 2021 on 08:34

    Quiero agradecer a María del Pilar por las traducciones, para mí, cada entrada se ha vuelto una píldora diaria de sabiduría y reflexión. Esta en particular ha logrado generar en mi cierta agitación interna al enfrentarme con una realidad tan común como lo es, seguir siendo de madera!!