Ama a tus enemigos

Las horas pasaron rápidamente. Mucho más rápido de lo que me gustaría. En la agencia de publicidad había una prisa total. Era la segunda mitad del año y todos los empleados estaban trabajando al máximo para que todas las campañas estuvieran listas a principios de diciembre. Un hecho desvió mis pensamientos de mis ocupaciones rutinarias. La muerte del anterior editor, que tanto me había ayudado a descubrir parte de mi esencia, en un momento de extremo valor y angularidad en mi vida por las transformaciones permitidas (conté esta pequeña historia en La cara oculta del fracaso), me hizo buscar otra editorial. Una búsqueda complicada y que requiere mucho tiempo, especialmente para los escritores desconocidos. Hasta que un editor llamado Marcos se comprometió a publicar mi nuevo libro, una copilación de textos espiritistas, algo muy diferente a la novela criminal publicada anteriormente. Después de un tiempo sin saber de él, me preocupé y fui a verle. En la reunión, me explicó que, al analizar más profundamente los contenidos, creía que, en ese momento, el libro no tendría buena aceptación. Por el momento, los lectores darían preferencia a otro tipo de literatura. «Es la tendencia del mercado», explicó. Era septiembre y había un acuerdo para publicar la obra antes de la Navidad de ese año. Aunque ya había publicado estos mismos textos en un blog, el libro impreso representaba la manifestación física de un nuevo ciclo existencial que había comenzado para mí.  

En ese momento, ya no me preocupaba el éxito, la fama, las tendencias o la aceptación del público. Escribir era mi ritual diario de protección e iluminación. Me entendí a mí mismo y a todo lo que me rodeaba al traducir mis percepciones en palabras. Me hice las preguntas y me enfrenté a las respuestas. Había llegado a levantarme todos los días a las tres de la mañana para escribir y encontrarme conmigo mismo. Era una alegría, hasta entonces, desconocida. Un regalo por el sentido que ofreció a mi vida.

La importancia de que el libro esté listo a principios de diciembre tenía otra razón específica. Mi hija, que estaba terminando un máster en Portugal, me había pedido que asistiera a la defensa de su trabajo académico. Afirmó que mi presencia le transmitiría calma y seguridad. A pesar de ello, no quería perderme ese momento tan valioso para ella y, en consecuencia, para mí. Así es el amor. Mi hija menor aprovecharía la oportunidad para conocernos. Pasaríamos la Navidad juntos. El libro sería un regalo y una sorpresa para ellos. Un hito existencial para mí. 

            «¿Qué quiere decir?», me sorprendió la explicación del editor. Le dije que había confiado en él. Marcos se justificó: «Hay que entender las conjeturas del mercado. Su inversión fue en tiempo. El mío será el dinero. No puedo estar a merced de tus caprichos. La editorial es un negocio como cualquier otro, no una casa de favores». Argumenté que teníamos un acuerdo. Más aún, un contrato. Adoptó una postura: «No dije que no publicaría, dije que lo haría cuando lo considerara pertinente. La posibilidad de que el libro esté listo a finales de este año. Sin embargo, no será así». Abrió el cajón, sacó el contrato y señaló una cláusula que le permitía aplazar indefinidamente la publicación de la obra. En mi caso, si esto ocurriera, se rescataría el contrato, si creyera que es lo mejor para mí. Le contesté que era mejor que se terminara en ese momento, porque estaba muy molesto con su postura. Marcos, después de romper el contrato, me increpó diciendo que no era responsable de mis expectativas. Hizo lo que creyó correcto. Reflexioné con él: «No se trata de transferir la responsabilidad, pero hubo una falta de atención al compromiso asumido». Marcos me contestó que no debía responsabilizarle, ya que yo no había velado por mis propios intereses, ya que debería haberle buscado antes. Le dije que creía que cumpliría su parte del acuerdo sin ningún cargo y que cualquier cambio, siempre posible por la impermanencia e imprevisibilidad de la vida, me lo comunicaría. Algo que no ocurrió. Irritado, Marcos me dijo que no le cobrara lo que no me debía. Me di cuenta de la inutilidad de continuar la conversación. Le di las gracias y me fui.

En el camino de vuelta a la agencia, libraba una gran batalla en mi interior para apaciguar la rebelión de mis emociones. La actitud del editor era errónea, me dije. No tenía por qué suceder así, repetí bastante molesto. La dignidad consiste en tratar a los demás como nos gusta que nos traten. Estaba segura de que Marcos no estaría satisfecho si actuaban con él como lo hizo conmigo. Era necesario que dominara los malos pensamientos para evitar que atravesara las puertas oscuras que se abren en situaciones como ésta. Hice un gran esfuerzo para intentar aligerar mis sombras que insistían en defenderme. La ira, el dolor, el resentimiento, la decepción, fueron las sombras que se manifestaron en mí. Era necesario que perdonara para no dejarme encerrar en las celdas de las emociones inmaduras. No puedo exigir a nadie la perfección que yo no soy capaz de ofrecer, seguí recordando las lecciones que debía tener en cuenta para no perderme. Para que haya perdón, la compasión es indispensable. Necesitaba hacer uso de los conocimientos que tenía para enmarcar en mi mente las pasiones enloquecidas que corrían por mis entrañas, y sólo cuando lo consiguiera podrían manifestarse las virtudes. Es la superación de la oscuridad por la luz, la transmutación del ser aplicada a la vida real. Para los individuos que aún se encuentran en los primeros pasos evolutivos, como yo, no es algo automático, sino un ejercicio de atención constante y de superación infinita. No es fácil, pero es una elección.

Las pasiones salvajes nos llevan al desequilibrio. Al abandonar el eje central de principios y valores que quiero seguir, cuya armonía se fortalece con el predominio de un comportamiento ético y amoroso, me alejo de la esencia que me identifica. Lejos de mí, no soy nada. 

Cuando se desequilibra, cada persona reacciona a su manera. Algunos explotan, otros implosionan. Ambas son reacciones poco saludables por el sufrimiento que causan, ya sea en ellos mismos o en el mundo. El uno y el verso. A veces una emoción densa permanece durante años en el proceso de envenenar lentamente el alma. En algún momento se producirá la purga. Cuanto más tiempo pase, mayor será el daño que suele causar. Puede hacerse con amor y sabiduría, de inmediato, o posponerse indefinidamente hasta que se manifieste de forma desastrosa. Como todo, es una elección, siempre ligada a la conciencia de percibir la situación y las virtudes esenciales adecuadas para superarla. 

La contrariedad tiene el poder de irritarnos. La frustración tiende a hacernos creer que somos víctimas de las decisiones de los demás. El mundo conspira contra mí, estas son las ideas que primero se nos ocurren. Condicionadas por ramificaciones neuronales formadas por sensaciones ancestrales de peligro y miedo, las sombras son más rápidas que las virtudes cuando estamos en la infancia del alma. Es un periodo relacionado con la supremacía del ego. Por eso las reacciones son tan importantes, porque revelan mucho sobre quiénes somos en ese momento de la existencia. Virtudes o sombras, presta atención a quién es lo primero que te viene a la cabeza cuando el mundo te dice «no».

Sin embargo, es necesario entender el proceso. Contener la explosión para no reaccionar agresivamente, no puede llevar a la implosión por la depresión que provoca la apatía. Ni la expresión incontrolada de las pasiones, que causa tantas tragedias, ni la negación de las emociones reprimidas, causa de muchas enfermedades. En realidad, las sombras necesitan educación. De ahí la importancia de la transformación gradual de las sombras en virtudes, como método evolutivo. 

Cuando el orgullo es sustituido por la humildad las ofensas se deshacen. Cambiando la pena por la compasión rescatamos la serenidad. Quitarme la máscara de la vanidad para mostrar la sencillez de lo que soy me libera del miedo a descubrir mi verdadera identidad. La sinceridad ahuyenta los fantasmas de la mentira y la vergüenza. El perdón me devuelve la ligereza y la alegría primordial de la vida. Las virtudes son subtipos de amor. El amor convierte el sufrimiento en polvo de estrellas. 

Estos son sólo algunos ejemplos de las infinitas posibilidades que tenemos. Un poder inconmensurable al alcance de cualquiera, sin depender de ningún hecho ni de otra persona. Absolutamente todo lo que uno necesita para liberarse, para ser digno, feliz, para vivir en paz y amor descansa en su propio núcleo. Todo lo que se necesita es aprender a buscarlo. 

Lo esencial para una vida plena está en el interior de uno mismo. Al insistir en que dependemos de los hechos del mundo para ser quienes somos, nos encerramos en prisiones imaginarias, por el simple hecho de poner la miel de nuestra propia vida en manos de otras personas.

Repito, no es fácil. Un torbellino de ideas circuló en mi mente al mismo tiempo. Muchos eran oscuros, pocos eran luminosos. Sin embargo, necesitaba estas para adecuarlas. El acto primordial. La gran batalla. Como somos muchos por dentro, mientras una parte de mi mente imaginaba el día en que le diría a Marcos: me has hecho mucho daño, la otra parte de mi mente razonaba que una persona tiene sobre nosotros sólo el poder que le concedemos. No estaba dispuesto a conceder tal poder a nadie. No permitiría que ninguna situación me robara la alegría de vivir.

Sin embargo, ¿cómo haría para publicar el nuevo libro? Comenzar la trayectoria tradicional de envío de libros a varias editoriales para su aprobación, edición, impresión, hasta el momento de la publicación, lleva muchos meses e incluso años, dependiendo de diversas circunstancias. Tenía menos de noventa días. Por otro lado, pensé que quizás no había llegado el momento de lanzar el libro. Tenerlo para Navidad era mi plazo, no el de la vida. Tal vez no era el momento. No sería un desastre. Que haya paciencia. Cuanto menos necesite, más libre seré, recordé esta inconfundible verdad estoica. 

Con el ánimo sereno y la voluntad resignada, aunque con un sabor amargo en la boca, decidí darme un respiro para el resto del día. Necesitaba asignar ideas y sentimientos. Normalmente, en estos momentos, me gusta el silencio y la quietud del pequeño piso donde vivo. Me siento en el sillón del salón, cierro los ojos, escucho música suave, conecto conmigo mismo y con las Tierras Altas; busco la luz a través de intuiciones que me ayuden sobre los próximos pasos. Esa tarde, fui en contra de mi propio ritual y fui a otro lugar que también me encanta. Una cafetería. Frente a una gran taza de café humeante, me acomodé en una mesa. De fondo, sonaba un buen jazz clásico. Me distraje observando a la gente, que suele ser una poderosa fuente de inspiración para mí. Entonces tuve la clara sensación de escuchar la voz del Viejo, como llamábamos cariñosamente al monje más antiguo de la Orden: «Ama a tus enemigos». Una conocida frase bíblica a la que, confieso, nunca he tenido mucho aprecio. Sin duda, por la enorme distancia evolutiva que siempre he tenido para alcanzar un nivel tan alto. El valor innegable y liberador del perdón es innegable e indispensable. Sin embargo, llegar a ese punto, de amar a los que me hicieron o me quieren hacer daño, aún tardaría mucho tiempo. 

Miré hacia atrás y hacia los lados, feliz por la improbable sorpresa. Pero no estaba allí. Cosas de la imaginación, pensé. Tomé un sorbo de café cuando escuché su voz y la misma frase de nuevo. Casi me atraganté. Me di la vuelta para buscarlo de nuevo. No estaba allí. Me reí solo ante lo absurdo de la situación, pues la voz del monje había sido audible y clara: «Ama a tus enemigos». 

La vida es una escuela de excelencia, nunca un casino. Estaba distraído con mis pensamientos, cuando entran Carlos y Marcelo, dos amigos que tengo como verdaderos hermanos. Formamos una familia cósmica. Uno es traductor, profesor y estudia para ser director de teatro. El otro es guionista y escritor. Feliz de conocerlos, aproveché la oportunidad para desahogarme. Hay días en los que necesitamos hablar para poder escucharnos a nosotros mismos y, así, comprender las aflicciones del corazón. Ayuda a aclarar la mente y las soluciones. Al menos en las más importantes, las que son internas. Les conté lo sucedido y terminé diciendo que el libro quedaría para otra ocasión: «No podemos crear catástrofes donde no existen. En realidad, todas las crisis no son más que creaciones de mentes inmaduras, propias de quienes son incapaces de extraer la lección adecuada de cada situación», argumenté con seguridad. 

Carlos, poseedor de una lógica cartesiana, importante para enlazar el pensamiento de forma lineal para facilitar la comprensión, preguntó: «¿Y cuál fue la lección? Sí, tenía que haber una lección. Tardé unos segundos en ordenar mis pensamientos y respondí que era la importancia estoica de no permitir que mi luz se apagara por el comportamiento de los demás. Además, para comprender lo innecesario de la existencia, más allá del tiempo de gestación de la vida. Todo tiene un momento adecuado para suceder. Carlos negó con la cabeza como si estuviera de acuerdo con el razonamiento, pero hizo un comentario: «Tengo la sensación de que falta una pieza en este puzzle». Reflexioné con él: «La pieza que falta es el perdón. Es necesario perdonar. Ya he comenzado el proceso de su maduración dentro de mí. Carlos estuvo de acuerdo: «Es cierto que el perdón es liberador. Sin embargo, creo que el mosaico de esta experiencia no está completo. Luego dio su opinión: «Todavía faltan algunas piezas».

Lo negué. Fue el turno de Marcelo, un pensador cuántico, cuyas ideas saltan las elipsis previsibles al razonamiento común para encontrar destinos improbables, característica típica de los mejores narradores. Reflexionó: «Aunque tus argumentos me parecen correctos, creo que has llegado demasiado rápido al final de la lección. Todo lo que has dicho son enseñanzas que ya están maduras y que quizás sólo necesitan ser aplicadas. Por lo tanto, no hubo ninguna lección nueva. Sin embargo, las lecciones no se repiten innecesariamente. Ese hecho esconde algo que aún no has descubierto. 

Abrí los brazos como para decir que no tenía ni idea de qué se trataba. Entonces les agradecí su esfuerzo por ayudarme a superar un momento tan complicado: «Sólo los amigos son capaces de eso», les dije. Entonces Marcelo me desconcertó: «Los enemigos suelen hacerlo mucho mejor». Me reí, pensando que era una broma. Carlos explicó: «Sí, es cierto. Eliminando la agresividad, aliviando los excesos, eliminando las acusaciones y las críticas inaceptables, los enemigos consiguen ayudarnos más que los amigos, bien por la rigurosa sinceridad con la que nos analizan, bien por estimularnos a buscar caminos desconocidos que nos negábamos a recorrer por miedo o por comodidad. Ayudan a revelar poderes ocultos que ignoramos». Luego concluyó: «¡Benditos sean los enemigos por transformarnos en mejores personas! 

En ese momento, todo empezó a tener sentido. Si los enemigos son sagrados para hacernos mejores personas, ¡también y sobre todo deben ser amados por ello! Sin duda, cada individuo es un engranaje fundamental de una gran máquina. Somos partes indispensables del todo, del Verso y del Uno. Por eso es importante vivir y trabajar en armonía, equilibrio y comunión, para que la maravillosa máquina cósmica pueda expandirse en la infinita amplitud de su inconmensurable capacidad. Sin embargo, si los amigos tienen el valor de la acogida, la comprensión y el calor, los enemigos son importantes por la superación que estimulan. Por lo tanto, ¡amense los unos a los otros!

Perdonar a los que nos han hecho daño y amarlos como a un hermano es un razonamiento que mantiene su importancia. Sin embargo, este es el clímax de un largo viaje. Hasta llegar a ese punto, hay varias paradas. Una de ellas es la necesidad de continuar el camino sin la ayuda que deseamos, pero con la capacidad que hemos descubierto y que nos ha fortalecido. Para admirar y dejarse encantar por todo ello.

Lleno de entusiasmo, les dije: «Amar a nuestros enemigos es también agradecerles las posibilidades de evolución que nos ofrecen oponiendo obstáculos y dificultades, diciéndonos «no». Por otro lado, muchas veces me he convertido en el enemigo de varias personas, sin haber sido un mal hombre o haber hecho una elección injusta o equivocada. Son los efectos naturales de las diferentes miradas, intereses, principios y valores, que no limitan, al contrario, amplían las posibilidades». En silencio, agradecí al anciano que me indicara la ruta. 

Por la experiencia que tuvo como guionista, Marcelo bromeó a pesar de la verdad que escondían sus palabras: «Batman le debe toda su fama y poder al Joker». Nos reímos. Luego aclaró: «El conflicto es el motor de todas las historias. Esto se debe a que es el conflicto el que, en verdad, mueve la vida. Gracias a los obstáculos que el antagonista crea para impedir la trayectoria del protagonista, éste se reinventa y revela poderes hasta ahora desconocidos para él. Cuanto más sofisticado es el adversario, mejor se vuelve el guerrero; cuanto más intrigante es el problema, más sabio se vuelve el que lo enfrenta y lo descifra. La escuela que forma a los héroes no emplea a vulgares bandidos como profesores. Escribir ficción es desvelar la vida. Por eso los cuentos han encantado a generaciones desde el principio de los siglos. 

Pensé en las historias de todos los maestros de la humanidad. Sólo las enormes dificultades que encontraron pudieron revelar la grandeza que poseían.

Toda la densa emoción hacia Marcos desapareció, dando paso a una maravillosa sensación de ligereza. La claridad mental permitió una percepción diferente que transformó la realidad. Sí, el amor tiene ese poder. Como por arte de magia, recuperé la paz. En realidad, había ido al encuentro de la luz. Una vez más, como cada vez, el amor fue el camino y también el destino.

«Ama a tus enemigos», sonreí para mis adentros al descifrar el enigma. Más aún, por estar tan cerca de todos nosotros cuando nos creíamos demasiado distantes.

Expresé a mis amigos la alegría por ese aprendizaje. Carlos volvió a desconcertarme: «Mantén la cabeza en las estrellas, pero pon los pies en la tierra. Toda teoría necesita un uso para no envanecerse». Me miró a los ojos y me preguntó: «¿Qué hacer ahora? Me dije que era suficiente para mí, que había recuperado la paz y la conciencia expandida. Ahora era el momento de seguir adelante.

Marcelo se entrometió: «¿Seguir a dónde? Entonces me provocó: «Las virtudes florecieron, la conciencia se expandió, pero no se hizo ninguna elección. Sin ella, el triángulo de la evolución, del que tanto hablas y repites, no está completo». Me quedé asombrado. Tenían razón y yo no sabía qué responder. Aventuré una pregunta de la que sabía la respuesta: «Hablas del libro, ¿no? Sacudieron la cabeza en señal de acuerdo. 

Nos quedamos sin palabras durante minutos. Era el momento de encontrar el valor para exponer mi voluntad sin miedo. Dije que no me animaba a volver al proceso tradicional de búsqueda de editoriales interesadas en publicar el libro. Respiré hondo y confesé: «Si no fuera tan complicado, aceptaría el riesgo de la autopublicación, a mi manera. Tal vez montar una microedición sólo para publicar las obras que escribo y otras que me gustan. Algo delicado y bello, como los zapatos de Loureiro; pequeño y duradero, como los bonsáis de Li Tzu; libros que despierten el espíritu como las historias de Starry Song». Carlos y Marcelo se quedaron mirándome. Luego concluyó: «Me gustaría tener el libro en mano para Navidad, pero no sé ni por dónde empezar. No tengo experiencia en el tema».  

Sonrieron. Ambos me dijeron que estarían dispuestos a ayudarme, si estaba decidido a llevar a cabo el proyecto. Carlos se ofreció a hacer la revisión gramatical. Marcelo se encargaría de la maquetación, ya que tiene una buena noción del uso de los programas informáticos. Utilizaba su intuición y se basaba en los libros que consideraba bellos para realizar una caprichosa labor editorial. Yo me encargaría de encontrar a alguien que hiciera la portada. Recordé que la agencia contaba con varios profesionales especializados en artes gráficas digitales. Le pregunté a Ana, una diseñadora que había trabajado con varias editoriales. La agencia trabajó con varias imprentas. Elegí una que hacía impresión digital, porque tenía un mejor coste para las pequeñas tiradas.

A medida que se acercaba el final de mi ciclo publicitario, quería interferir cada vez menos en la agencia. Había un gran equipo, capaz de llegar más lejos que yo. Aprovechando que necesitaba dedicarme a la edición del libro, delegué casi todas las decisiones que me correspondían. Aproveché el tiempo que surgió para crear una editorial. Era tan sencillo que funcionaba dentro de una habitación del pequeño piso en el que vivía.  La tienda sería virtual; venderíamos los ejemplares por Internet. Por supuesto, como éramos inexpertos, cometíamos errores a diario. Pero estábamos dispuestos a aprender de ellos. Fueron días muy ricos, de aprendizaje y alegría, comunes cuando se vive el don y el sueño. Cumpliendo el calendario previsto, a finales de diciembre el libro entró en imprenta y a principios de diciembre la imprenta entregó la primera tirada. Era hermoso, como todo lo que amamos. ¡Lo celebramos mucho!

Con unos cuantos ejemplares en mi equipaje, me dirigí a Oporto para asistir a la defensa de la tesis de mi hija mayor. Antes hice una parada en Lisboa. Allí había un café que me gustaba mucho. Había una estantería llena de libros para que los clientes leyeran mientras estaban en la tienda. Era interesante, porque el mismo libro tenía diferentes marcas de sus distintos lectores, que los leían poco a poco, en los intervalos de sus cafés. Discretamente, saqué un ejemplar de Manuscritos de mi mochila y añadí un pequeño secreto a la estantería. Fue el lanzamiento de mi libro al mundo. Una nota dentro de una botella arrojada al mar. Tomé una taza de café movido por un sentimiento maravilloso. Cerré los ojos y, en silencio, recé una sincera oración de agradecimiento por todos los que me habían ayudado a llegar hasta allí. Entre ellos estaba Marcos. Nervioso como un niño, tomé un tren a Oporto.

El trabajo académico fue muy bien aceptado por el tribunal examinador y mi hija menor se incorporó el mismo día. En Nochebuena, presenté el libro a las niñas. Estaban encantados. Curiosos, hicieron mil preguntas para saber cómo había sucedido todo. Hablamos mucho. Comentaron que, como dice una canción, un amigo es un buen lugar para visitar. Cuando estamos entre ellos, estamos en el paraíso, no importa la ciudad o el país. Estuve de acuerdo: «Sin duda, fueron fundamentales para que el libro existiera. La amistad se fortalece en esos momentos, es un bien valioso e imperecedero por su pureza. 

«Sin embargo, algo igualmente precioso me fue permitido a través de un antagonista: sin darme cuenta, Marcos me ofreció un nuevo e improbable camino. Primero, necesitaba aprender un poco más sobre las mil posibilidades del amor. Cuando fui capaz de amar a quien se oponía a mí, apareció ante mí un camino maravilloso e impensable de recorrer».

Gentilmente traducido por Leandro Pena

Discusiones — 4 Respuestas

  • Scarlet G . 11 de enero de 2022 on 02:03

    Que maravilla que estes devuelta Yoskhaz !! Excelente y muy nutritiva lectura , me encanta .. Desde que descubri este sitio web , siento que es como un tesoro ! Gracias muchas gracias por estar devuelta .. bendiciones para ti Yoskhaz y excelente trabajo del nuevo traductor 💫💫

  • Cecé 11 de enero de 2022 on 01:50

    Maravilloso..!! Gracias Yoskhaz x traer una vez mas, el mensaje adecuado, en el momento perfecto.. Gracias tambien a Leandro, por traducir el texto!

  • Martha Lucía Grajales H 10 de enero de 2022 on 15:10

    Hola Leandro te doy la bienvenida, gracias por esta oportunidad que nos das de leer los artículos del maestro Yoskhaz… !!
    Felicitaciones a Maria del Pilar por todo su trabajo, mostró un gran empeño en mantenernos al día con las traducciones… MUCHAS GRACIAS 😘

  • Scarlet G . 9 de enero de 2022 on 20:03

    Que Maravilla Yoskhaz !! Amo con locura leer todas tus escrituras ! Contiene tanta sabiduria y trasmiten una energia positiva de amor y bondad . Que alegria estes de nuevo , bendiciones para ti y para el nuevo traductor !! .