El evangelio gnóstico (3)

Eran días de intensos aprendizajes. Yo estaba en el monasterio hacía pocos días. Había ido a hacerle una visita informal al Viejo, como cariñosamente llamábamos al monje más antiguo de la Orden, cuando me deparé con un simpósio sobre el Evangelio de Tomás. Un texto considerado apócrifo por los cánones de la Iglesia Católica y gnóstico por los esotéricos. Un libro cuyo contenido amplía las puertas de la percepción para el conocimiento. 

No por casualidad, un desentendimiento profesional nacido de una diferencia de visión con otro monje, Federico, me servía para expandir el entendimiento y la aplicabilidad de las enseñanzas contenidas en aquellas palabras milenarias. La sabiduría consiste en la utilización del conocimiento en las situaciones comunes a lo cotidiano. Ocurre que nuestras sombras suelen estar en la línea de adelante y responden antes que podamos usar aquello que sabemos. Orgullo, vanidad, celos, miedo, frustraciones, resentimientos, entre otras memorias dolorosas, se comportan como soldados de infantería en el frente de combate y reaccionan a cualquier movimiento como si estuviésemos siendo atacados; esto porque libran una guerra imaginaria. En verdad, los conflictos internos, cuando son incomprendidos, toman forma y se perpetúan en diversos aspectos de la personalidad, incorporados como características personales. Soy así, qué le vamos a hacer, repetimos como justificativa para el estancamiento. Negamos las transformaciones inevitables a la evolución; entonces, sufrimos.

Al mantener las sombras como centinelas, con la función de vigilar todo y a todos, nos aislamos del mundo y lo peor, de nuestra propia esencia. Ellas resaltan supuestos peligros y defectos, ya sean de las situaciones o de las personas, relegando a un segundo plano las oportunidades ofrecidas y las virtudes existentes. Queda la sensación de aislamiento y abandono, heridas existenciales contemporáneas, cada vez más comunes. Impaciencia, intolerancia, mal humor, testarudez, agresividad, ansiedad, indiferencia, apatía y depresión son sus manifestaciones más comunes, fácilmente reconocidas, en vista de la enorme epidemia planetaria.  No, no somos así.Esos son los síntomas típicos de las almas enfermas. Son gritos del inconsciente clamando por ayuda. La esencia de cualquier persona es pura y amorosa; es luz. Sin embargo, todavía en estado embrionario. El despertar del alma es personal e intransferible. El papel del ego en este proceso es de fundamental importancia, no como enemigo sino como valioso aliado.

Cuanto mayor dificultad hay para la cura, mayor es la negación de la enfermedad. Cuantos confunden el orgullo con la autoestima, la ganancia con el progreso, exaltan la agresividad y el egoísmo como métodos eficaces de conquistas. Culpan a los otros por sus sufrimientos al rehusarse a buscar en sí mismo las transformaciones necesarias para la superación de los obstáculos inherentes a la vida. Ninguna terapia para el alma tendrá éxito sin la participación efectiva del ego, porque la cura se traduce en evolución personal. La evolución no ocurre por accidente, sino como acto consciente. El consciente es el campo de actuación del ego. 

El fin de los sufrimientos se inicia con el entendimiento de la situación en la cual el individuo se colocó o permitió que lo colocaran. Acción u omisión poseen igual responsabilidad. Enseguida, el ego consciente de su función, poder y también de su limitación, percibe la existencia de una fuerza diferente y alternativa, con atributos y posibilidades ilimitadas, hasta el momento menospreciadas. Comprende que se trata de otra parte de sí mismo. Decide intensificar el diálogo entre la oscuridad y la luz. 

Cuando el ego se encuentra con el alma es un momento de magia por la transformación que provoca. En las novelas de ficción suele venir representado de las más diversas maneras. Es, por ejemplo, cuando el caballero Artur se apodera de Excalibur, su espada encantada, y con la ayuda de esta logra conquistar a los rebeldes (las pasiones salvajes) y unificar el reino (el ser entero). Cada uno se vuelve el rey de sí mismo tras conquistar y unificar las partes que lo habitan.

Al entender sus dificultades y limitaciones, el individuo no permite que estas continuen perpetuándose, pues son las causas de sus sufrimientos. Asume el compromiso de transformarse y crecer, una eficiente terapia de cura. Inspirado por el alma, el ego establece un nuevo patrón de comportamiento, modificando la forma de vivir, fundamentado en diferentes ideas, conceptos y valores. Un poquito diferente y mejor cada día. Se mantiene en constante esfuerzo para rescatar las virtudes primordiales al progreso existencial, a través de sucesivos e infinitos ciclos de superación. Esta práctica expande la consciencia, pues ahora ya no es solamente el ego, sino que trae a la luz las poderosas influencias del alma, hasta entonces manifestadas de modo tenue en las profundidades imperceptibles del inconsciente. 

Lavoluntades el motor indispensable a ese tratamiento cósmico, que consiste básicamente en la disposición inquebrantable de, a través de cada una de las elecciones realizadas, sustituir las sombras actuantes por las virtudes adormecidas. El ego, el bravo guardián que nos representa en el frente de la existencia, pasa a  recibir consejo del alma, el sabio de la biblioteca ancestral, perfeccionando los métodos de lucha: las elecciones. A medida que las nuevas virtudes se vuelven instrumentos de combate, en sustitución de las cansadas sombras, logramos deshacernos de las pesadas y obsoletas armaduras que, sin darnos cuenta, insistimos en usar. Las emociones insalubres típicas de las memorias afectivas dolorosas, que tanto sufrimiento y reacciones desagradables provocan, después de ser envueltas con el amor de las virtudes y la sabiduría de la consciencia ampliada, servirán para contar la increíble historia de superación y cura vivida por mí o por ti.

Ese es el buen combate. La maravillosa jornada de todos nosotros.

Esas eran mis reflexiones mientras paseaba solitario por los senderos de la montaña que abriga al monasterio. Quietud y soledad son importantes cuando necesitamos pensar. Los últimos días habían sido ricos en nuevas ideas que intentaban encontrar un lugar para habitar en mí. En ese momento divisé en un claro, sentado sobre una piedra, a Federico. La reacción inicial fue evitarlo. Argumenté conmigo que yo no había venido a conversar, sino a reflexionar. Igual, él no me era una persona agradable. No obstante, en aquel momento cuestioné si no eran mis sombras, en el frente de la existencia, respondiendo por mí. Aunque hacen parte de quien soy, apenas asumen el comando de mi vida si les concedo tal poder. Sombras o virtudes, yo escojo mis instrumentos de combate. El día anterior el Viejo había hablado sobre la importancia de admirar a todas las personas como una manera de transmutar emociones por sentimientos y, así, oscuridad por luz; pero, ¿cómo hacer esto sin conocer un poco mejor a las personas y sin intensificar la convivencia con ellas? Sin ellas es más difícil entender las habilidades y atributos de quien no soy y desconozco.

Consideré que Federico podría reaccionar mal ante mi presencia. De otro lado, ponderé que si esto sucedía, revelaría solamente la oscuridad en la cual él se encontraba. Arrogancia e indiferencia sirven para diagnosticar un alma que sangra. El orgullo es la máscara de quien esconde una valentía superficial en razón de un miedo profundo. Evitarlo apenas por temer su reacción, manifestaría en mí idéntico síntoma. Las sombras poseen muchos trucos y disfraces con los cuales nos ilusionamos fácilmente. Por fracción de segundos hubo un intenso duelo dentro de mí. Un tiempo siempre largo cuando todavía vivimos la agonía entre aquel que somos y quién deseamos ser. Fui hasta él preparado para lo peor.

Cuando me vió, Federico arqueó los labios con una leve sonrisa, como si supiera que aquel era un encuentro predeterminado. Le pregunté si podía sentarme. Él fue gentil. Se alejó un poco como manera de ofrecer una parte de la piedra para que me acomodara a su lado. Un gesto de buena voluntad. En aquel instante, constaté una obviedad presente en otros acontecimientos de mi vida: nuestros mayores miedos casi nunca se concretan, pero solemos desperdiciar la miel de la vida al siempre esperar lo peor. Si sucede, no hay que lamentarlo, solamente los tontos tienen días malos. Aprender que todos los momentos son valiosos para la manifestación y perfeccionamiento en el uso de la espada, la luz.

Sin rodeos, con honestidad y sin cualquier trazo de hostilidad en su tono de voz, Federico quiso saber si yo estaba molesto con su decisión de rescindir el contrato de la multinacional, de la cual era director, con mi agencia de publicidad, por el hecho de yo haber tomado vacaciones durante la elaboración de una importante campaña. Volví a explicarle que yo confiaba en el equipo de creatividad de la agencia, además de estar en contacto con ellos siempre que era necesario. Agregué que, aunque consideraba arbitraria y excesiva su exigencia para que yo regresara inmediatamente, no había ningún resentimiento de mi parte. Le expliqué: “Elegí permanecer en el monasterio por estar en consonancia con mi consciencia. Es esta la que crea la concepción de verdad que adquiero, según la percepción de quien soy y del mundo a mi alrededor”.

“Puedo no estar de acuerdo, pero molestarme con la elección de otra persona es una práctica absurda por no considerar la diversidad de derechos, intereses y visiones. Irrespeto mi propia dignidad cuando no respeto la libertad ajena”. 

Federico meneó la cabeza para decir que concordaba. Enseguida, fue su vez de hablar: “Tenemos un terrible condicionamiento ancestral de pensar que las decisiones que nos contrarían son personales. Fulano hizo eso porque no le caigo bien, zutano me negó el pedido porque no le gusto. Así justificamos nuestras frustraciones, cuando la mayoría de las veces fue solamente una decisión que otra persona entendió como la correcta en aquel momento, haciéndonos víctimas de nuestra propia consciencia estrecha. Peor aún, no lo percibimos de esta manera y con esto sufrimos por el resentimiento que surge y nos mantiene estancados como aquel pozo en la orilla del río que niega su esencia de seguir al encuentro del mar que acabará por volverse turbia y maloliente”. Hizo una pausa antes de concluir: “Al negar el flujo de la vida, perdemos el poder contenido en nuestra esencia”. Con la mirada distante, entretenido en sus pensamientos, concluyó: “Casi nunca una decisión es mera implicación, con el objetivo exclusivo de impedir nuestros deseos. Por la ineficacia de este raciocínio, precisamos abandonar la creencia de que el mundo conspira para perjudicarnos. Esto es una enorme bobada, típica de un alma inmadura. Los hechos apenas reflejan quien aún no somos y las consecuencias del contenido que no aprendimos. Si ya lo hubiéramos aprendido no tendríamos estas consecuencias”. 

Yo no solo estaba de acuerdo, sino que percibía allí a un hombre con ideas claras, consistentes y bien elaboradas. Había un pensador maduro que yo creía no existía. La recíproca también se aplicaba, pues percibí el interés que Federico dispensó a mis palabras. Aproveché la oportunidad para decirle que no necesitaba haber sido tan rígido a punto de rescindir el contrato. Que él debería haber creído en mi capacidad de conducir la agencia, aún a distancia. Él se defendió: “El discurso, aunque perfecto, no siempre se ajusta a la práctica. El hecho de estar lejos hará que participes apenas de las grandes decisiones. Las de aparente menor importancia serán tomadas por tu equipo. Una victoria puede depender de un simple detalle, que pasará desapercibido por el hecho de estar administrando con los ojos de los otros. En el caso específico, entendías la campaña a través de la visión de tu equipo. Todos los días entrabas en contacto para acompañar el desarrollo del trabajo. Tu capacidad de actuación estaba limitada, no por lo que veías, sino por las palabras que te eran dichas. Aquello que porventura no fuera dicho sería como si no existiera en tu universo. La parte silenciada, el verso, estaba fuera de tu alcance por estar distante de tus ojos, el uno. Así, en verdad, las decisiones no eran tuyas, apenas aparentemente tuyas”.

Un argumento incuestionable. Aunque yo tuviera pleno derecho de hacer la elección que hice, fundamentada en mis razones, era innegable que la decisión de él nada tenía de arrogante, emocional o inadmisible. Al contrario, estaba fundamentada en un raciocinio sensible y con experiencia. 

Admití que él tenía razón y se lo expresé. Los argumentos eran de innegable consistencia. No obstante, hice una confesión: “Hace algún tiempo vengo alejándome de la agencia. Pienso que se trata de un bello ciclo que se aproxima al fin, como lo son todos los ciclos. Sirvió para que yo aprendiera y me transformara. Era hora de compartir para proseguir. Así cerramos un ciclo para iniciar otro”. 

Federico volvió a menear la cabeza en concordancia. Yo continué: “El equipo creativo de la agencia está conformado por jóvenes profesionales bien preparados y de gran talento. Cada vez necesitan menos de mí. Un consejo aquí, una corrección de ruta allí, solamente. Ellos han realizado trabajos mejores de lo que algún día yo fui capaz de hacer. Es maravilloso percibir el misterio de la vida manifestándose y ver jóvenes pájaros en sus primeros vuelos. A mí cabe descubrir diferentes poderes para mis alas. Así me renuevo. Otros viajes, nuevos destinos. Envejezco y no me vuelvo viejo”.

Sorprendido, Federico comentó: “¿Estás diciéndome que si estuvieras en la agencia habrías hecho las mismas cosas que hiciste aquí?” Fue mi vez de menear la cabeza para decir que sí. Sonreímos. Él prosiguió: “Ludwig Wittgenstein, precursor de la filosofía analítica, sustentaba que los conflictos del mundo tenían como causas las fallas y ruidos de comunicación. El perfeccionamiento del diálogo es la base de las relaciones saludables”. Una constatación innegable. Ambos habíamos actuado de manera honesta con el otro y sincera consigo mismo. No había mala fé ni mentira. Estábamos alineados con las propias conciencias y habíamos hecho elecciones verdaderas. Sin embargo, faltó atención y cuidado de uno para con el otro. 

Permanecimos algún tiempo sin pronunciar palabra. Después, volvimos al monasterio juntos. En el almuerzo, compartimos la misma mesa. En el auditorio nos sentamos al lado. Todo en el más absoluto silencio. No había nada más que decir, era hora de asimilar las ideas y crecer con ellas.

Continuando con el simposio sobre el Evangelio de Tomás, el Viejo abordó el aforismo número veinticinco. “Jesús dijo: ama a tu hermano como a tu propia alma y cuida de él como de la pupila de tus ojos”.

Nada es por casualidad. La vida es un sofisticado y perfecto rompecabezas. Ninguna pieza falta, ninguna pieza sobra. Todo se encaja rumbo a la evolución. Basta aprender a ver para que todo el universo se manifieste en luz. Por minutos, me perdí en mis pensamientos, encantado con la belleza de la vida. Cuando la mente retornó a la conferencia, el Viejo explicaba: “Pocas partes del cuerpo son tan sensibles como la pupila de los ojos. A través de esta percibimos las formas del mundo, los colores de las flores, la inmensidad del mar. Te veo y me percibo ante el espejo”.

“Soy entero en mí mismo pero sin mi hermano, ¿para qué me sirve el poder de ser todo? ¿Qué utilidad tiene un puñado de las mejores semillas si no hay tierra para arar? ¿De qué me sirve un mapa si no hay lugar a dónde ir? ¿Cuál es la razón de poseer una llave si no existe una puerta para abrir? De nada vale cantarle al amor cuando se está de espalda para el mundo”. Hizo una breve pausa y concluyó: “Cuida de ti sin descuidar a los otros, para que haya gracia y sentido en el Camino”. 

Terminada la conferencia, iniciaron los debates. Federico, así como yo, vagaba distante en sus pensamientos. Al final, me invitó a tomar un café. Fuimos a la cafetería. Acomodados ante dos tazas humeantes, Federico quiso saber si yo aceptaría reasumir la campaña. Explicó su actitud: “En la medida de lo posible, es necesario rehacer los errores”. Con el corazón alegre, acepté de inmediato. Sin embargo, hice una exigencia: “Necesito que me disculpes”. Federico se encogió de hombros y dijo que no había nada que disculpar. Fue mi vez para explicar: “Pensé mal de ti. Cometí la insensatez de crear un tribunal para juzgar a quien desconocía”. Él dijo que rescindió el contrato por haber hecho lo mismo conmigo: “Negamos el diálogo, el entendimiento escapó por las brechas de la existencia”.

Felices por la dignidad con la que pasamos a tratarnos, apretamos las manos sellando un nuevo contrato. Fuimos sorprendidos por la voz del Viejo: «¿Cuál es la razón de tantas estrellas en el cielo de la cafetería?” La alegría desbordaba por la amistad que nacía. Le contamos lo ocurrido. El Viejo comentó: “Mejorar el diálogo es la manera de profundizar el entendimiento. Una bonita manera de vivir el amor. Sea con relación a mí o con relación a los otros”. 

“Insistimos en enredarnos. Cada uno a sí mismo”. Apuntó hacia la ventana y dijo: “El sol está disponible para todos”. Colocó su mano para bloquear la entrada de los rayos del sol poniente por la ventana. Con la quijada mostró la sombra de su mano reflejada en la pared y dijo: “La oscuridad apenas se forma por detrás y por causa de los obstáculos que oponemos a la propagación de la luz”.

Lo invitamos a que se sentara con nosotros, pero declinó la invitación. Iría a la biblioteca. Quería prepararse para la conferencia del día siguiente. Se sirvió una taza de café y salió. En silencio, observamos el andar del Viejo. Sus pasos eran lentos, pero firmes.

Gentilmente traducido por Maria del Pilar Linares.

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